domingo, 1 de noviembre de 2009



¿Quien manda en mí, mi subconsciente o yo?

Durante esta etapa de aislamiento voluntario en que ando metido, entre otras actividades estrambóticas y curiosas, dedico parte de mi tiempo a analizar y profundizar en lo que representan —desde el punto de vista espiritual— los diferentes órganos del cuerpo y sus inauditos comportamientos, los cuales, a veces, parece que se desenvuelven mediante un sistema teledirigido, porque dan la impresión de que alguien pulsa determinadas teclas para obtener de nosotros unos movimientos específicos. De todas formas, dirigidos desde afuera o desde dentro, nuestra personalidad se desarrolla, se retrae o se estira, mediante la «lubricación» de diferentes sustancias —como la dopamina, por ejemplo, un neuro-transmisor, del cual dependemos para ser felices o desgraciados—. Eso es lo que nos hace tomar las decisiones, aunque sean confusas en algunos casos. También me intereso por hallar el escondrijo de mi subconsciente con el fin de ajustarle las cuentas por hacerme interpretar ciertos papeles en el teatro de la vida sin que yo haya otorgado mi consentimiento. Pero, principalmente, atraen mi atención aquellos elementos que habilitan y ponen en marcha la vida emocional, es decir, los que hacen posible que tengamos sentimientos, o los que nos permiten pensar, o todo lo que influye en mí para ser capaz de apreciar y amar el arte y extasiarme ante la música o la poesía, o lo que me impulsa a sentir un tierno amor por una mujer, y fabricar unos hijos con ella a pesar de saber que pueden llegar a convertirse en mi dolor de cabeza. También investigo qué parte de mi ser es la que me ayuda a resucitar a mi esposa y sentarla aquí a mi lado con su divina sonrisa, o verla montada sobre un caballo con alas volando entre las nubes. Así que, principalmente, mi atención se subyuga con el cerebro que creo que es donde se cuece todo lo relacionado con el espíritu. Y no podemos evitar un sobrecogimiento y una admiración arrebatada, que, al mismo tiempo, nos produce un escalofrío, un sentimiento casi de angustia existencial. ¡Qué complicada es toda nuestra estructura orgánica! ¡Qué cantidad de elementos trajinan e inter-actúan dentro de nosotros con un único fin: darnos la vida y protegerla! Todos estos elementos están formados por células, qué duda cabe —las cuales parecen ser la materia prima— pero entre ellas hay una diversidad de oficios: según cual sea la misión que tienen encomendada (¿quien se la encomienda?), o sea, según el oficio que deben cumplir dentro de nuestro cuerpo. Unas forman y actúan en el riñón; otras acarrean la sangre; otras más forman nuestro sistema nervioso; algunas se dedican a defendernos de los virus, otras —y estas son las que más me llaman la atención—, nada menos que diez mil millones de ellas se convierten en unas neuronas de un color gris apagado, y ocupan nuestro cerebros cortical y reptiliano y, además de darnos la facultad de pensar, nos dotan de los sentimientos, la imaginación, el poder de discernir entre esto o aquello, el instinto de conservación, el temor, la valentía, el deseo de saber, la curiosidad, el amor, el deseo de procrear… En realidad, son como diez mil millones de computadoras captando información, procesándola, comunicándose entre ellas y enviándola a nuestro organismo a través del sistema nervioso, u obligándonos a actuar de determinada manera ante influencias externas específicas. Y es que dentro de nosotros todo tiene vida. Es como un mundo maravilloso con sus especialistas, sus transportistas, su servicio de limpieza, son unos seres que se encargan de actuar conforme a unas normas para que nuestro organismos funcione. La cuestión es saber si ellas están ahí para darnos vida o nos utilizan a nosotros para vivir ellas. Tal vez sea una actitud recíproca establecida así por la Naturaleza. Pero, ¿en qué medida nosotros somos nosotros? ¿En qué medida soy «yo» —si es que en verdad existe un «yo»— quien toma las decisiones? Se han dado caso de personas que después de habérseles eliminado un tumor en el lóbulo central del cerebro, y habiendo quedado sanos, su carácter cambió de una forma radical, como si hubiera fallecido el original y hubiera nacido otra persona. Eso me lleva a preguntarme, ¿En qué medida somos nosotros o somos las «piezas» que nos componen?

(El personaje de la foto es mi hijo Álvaro; la autora, mi hija Mónica)

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