sábado, 29 de marzo de 2014



El amor en la vejez
Dichosa tú, que todavía posees vivo el sentimiento del amor convencional y todas las exigencias que conlleva… Aunque no acabe de explicármelo. Pienso que la Naturaleza ha puesto frente a nosotros el incentivo del amor con el fin de que procreemos, que traigamos bebés al mundo. Cumplida esa misión, a partir de los 50-60, o antes, comienza la deformación física y el atractivo se va perdiendo. Pero no es solo eso. Está, por otro lado, lo referente a la personalidad, el deterioro del carácter, el emperramiento y los achaques propios de la vejez (que no solo son físicos, sino mentales o de los modos). Entonces –y perdona mi sinceridad–, en el caso tuyo, una mujer independiente, con una personalidad arrolladora, culta, que va por libre con una firme determinación, y que en 20 años, más o menos, de divorciada no has intentado con verdadero afán buscarte un novio para volverte a casar… Y ahora, de repente, parece que no puedes vivir sin compañía. ¿Qué os vais a decir? (toses y quedarse dormidos). ¿Estáis en la misma honda? Sabes por experiencia que los viejos suelen ser tercos o intransigentes. Y a veces hasta tienen una conversación insoportable (yo hice, yo hice, yo fui, yo vine y no hay forma de sacarlos de ahí).  
En este mes que viene, el 11, va a hacer 14 años que soy viudo. Nunca me había imaginado que mi vida terminaría así. No sé por qué pensaba que yo moriría antes que mi mujer. O sea, no estaba preparado para esto. Claro, supongo que nadie lo está para estas jugadas que nos gasta la vida. Durante los 45 años que convivimos ella y yo (entre noviazgo y matrimonio), respectiva y continuamente nos abrimos el corazón, nos manifestamos, nos deleitamos en nosotros mismos, nos reflejamos la una en el otro y el otro en la una; abrimos nuestra alma, manifestamos nuestras pasiones. Yo me sentía tan amado por esa mujer, tan comprendido, tan bien interpretado, tan fortalecido espiritualmente que las trapisondas que le hice de vez en cuando me produjeron grandes remordimientos… 
En general me gustáis mucho las mujeres y siento gran admiración por vosotras. Pero a mi edad el amor es de otra clase: más espiritual y, si cabe, más tierno. En estos 14 años he tenido dos intentos y los dos fallaron. El de Valencia duró muy poco y fue pasajero por falta de afinidad (no había ninguna relación ni mental ni cultural). La de aquí, recién llegado a Puerto Rico, con una pintora y poeta (y, para dificultarlo más, casada), parecía mas serio. Había mucha similitud de ideas, y mucha comprensión (me encantan las mujeres inteligentes, sensibles y cultas y ésta lo es). Pero –creo– que caí en hablarle excesivamente de mi anterior y única mujer, y eso la alejó de mí.
Entonces decidí atenerme a la soledad. Llegó un momento que consideré que tenía que vencer mis impulsos (mis necesidades) sexuales a base de razonar y convencerme de que la sexualidad a cierta edad es una aberración, un atavismo, una esclavitud que no está de acuerdo con los cánones de la Naturaleza y que hasta puede resultar perjudicial para la salud. Y fui cayendo en otra clase de amor, más tierno, más espiritual. Si lo vemos bien, la Naturaleza nos ha dado la inclinación sexual con el objeto exclusivo de tener descendencia. Después de eso ella misma te plantea infinidad de obstáculos físicos y morales, y situaciones ridículas. Yo, cuando salgo aquí a pasear por la playa, trato de no quedarme embobado mirando a las mujeres atractivas. Primero, que me niego a que se me considere «un viejo verde» y, segundo, porque ¿para qué voy a mirar si a mi edad una mujer mucho más joven se me acercaría para preguntarme si me pasaba algo? Hay una verdad que ya creo haberla dicho antes: si uno va envejeciendo junto a la mujer amada, no notas el deterioro físico. El problema se presenta cuando se conocen en la edad tardía (aunque hay excepciones, claro).
De todas formas, te doy mi en hora buena y te deseo mucha felicidad… 

martes, 25 de marzo de 2014

Otro sueño estrafalario
Qué curioso esto de los sueños. Es como si estuviese desarrollando una historia ajena a mis propósitos y sin relación con ellos (ni con nada que haya pensado u ocurrido antes). 
De nuevo me encontraba en ese mundo extraño, de otra dimensión, donde tú puedes estar ahora, que no sé cómo denominarlo ni sé siquiera si existe. Esta vez se trataba de un mundo exterior, pero estaba representado por una calle algo árida y polvorienta. Llegué hasta allí de una forma cinematográfica y que podríamos denominar como estrafalaria: iba en un coche medio destartalado con aspecto de ser bastante antiguo. Circulaba dando botes por una carretera llena de baches. Ignoro quién me lo había proporcionado. Conmigo venía una persona que, aunque puedo describir como alguien muy conocido y muy cercano a mí, no acabo de identificarle. Al llegar al lugar donde alguien me había comunicado que tú vivías, vi una cantidad de gente deambulando por la calle, una calle polvorienta, como aquellas que solían salir en el viejo cine americano del Oeste. Todos iban vestidos de negro y su ropa era bastante fea y deteriorada. A un lado había una casa como de madera un poco derrumbada y poco atractiva. Me causó extrañeza que tú vivieras allí tan pobremente. Cuando llamé, salió un niño a recibirme (que también tengo la sensación de que era conocido, pero no puedo saber de quién se trataba) para informarme que tú estabas trabajando, y no tardarías en llegar: que esperara un poco. Pero me hizo esperar en la calle, cosa que no me gustó mucho porque todo el mundo me miraba de forma amenazadora, como si yo fuera un invasor. En eso estaba cuando llegó un coche muy elegante que venia a traerte, y el conductor, que estaba uniformado y con gorra de plato, me dejó pasmado cuando vi que se bajaba del automóvil y se adelantaba a abrirte la portezuela (y no se trataba de un taxi, sino de un coche particular). Cuando te apeaste del coche, al verme pusiste una expresión que parecía de contrariedad. Vestías toda de negro y creo recordar que llevabas algo puesto en la cabeza. Yo me acerqué a ti y te abracé sin esperar a que tú hicieras el ademán de abrazarme a mí, e hice el intento de besarte en la boca. Pero tú entonces giraste la cabeza hacia el otro lado como queriendo evitar que tu boca y la mía se juntaran. Al mismo tiempo te oí decir que no querías pegarme la gripe (lo cual me pareció una disculpa bastante pueril y sin mucho sentido). Entonces te di el beso a un lado de la cara, pero al dártelo noté que tu piel estaba áspera, como apergaminada, incluso con pequeñas escamas, o pudo ser que al contactar mis labios con ella me pareciera que tu cara era de cartón. Aunque externamente no se te notaba, y el aspecto de tu cutis era como cuando vivías en la tierra. Me parece recordar que venían contigo otras personas, pero no estoy muy seguro. En ese momento me desperté con una sensación extraña en mi boca y una opresión en el pecho (y en el alma).

viernes, 21 de marzo de 2014



A pesar de todo,
tú alimentas mi alma
¡Es inútil! Por más que nos obstinemos, no existe ninguna explicación fidedigna. Lo mismo da acudir a la ciencia, que a la filosofía, que a la religión, que a la espiritualidad, que al misticismo, que a la lógica, que a los libros sagrados. Nunca pasa de ser producto de la imaginación, inventado, propio del deseo, o apto para ejercer el dominio sobre los otros, más humildes, más temerosos, o, simplemente, es un producto de la ilusión, de los anhelos, de la insatisfacción. Solo eso. Y es que los seres humanos no estamos hechos para autentificar las fantasías, ni para conocer nuestra procedencia ni nuestro destino. Las eternidades las creamos, las inventamos, las predicamos, incluso, nos reímos de ellas si son excesivamente irreales, y hasta nos pueden convertir en seres felices temporalmente, pero nadie está en condiciones de asegurar nada con absoluta certeza. Dios, la Naturaleza, la Vida, la química universal, nos han hecho así. Según los libros sagrados y los mitos, antes Dios estaba presente a cada momento. Pero, hoy, cuando más se le necesita, cuando nos sería más necesaria su presencia, menos está. En el momento que Nietzsche gritó «¡Dios ha muerto!», comenzamos a quedarnos huérfanos.    
Claro, cuando se observa con pasión a los seres, cuando se contemplan sus actos —buenos o malos—, cuando vemos su complicada composición celular o se ve la circulación de la sangre, cuando vemos la intrincada composición de las neuronas, que dirigen con tanta eficacia nuestros pensamientos, y los convierten en acciones, en actos evolutivos, en delirios, en amor, en solemnes extravagancias, cuando observamos el trabajo del corazón, con su tlac-tloc, día noche, durante toda la vida, bombeando la sangre; cuando vemos el imperativo de la relación sexual, que nos incita a procrearnos, a ser conscientes/inconscientes de las actitudes ante la vida… Cuando me veo a mí mismo hablando con mi difunta esposa, o escribiéndola, y diciéndole que la amo y que no puedo vivir sin ella; cuando mi amor sobre ella me lleva a creer que su muerte definitiva es imposible, que sería ridículo que un ser así desapareciera del todo, cuando siento que ella llena mi corazón y alimenta mi alma, entonces, en ese momento, me veo perdido en el bosque, asediado por las bestias que me quieren arrancar el corazón… ¿Qué será?, me pregunto. ¿Por qué tanto silencio?

jueves, 20 de marzo de 2014

Rosalía (2)
Me olvidé del desayuno, y me hubiera olvidado del almuerzo si no hubiera sido porque me asusté cuando vi que todo el mundo me estaba buscando.
Y cuando regresé por mi voluntad, me echaron una bronca, pero no quise decir la razón de mi huída ni el lugar donde me escondí. Y mucho menos pensé en denunciar lo que había visto y lo que había tocado. No por guardarle el secreto a Rosalía, sino porque confesarlo hubiera significado algo así como hacer un público reconocimiento de que había dejado de ser un niño y me había convertido en un ser depravado y un candidato a habitar en el Infierno.   
Rehuí encontrarme con Rosalía. Pensaba que si me topaba con ella, podría intentar concluir su “didáctica” explicación para lo que no estaba preparado.
Pero fue inevitable. 
Al día siguiente, cuando todavía no me había levantado de la cama, entró Rosalía en mi cuarto y, con un evidente resentimiento y actitud de desprecio, se encaró conmigo.
–¿Por qué saliste corriendo ayer? ¿Es que eres mariquita? ¡No le vayas a contar a nadie lo que hicimos, porque si se lo dices a alguien te cojo y te tiro de cabeza al pozo! ¡Ya lo sabes! –me soltó con actitud desabrida y gesto de mal talante, lo que me daba a entender que su amenaza iba en serio...
Dicho esto, salió de la habitación con aires de estar muy ofendida.
Al día siguiente Rosalía le pidió permiso a la abuela Mónica para ir temporalmente a su casa, en Las Machorras. El chofer de la línea de autobús le había dado el mensaje de que su padre se encontraba muy enfermo. 
La abuela inmediatamente mandó recado a un sobrino que vivía en Villasante, un tal Benito, con el que, por cierto, que yo recuerde, no había demasiada relación. Él poseía una camioneta con la carrocería de madera, de aquellas que llamaban “rubia”. En el mensaje le pedía que hiciera el favor de venir al Crucero para transportar a Rosalía hasta su casa, que era un asunto de gran urgencia. 
No hubo problema: Benito llegó muy atildado y se llevó a Rosalía.
A los tres o cuatro días una señora, amiga o conocida de la abuela, pasó por casa, y habló con ella en un tono confidencial. 
 –Mira, Mónica, no sé cómo decirte esto, pero de alguna manera te lo tengo que decir. Así que escucha lo que me han venido a contar: Ayer por la mañana vieron la “rubia” de tu sobrino Benito detenida en Sotillos, a un lado de la carretera. El que la encontró se acercó pensando que Benito había sufrido algún percance, y tal vez requería su ayuda. Pero en la camioneta no había nadie. Miró por los alrededores y acabó viéndolo en el trigal. Estaba acostado sobre tu sirvienta. Lo que hacían, ya te lo puedes imaginar. 
La abuela, loca de furia, mandó venir a Benito y le echó una colosal bronca. Yo nunca la había visto tan fuera de sí. 
Después, le mandó sus pertenencias y un recado a Rosalía a Las Machorras, diciéndole que no se le ocurriera regresar al Crucero.
Y Rosalía no regresó nunca más. 
Yo vi el cielo abierto…

lunes, 17 de marzo de 2014

Rosalía (1)
Mientras Rosalía y yo nos acercábamos al lugar donde se desarrollaba la fertilización de la vaca, Alfonso, el pastor, nos gritaba que nos alejáramos de allí, debido a que el toro se encontraba en todo su apogeo y ese no era un espectáculo para niños. 
Y Rosalía apretaba mi mano y me decía que no hacerle caso. 
Así que continuamos caminando hacia donde el semental mugía y ponía una insolente expresión de satisfacción ante el disfrute que le causaba la responsabilidad confiada por la Naturaleza. Alfonso, mientras, trataba de tapar la escena con su cuerpo, y le reprendía a Rosalía: 
–¡Pero qué marrana eres, muchacha! ¿Cómo se te ocurre traer al niño aquí? Como don Felipe y doña Mónica se enteren, te la vas a cargar.
–¡Qué va, hombre! ¡El niño es muy pequeño y ni cuenta se da! ¿Verdad Jacintín que tú no sabes lo que es éso? –me decía Rosalía cínicamente, mientras presionaba mi hombro.
Alfonso, en su esfuerzo por ocultar lo que ocurría al otro lado de la tapia, propuso que nos sentáramos.
–¡Vamos a sentarnos!
Pero yo continué de pie, mirando como hipnotizado, sin poder desviar mi atención de los esforzados vaivenes del toro, que le estaba entrando a la vaca por segunda vez.
–¿Qué miras tan atento, chaval? ¿Te gusta ver cómo juegan el toro y la vaca? –dijo Alfonso con un tono atiplado.
–¿Y a qué juegan? –pregunté, tratando de profundizar en el tema mientras fingía que no sabía nada de nada.
–Pues están jugando a eso, a saltar uno sobre el otro…
–¿Y cómo puede saltar la vaca estando amarrada?
No recuerdo cómo terminó aquella pueril explicación que intentaba darme el pasiego, pero sí quedó bien grabada en mi mente la actitud de Rosalía, que en aquel momento, disimuladamente, me daba con el codo, como queriendo llamar mi atención. Y advertí que hacía un círculo juntando las yemas de los dedos pulgar e índice de una mano, mientras metía y sacaba rítmicamente el dedo índice de la otra.
Comprendí lo que Rosalía quería darme a entender. Pero, queriendo conocer con certeza las diversas versiones que corrían de boca en boca en el mundo infantil, traté de profundizar en el asunto, y cuando regresábamos a casa, le pedí a Rosalía que me aclarase lo que había querido decir con aquel extraño gesto.
–Mira: no le vayas a decir a nadie que te lo he dicho yo: ni a tus hermanas, ni a tus primos, ni a Antoñito el hijo del médico, ni a tu mamá o a los abuelos. ¡A nadie! ¿Me has entendido? Yo solo quiero que sepas cómo son estas cosas para que no parezcas un niño tonto, de esos que no saben nada de la vida. Lo que estaban haciendo la vaca y el toro se llama joder, que quiere decir fabricar un ternero. Y así, de esa misma manera, se hacen los niños: jodiendo el hombre con la mujer. ¿Sabes lo que es joder?
–No…
–Pues ya eres bastante mayor como para saberlo.
–¿Es lo que dice la abuela que son cosas feas?
–¡No son cosas feas; son cosas bonitas! Ya te lo explicaré uno de estos días.
Poco después, una mañana que me se desperté muy temprano, bajé a la cocina para desayunar, y como no vi a nadie allí, traté de localizar a Rosalía. Así que entré en su dormitorio. Ella acababa de levantarse y se aseaba en el lavatorio que había detrás de la puerta de su cuarto. En un principio, se asustó y gritó. Pero al ver que era yo, se calmó enseguida y hasta mostró cierta complacencia. 
–¡Hola Jacintín! ¿Has venido a ver a tu chacha? –me dijo muy sonriente.
–¡No! ¡Es que quiero el desayuno! –contesté medio llorando.
–Bueno, hombre, no vayas a llorar por eso. Ahora mismo vamos los dos a la cocina y te lo preparo. Mientras acabo de vestirme, pórtate como un hombre hecho y derecho.
Me subió a su cama y me sentó en una esquina.
–¡Oye! –me dijo de pronto– ¿Todavía te interesa saber lo que hacen un hombre y una mujer cuando joden?
–Si… –dije con un hilito de voz mientras el corazón se me salía por la boca. 
–Pues mira…
Se alzó la saya, se bajó la braga y me mostró su dispositivo genital, mientras me miraba con una sonrisa entre perversa y lasciva.  
Me quedé pasmado y el corazón me latió a toda velocidad.
–Mira: al hombre, cuando ve esto, el pito se le pone muy tieso y gordo, y entonces le dan ganas de meterlo por aquí… Trae tu mano.
Cogió mi mano e introdujo mis dedos en su abertura vaginal.
Cuando yo sentí el líquido viscoso y caliente, no esperé. Desprendí mi mano de la de ella violentamente y algo en mi mente me impulsó a saltar de la cama y salir corriendo a toda velocidad, como alma que lleva el diablo. Salí de la casa y corrí por la carretera de Espinosa, hacia un encinar que había en una loma cercana. 
Me subí a un árbol y allí me quedé muy quieto. No me podía quitar de la cabeza la visión del pubis de Rosalía. Su aspecto negruzco y amenazante, misterioso, como de incitante madriguera, que me atraía y me repelía al mismo tiempo. También quedó fija en mi mente su expresión perversa, de loca, entre el deseo y la curiosidad. Y no me puedo explicar la razón de la zozobra que me produjo, pero sí vislumbré que desde ese momento mi vida cambiaría. Lo que más me preocupaba es que se enteraran mis abuelos, mi tía Aurita o mi mamá y decidieran que estaba haciendo todo lo posible por condenarme al infierno cuando me muriera… 

Tal vez fue aquel día y allí, en el cuarto de Rosalía, donde perdí la inocencia.

sábado, 15 de marzo de 2014

El revoltillo de mis ideas
El tema a discernir es comprobar si la causa del revoltillo de ideas y conceptos que circulaban por mi cabeza, procedía de la desastrosa educación que recibía, de las ideas falsas, de las normas y los mitos beatos, de las supersticiones y los miedos que me inculcaron a diferentes edades, pero que coincidían con los momentos que más hubiese necesitado una información constructiva y cabal tanto sobre el sexo, como sobre la religión, o las ideas, o el mundo y el comportamiento humano. Pero, ¿será mucho pedir tratándose de la España de Franco? A falta de una educación mínima, aún aceptando que hubiera podido estar basada en lo convencional, recibí una plagada de convencionalismos, falsedades, dogmas, amenazas divinas, y en la que no se le concedía la mínima importancia a la cultura, al conocimiento, a la ciencia ni a la filosofía, sino que todo se convertía en el freno de un concepto desorbitado del pecado y los castigos divinos que acarreaba, y donde privaba la amenaza continua de los infiernos y purgatorios, y el aborrecimiento —no el amor— de Dios, siempre dispuesto a castigar mi «desastrosa» personalidad con una espada de fuego blandida sobre mi cabeza. Una personalidad como la mía —ahora me la veo—, donde no cabía la hipocresía ni el fingimiento, sino la ingenua sinceridad y las divagaciones imaginativas propias de un niño inteligente. Así que en mi cabeza fue entrando una multitud de ideas opuestas, falsas y contradictorias y, lo peor: en ocasiones me las creía. Mientras mi padre vivía su vida en un exilio venturoso en México, yo había pasado a sustituirlo en las iras de la familia por el lado materno, que me convirtieron en víctima y causa de su deserción y del abandono que nos había infligido. «¡Este niño va a ser como su padre!» era una expresión que la escuchaba incontables veces a poco que me desviara de esos conceptos dogmáticos que eran la base del «sostén espiritual» de la familia. 
Mis primeras nociones de sexo las recibí de una empleada doméstica que era ninfómana y semi-pederasta. Tendría yo unos nueve años. Rosalía, que así se llamaba la sirvienta, poseía cierta finura. Era bonita y dueña de unos ojos claros, ambarinos y muy puros. Estaba lejos de poseer el aspecto de la ruda campesina clásica, y sus modales refinados, algo extraños, no sincronizaban con los de una chica procedente de “Las Machorras”, un apartado lugar situado en la zona pasiega cercana a Espinosa de los Monteros y formada exclusivamente por caseríos aislados, muy distantes entre sí.
Un día, cuando nos encontrábamos Rosalía y yo sentados sobre la hierba en una explanada cercana a la casa de los abuelos, a unos cincuenta metros de nosotros, junto a la tapia del prado donde solían pastar las vacas, observamos que se estaba realizando un ejercicio de fertilización: un toro semental cubría a una vaca que se encontraba amarrada a la cerca. A cargo de la actividad se encontraba Alfonso, pasiego también, que cuidaba los animales domésticos de don Juan, el médico.
Rosalía me animó para acercarnos y presenciar el proceso de creación. Y yo, aún sabiendo que me estaba metiendo en terreno prohibido, accedí. Aquella escena encerraba unos aspectos excitantes, que me atraían. (Seguiré en el próximo blog)

miércoles, 12 de marzo de 2014

Pasar la vida leyendo
Claro, ahora, en estos tiempos tan «tecnificados» que vivimos, el ejercicio de leer se ha puesto más al alcance de los aficionados a la lectura debido al llamado libro electrónico, o libro digital, o (para usar un expresión anglófona que cada día está más generalizada) los e-books. Es más, precisamente hace unos pocos días, al consentir Amazon que su Kindle pueda instalarse en el iPad de Apple, ha facilitado la evolución digital, porque ahora en un solo aparato (en mi caso un «miniaipad»), además de leer, me permite resaltar frases, explicar mis impresiones mediante notas marginales, o destacar aquello que me da una idea, o que me descubre una fórmula cuántica o una clave filosófica. Y dispongo en mi biblioteca digital de cerca de 80 títulos que me acompañan a donde yo voy. Los tengo clasificados por materias. La enorme ventaja del libro electrónico es que puede viajar con uno, a donde quiera que vaya, trátese de un viaje en avión o uno en tren o en el metro, o en la sala de espera de un médico, o mientras se aguarda a ser recibido por un funcionario de hacienda… Y tengo junto a mí a una biblioteca que si no fuera por este sistema no sería posible transportar y menos en una bolsa de costado. Tendría que esperar a llegar a casa y allí sacar de mi biblioteca el libro físico que esté leyendo, coger el bloc de notas, el marcador amarillo, y comenzar mi trabajo. En cambio aquí lo tengo todo a la mano, a merced de un dedo… Y, conste, no estoy despreciando el libro impreso (yo he vivido casi toda mi vida trabajando en editoriales y con las editoriales he sostenido mi vida y la de mi familia). Y me gusta hojear un libro, y oler su tinta, pero no dejo de reconocer que el libro digital tiene sus ventajas.
En estos días estoy leyendo un maravilloso libros científico titulado De Physica, que profundiza en la ciencia, la astronomía, la astronáutica y la física cuántica y que dispone de una serie de vídeos reproducibles, gracias a los cuales se puede ampliar gráficamente el conocimiento sobre la materia relacionada. Y en otra «biblioteca» especializada tengo un libro sobre la vida de Mozart, donde se te da la oportunidad de, mediante unos links muy oportunos y estratégicamente situados, entrar en otros vídeos musicales y escuchar las interpretaciones de este compositor.  
También estoy leyendo una novela muy interesante titulada La cocinera de Himmler, que es la memoria de una mujer que vivió 112 años y nos está narrando una serie de historias vividas por ella (armenia de nacimiento) la mayoría de ellas relacionadas con la crueldad humana, con las persecuciones étnicas (la de los turcos del Imperio Otomano a los armenios; las diferentes persecuciones sufridas por los judíos en Europa, las de Stalin, las de Hitler y otras más). En este libro se demuestra que el mundo está cubierto de sangre y barbaridad, por más que queramos mirar para otro lado…

Nota: El dibujo de la entrada es de Siri Hustvedt, 
esposa de Paul Auster. Ella también es escritora.  

lunes, 10 de marzo de 2014


Consignas para vivir
Yo, ahora, en mi edad avanzada, suelo leer mucho. Con ello doy rienda suelta a una de mis actividades predilectas —las otras son escribir y escuchar música. Pero lo de leer es una costumbre que cada día siento más arraigada. Claro, escojo los títulos con sumo cuidado porque en mi alma se encierra un prurito que me prohibe dejar un libro a medias cuando no me agrada, no lo entiendo o me parece poco profundo; abandonar un libro sin terminarlo de leer sería una especie de sacrilegio, una falta de respeto hacia un autor que desea ser escuchado o que se permita exponer ante el público su pensamiento, sus puntos de vista o sus poesías. 
El amor a la lectura lo he tenido de siempre, pero ahora es como una especie de locura, un afán; significa la intensa búsqueda de la clave sobre el vivir, y siempre estoy a la búsqueda de aquel título que me pueda proporcionar una pista, o aquel otro que más caminos me muestre o, incluso, el que más me aleja en un momento dado de la realidad. Y no quiero decir con esto que mi realidad sea aborrecible, porque no lo es: solo se debe a que me encanta descubrir vidas ajenas, afanes distintos, conciencias diferentes, modos diversos, mundos posibles, otras fórmulas de interpretación. A veces pienso que la diversidad es la clave para el funcionamiento del mundo: imagine si todos fuésemos iguales y realizáramos las mismas cosas, o tuviéramos la misma cultura y las mismas creencias o tuviéramos los mismos sueños: ¡sería espantoso! El mundo se mueve apoyado en su diferenciación. Añoramos lo bueno gracias a que existe lo malo; sabemos lo que es bonito cuando contemplamos lo feo. Si todo fuese bonito y bueno no tendríamos conciencia de estas bondades. 
Ayer leía un artículo que me conmovía titulado «Espiriteria» (una contracción entre espíritu y materia), escrito por Francisco J. Rubia Vila, Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y ex-catedrático de la Universidad Ludwig Maximillian, de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. En él se manifestaba que «neuroespiritualidad quiere expresar el hecho de que el cerebro es capaz de producir experiencias espirituales, religiosas, numinosas, divinas, místicas o de alta trascendencia». Es decir, que existe una especie de biología de la espiritualidad, de los sueños y de la fantasía, y que ésta se elabora allá en nuestro sistema límbico, situado en la profundidad del lóbulo temporal y relacionado con la glándula que produce o recorta la sustancia conocida como serotonina. Esto me lleva a la conclusión de que nuestra vida, en muchos aspectos, está regulada por nuestra composición biológica que, a su vez, depende en parte de nuestro conocimiento y nuestra capacidad de sentir emociones. Y este conocimiento se adquiere mediante la actividad de leer.

sábado, 1 de marzo de 2014


La tradición oculta del alma
de Patrick Harpur
¿Estoy embrollando o complicando cada vez más mi obsesiva intención de comprender la esencia de la vida? Hay veces que inicio la lectura de un libro con avidez y ansiedad ante la idea de que me pueda aclarar algo; pero luego viene la frustración, el desánimo, la desilusión de que existe un límite, una ordenanza universal que proclama «de aquí no pasas»… Se ve claramente que la inteligencia humana, la sensibilidad tiene sus fronteras y aunque investiguemos o establezcamos fórmulas mágicas o hagamos reflexiones desprovistas de prejuicios y creencias falsas, nunca llegaremos a poseer el conocimiento necesario. Hasta me atrevería a opinar que por más que se construyan aceleradores de partículas, o estemos atentos a los hallazgos científicos o a las exposiciones de los filósofos, nunca descubriremos la verdad. La Naturaleza nos ha construido así, imposibilitados de acceder al verdadero conocimiento.
A propósito de ello, acabo de leer un libro titulado La tradición oculta del alma, de Patrick Harpur. Ya había oído hablar elogiosamente de él pero al verlo en la librería y ojearlo me llamó la atención. La tradición oculta del alma fija como pauta conocimientos con un criterio ecléctico; incluso se remite a las ideas del pasado, a los mitos, a aquellas creencias de ayer que imperaban como ciertas y hoy nos producen una sonrisa de suficiencia, de seres «civilizados» y sabelotodo. En realidad, es extraño que una rata de librería como soy yo no conociera un título como éste, que abre un sin fin de ideas y se amolda perfectamente a mi pensamiento. Representa otra cara de la moneda, la que produce burlas en los «entendidos» por considerarlas propias del desconocimiento y la superstición. 
Yo que, en el fondo, no estoy seguro de nada, y vivo haciéndome preguntas acerca de la Creación y de la composición del mundo, de su razón y finalidad, creo que ninguna idea es despreciable y que en un mundo tan complicado como este, un mundo tan armonioso, tan poético, donde las flores crecen junto a los abrojos, nadie puede erigirse en conocedor de la verdad.