domingo, 18 de diciembre de 2011



















Una vida ininteligible


Y es que la vida, de por sí, resulta complicada, incompleta, ilusoria y, a veces, nos salen más trampas al camino de las que quisiéramos. Es como si algunas de sus fases, algunos de sus detalles, determinados espacios, estuvieran aún por hacerse, inacabados o no se hubiera perfilado o definido cuál es su razón de estar ahí o cuál puede ser su papel.

Porque, si la Naturaleza ha hecho lo posible por concedernos un cúmulo de perfecciones y nos ha dotado, entre otras muchas habilidades, de la función del discernimiento con el fin de que podamos determinar cómo hemos de comportarnos y cómo debemos reaccionar ante manifestaciones espirituales, físicas o químicas, y nos da suficientes bases para decidir nuestra posición, ¿por qué en tantas ocasiones les damos la espalda?

Lo que pasa es que hoy se hace todo a impulsos de un sentimiento de voracidad, de un afán de conquista, o se adoptan actitudes que, si nos parecen aceptables en el momento, mañana las abandonamos… No es, en realidad, que decidas perfeccionar tus actos, o que te arrepientas, porque el arrepentimiento depende de la sensibilidad, o de la conciencia (y dicen que cada persona comete la cantidad de pecados que admite su conciencia). Esto no es algo que dependa de tu estructura física, sino de tu condición moral.

Pero, a lo que voy, es a que en el mundo hay mucha clase de gente, con intenciones difusas y complicadas. Que, muchas veces, son intenciones malditas.

Yo, sin que quiera ponerme como ejemplo de nada, a veces me comparo con uno de esos miembros de ETA –los que asesinan–, y me digo que mi diferencia moral con cualquiera de ellos es abismal. No creo que jamás en la vida, fuera por la razón que fuera, yo pudiera asesinar a nadie y encima justificar los crímenes o reírme públicamente, como hacen ellos… ¿De dónde proceden esos individuos que matan? ¿Y esas mujeres con esa cara patibularia que aparecen en las reuniones de organizaciones afines a la banda y que miran ceñudamente? ¿Qué es lo que respalda sus intenciones? ¿La independencia? ¿La ambición política? ¿El deseo de destacar? ¿Adoptar un modus vivendi en toda la gama de posibilidades de los deleites que te ofrece la vida? Nada, absolutamente nada justifica la aberración de matar. Quitarle la vida a otro es propio del desquiciamiento humano de algunos seres. Es propio de gente mentalmente descompuesta y malvada hasta lo más profundo de sus entretelas…

Yo creo que en ellos sólo reside un alma deteriorada que se nutre, que se alimenta del poder que representa para ellos matar, y que hace que se sientan enaltecidos al erigirse en propietarios de vidas ajenas. También puede ser que maten para saciar sus instintos.

Pero, no deseo hablar de los actos malvados, sino del impulso que los guía, de las secuelas que pudo dejar, por ejemplo, en aquel individuo que le dio el tiro en la cabeza a Ángel Blanco cuando estaba indefenso, y de su gran, su enorme diferencia con mis propias convicciones morales, o con las tuyas, o con nuestros conceptos de lo que es la vida y lo importante que es respetarla.

Y esa es mi pregunta: para que la vida funcione, ¿es necesaria tanta diversidad? ¿No existe una verdad única? Entonces, ¿tiene la misma razón el que mata como el que se niega a matar…? ¡Eso no puede ser así! ¡Me niego a aceptarlo! Si en la vida es tan admisible, tiene tanto valor lo «malo» como lo «bueno», entonces será cierto que carece de significado, y que no hay ningún regidor que implante las leyes como un hecho natural sin paliativos.

Como un acto sometido a la conciencia…

miércoles, 7 de diciembre de 2011



Diversas estructuras de la vida


En realidad, ¿de qué me quejo…? Puede de que la vida es corta y, el tiempo que se vive, desaforado y, en gran parte, inútil. Igualmente lamento que ella, la vida, se niegue declararnos sus objetivos y no sólo en lo que se refiere a nosotros, los humanos, a nuestro destino, sino en relación a ella misma. Porque, en realidad, si lo vemos bien, naces, te dan unos cuantos meneos sin «ton ni son» y, cuando empiezas a creértelo, cuando piensas que vas —más o menos— captando algunos de los perfiles espirituales, ¡plaf!, comienzas a hacerte viejo. Y luego, para acabarla de fastidiar, vas y te mueres… Y te llega ese momento sin haber realizado ni una décima parte de lo que pensabas… Lo que casi te obliga a pensar cuando estiras la pata, o cuando estás al borde de ello, que: «¡Esta vida es un cachondeo, se mire por donde se mire!».

Claro: este pensamiento de que la vida es un cachondeo me viene a veces. Sin embargo, hay días que pienso que ni cachondeo ni nada, que hay que verla —a la vida— desde un punto de vista más positivo. En realidad, si la vida fuera larguísima —supongamos que cada persona viviera unos 200 años o más—, sería empalagosa, aburrida, cansina e insoportable. A no ser que nuestra estructura mental y anatómica fueran diferentes…, y los modos sociales más adaptados a un tiempo de vida tan prolongado. Porque de lo contrario, tal como es ahora, a los 70 años ya eres un viejo, y entonces la sociedad comienza a apartarte de la vida activa y ya nadie te tiene en cuenta (y, conste: ese no es mi caso). Después, en una vida tan larga, tendrías que estar los 130 que te restan encima del aparador, como si fueras una figura decorativa… El otro día presentaban en TV a una viejecita que tenía 112 años, y era la mujer más vieja del mundo. A mí, al verla, la verdad sea dicha, se me encogió el corazón, es decir: me invadió una profunda tristeza: hundida en un sillón, toda ella puro huesecillo que daba la sensación trágica de ser un cuerpo ya sin vida, completamente arrugadita, y sin entender —aparentemente— nada de lo que ocurría a su alrededor. Con cuatro pelos blancos en la cabeza, y su boca, al carecer de dientes, no pasaba de ser un gurruño deforme. Los ojos, empequeñecidos y lacrimosos, miraban dando a entender que no entendía nada. Tenía ella un expresión abstraída y se mostraba falsamente encantada, como si estuviera pensando: «¡Jolín, cuántos años he vivido y qué contenta está la gente por ello!». Estaba rodeada de otros ancianos y otras ancianas, más jóvenes, desde luego, porque se trataba de los hijos y las hijas, con sus nueras y yernos respectivos. Allí estaban también sus nieta/os que frisaban entre los 40 y los 50. Y estaban presentes unos niños y adolescentes que debían de ser sus bisnietos y sus tataranietos… Todos con cara de circunstancias y queriendo hacer creer que lo que ocurría era algo fenomenal. Total, estaba presente todo un mundo surgido de ella —y de su marido, claro—. En mi caso, según contemplaba la presentación, me preguntaba: ¿se sentirá feliz esa viejita con esa edad y se dirá a sí misma «misión cumplida», mientras se le está cayendo la baba por la comisura de su boca? Porque, hay que considerar que al menos desde hace 40 años esta señora está esperando la muerte, que puede estar cerca y llegar de un momento a otro. Y con esa sensación en mente, con ese temor constante, difícilmente se puede ser feliz…

Pero, no divaguemos más y olvidemos por un momento la tan traída y llevada tragedia humana.

En realidad, yo no me puedo quejar. Dentro de todas las dificultades que comentaba en mi blog anterior, a pesar de todo y de no haber sido recibido por mis padres con los brazos abiertos, me empeñé en llegar al mundo y llegué, y tuve la suerte de ser uno más entre los cinco mil millones de humanos que debían existir por entonces. ¿Cómo voy a lamentar un hecho tan representativo y trascendental para mí…? Y más con todos los acontecimientos que he vivido. Ser uno de los elegidos… ¡Casi nada! Y estar aquí para contarlo 79 años y pico después de una vida nada monótona.

Es cierto que tanto mi niñez como mi adolescencia fueron irregulares desde el punto de vista afectivo y material. Mi niñez, a partir de los 3 años, cuando a mi padre le dio la tontuna de irnos todos para Madrid. Porque en Burgos vivíamos bastante bien, y tengo entendido que yo era uno de esos niños «encantadores», muy gracioso y dicharachero, por el que las señoras —cuando bajábamos a pasear al Espolón—se desvivían por levantarme en brazos y besuquearme… Lo malo vino después, cuando mi padre decidió vender la librería y otros negocios heredados de mi abuelo Jacinto, para trasladarnos a Madrid. Era el año 1935 —uno antes de que comenzara la guerra—, y como él era literato, pensó que el éxito sólo se encontraba en la Capital.

Pero debo confesar que yo ni me daba cuenta de si vivíamos bien o mal… Tenía una virtud —¿virtud?— que me ha durado toda la vida: mi carácter era duro y sabía enfrentarme a las cosas con cierta valentía. Iba a lo mío y no me pasaba todo el día lamentándome de lo negativo que parecía ser mi destino. Además, era consciente de los hechos, de la realidad que me rodeaba, de la imposibilidad de que, por el momento, pudiera mejorar mi vida… Y no sé si serían las circunstancias, la composición genética que rige mis impulsos o mi inconformismo natural, pero, consciente de que tenía muchas puertas cerradas, solo me quedaba la posibilidad de elegir una profesión poco romántica, como radio-técnico o funcionario de correos…

Pero, luego, cuando todo lo veía más negado, la cosa cambió. Para que se vea cómo en la vida no se puede renunciar a nada, porque después fui editor y periodista (aunque, la verdad, no estoy muy seguro de que sea mejor ésta que las otras).

Eso es lo que más me sugiere que existe un plan mezclado con las estrellas donde están escritas nuestras vidas.

Pero, qué va, qué va, no se lo crea…

En la foto, mi hijo Álvaro asomándose a la vida.

domingo, 27 de noviembre de 2011


El halago como actitud


En estos días, tan entregado como estoy a analizar mi personalidad, he descubierto que no poseo actitudes lisonjeras. O sea, que no soy muy dado a alabar a los demás. Descubrimiento que me ha causado una intensa consternación. Lo único que amortigua el golpe es que, en dirección contraria, tampoco suelo recibir —ni reclamar— alabanzas dedicadas a mí. Bueno, la verdad es que tampoco yo las busco ni pongo el menor interés en recibirlas… Pero es curioso, porque siempre fui un trabajador bien retribuido y altamente solicitada mi participación en aquellos frentes donde presté mi colaboración. Se ve que mi personalidad no es propensa a dar ni recibir alabanzas.

No sé. Esta falta de sensibilidad hacia la validez del halago, puede ser genética, o una «costumbre» familiar, porque no recuerdo ninguna frase para darme ánimo o mostrarme afecto procedente de mis padres.

Al desbarajustado mundo familiar del cual procedo cabría denominarlo como «reino del desamor» (bueno, la verdad es que estuvo muy mezclado con guerras, con escasez de medios y las desatenciones consiguientes). Pero, solo hay que echar un vistazo a la falta de entendimiento entre mis padres y sus lamentables e inexplicables conceptos respecto al significado de un hijo y las atenciones morales que requiere. ¿Y a qué viene esto? Pues no sé. Yo que me creía libre de heridas o que, de tenerlas, pensaba que ya estaban cicatrizadas, ahora, en la edad tardía, al evocar mi pasado, al analizar los hechos que influyeron de forma determinante en mi vida de niño y adolescente, siento que el velo tras el que, instintivamente, pretendía ocultar la desolación, se ha descorrido y ha dejado al descubierto todos los fantasmas que la poblaron. Y me doy en considerar que nunca dejaron de atormentarme, nunca se alejaron de mí por más que volviera la cara hacia otro lado y me negara a verlos. ¿Qué carencias, qué estigmas han supuesto para mi vida tantos aportes negativos, además de vivir de forma permanente en la sensación de ser un advenedizo, un hijo no deseado, un inoportuno?

Por ejemplo, no recuerdo haber recibido nunca esas muestras de cariño que todo hijo espera de su madre: una caricia, el beso de las buenas noches, la felicitación por los logros alcanzados, el amor de una mirada, la estimulante alabanza, la emoción de una lágrima derramada por mí, o recibir ánimos para alcanzar ciertas metas… Todo eso me fue negado. Sólo censuras relacionadas con mi comportamiento, malos augurios, vaticinio de desventuradas acciones, comparaciones aborrecibles, desaprobaciones permanentes. Cuando mi madre lloraba, no lo hacía por mí, sino por ella misma, por su incapacidad frente al mundo, por su inconsolable papel de víctima en el que en el fondo se complacía. Mientras, yo, no pasé de ser el hijo postergado, abandonado a su soledad, al «arréglatelas como puedas», a la censura preparada para soltármela al primer descuido.

En cuanto a mi padre, prófugo tras la guerra, aún considerando que existiera una razón que justificara su huida, ¿qué disculpa puede amparar al hecho de negarme todo el apoyo moral requerido para mi desarrollo como persona, algo que me pudo haber inculcado aún desde el lugar de su destierro? Fue así como me vi obligado a vivir envuelto en la inseguridad y el desaliento, en la timidez inactiva, en la inestabilidad del desarraigo, en la protesta silenciosa pero permanente. Tuve que inventarme mi vida, agarrarme a ciertas ilusiones y fantasías. Y me pregunto, ¿qué deficiencias ha podido imponerme el hecho de no contar con una acción de mis progenitores que me sirva como ejemplo para trasladársela a mis hijos? ¿Qué efectos podrá haber producido en mi persona el no haber podido echar mano de expresiones como «mi padre siempre me decía…» o «el amor de mi madre tuvo en mi vida tal o cual significado…» Es indudable que entre mis abuelos y yo existió un vacío, un vacío abismal, una laguna de angustias e insatisfacciones, de desilusiones y desánimos, tantos que me vi obligado a adoptar el papel de iniciador o pionero en la vía sucesoria de mi árbol genealógico, y no hago esta declaración, ciertamente rimbombante, para echármelas de ser un «sangre azul»: solo la utilizo con fines gráficos y no con presunciones aristocráticas.

lunes, 21 de noviembre de 2011


Hemisferios en contradicción


Piénsatelo detenidamente —me digo—; medítalo sin contraponer convencionalismos, ni deseos personales de perpetuidad. Tampoco recurras a auto-lavados del cerebro acogiéndote a referencias filosóficas, científicas o académicas. La intención es meditar acerca de la realidad sobre la existencia de Dios, tan absurda cuando se analiza bien. Y tan incomprensible… Pero, ¡ojo!, igual debes pensar sobre su contraria, o sea, la del No-Dios, la que nos representa como hijos del acaso. Porque esta es, en realidad, tan imposible como la otra.

De cualquier manera, es evidente que si Él es y está, no desea que encontremos una vía que nos lo descubra, que nos permita averiguar su composición, su pensamiento, su origen, su función entre nosotros y en el orbe. Sí, quizás, levemente podemos llegar a Él utilizando como vehículo la vía espiritual. No por el camino dogmático del razonamiento o la lógica, sino por el instintivo, por el que no exige pruebas ni métodos. Pero éste no es apto para todos. O sea, no todo el mundo tiene acceso a él.

Bien, atemos cabos: dejemos claro que si el Deseado insiste en permanecer al margen, o imposible para ser captado por nuestro entendimiento, será por razones convincentes. ¿Por qué mantiene esa actitud de ausencia, aparentemente negativa? Pues porque si descubriéramos su presencia en una versión verdadera, la que nos permitiría creer sin ningún género de dudas, mantendríamos —por la carga de bondades que conlleva— un comportamiento todo lo fiel y benigno que se quiera, pero pasivo, un tanto abúlico en relación al progreso. Ya no nos debilitaríamos ante tentaciones consideradas pecaminosas por las distintas religiones. Así, una vez fallecidos, no seríamos juzgados ni clasificados conforme a nuestro comportamiento, porque todos seríamos «almas bondadosas» y captaríamos con fijeza que Dios nos está mirando y que vivimos bajo su supervisión. El premio recibido a partir de nuestro deceso dependería, si acaso, de una serie de actuaciones muy sutiles observadas mientras estamos en la Tierra…

Otra razón del hermetismo divino —quizá la más significativa— se deberá a que, a lo largo de nuestra vida, en cuanto apenas nos salieran las cosas mal, estaríamos deseando morir para entrar en otro mundo considerado como más justo y equilibrado. Lo cual también atentaría contra el progreso, pues la ambición, la corrupción, el maltrato a nuestros semejantes, los deseos turbios de prosperar, y esa sensación dañina de que «no existe otra vida nada más que ésta», ese «pecado» deformador de soberbia, no existiría aunque sean actitudes necesarias para el desarrollo y la evolución del mundo, el cual funciona sobre parámetros moralmente destructivos, nos guste o no, mezclando la bondad con la maldad; estimulando la «convivencia» de los malos con los buenos, la enfermedad con la salud, los virus con los anticuerpos, la felicidad con la desdicha, la belleza con la fealdad, el frío con el calor. El hecho de que aquí, en nuestro mundo, existan millones de gentes que lloran y ríen, que son felices y desdichadas al mismo tiempo, es lo que nos motiva (pese a que muchos se sientan abandonados por la sociedad y por Dios). Se trata de ésas dualidades que los budistas y ciertos filósofos niegan y que yo, con ciertas dudas, las acepto porque a nivel universal el bien y el mal, el blanco y el negro no existen, pero según las normas y sensaciones que han ido imponiéndose en nuestras culturas, ahí sí existen y son la base del progreso y de la vida. Lo que nos obliga a emprender una lucha titánica para abrirnos paso.

Gracias a lo cual el mundo crece.

Y eso es lo que llama mi atención: ¿por qué existen estas reglas desdichadas? ¿Quién ha introducido en nuestras vidas estas normativas con tantas bases deformadas con el fin de que el mundo funcione? ¿Quién ha introducido en nuestras cabezas las ideas —colmadas de dudas— de que si nos portamos bien, nos encontraremos con nuestros seres queridos un día, en un supuesto Paraíso situado en alguna parte ignota y, de lo contrario, si nos portamos mal, seremos sepultados en el Valle de las Sombras? ¿No se trata de un cuento un poco tenebroso?

Luego, están los sentimientos encontrados, esos que tanto nos perturban.

En mi caso, por ejemplo, aunque no creo en ese dios convencional, «siento» que hablo decenas de veces con mi Angelines; sueño con ella, recibo el bien de sus milagros, y hasta siento, a veces, el olor a bebé que generaba su cuerpo… ¡Ah, y me siento protegido por ella… Hasta —confesaré para vergüenza mía— beso su fotografía* en varias ocasiones cada día, como si yo fuera una persona supersticiosa carente de conocimientos científicos. Quiere decir que expreso mi amor utilizando como vehículo una fotografía donde la veo sonreír o llorar, y que detecto cuando me mira con severidad o con ternura, conforme a mi comportamiento…

Pero, de repente, y aquí viene lo contradictorio del asunto: hay veces que, en mis divagaciones continuas, interfiere mi pensamiento razonador, deductivo, maduro, y pienso que me estoy comportando como un retrasado, y me llamo a mí mismo desde idiota hasta demente. ¿Cómo es posible que una persona de mi estatura intelectual le de besos a una cartulina? ¡Y es que no tengo ninguna duda de que hay una parte de mi cerebro donde la idea del más allá no penetra! No me lo permite, y no me deja concebir que ella esté ahí, frente a mí, transparente, incorpórea, difusa, suspendida en el aire, encima mío, o a un lado, y está contemplándome como si yo fuera su tema de mayor preocupación o respondiendo de alguna manera a mi amor, o fuera la misión que le ha sido encomendada por los altos mandatarios de la Región Remota, para ayudarme a soportar su ausencia y dándome protección para que no perezca mientras espero… (pero sin dejarse ver, ¿eh? —aunque tenga evidencias abundantes de su presencia—). A veces me recrimino: «Pero oye, ¿qué estás haciendo? ¿Qué sería de ti si no la tuvieras a ella, si dejaras de sentir su amparo y notar el beneficio de su compañía; si no creyeras que esa sonrisa melancólica o esa mirada tierna están dedicadas a ti, a cambiar, sobre todo, los momentos oscuros de tu vida? Y aquí viene una representación de lo voluble de mi cerebro: inmediatamente después me arrepiento de mi dureza de corazón que, en realidad, no congenia con mi verdadera forma de ser. Luego llego al colmo de la incongruencia: le pido perdón por ser tan frío, tan cerebral, tan poco imaginativo, tan negado para sentir la magia de la vida a pesar de ser poseedor de tantas percepciones mágicas otorgadas por la Naturaleza… Tras este acto de contrición, se me queda una sonrisa beatífica que me dura por el resto del día. Es como si hubiera puesto combustible a mi alma…

Claro, con este tema —que ya lo he expuesto por varias ocasiones en este blog—, no sé si trato de convencerme a mí mismo, de hacerme creer que la vida es de por sí extraña y caben en ella cientos de hechos fantásticos y sobrenaturales —e inexplicables… Hechos que, si lo vemos bien, ocurren a todas horas.

Pero, de tanto contemplarlos, hemos llegado a considerar que son normales.


(*No es a esa fotografía que figura a la entrada de este

artículo a la que me refiero. Esta es otra que me

pareció muy apropiada para ilustrar mi escrito.)

miércoles, 16 de noviembre de 2011



Acerca de mí…


No tengo que martirizarme ahora, cuando soy viudo, por no hacer lo que creo que los demás esperan de mí, sino por no hacer lo que yo creo que debo hacer. Ése, no hacer lo que yo mismo me impongo, debe de ser mi mayor motivo de aflicción.

Pero, detengámonos un momento… Pensemos… Meditemos profundamente… ¿Qué esperarías de ti o qué es lo que crees que debes esperar? ¿En qué reglamento, realmente, puedes determinar las pautas que debes seguir? ¿En tu cerebro? ¿En tu corazón? ¿En tu alma? ¿En tu infierno interior o en tus pasiones o en tus momentos de felicidad? En realidad, ¿crees poseer un componente mental que te dicta las decisiones de cada día o éstas te llegan de la nada, del instinto, del estado de ánimo? Y, a fin de cuentas, ¿de dónde sacas que tienes el deber de seguir un normaa? Ahora, casi ochenta años después, ¿te ves a ti mismo como hubieras deseado verte? ¿Y cómo querías verte, si no te importa la pregunta? Porque, en realidad, la vida es como el mar: unas veces hay una visión panorámica espléndida, con un inmenso espacio azul pleno de calma, sedante, productor de dulces deseos y sensaciones, un mar que te invita a vivir y a soñar con otros parajes ignotos, con otras vidas que tú no viviste antes o las viviste pero sin captar la felicidad que te produjeron en el momento, sino después, al recordarlas… Pero, otras veces, se presenta como un mar tormentoso, atemorizante, con unas olas gigantescas y ruidosas, que amenazan destruir el mundo y entonces tus pensamientos cambian…O sea, son momentos que parece que el mar está furioso con el mundo, cuando su aparente furia es solo el resultado de encontrarse un baja presión con una alta; que no se trata de que haya alguien con mal humor que pretende aniliquilarte… Precisamente, a eso voy: estas «furias» y «calmas» del mar son la doble vertiente de la vida: existen desarreglos atmosféricos, mentales, relacionados con la salud, de buena o mala suerte, que pueden provenir de desarreglos meteorológicos, de enfermedades físicas o de la mente debido a un virus o a un contagios, y hasta la participación de la casualidad… O se deben a una furia del mar organizada por sus tritones, o a castigos de Dios dedicados al ser humano, o a los espíritus, o a los diablos, o a la propia mente, de sus pesares y de su necesidad de olvido. De sus melancolías…

Sí, ya sé que si se investigan esos «desarreglos», siempre se encuentran causas físicas, químicas o biológicas, pero a un sistema de organización tiene que recurrir quien nos produce tanto mal o tanta felicidad. Porque, yo no creo, ya lo dije antes, en el chasquido de dedos de un Dios superpoderoso que diga: «Hágase…». A ver, dígame: ¿por qué razón estoy yo aquí, en mi apartamento confortable, escribiendo y oyendo música, y aquel muchacho que está en el patio-jardín situado frente a mi, empleado del recinto, está acarreando la basura hacia unos contenedores que hay en la parte de afuera? ¿Quién nos miró a ambos con agrado a mí y con desagrado a é y por qué razón? ¿Yo se lo pedí a un Dios omnipotente y este muchacho no lo hizo? Nada de eso tendría explicación. La vida es como es, no de quien la ha creado. En el desarrollo de cada vida interviene una serie de factores como la suerte, el deseo, el sacrificio, el afán, el sentido de responsabilidad, el conocimiento, el deseo de hacer lo que se hace y hacerlo bien, las circunstancias, atenerse a ciertas cláusulas…

Lo demás es solo intentar encontrar una explicación que justifique las cosas.

Pero, aún así, con creador o sin él, pienso que la vida, el universo, tiene necesidad de nosotros y por esa razón nos pone los cebos para que «crezcamos y nos multipliquemos». El hecho de que las plantas estén ahí para producir —entre otras cosas— el oxígeno que nos da la vida; la procreación de descendientes mediante el impulso irrefrenable de la atracción sexual; el proceso de evolución al que nos sometemos y con el que colaboramos a trancas y barrancas, la curiosidad y deseo de saber, la acción y la sabiduría para construir cosas, los deseos de aprender, la facultad de hablar y comunicarnos, la transmisión genética de generación a generación, tantas y tantas cosas que no han sido inventadas y creadas por los humanos, ¿para qué son? ¿A quién le sirven? ¿Quién las promueve?

¿Y, a todo esto, quién se cree que el costoso Acelerador de partículas va a responder a estas cuestiones?

martes, 8 de noviembre de 2011




¿Cómo es el verdadero amor?


En un canal americano de televisión, en un programa que si en un principio no me llamó la atención (no me atraen mucho los programas de entrevistas), después sí lo hizo: cuando reparé que una periodista joven le hacía una serie de preguntas respecto al amor a un viejo actor de cine (que fue muy conocido unos años atrás, pero no digo su nombre porque ahora no viene al caso), que tendrá 70 años o más, el cual se ha significado en ese extraño y más o menos efímero mundo del cine, por la cantidad de años que lleva casado con la misma mujer, que es como decir toda la vida. Y cuando le preguntaban que cuál es el secreto de tan larga y amorosa convivencia, él respondía que, en principio, ese era el mayor regalo que había recibido en su vida de… de quien fuera porque no reparé bien si dijo de Dios o de la Naturaleza. Para él, el hecho de haberse enlazado dos seres de semejantes sensibilidades y cuyas personalidades eran complementarias, y haberles llevado a unirse, a crear una sociedad matrimonial, había sido el gran acierto que se había dado en sus vidas. Su mujer, según manifestaba, representaba todo para él (y, pensaba, que él también era lo más importante en la vida de ella): la calma, la armonía espiritual, el deseo que tienen los dos de verse y estar juntos cuando por alguna circunstancia tienen que separarse; el conocimiento de la una por el otro —o del otro por la una— y, sobre todo, evitar la rutina. Eso era la clave. Agregaba nuestro actor que la conversación entre ellos, la preocupación del uno por la felicidad del otro, nunca en su vida había decaído (o no la habían dejado decaer): siempre tenían algo que decirse, porque las cosas del alma y del espíritu nunca acaban del todo de manifestarse. Algunos de los secretos de la buena convivencia eran, según el actor, que lo mejor del amor son las actitudes que surgen con el tiempo; no las del principio, cuando el amor sexual es lo fundamental, sino las de después, una vez que pasa esa pasión loca de los primeros días —o años— y ambos se van conociendo y enlazando profunda y espiritualmente con mayor firmeza; cuando se emocionan con las mismas cosas; cuando surge entre ellos una fuerte corriente de armonía; cuando el paso del tiempo los va convirtiendo en auténticos amigos, incapaces de traicionarse. El amor se fortalece a medida que comprueban las muchas afinidades que tienen, o cuando no existen ocultaciones espirituales, o cuando la vida entre ellos funciona a «corazón abierto», sin disimulos ni tapaderas, y nada se reconstruye si pensamos: «esta porfía la voy a ganar yo por encima de todo». Todo es valioso cuando impera la comprensión sobre el desencanto, los buenos sentimientos sobre los amargos y los positivos sobre los negativos. Cuando la concordia se impone a la discordia. Cuando hay verdadero deseo de que cualquier desacuerdo se arregle de verdad, cuando lo tratan como personas sensibles y como personas enamoradas y pendientes de las necesidades morales del compañero o la compañera… Es entonces cuando todo funciona y ellos, el matrimonio, convierte la convivencia en una relación de dos seres superados que se aman desde el punto de vista emocional y por encima de todo.

Con estas declaraciones me quedé tan prendado… Y es que estos asuntos del amor, cuando son bien tratados, sin ñoñerías, sin frivolidad, sin egoísmos, con toda clase de sentimientos profundos, me producen delirium tremens… Porque, la verdad, es que si entre los humanos se mantienen vigentes diversas formas de amar, solo existe una que es la verdadera y que, a veces, no suele ser bien aplicada o entendida, o es difícil mantenerla vigente porque para que funcione hay que despojarse de individualismos y egocentrismos.

A modo de complemento, diré que hace unos años tuve una amiga que era budista, o casi. Leida, se llamaba (y supongo que continua llamándose). La conocí porque todas las mañanas íbamos al mismo lugar: ella a hacer tai-chi y yo a hacer meditación trascendental. Después de que ambos terminábamos nuestros ejercicios, nos reuníamos y caminábamos como media hora por el recinto hablando de temas de psicología y tratando de descubrir por qué cauces transcurre la vida. Leida no era creyente, pero en la conversación siempre dejaba entrever que sí creía en algo un tanto inconcreto. Tenía el convencimiento —como lo tienen los budistas— de que nosotros formamos parte de Dios y de que con nuestros pensamientos, con nuestras acciones le vamos dando forma al mundo y a sus vibraciones. Es decir, si nuestros pensamientos son afables, tiernos, compasivos, honrados, honestos, altruistas, etc. el mundo será cada vez más el eco de nosotros, de nuestro comportamiento y nuestra forma de pensar.

Aunque, por desgracia, a veces parece que las cosas funcionaran en sentido contrario…

lunes, 24 de octubre de 2011



Lo aleatorio de la vida


Lo que más me conmueve de la vida es que, a veces o, mejor dicho, casi siempre, transcurre por cauces insospechados, no previstos o no trazados a propósito; es decir: no proceden de planes decididos con antelación… Provienen de hechos casuales. Claro, es probable que a lo largo de nuestra vida se imponga la personalidad de cada quien, pero, al repasarla, se siente como si ésta hubiera sido distinta, en muchos detalles, de como se hubiera deseado que fuera.

En mi caso, la mayor parte de los sucesos trascendentes de mi vida han sido casuales, imprevistos, no planificados. Claro, yo no me puedo poner como ejemplo porque mi educación fue deformante, anómala y plagada de amenazas de que con mi conducta estaba siempre dando pasos hacia el infierno. Entonces me tenía que contentar con lo que viniera.

Por ejemplo, está el caso de la mujer de la cual me enamoré —y ella de mí—. Nos convertimos en novios el mismo día que nos conocimos, nos casamos, procreamos seis hijos y vivimos juntos 40 años, y ese fue un suceso —el más memorable de mi vida, desde luego—, que tuvo gran trascendencia y que me obligó a cambiar radicalmente mi rumbo. Y fue absolutamente casual. Primero, porque en el momento que conocí y me enamoré de mi futura esposa —yo tenía 21 años— entre mis planes no figuraba en absoluto buscarme novia y menos casarme; o sea, esta modalidad, la de convertirme en un hombre casado y respetable, estaba, en aquel momento, muy lejos —lejísimos, creía— de mis propósitos.

Pocos días antes de conocer a Angelines, yo había regresado del servicio militar, maltrecho y vapuleado, y estaba encerrado en mi casa con un desánimo de campeonato. Y cuando mi amigo Félix me telefoneó para invitarme a asistir a una celebración con él y tres amigos —no muy conocidos por mí— y cinco chicas de las cuales yo no sabía nada de ninguna, en principio me negué: no estaba yo para fiestas en aquel momento… Pero ante su insistencia y la amenaza de no volver a invitarme nunca más, decidí asistir. Fue aquel día cuando la conocí, nos comprometimos y decidimos casarnos en contra de los deseos familiares y de nuestros propósitos tres días atrás.

Aunque, claro, si vamos a eso, el tan improbable casamiento de mis padre no se hubiera efectuado nunca y yo no estaría aquí, con mi cara de imbécil, escribiendo babosadas o creando dilemas en los que se plasman hechos y deshechos de la vida.

Y qué decir de mi madre, Soledad, que conoció a mi padre cuando ella estaba provisionalmente en Burgos estudiando para maestra. Tendría unos 19 años y la veo entrando en la Librería del Espolón (entonces «librería Ontañón») y como pudo haber entrado allí, podría haber entrado en otra. Pues en ella conoció al que después sería mi padre. Él tendría en aquel momento unos 15 años. Su padre, es decir, mi abuelo Jacinto, había fallecido tres años antes, y de casualidad se había casado con mi abuela Manuela, porque lo efectuó cuando tenía 60 años. O sea, está claro que llevaba camino de convertirse en el clásico solterón. Pero se casó y luego nació mi padre…

Bien, ya estamos en el interior de la librería.

Y con esa procacidad tan propia de Eduardo cuando se trataba de hablar con una mujer, probablemente se entabló el siguiente diálogo:

—Señorita, ¿qué se le ofrece?

—Quiero el Tratado de Pedagogía, de Castoranos.

—¿Y no preferiría mejor uno que he escrito yo para uso exclusivo de estudiantes bonitas…? ¡Le aseguro que en el mío se aprende, además de a ser maestra, el arte de amar!

—¿Es que usted ha escrito un tratado de pedagogía? ¡Qué raro, con lo joven que es!

Interviene doña Manuela:

—¡Ay chica, no le hagas caso! ¿No ves que te está tomando el pelo? ¡Eduardo: lo único que vas a conseguir con tus bromas es que Soledad se vaya a comprar sus libros a otra librería!

—¡No me diga que se llama Soledad! ¡Pero, qué casualidad: si es el estado de mi corazón y el nombre de la musa a la que yo estoy llamando día y noche para que me ayude en mi actividad de poeta!

—¿Es que es usted poeta…?

—¡Claro que es poeta! O al menos, eso es lo que pretende —terció orgullosa doña Manuela—. Hasta ha llegado a publicar algunas poesías en “Sentir”, la revista de los mustios.

Soledad miraba a Eduardo con admiración.

Y fue con este diálogo casi convencional, que se inició la relación. Aunque, de ahí en adelante, todo sería más complicado.

Los preliminares imprescindibles, según Soledad, conforme a las costumbres de la época, consistían en una persistente persecución: a la hora que mi madre salía de la Normal, allí estaba Eduardo haciendo guardia, desde lejos, desde luego, pero no tanto como para que no se advirtiera su presencia. Después, caminaba detrás de Soledad mientras ésta se dirigía al paseo del Espolón a encontrarse con sus amigas y pasear, que es lo que se solía hacer cuando el tiempo lo permitía. Él entonces se adelantaba y se situaba en un punto intermedio del Paseo por donde, forzosamente, tenía que pasar ella, y apoyando su codo sobre la barandilla que daba al río, esperaba. Y en el momento que la veía venir se incorporaba para parecer más alto, y la saludaba con una leve sonrisa. Y si ella respondía o hacía algún gesto amistoso, significaba que la relación progresaba.

Según me refirió en varias ocasiones mi madre, este fue el comienzo. Después, Eduardo dejó pasar unos días y pasó a tomar la iniciativa. Un día, cuando pasó Soledad frente a él, se adelantó y, con todo el disimulo que fue capaz, le entregó un papel muy dobladito, con la poesía que había escrito la noche antes.

Aquella noche Soledad no pudo dormir. Cuando Eduardo le entregó la poesía en el paseo, ella la guardó en el acto, y a pesar de la insistencia de sus amigas, de ninguna manera aceptó compartirla para evitar ironías o burlas. Sólo la leyó cuando estuvo a solas en su cuarto. Y se alegró de haberlo hecho así. La intensidad, la pasión y el exagerado romanticismo que contenía, hubiera dado lugar a comentarios jocosos.

La poesía decía:


¡Mía!

¡Quién podría

decir a la virgencita de marfileño perfil

que vimos pasar un día

de abril,

esta palabra-poesía:

¡Mía!


¡Mía!

¡Quien podría

hacerte de mis antojos

para así, en tus labios rojos,

ahogar mi melancolía!

martes, 11 de octubre de 2011



La incógnita de los propósitos


Forzosamente, tiene que haber un propósito… Porque, si no lo hay, ¿por qué nos afanamos? ¿Qué es lo que nos induce a progresar, a cultivar nuestro entendimiento, a crecer como personas, a fabricar utensilios complicados y a poseer cosas, a perseguir el placer, a complementarnos con adornos, con historias, con comodidades, con alimentos sofisticados? ¿La «utilidad» del sexo nos ha llegado por sí sola? ¿Y por qué además de influir de una forma determinante en el crecimiento de los seres vivos, en los humanos ejerce un papel incisivo en la condición emocional mediante la singularidad de amar y sentirnos amados? Tú observa a los animales, no a los domésticos —que a veces copian las actitudes humanas a fuerza de vivir entre nosotros—, sino a los salvajes, a esos que habitan en la jungla. Para ellos siempre es todo lo mismo, un día es copia del anterior, no existen las mejoras, ni las ambiciones, ni el deseo de progresar, ni la perfección física, ni las actitudes de índole espiritual o las perturbaciones del alma ante la visión de una flor u otras maravillas de la Naturaleza. Para ellos no existe otra razón de vivir que procurarse las necesidades primarias.

Las mismas determinaciones físicas —de las que los «sabios» tanto alardean—, constituyen el gran misterio universal, es decir, son una necesidad palpable de inter-relación y armonía biológica, de funcionamiento eficaz y necesario que ni tan siquiera un supuesto Dios sería capaz de evitarlas o transgredirlas. ¿Podríamos existir sin el equilibrio que nos da la ley de la fuerza de gravedad y no solo aquí, sino en el universo entero? ¿Y qué decir de la ondas, o de la visión, o de la circulación de la sangre? ¿Qué les hace creer a los científicos que nacieron por sí solas, de una forma aleatoria, y sin una misión específica, y que no provienen de los deseos o los experimentos de alguien o algo situado por encima de nosotros? ¿No parece haber detrás de ello —así como en la mayoría de las leyes universales— una intención, una inteligencia muy superior a nosotros, tan superior que ni alcanzamos a entenderla? (aunque, por lo demás, ni tan siquiera es necesario que la entendamos).

Lo que más me descompone de los científicos es que ellos van a lo suyo. No les importa que se gasten miles de millones —en estos tiempos de crisis— en sus muchas veces errados o sus descubrimientos inútiles. Sé que hay muchas cosas que agradecerle a la ciencia, pero, también, ¿cuánta confusión, horror y desorden le han creado a la humanidad? Y cuando se les ocurre meter sus narizotas en temas de espiritualidad, entonces sí estamos arreglados…

El otro día veía por televisión una entrevista realizada a un científico. Si bien las formulaciones del entrevistador rayaban en la estupidez, las respuestas del científico me producían vergüenza ajena. No voy a decir el nombre del entrevistado porque es conocido, pero actuaba con una suficiencia, un engreimiento, una actitud de sabelotodo; parecía un poseedor designado por el más allá para explicar el secreto de la vida. Sus respuestas, acompañadas de un gesto de superioridad absurdo y cretino a más no poder, eran formuladas con una actitud condescendiente como si él hubiera participado en el diseño del universo y estuviera en posesión de las razones espirituales, físicas y biológicas. Y, lo peor de todo, es que en sus declaraciones no había ni el más leve género de duda… Eso es lo que más me movía a considerar al «sapiente» individuo como un imbécil en toda regla.

Pero en mi caso concreto, ahora, cuando ya he «agotado» prácticamente el 90 por ciento de mi vida —o sea, la mayor parte de lo que me corresponde vivir—, es precisamente cuando trato con más afán de hallar una explicación convincente de la existencia, y me dedico a analizar los fundamentos de lo que hice y por qué, y qué parte de mis hechos provienen de mí y cuáles me llegan impuestos por las leyes naturales. O sea, no trato de averiguar a qué se debe su funcionamiento ni sus complicados métodos —a veces, insospechados—, sino su razón de ser. Trato de conocer —o al menos atisbar— qué tipo de necesidad es el que tiene la Naturaleza de mí —de nosotros…

Pero hay muchas veces que me topo con la pared y no me queda otro remedio que hacer conmigo lo que confiesa Matin Buber que hacía con algunos de sus pacientes. Decía: «Yo no tengo ninguna doctrina en específico: me limito a tomar al escéptico de la mano, conducirlo hasta la ventana e invitarlo a contemplar con los ojos bien abiertos el mundo y sus manifestaciones».

jueves, 29 de septiembre de 2011


Al llegar la caducidad


Hola… Esta vez sí pensé formalmente que no regresaría al blog. Estuve un poco «enfermito» (como me dice la vecina de arriba cuando me la encuentro: «¿Has estado ‘enfermito’? ¡Pobre, pobre! ¡Pues cuídate, que ya no estamos para muchos trotes!» Con lo cual el ánimo, que ya empezaba a subírseme a la zona de equilibrio, se hunde de nuevo en el abismo…).

No podría asegurar qué me pasó. Un resfriado muy fuerte, con estornudos, toses, dolor de pecho, molestas mucosidades que pusieron mi nariz roja… O sea, algo así que, ya lo sé, no deja de ser corriente y que tampoco es como para asustarse, pero hace bastante tiempo que no pasaba por una crisis igual… Y a mi edaaaaad…

A decir verdad, a mí la muerte no me asusta. Me deprime o me molesta su representación, sus condiciones, sus teatrales manifestaciones sociales; ese aspecto tétrico con que la representamos. Los lutos, los lloros, las alabanzas superficiales pos mortem, esas expresiones baldías y huecas: «¡Con la magnífica persona que era!» (como si solo tuvieran obligación de morirse los míseros, los parias, los desechados de la vida, esos que nadie los echa de menos. Pero las «magníficas personas», esas no…).

Pero, sí, sin ninguna duda, yo creo que deben de ser los años o, mejor dicho, que los muchos años lo acentúan todo. Las malas noticias, aquellos sucesos desagradables que se me presentaban como un reto cuando joven (¡y dale con comparar la juventud con la vejez!) carecían de importancia y hasta representaban un estímulo para continuar en pie de guerra, o te lo pasabas todo por «allá», por donde se pasaba Hernán Cortés las sopas de leche, pero ahora se convierte en un asunto insoportablemente fastidioso, físicamente molesto y, a veces, en un dilema causante de amargura, y uno se dice «no somos nada», y se pregunta quién nos (des)gobernará en la vida y por qué a los viejos nos cagan encima. Y, además, es eso: cuando se llega a esta edad y se pone uno enfermo, o sea, inactivo, o sea, se tiende a repasar la vida, a invitar —si no se invitan solos— a los fantasmas que participaron en las tropelías cometidas. Y vas —estúpido uno— y los sientas a tu lado y ellos te vuelven loco a reproches, se ríen de ti, tamborilean de forma impertinente sobre la mesa y te gritan «¡qué irresponsable fuiste!»… Pero, más vale dejarles que hablen, que te hagan los reproches que quieran, sin descanso ni compasión. No te importe que te vengan con que lo poco que hiciste bien o lo mucho que hiciste mal. Que te rebocen por la frente lo que pudiste haber hecho con esa cabezota que dios te dio. ¡Ah, y no se te ocurra decirles «¿Y túuuuu? ¿Es que tú todo lo hiciste bien?» Porque luego solo te queda un mal sabor de boca… Yo, que tengo la mochila repleta de acusaciones dispuestas para soltárselas a mis antepasados, especialmente dedicadas a mi padre, me las callo porque no quiero insistir en que esta vida parece estar hecha de reproches, de asuntos pendientes, de miradas acusadoras, de venganzas, de actos inconcretos. Y me digo: ¿para qué tantos aspavientos si todos tenemos muchas razones para callar?

¿Es esa la vida? ¿Quién nos lo puede asegurar? La mayoría de razones dicen que sí, que estamos aquí solos y que estamos creando un mundo cada día más insoportable, más porfiado, más desunido. Claro, todo se arreglaría si hiciésemos examen de conciencia y llegásemos a la conclusión de que no tenemos que estar esperando a que todo se arregle gracias a los demás: hay que comenzar por uno mismo… Pero eso es un imposible, porque el mundo es así, como lo estamos viendo.

En fin, de cualquiera manera no creas que en mi mundo todo está acabado. Sí puedo decir que vivo dentro de un cúmulo de nostalgias, de ansias por aquellos momentos pasados y disfrutados que sé positivamente que no volverán, pero, ¿para qué sirven los recuerdos sino para, de alguna manera, volver a vivir los momentos de intensidad y delicia? Tal vez sea esa la única solución que nos brinda la Naturaleza cuando llegan los días de caducidad…

Volveré, porque, en realidad, este es el «muro de mis lamentos».

domingo, 4 de septiembre de 2011



Mucho ruido y pocas nueces


No, no, entiéndeme: no es que la vida me parezca absolutamente loca y sin sentido. De ninguna manera podría sentir tal cosa cuando, de una forma o de otra, siempre me he involucrado en ella y lo he hecho con paso decidido —a veces, jugándomela. Y si la vida no venía a mí, yo iba hacia ella… Además, soy de los que creen (claro, sin dejar de estar permanentemente envuelto en mis clásicas dudas), de que «algo», un dios muy diferente del que nos es presentado aquí, una fuerza, una energía, una cultura superior, un diseñador ferviente, está situado muy por encima de nuestras cabezas, e influye, instruye, determina —aunque sea «indirectamente»— nuestro destino. Pero sí me «descentra» bastante la impresión de que aquí, en nuestra «bendita» Tierra se produce mucho ruido pero se obtienen pocas nueces. En general, abandonamos las exigencias del espíritu, su peso específico, para vivir enloquecidos, y nos envolvemos en intereses artificiales, o en afanes vanos: nos agarramos a supersticiones; nos encerramos en descabaladas fantasías y delirios de grandeza… Eso convierte nuestro mundo en una entidad demasiado inconcreta y enrevesada o inclinada a la perversión, con lo cual nuestra forma de pensar se va tornando cada vez más engorrosa, menos firme. El mundo que hemos ido creando con el paso del tiempo, la historia, las guerras, las ambiciones, van abrazando un destino imprevisible. Todo resulta tan fortuito que hasta denota que si en el origen existió un dios como propulsor de la vida, cuando comenzó su obra se dijo a sí mismo: «Veamos en qué acaba todo este tinglado» o «A ver qué ocurre en este confuso laberinto, donde habrá de todo: malos y buenos; listos y tontos; superdotados y retrasados; imbéciles, cretinos, abusadores y algunos aprovechados…». Hágame un favor: sitúese usted en el lugar de Dios —lo digo con buena intención: puede formularse la pregunta aunque Ud. sea creyente; si no le gusta, después lo deshacemos— y dedíquele un pensamiento aún sin intentar salirnos de nuestras limitaciones humanas: si cualquiera de nosotros, los que somos gente de bien, digamos, si hubiéramos tenido poder para crear el mundo, ¿no lo hubiéramos hecho mejor de lo que es? Por ejemplo, en un mundo bien hecho no habría necesidad de Teresas de Calcuta, porque no habría seres paupérrimos a los que hubiera que atender; no habría hambrientos porque los alimentos estarían al alcance de todos; no habría gente asesinada porque no existirían los asesinos y se respetarían totalmente las vidas ajenas; no se necesitarían las drogas porque nuestras mentes tendrían todas los recursos para vivir una vida natural, intensa, sin artificios; no habría muertes violentas porque todos conoceríamos el tremendo delito de ocasionar una muerte y en nuestra personalidad no tendría cabida esa acción. Un Dios, un verdadero Dios perfecto, no necesitaría ponernos a prueba respecto a nuestras acciones (me refiero a eso de «Elige: si eres bueno, vas para el Paraíso; y si eres malo, te hundes en el Infierno o en un lugar donde te veas excluido de Mí…»).

En fin, quizás yo sea un tanto subnormal a la hora de dar vida a mi pensamiento. Tal vez el ser humano promedio —el perfecto— esté hecho para aceptar todo lo que se expresa en los libros sagrados, sin poner objeciones, sin cuestionar nada, sin hacerse preguntas capciosas, sin ir más allá de lo que nos está permitido y lo que se nos da a entender con una explicación sencilla sobre la vida y su proceso…

En estos días la prensa da la noticia del descubrimiento de un planeta muy semejante al nuestro y a solo diez años-luz de distancia y donde se supone que puede haber vida como la de aquí… Y me pregunto si no sería ese el camino para descubrir nuestra identidad y nuestro destino y hallar la razón de nuestra existencia. Al conocer un mundo externo podríamos confrontar nuestras respectivas filosofías así como nuestras creencias… Pero esto no pasa de ser por mi parte una mera imaginación un tanto irrealizable, al menos por ahora. Mientras, por más que algunos se nieguen a reconocerlo, por más que nos vistamos de rojo para que se nos vea, somos seres anónimos, desconocidos (incluso, desconocidos para nosotros mismos). ¿Quien fue aquel antepasado mío de hace 700 años? ¿Tenía aunque fuera una ligera intención de que yo, o alguien parecido a mí, naciera en el futuro? ¿La tengo yo respecto a mis descendientes? Nadie lo sabe. Tampoco se sabe quién o cómo será ese descendiente mío dentro de ocho generaciones. Bueno, para entonces, nadie se acordará de mí…

En fin, continuaremos con las pesquisas que para eso disponemos de la facultad de pensar.

miércoles, 24 de agosto de 2011



Este extraño mundo


Qué extraño resulta este mundo, ¿verdad? ¡Qué inconcebible todo lo que nos rodea! Véame, ahora, a mí, en este momento, al iniciar estas líneas, inmerso en una placidez calmosa mientras oigo unos dulces acordes al piano (y, posiblemente, invitado por ellos, debido a los sentimientos y pensamientos que suscitan), de Fariborz Lachini, en Golden Autumn. Miro a mi alrededor y contemplo lo bella, enmarañada, sutil e inexplicable que es la Naturaleza. Durante estos dos o tres días pasados todo era preocupación, desasosiego, fastidio: irrumpía en nuestros lares, en nuestra rutina de cada día —obligándonos a variarla—, «Irene», una tormenta-huracán a la que bautizaron con este nombre tan dulce y femenino para paliar de alguna forma ese componente destructivo y horroroso que suelen traer consigo los desastres naturales. Apenas ayer —y antes— el viento rugía y se sentía amenazadora la tormenta, lanzando sobre los cristales de mi ventana grandes ráfagas de lluvia y viento. Las altas palmeras situadas afuera, frente a mí, se cimbreaban hasta casi tocar el suelo; la energía eléctrica estaba cortada y con ello se habían inutilizado todos —o la mayoría, porque mi nevera fue posible conectarla a una línea maestra procedente de una planta autónoma del edificio— los instrumentos que componen, condicionan y nos llenan cada día: no había computadora (por lo tanto, no había Internet); no había televisión; no había cocina (estufa, dicen aquí), no había música; no había aire acondicionado… Solo quedaba leer —los libros son los únicos que no le temen a nada ni a nadie (bueno, sólo a aquellos que los queman), pero con el rugido del viento y tanto desarreglo atmosférico, era casi imposible concentrarse en la lectura… Así que no quedaba más remedio que pasear desde la sala hasta la habitación del fondo (desde donde sólo se divisaba un mar bravo, rugiente, muy diferente del idílico, de un azul puro, que se contempla casi todos los días), y desde la habitación del fondo hasta la sala… Y así, sin desesperarse demasiado porque son éstas situaciones que no tienen solución, dejar que transcurran las horas abstraído con un cúmulo de pensamientos la mayoría negativos…

Hoy, tres días después, todo vuelve a la «normalidad». Y uno se «empapa» de nuevo de paz, de amor, de deseos de hacer cosas, de escribir en la computadora, de contemplar a los semejantes en sus locas idas y venidas, y dedicarse a recomponer el apartamento —donde todo está patas arriba—. O sea: de dar continuidad a la vida: escribir, escuchar música, dar paseos por la playa y esas cosas. Y, sobre todo, volver a admirar las maravillas de la Naturaleza, la risa de la gente, ver a los niños correteando por el parque, y a los animales (compuestos principalmente por perros) satisfechos de que la vida siga sin más contratiempos.

Ahí es donde me refiero cuando hablo al principio de lo inconcebible de la vida, o de lo extraño que es nuestro planeta Tierra. Si lo consideramos en términos universales, no hay duda de que somos unos privilegiados y podemos considerar que nuestra existencia, venga de donde venga, es un auténtico milagro: no hay vida (ni nadie de nosotros podría vivir sin la protección debida) en cualquiera de los planetas que nos rodean o en aquellos que están dentro de nuestro campo visual: no hay vida en Marte; allí no existen frutas ni productos de la tierra, ni en Venus tampoco; ni en la Luna a pesar de estar a una distancia del sol semejante a la nuestra. Allí no hay un mar que nos extasíe. Si excluimos la fuerza de la gravedad, lejos de la Tierra todo parece inhóspito, inhabitable, desolado, agresivo. Sólo aquí se da una multiplicidad de condiciones para vivir: hay atmósfera, nos movemos protegidos por la presión adecuada, hay seres vivos que se alimentan entre sí inexplicablemente, nuestro clima es soportable, hay agua, los colores de la naturaleza son bellos (y, en algunos casos, bellísimos), hay frutos para alimentarnos, hay ríos, hay un mar poblado de peces… Muchos días, uno se queda admirado ante la belleza y el color del cielo, la serenidad del mar, el vuelo de las aves, la inventiva humana… En realidad, todo parece ser un milagro (como decía Einstein) y todo parece estar construido para nosotros, para que lo disfrutemos.

Pero, dentro de esa «idílica» existencia, están estos días inexplicables, contradictorios, cuando todo parece estar en contra de los humanos, tratando de exterminarlos o hacerles la vida imposible. Hay veces que parece como si la misma Naturaleza deseara aniquilarnos… Y esa es la gran contradicción: si hay tantas, tantísimas cosas que contribuyen a enriquecer nuestras vidas y hacerla agradable, ¿por qué, entonces, a veces el mar ruge, el cielo descarga tormentas y borrascas con tanta furia, la tierra tiembla, surgen volcanes, llueve hasta ahogarnos, y mueren trágicamente tantos seres? ¿Cómo es posible que en este puntito del universo llamado Tierra nazca algo que elimine lo idílico para descargar su furia? ¿Es que, a pesar de todo, los seres humanos no somos bien recibidos aquí? ¿O existen dos fuerzas contradictorias —la del mal y la del bien—, que mientras una quiere exterminarnos, otra quiere que seamos felices y admiremos su belleza? (claro, dentro de lo que cabe…).

domingo, 21 de agosto de 2011



La imaginación todo lo puede


Para mí, para mi vida, ella, o sea la presencia de mi mujer, Angelines, en mí, aún después de muerta, se ha convertido en una cuestión primordial. O, mejor diré «esencial» para expresar mejor la necesidad que tengo de su apoyo. Pero es triste que lo esté descubriendo ahora, cuando ya no está entre nosotros, y cuando es imposible manifestárselo en persona.

Claro, debo advertir que yo no había tenido nunca tanta comunicación con nadie, ni soñaba tenerla cuando nos casamos; esa sublime sensación de pertenencia, de ser amado, de ser necesitado por alguien, de convertirme en objeto de su mirada —siempre tranquila y afable.

Y creo que esa es la esencia de la vida, lo verdaderamente fundamental de ella… Comunicarse, entenderse con otra persona.

En nuestro caso, fueron cuarenta y cinco años abriéndonos el corazón, relatándonos cómo somos, lo que sentimos cuando nos miramos, lo que ambos esperamos de la vida, y cuanto nos deseamos sin referirnos con esto a implicaciones sexuales, o no considerar a éstas como parte esencial de la vida. En realidad, es mucho tiempo sintiendo su ternura, su preocupación por mí, su dedicación a mí… Vivimos juntos el tiempo suficiente para reconocernos con una mirada, con una sonrisa, o con un simple gesto. Y es curioso cómo se acostumbra uno a convivir con la otra, a encontrarse con ella y en ella, a abrazarse, a identificarse, a sentirse amado, y a dar amor sin condiciones.

Por esa razón he tenido que inventarla de nuevo, resucitarla, usar los medios que me ha regalado la Naturaleza para continuar teniéndola como base de mi vida. Y volver a percibir su mirada generosa y amable y su sonrisa triste… Igual que lo hacía cuando estaba a mi lado.

En verdad, ignoro si está en alguna parte y si se sigue sonriendo con mis gracias. No lo sé ni quiero saberlo, porque eso es solo cuestión de instinto, de percibirla maquinalmente sin recurrir a explicaciones científicas. Si presto mucha atención a la frialdad de mi razonamiento, soy capaz de «quedarme viudo para siempre», en un vacío abismal, sin representaciones imaginativas. Y, ¿entonces, qué sería de mí? Viéndolo bien, estas son las facultades entregadas por la vida… ¿Por qué renunciar a ellas si me ayudan a vivir?

jueves, 11 de agosto de 2011



Los «(des)arreglos» de la vida


Hay algunas «funciones» en la composición de la vida, o sea, en determinados campos estructurales y procesales de ella, donde parece quedar demostrado que existe una «fuerza» regidora o administradora de nuestro desarrollo espiritual, de nuestros comportamientos y de nuestras normas de reproducción. Sin ir más lejos, podemos reparar en el hecho supremo, creativo e impresionante del nacimiento, de llegar los seres a este mundo después de haber pasado por una serie de acontecimientos biológicos y químicos, combinados con la acción de creación gracias a un rapto de frenesí que puede provenir, incluso, de una acción irreflexiva pero hacia la que nos empuja insistentemente la Naturaleza (¿Ves, cariño, no soy yo: es la Naturaleza…!). ¿Y qué decir de la regulación de los individuos debida a la muerte…? Morir no es un acto biológico o pasajero, desde luego, sino regulador, además de estar colmado de representaciones profundas. También hemos de mencionar el celo de las hembras, tan relacionado con el deseo sexual (aunque, más poéticamente, este hecho podría entenderse como un «impositivo acto de amor temporal», del cual depende la proliferación de los seres humanos). ¿Y nuestra facultad de captar tanto lo bello como lo feo, que influye radicalmente en los sentimientos y nos convierte en seres con un talante mejor o peor hacia la vida? O la ternura despertada por los niños así como el cuidado amoroso que se les dedica mientras no pueden valerse por sí mismos o se encuentran en etapas de aprendizaje. Disponemos de la sonrisa como un atenuante de los malos sentimientos, y su influjo en la vida armoniosa; o el día y la noche, o la vegetación con su triple utilidad: nutritiva; ayudarnos a vivir mediante sus funciones químicas y biológicas, y hacernos disfrutar de su aroma y de su belleza. Sin olvidar nuestro deseo de mejorar, o la facultad de hablar y comunicarnos, y el entendimiento, y la creación musical y el arte, y la conciencia, y el llanto y la creatividad… Y existen muchas, muchísimas más facetas que forman parte de las herramientas que son clave de la vida… Funciones que con el paso del tiempo han sobrevivido, por ser necesarias y, sobre todo, útiles, porque, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos pensar (bueno, hay muchos que esto de pensar no va con ellos…), o si no fuésemos aptos para apreciar la música y para crearla, o que careciésemos de la posibilidad de expresar nuestros sentimientos y nuestra opinión?

Luego, a las funciones naturales, se han ido sobreponiendo otras creadas por el ser humano como actitudes necesarias para el desarrollo artificial de la vida que nos hemos ido imponiendo. Me refiero a las diversidades ideológicas —a veces irreconciliables—, a la ambición, al horror de matar, al robo, al uso de drogas, a la enemistad tantas veces provocada por la envidia…

Cuando yo era niño —es decir, cuando era ese joven sabihondo que fui y que nunca dejaba de hurgar en los temas más enrevesados (aunque no me estaba permitido expresar ninguna duda o proponer una modificación acerca de Dios, de ese Dios antropomorfo propuesto por la Biblia, tan reconstruido a base de adoptar como modelo a uno de tantos reyes de la Edad Media), cuando pensaba en la creación del mundo, veía a Dios (entonces creía en él ciegamente) a un ser colmado de poesía… ¿No se requieren grandes dotes de poeta para crear una flor, un ciervo, un árbol, una estrella, una montaña, un río…?

Otras veces achacaba la creación del mundo al hijo pequeño de una familia perteneciente a una raza muy superior a la nuestra, una familia de otro mundo muy por encima del de nosotros, un mundo inconmensurable con unos seres muy superados, que serían capaces de dominar la materia, de crear vida, de viajar mediante la descomposición molecular, de crear acciones materiales solo con la aplicación de la mente, de poseer un conocimiento exacto de la razón de la vida y acerca de cuál es nuestro verdadero destino. Bien, pues dentro de esa familia perteneciente a una raza superdotada, cierto día, el hijo más pequeño, antes de que su papá se fuera de viaje, le pide que si puede, para entretenerse, jugar a crear un mundo. Ante tal petición, el papá se le queda mirando pensativo. Duda de si el niño ya estará suficiente maduro para responsabilizarse de algunas cosas, como la creación de elementos con vida. Y se dice: «Bueno, el nene ya va estando mayor. Le autorizaré y si veo que su creación no responde a las normas establecidas, las destruiré». Entonces le dice: «Está bien, pero trata de ser responsable. Esas cosas no son muy apropiadas para jugar…» Después se sube a su nave que desarrolla una velocidad mil millones de veces superior a la de la luz, y se va a una reunión en la Galaxia X-0328zh300. Mientras, el niño se encierra en su cuarto-laboratorio, mira en su archivo y elige una bola que parece tener ciertas condiciones para el experimento; agarra después varias moléculas, se las inyecta a unas células que tiene reservadas en la nevera, les adiciona unos átomos desarrolladores, y comienza la diversión creadora: comienzan a surgir caballos, pero también camellos jorobados. Y en ello está aún (en ese mundo el tiempo es otro, diferente del de aquí). El papá aún no ha regresado de la reunión en la Galaxia X-0328zh300. Cuando regrese tal vez apruebe la creación del niño (aún pasando por alto algunos defectos). Pero tal vez no lo encuentre apropiado y entonces decida destruirlo todo y esperar a que el niño sea más maduro…