lunes, 7 de diciembre de 2009


Situaciones


La vida es una sucesión de situaciones gratas, aborrecibles o anodinas. La felicidad depende de cómo éstas se repartan, en qué medida fluctúen y cómo nos desenvolvamos dentro de ellas. Por ejemplo, en un instante, casi sin darme cuenta, me siento enfurecido porque las cosas, mis asuntos afectivos, mis obsesiones, mis anhelos, mi equipo de fútbol, lo que sea, no van del todo bien o no funcionan como yo desearía. Este quebranto llega a mí, me sucede, en un momento que me encuentro sentado frente a mi computadora, y noto que hay algo que entorpece de forma directa en mi cerebro, algo que es ajeno a lo que me propongo hacer y me impide hacerlo… ¿Qué puede ocurrir ahí dentro? me pregunto con la misma curiosidad que si hubiese escuchado unos ruidos extraños o unos gritos destemplados en casa de mi vecino. ¿Por qué de repente me enfrento a este desorden, a este déficit interpretativo? ¿A qué se debe que no me puedo concentrar…? Como un acto reflejo, giro mi cabeza a la izquierda y me quedo absorto, admirado, subyugado al contemplar el paisaje que hay frente a mi ventana. Y mi sentido de la vida cambia como por encantamiento. Ante tan magnífica visión, ante una acción inesperada elaborada con la ayuda de mi función visual, mis neuronas aumentan su producción de dopamina, esa sustancia salvadora con la que mi organismo —mi sangre, mi cerebro, mi corazón, mis glándulas— quiere lubricarse para salir del trance depresivo. Es decir, si lo vemos bien, nuestro estado de ánimo, el lado espiritual de nuestra vida depende de nuestro cerebro, de cómo funcione, de cómo se adapte a las diferentes situaciones, de cómo reaccione ante la vida, de cómo interprete las dulces o amargas consecuencias del vivir.

También hay quien nos asegura que la vida es una sucesión de encuentros y desencuentros, de palabras y discursos, y de amores, de eso sobre todo, de amores. ¿Y por qué de amores? Pues porque el amor es lo que más mediatiza nuestras vidas, lo que con más ímpetu nos impone un género de vida determinado (según la clase de amor que sea, claro). ¿A cuántas cosas renunciamos por amor? Y no solo por amor entre una mujer y un hombre (que de por sí, ya contempla todas las renuncias del mundo), sino, en el caso de algunos, por amor a Dios; en otros, por amor a los animales; en los de más allá (que son la mayoría), por amor a los hijos; en otros (como en el caso de la madre Teresa de Calcuta, por ejemplo), por amor al pobre y a la humanidad… También los hay que renuncian a todo por amor a la Naturaleza.

¡Renunciar! ¡Renunciar! ¿Cómo sería una vida sin presentar ninguna renuncia? ¿Se puede vivir así, sin renunciar? Yo creo que no. No podemos abarcarlo todo: si queremos esto tenemos que renunciar a aquello. Es ley de vida. A mí, en cierta etapa de mi vida, me gustaban dos mujeres: la mía y otra que no era mía pero podía serlo, solo dependía de mí. Tuve que renunciar a una. A esta citada en último lugar. Me costó pero se impuso la razón…

No hace mucho leí un versículo de un poeta español, José Antonio Muñoz Rojas, que me impresionó. Decía: «Vivir no es otra cosa que un discurso, una adición de sombras incesantes». ¡Es otra interpretación de la vida y, además, no puede ser más hermosa… Aunque, tal vez, algo deprimente…!


La foto de la cabecera es de mi hija Adita cuando tenía un año.

En mi álbum la puse una leyenda que dice: «¡Qué aburrida

es la vida! ¡Nadie me saca a bailar!».

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