jueves, 29 de septiembre de 2011


Al llegar la caducidad


Hola… Esta vez sí pensé formalmente que no regresaría al blog. Estuve un poco «enfermito» (como me dice la vecina de arriba cuando me la encuentro: «¿Has estado ‘enfermito’? ¡Pobre, pobre! ¡Pues cuídate, que ya no estamos para muchos trotes!» Con lo cual el ánimo, que ya empezaba a subírseme a la zona de equilibrio, se hunde de nuevo en el abismo…).

No podría asegurar qué me pasó. Un resfriado muy fuerte, con estornudos, toses, dolor de pecho, molestas mucosidades que pusieron mi nariz roja… O sea, algo así que, ya lo sé, no deja de ser corriente y que tampoco es como para asustarse, pero hace bastante tiempo que no pasaba por una crisis igual… Y a mi edaaaaad…

A decir verdad, a mí la muerte no me asusta. Me deprime o me molesta su representación, sus condiciones, sus teatrales manifestaciones sociales; ese aspecto tétrico con que la representamos. Los lutos, los lloros, las alabanzas superficiales pos mortem, esas expresiones baldías y huecas: «¡Con la magnífica persona que era!» (como si solo tuvieran obligación de morirse los míseros, los parias, los desechados de la vida, esos que nadie los echa de menos. Pero las «magníficas personas», esas no…).

Pero, sí, sin ninguna duda, yo creo que deben de ser los años o, mejor dicho, que los muchos años lo acentúan todo. Las malas noticias, aquellos sucesos desagradables que se me presentaban como un reto cuando joven (¡y dale con comparar la juventud con la vejez!) carecían de importancia y hasta representaban un estímulo para continuar en pie de guerra, o te lo pasabas todo por «allá», por donde se pasaba Hernán Cortés las sopas de leche, pero ahora se convierte en un asunto insoportablemente fastidioso, físicamente molesto y, a veces, en un dilema causante de amargura, y uno se dice «no somos nada», y se pregunta quién nos (des)gobernará en la vida y por qué a los viejos nos cagan encima. Y, además, es eso: cuando se llega a esta edad y se pone uno enfermo, o sea, inactivo, o sea, se tiende a repasar la vida, a invitar —si no se invitan solos— a los fantasmas que participaron en las tropelías cometidas. Y vas —estúpido uno— y los sientas a tu lado y ellos te vuelven loco a reproches, se ríen de ti, tamborilean de forma impertinente sobre la mesa y te gritan «¡qué irresponsable fuiste!»… Pero, más vale dejarles que hablen, que te hagan los reproches que quieran, sin descanso ni compasión. No te importe que te vengan con que lo poco que hiciste bien o lo mucho que hiciste mal. Que te rebocen por la frente lo que pudiste haber hecho con esa cabezota que dios te dio. ¡Ah, y no se te ocurra decirles «¿Y túuuuu? ¿Es que tú todo lo hiciste bien?» Porque luego solo te queda un mal sabor de boca… Yo, que tengo la mochila repleta de acusaciones dispuestas para soltárselas a mis antepasados, especialmente dedicadas a mi padre, me las callo porque no quiero insistir en que esta vida parece estar hecha de reproches, de asuntos pendientes, de miradas acusadoras, de venganzas, de actos inconcretos. Y me digo: ¿para qué tantos aspavientos si todos tenemos muchas razones para callar?

¿Es esa la vida? ¿Quién nos lo puede asegurar? La mayoría de razones dicen que sí, que estamos aquí solos y que estamos creando un mundo cada día más insoportable, más porfiado, más desunido. Claro, todo se arreglaría si hiciésemos examen de conciencia y llegásemos a la conclusión de que no tenemos que estar esperando a que todo se arregle gracias a los demás: hay que comenzar por uno mismo… Pero eso es un imposible, porque el mundo es así, como lo estamos viendo.

En fin, de cualquiera manera no creas que en mi mundo todo está acabado. Sí puedo decir que vivo dentro de un cúmulo de nostalgias, de ansias por aquellos momentos pasados y disfrutados que sé positivamente que no volverán, pero, ¿para qué sirven los recuerdos sino para, de alguna manera, volver a vivir los momentos de intensidad y delicia? Tal vez sea esa la única solución que nos brinda la Naturaleza cuando llegan los días de caducidad…

Volveré, porque, en realidad, este es el «muro de mis lamentos».

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