miércoles, 17 de septiembre de 2014


La Naturaleza nos ha hecho así
Me pregunto si en verdad nos complementamos. Si existe una compensación moral, un tejemaneje de la vida para catalogar los conceptos entre hombres y mujeres o entre mujeres y hombres y combinarlos en el momento oportuno. Es decir, la mujer que convivió durante 40 años conmigo, o sea, la madre de mis seis hijos, o, para hablar con más propiedad, Angelines, mi difunta esposa, me complementaba a mí en aquello de lo que yo, como hombre, carecía: traspasarme algunas gotas de suavidad desde su componente femenino así como la sensibilidad para interpretar el orden, la capacidad de organización y la belleza; los criterios intuitivos y compulsivos ante algunos hechos de la vida; la moderación ante esa obcecación relacionada con determinadas disposiciones «propias del macho» que todos los hombres llevamos dentro; el complejo de superioridad producido por la idea de que poseemos más fuerza física que ellas; algunos criterios mantenidos a duras penas pero confirmados mediante un puñetazo sobre la mesa; los estímulos de afecto paterno que se requieren para sentirnos realizados y entender que los hijos habidos en nuestro matrimonio también son de nosotros, los hombres; asimilar la dulzura como un componente masculino en nuestro trato con la vida y con las personas; asimilar de una vez por todas que la práctica del sexo supone un placer compartido por ambos a partes iguales... y otras especificaciones que sería muy largo de reseñar. Y, en ese caso, ¿yo la complementaría a ella en algunas de sus carencias como mujer? Por ejemplo, sentirse protegida en exceso; aclararle que determinados giros filosóficos y sociales considerados ajenos al criterio de la mujer o carentes de interés para ella, son válidos y ordenan el pensamiento; gritar o encaramarse en una silla cuando se ve a un minúsculo ratón por el piso (es solo un símbolo); no perder el control cuando el nene se cae al suelo y se abre una brecha en la frente; atemperar el sentimiento acerca de que todo es delicado y dulce; masculinizar en cierta dosis el sentido de la belleza y el arte; dejar de considerar que el orden y la limpieza de la casa y los asuntos de cocina solo son cuestiones de la mujer; hacerle aceptar que existen códigos para imponer las leyes y no todo es intuición o corazonada; destruir el mito de que la necesidad sexual es solo debilidad de los hombres, y algunos «mitos» más.
«¡Pero si Angelines no tenía ninguna tara como las que tú mencionas!», me digo indignado conmigo cuando acabo de hacer esta enumeración de defectos atribuidos al género. Bueno, eso habría que verlo, me respondo al instante, y paso a preguntarme —siempre de buena fe— si esa actitud de complementarse es necesaria y útil para el funcionamiento del matrimonio.
Al repasar mi vida con ella sí lo podría confirmar, y, sobre todo, infundírselo a mi cerebro: con Angelines yo, personalmente, me complementaba en una serie de hechos que están fuera de esta reseña. Sobre todo, porque ella cambiaba, atenuaba o corregía mis delirios, me bajaba de las nubes y me convertía en un ser más entregado a la familia; aplacaba mis iras frecuentes, ese deseo de pelearme con todo aquel que se oponía a mis criterios, digo deseos, digo opiniones... ¡Ah! y también me enseñó que no era yo solo en el mundo, que los otros 6.999 millones de personas también existen...


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