viernes, 2 de mayo de 2014



¿Es el amor una treta?
¿Es el amor una treta de la Naturaleza empeñada en que nos multipliquemos o está directamente relacionada con los elementos místicos, misteriosos, mágicos y gloriosos que componen la vida? Aunque la mayor parte de los días tengo una respuesta propia, hoy no podría darla, porque el alcance de esta acción fundamental y pasional de la existencia hay veces que me tiene aturdido, y hoy es uno de esos días: hay en el amor una especie de aglutinación de sentidos con diversos significados, sean éstos mágicos o biológicos. En la procreación todo cabe y depende de quien la juzgue. Para un experto en ciencias biológicas o un filósofo naturalista, a quienes no les atrae la espiritualidad ni se sienten inclinados a renunciar a sus pesquisas científicas, solo les cabe un concepto: apoyarse en el «azar y la necesidad», es decir, el amor sería para ellos una simple reacción molecular basada en la exigencia universal de multiplicarse, sin que haya que buscar más explicaciones: ocurre porque ocurre, y punto. Así, sin recurrir a misterios ni andarse con rodeos. A pesar de que ya el mismo ejercicio biológico posee su lado enigmático. No hay más que ver el recorrido del espermatozoide, y su función, su lucha por acceder el primero al óvulo y su afán por fertilizarle; la carrera competitiva que emprende a través de las trompas de Falopio; su encuentro con el óvulo y su selección privilegiada. Todo ello parecería que encierra un procedimiento inducido y no una casualidad. 
Pero para un imaginativo creador, para un poeta o para todo aquel ser que sea poseedor de un alma o de un espíritu, el amor representa el más excelso principio de la vida; o sea, uno de tantos movimientos sublimes en que se basa la existencia, sin entrar en consideraciones acerca de quién y por qué lo haya creado. Aún siendo evidente que la función primordial de este sentimiento es la procreación.
En esta segunda acepción, podemos situarnos tú y yo como ejemplo vivo. Y no voy a recurrir al extraño caso de que poseyera una fotografía tuya desde un año antes de conocerte, que, en cierto modo, no tuvo otro significado que el del acaso por muy insólito que parezca (puesto que ese hecho no influyó para nada en nuestra unión). Debo recurrir a la enorme cantidad de inconvenientes que se nos presentaron, desde la oposición férrea de tus padres a nuestro noviazgo hasta mi concepto negativo de que no era aquel el momento de buscarme una novia con fines matrimoniales. Más tarde está también la presencia en mi vida de aquella otra mujer que se cruzó en mi camino; hecho que, en lugar de acabar con nuestro matrimonio —como era lógico que ocurriera—, lo fortaleció. Pero lo más significativo de nuestro amor fue nuestra relación, la que hubo entre tú y yo y perduró en el tiempo; la forma como fue progresando mientras envejecíamos, y su adaptación al paso de los días, a las disfunciones que presentan las edades, a nuestros delirios, a los frecuentes cambios de situación que hubo en nuestra vida; y a cómo evolucionó según lo dictaban la necesidad en un momento dado, y, sobre todo, a cómo nos entendimos tú conmigo y yo contigo. ¡Ah! y sobre todo con la intensidad que nos amamos a lo largo de nuestra vida.

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