lunes, 3 de mayo de 2010


De todos modos, no me quejo


No, no me quejo, porque la vida, según mi opinión, es tener conciencia de vivir, y yo la tengo. Sobre todo ahora, cuando soy mayor. Quiero decir con esto que la vida para mí es estar en ella, o sea, estar consciente de ella, y advertirla, y sentirla según transcurre, y tratar de aplicarla a la conciencia, y mi conciencia sujetarla a ella. Es sentirla palpitar sobre uno y en uno, y dejar que nos marque sus líneas en la medida que nosotros le marcamos las nuestras. Es permitir que afecte o incida en nuestro sistema emocional, sin que nosotros, los seres humanos, dejemos de tener sensibilidad para ello y de ello.

Yo, en cierta medida y según la época, he intentado hacerme cargo de mi vivir, he tratado de tener noción de la mayor parte de mis impulsos, y los he palpado, los he advertido, los he planificado, y he hecho lo posible por vivirlos con fruición y con intensidad.

Muchas amistades, y Angelines también, siempre me tacharon de idealista. Y puede que lo sea. Pero no se trata de un idealismo político o religioso, no una de esas creencias que anula la voluntad y la mente y le convierte a uno en un fanático sin opciones, sino que me considero un idealista de la vida, de los hechos comunes, de los comportamientos, de los valores personales, del disfrute, de las emociones. Y para un idealista de esta clase, nada pasa desapercibido; nada está formado por materia inerte ni por barro que no se pueda moldear.

Otra de las fundamentales premisas que obtengo de las enseñanzas de la vida, y que en mi caso específico fue fundamental para mi formación psicológica, es la constitución de la familia. Habrá quienes no estén muy conformes con esta declaración, incluso, los habrá que no estén de acuerdo en absoluto, pero nadie puede discutir que en el seno de la familia es donde uno se realiza y donde se siente propenso a fijar unas normas de conducta, unas metas. La familia invita a recorrer determinados caminos y a experimentarlos. En mi caso, ¿qué hubiese sido de mí si yo hubiera carecido de la familia, de esta misma familia que tengo? ¿Cómo hubiese sido mi vida si no hubiera contado a mi lado con el apoyo de Angelines, una mujer entregada, consciente del compromiso entre nosotros? ¿Qué hubiese sido de mí sin esa premisa de amor tan eficaz y valiosa que creamos entre nosotros y en la cual nos implicamos ambos? Yo, lo confesé antes y lo repito ahora, no fui totalmente fiel a este compromiso —y no dejo de lamentarlo, aunque no lo haga por sus consecuencias—, pero mi fallo fue bien reconducido y yo fui recuperado y reconstruido a base de abrazar unos principios más firmes, más valiosos que los de antes. Hay que tener en cuenta que, antes de tener una relación formal, yo era un individuo de vida disipada, y que mi templo de activación estaba en el desenfreno…

Procedo de un mundo de desamor, de un mundo de malos gestos, de actitudes ásperas, de censuras y negaciones, de situaciones nunca superadas o superadas de mala manera. Un mundo donde el amor no se entendía en su real significado. Un mundo solo dividido entre pecados mortales y veniales, y en la necesidad de limpiar el alma mediante exponer los «desaguisados» cometidos ante un cura. Eso era todo. No existían otros valores ni otros caminos.

Yo no recuerdo haber recibido nunca esas muestras de cariño que todo hijo espera de su madre: una caricia, el beso de las buenas noches, la felicitación por los logros alcanzados, el amor de una mirada, la estimulante alabanza, la emoción de una lágrima derramada por mí, o darme ánimos para alcanzar ciertas metas… Todo eso me fue negado. Sólo censuras, malos augurios, vaticinio de desventuradas acciones, comparaciones aborrecibles, desaprobaciones a priori. Cuando mi madre lloraba, no lo hacía por mí, sino por ella misma, por su incapacidad frente al mundo, por su inconsolable papel de víctima, en el que se complacía.

En cuanto a mi padre, prófugo tras la guerra, aún considerando que existiera una razón que justificara su huida, ¿qué disculpa puede amparar al hecho de negarme todo el apoyo moral requerido para mi desarrollo como persona, algo que me pudo haber inculcado aún desde el mismo destierro? Fue así como me vi obligado a vivir envuelto en la inseguridad y el desaliento, en la desconfianza inactiva, en la inestabilidad del desarraigo. Y me pregunto, ¿qué deficiencias ha podido imponerme el hecho de no contar con una acción de mis progenitores que me sirva como ejemplo para trasladársela a mis hijos? ¿Qué efectos podrá haber producido en mi persona el no haber podido echar mano de expresiones como «mi padre siempre me decía…» o «el amor de mi madre tuvo en mi vida tal o cual significado…»

Sólo fue cuando Angelines me dio acogida en su corazón, cuando comencé a renacer y a interpretar la vida de distinta manera…

1 comentario:

  1. Labuela era una persona seria, de pocas palabras, pero yo la recuerdo con mucho cariño; era ella quien se levantaba de madrugada siempre que la llamabamos: abuuuuu..., a pesar de eso nos dejaba ver pelis de terror cuando nos quedabamos solos con ella, y nos contaba el capitulo de la telenovela que no podiamos ver; cocinando su delicioso flan, cuando nos ponia mazanilla en el pelo para que no se escureciese y nos ayudaba a coser vestidos para los muñecos...cuando recuerdo mi infancia la echo de menos.

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