martes, 28 de octubre de 2014

Metiendo al alma en el puchero
Si ya lo sé, no es necesario darle tantas vueltas: es muy probable que la vida después de la muerte no exista, porque si profundizamos en ello llegaremos a la conclusión de que es algo que no es posible. Carece de entendimiento y de lógica. Bien: vamos a suponer que hay un creador, que alguien nos ha traído al mundo con un propósito físico, químico o espiritual, y nos ha traído para que construyamos puentes, enviemos un hombre a la Luna y al planeta Marte, cuidemos a los perros, sembremos boniatos, ejercitemos el sexo y continuemos poblando el mundo… Lo que sea. Podríamos ser la mente y los brazos de ese Creador, también. Pero, lo demás, es cosa de la metafísica que, para mantener esta idea viva, tiene que echar mano de recursos míticos, de sueños paranoicos, de imaginaciones desbordadas, de propósitos ilusos. Es inconcebible que un Dios nos haya creado para llevar nuestra alma ante él y que dancemos, organicemos grandes cantos de alabanza y distintos espectáculos con velos al viento, rayos de luz, y todas esas cosas de tinte glorioso pero propio de cuentos infantiles, y todo para que él se divierta. Eso no puede estar relacionado con un Dios que, se supone, está exento de toda vanidad, ni de un ser celestial que utilice a las almas para su provecho propio. Si recurrimos a la razón, una propiedad que ha sido instalada en nuestro ser al mismo tiempo que la ilusión, el pensamiento y la sonrisa, si recurrimos al conocimiento, al concepto realista, al esplendor de la vida y a la decrepitud de la muerte, al destino final de un cadáver, vemos que no hay ninguna luz al final del camino. La vida es un misterio, de acuerdo, y hasta aceptaría que hay alguien o algo por encima de nuestras cabezas que nos manipula y, tal vez nos necesita, pero que solo nos puede utilizar mientras estamos vivos; una vez que nos vamos «pal» hoyo, ya no servimos de nada. Nos convertimos en carroña, primero, y más tarde en tierra o en cagada de gusanos. Mientras, van llegando unos nenes y nenas nuevos al mundo, primorosos, regordetes, encantadores, y todos tan contentos, y gritamos: ¡Oh, el mundo se renueva…! ¡Que bien está pensado todo! Pero, ¿donde podría estar ahora mi antepasado Pedro de Ontañón, que murió en el año mil quinientos y tantos, y está enterrado en una iglesia de Medina de Pomar, provincia de Burgos, junto a su esposa Doña Catalina Enríquez y Mendoza, y que no sé después de cuantas generaciones hizo posible (transmitiéndome sus genes, claro) para que yo arribara al mundo y hablara de ellos y ratificara su remota  existencia? ¿Usted se puede imaginar que los millones y millones de seres que han muerto antes de nosotros estén por ahí vagando, convertidos en espíritus? ¿Y qué hacen? ¿A qué se dedican? ¿Cómo se divierten? Y, lo más, importante, ¿dónde están? Y ahora, grítenme: «¡Pues eres un falso! Nos sacas a tu difunta mujer, Angeline, de vez en cuando a la palestra y hablas de ella como si estuviera viva, y cuentas lo que ella te dice.» Claro, ese es uno de los recursos que me ha dado la vida: la función espiritual, la imaginación, y la posibilidad de que, con ella, pueda resucitar a un ser querido y hablar con él y mantenerlo en mi corazón. Considero, igual que Fechner, que la materia y el espíritu son una sola cosa y estamos hechos tanto para lo mágico como para lo real. Pero reconozco que puede tratarse todo ello de pura fantasía, de puro deseo interior, hasta se puede decir que es una forma quimérica pero valiosa de enfrentarse a la vida. El otro día leía que una pensadora famosa (no recuerdo ahora su nombre) expresaba que las personas muertas viven o recobran la vida mientras se las recuerda. Cuando dejamos de recordarlas, desaparecen. Y yo estoy absolutamente dispuesto a que mi imprescindible Angeline viva conmigo hasta que yo me muera… Por lo menos hasta entonces.

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