sábado, 19 de julio de 2014

Con España hemos topado…
No me apetecía entrar en el tema, pero hay momentos que se me enciende la sangre… Sólo hay que darle un vistazo a la prensa española… ¿De qué clase estaremos hechos los españoles? ¿Será que necesitamos un Franco para que nos meta en cintura? («¡No, por Dios!», oigo que exclaman muchos, algunos, incluso, peores que él, o sea hablo de esos «chorizos» que solo piensan en llenarse los bolsillos, que proclaman amar la libertad pero lo que aman únicamente son los caudales ajenos, los que ingresan en su cuenta; son los que gritan: «¡Sin Franco se roba mejor…!»). 
Cuando yo escribía mis primeros artículos periodísticos –tenía 22 años– me dieron un pase para entrar en el Valle de los Caídos cuando aún no estando abierto al público. Me entrevisté con algunos trabajadores: varios de ellos eran presos políticos que purgaban con un año de trabajo allí, dos años de condena. Ese artículo acompañado de varias fotografías se publicó en México en una de las revistas más importantes de ese país. Y como fue localizado y visto por el Ministerio de Información y Turismo –Arias Salgado, era el ministro–, me vi obligado a salir de España (tuve la suerte que por entonces Franco había suavizado sus actitudes con el fin de ser admitido en el Mercado Común). Llegué a un México que no mantenía relaciones diplomáticas con España, y me hice la cuenta de que llegaba a un país donde estaba situada la «otra España», la que anhelábamos todos. Allí, supuestamente, vivían miles de refugiados españoles «amantes de la libertad, de la democracia y de la justicia» y, sobre todo, «amantes de España»… ¡Enorme error el mío! Lo que me encontré fue una caterva de españoles desunidos que importaron la guerra civil hasta este país. Sólo había que entrar en el Café Tupinamba y verlos discutir temas de la guerra. Y aprecié enseguida que la desunión era total, flagrante, incómoda, incivilizada. Un día asistí a una reunión de republicanos y aquello parecía el «hotel de los líos»: nadie estaba de acuerdo con nadie y todos creían que eran poseedores de la solución. Los catalanes hablaban en catalán; los vascos en vasco. Un catalán me contaba que cierta vez en Barcelona, en una procesión que pasaba frente a él, le quitó la cruz al que abría la marcha y se lió a «cruzazos» con todos los penitentes. Otro día que solicité una entrevista con Indalecio Prieto en sus fastuosas oficinas en el Paseo de la Reforma, cuando este individuo se enteró de que quien solicitaba la entrevista era un hijo de Ontañón, respondió: «¡A los Ontañón, nada!». No sé qué tendría contra mi padre, fallecido 8 años antes y exiliado en México como él… Pero, sobre todo, en mi caso se trataba de un joven periodista, recién llegado, con ansias de libertad, que solo trataba de conocer la opinión del exilio español y abrirse camino en la comunicación. Bueno, de Indalecio Prieto habría mucho que comentar. Solo se puede decir que era de todo menos buena persona. Y me pregunto: ¿De dónde sacaría el capital necesario para instalar sus elegantes oficinas de Reforma y para poner en marcha los negocios que emprendió con la disculpa de ayudar a los «españoles desamparados»? Él decía que era gracias a las aportaciones de asociaciones altruistas. Pero hay una frase dicha por Echeverría en un medio de difusión mexicano (entonces Echeverría era secretario de estado pero más tarde fue Presidente de México), donde manifiesta que la riqueza «llevada por Prieto, solo representaba una pequeña devolución del oro que hurtaron a México los conquistadores españoles…». Luego, algo de cierto habría en las acusaciones a Prieto…
Y es que se leen los periódicos españoles y se cae el alma a los pies: Todos saben que la situación es mala; todos protestan; todos aspiran –incluso los más jóvenes– a solucionarlo. Pero no hay nadie capaz: nada más que llegan arriba se olvidan de para qué fueron nombrados. O es el sistemas, o es las personalidad, o que todos quieren mandar, o que todos critican pero nadie hace nada pensando en el país y en los ciudadanos…

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