lunes, 7 de junio de 2010


Un fin de semana digamos que pletórico…


Uno de los rasgos de la vida que más admiración me causa es la disposición natural, o sea, el sistema creado por la Naturaleza para penetrar en el ser y ajustar su maquinaria emocional cuando éste así lo requiere y según la predisposición que se tenga. Me refiero a la capacidad de decidir nuestras andanzas, y de corregir, si acaso, algunas situaciones donde uno se puede sentir excluido de la vida. Concretamente, a la forma como son habilitados nuestros recursos mentales para ajustarnos a las circunstancias. Claro, este mecanismo funciona si se trata de asuntos concernientes al espíritu o relacionados con el estado de ánimo. El método funcionaría adaptando el entendimiento y la sensibilidad a las cosas sencillas, a los elementos que se tengan más a mano y que coincidan con el propio sentido de complacencia. Pero no me refiero a los hechos asombrosos, sino a los afables, a los asequibles, a los temas tranquilos… Ahí es cuando se erradica la exasperación y se expulsan de uno los demonios que le perturban. En principio se logra acogiéndose a las aficiones, a los temas más relevantes según la propia consideración. Después hay que aliñarlos a base de imaginación y creatividad…

En mi caso concreto, cuando me encuentro que un fin de semana debo pasarlo solo —cosa que me sucede con frecuencia (pero, ojo, siempre o casi siempre inducido por mí, por mi deseo de estar solo conmigo)—, trato de organizarme para convertir estas jornadas en momentos más o menos entrañables.

Este sábado y domingo, por ejemplo, me dediqué básicamente a las tareas que más me agradan: oír música, leer, cocinar y escribir, intercalado con algún que otro paseo por el parque situado al pie del edificio.

La actividad culinaria me proporciona un estado de sibaritismo excepcional y de exigencia con mis propios gustos. Gracias a esta nueva afición, estoy descubriendo todo un repertorio de sabores, olores y texturas que son un buen estímulo para el disfrute de mi paladar. A veces, el resultado es tan bueno que es como si me diera un auténtico banquete en el mejor restaurante del mundo. ¡Oiga, qué delicia! Lo que más me maravilla —además del sabor— es la textura, el cuerpo que le doy a la salsa y el olor que se esparce por los rincones de mi apartamento, que hasta trasciende al rellano por debajo de la puerta y más de uno o una me ha preguntado si es de mi apartamento de donde surge… En la jornada del sábado me preparé un plato de pesacado que yo lo llamo «Mero al pil-pil», porque está condimentado a base de ajo (véase la foto).

En cuanto a la música, me gusta el jazz y también la clásica (Beethoven, Chopin, Rachmaninov, Brahms); me agrada enormemente lo que se llama new age, sobre todo cuando es un virtuoso del piano como Fariborz Lachini quien la interpreta. ¡Ah! y me cautiva el selecto catálogo de música que constituía el repertorio favorito de mi mujer, que forma parte imprescindible de mi biblioteca de iTunes y cuando lo oigo la recuerdo a ella con más intensidad si cabe…

¿Y de leer, qué puedo decir si mi vida —después de escribir, claro— es la lectura? Acabo de terminar a Joyce Carol Oates, La hija del sepulturero, una novela de 700 páginas que me dejó deslumbrado. ¡Solo una autora podría haberla escrito porque para hablar de los verdaderos sentimientos de una mujer, y de su lucha dentro de un entorno fundamentalmente masculino —que, en este caso, es duro, áspero, violento—, nadie podría hacerlo como otra mujer! Sí, ya sé que existen grandes obras sobre mujeres escritas por hombres, pero en ellas escasamente se representa el verdadero sentir femenino… O sea, se representa desde el punto de vista de un hombre, pero éste, lamentablemente, no es el más válido. Las novelas escritas por mujeres me agradan enormemente porque encuentro en ellas una sensibilidad muy especial, muy femenina, de la cual los hombres carecemos. Pienso que las mujeres, en cuanto a sentimientos, son más profundas que los hombres, tal vez, y puede que más herméticas cuando hablamos del verdadero estado del alma… Pero por esa razón me encantan sus libros porque es en ellos donde ellas suelen abrir su corazón y mostrarse tal como son y tal como sienten. Ahora comencé a leer una novela de David Lodge que se titula Pensamientos Secretos, «Una novela frenética, nerviosa, que tiene tanto de fábula moral como de crítica certera de la sociedad de consumo», se dice en el fajín. El autor, inglés, tiene la misma edad que yo. Eso es lo que me impulsa a leerlo para ver si me entero de una vez cómo se ama a mi edad…

En cuanto a la escritura, ¿qué puedo decir? Para mí, ahora sobre todo, escribir es vivir, es, por encima de todas las cosas, sentir la vida, recrearla, interpretarla, convertir el recuerdo en presente; es apreciar las cosas y aprender a entender la vida y entenderme yo… Bueno, ¿qué voy a decir a estas alturas sobre lo que significa la escritura para mí que no haya dicho antes?

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