viernes, 12 de febrero de 2010


Somos peones de la Naturaleza


En la vida, lo que de verdad se nos impone, requerido instintivamente pero también inducido por nuestra conciencia y por los apremios sociales, es la postura que mantenemos hacia los otros, es decir, nuestra predisposición a observar una conducta solidaria y participativa. Aunque, si contemplamos el asunto con la suficiente amplitud de intenciones —o sea, sin prejuicios ni actitudes egoístas—, veremos que a semejante acción todavía le falta mucho trecho —muchísimo, más bien— por recorrer y que, incluso, en algunos aspectos, se transita en sentido contrario. Pero, aún así, no hay duda de que este es uno de los signos más imperiosos requeridos por la Naturaleza. Y, quiero insistir, esta exigencia no se debe a cuestiones religiosas ni éticas, sino a uno de los principios básicos de la vida. Si nos fijamos bien, sin meternos a considerar si las leyes morales proceden de Dios, de las religiones o de la Naturaleza misma, hay un principio básico en torno a dichos requerimientos: procurar mantenernos con vida y hacer lo posible por procrear y multiplicarnos. El cebo de la atracción sexual y su ejecución no tendría otro fin: nos ha sido dado a los seres vivos para que la humanidad, los animales y las plantas nos desarrollemos, evolucionemos y no desaparezcamos. Sí, ya sé, la razón de todo esto es inexplicable, y un tanto absurda si se quiere, y ese es uno de los eternos enigmas que nos envuelven, pero no hay duda de que es una verdad relacionada con la exigencia de existir: el día, por ejemplo, que yo observé a quien más tarde sería mi mujer, y vi cómo movía las caderas al bailar —desde luego, no lo hacía como Beyoncé, sino con una dulzura y un mimo muy femenino y en consonancia con los gustos a los que yo me atengo—, la Naturaleza me estaba poniendo un cebo en el que, muy gustosamente —que quede bien claro—, caí. Después, respondiendo a esa exigencia, entre ella y yo trajimos al mundo seis hijos, y si no hubiera sido porque esos no son sus métodos, la Naturaleza nos hubiera dado una medalla y un diploma y nos habría dicho: «tú y tú ya habéis cumplido». Luego, después de ese primer contacto nacido de la libídine, a medida que nos íbamos conociendo nuestro amor iría creciendo, o sea, iría desarrollándose un entendimiento entre nosotros más espiritual y profundo, algo que intensificaría nuestros lazos y nos mantendría unidos. Pero esta situación, me atrevo a decir, aunque también puede tratarse de un requerimiento natural, es algo secundario: lo principal, traer hijos al mundo, estaba cumplido como principal objetivo.

Entonces, y esto es a lo que voy, si la principal exigencia de la Madre Naturaleza es que haya seres vivos en el mundo, y que éstos no solo sobrevivan, sino que aumente su número, es lógico que se imponga una norma de convivencia, y no con una finalidad moral —porque yo creo que con la moral o la ética, la Naturaleza no tiene nada que ver: para ella solo existen las leyes, los reglamentos—, sino con unos fines más bien prácticos: no podemos estar exterminándonos todo el tiempo porque eso no concuerda con sus fines. Las guerras son una de tantas desviaciones de los humanos que, generalmente, obedecen a ambiciones desmedidas personales o de un grupo. Porque, cuando la Naturaleza se quiera deshacer de nosotros, ya nos lo dirá… (¿No habrá comenzado ya a decírnoslo…?)

No hay comentarios:

Publicar un comentario