sábado, 18 de julio de 2015


Mirando por la rendija
Quiero comenzar el día ateniéndome a lo propuesto en mi último blog, es decir, vivir sin prestar oídos a lo convencional, a lo trillado, a lo que se da por sabido, a lo excesivamente retórico, a ese fenómeno sin sentido que muchos denominan casualidad, o sea: a esa descoyuntada propuesta de que provenimos de la hecatombe y sin que hubiera nadie que moviera la batuta, agitara las manos o chasqueara los dedos. No deseo participar en ese mundo anodino, algo desgañitado, comodón, desteñido, amorfo, desvirtuado. Me niego a prestar mi atención a todo aquello que se destaca por ser plano, descompuesto, ruidoso, bullanguero, sincopado y chabacano. Simplemente quiero embelesarme en el fervor producido por una sonrisa, o en la dulzura desprendida de una mirada, o en la nostalgia y la pureza de un espíritu hechizado por la música y por la poesía, o por la imaginación espiritualizada y ambiciosa situada en mi propio jardín, que es en realidad uno de tantos dones excelsos recibidos, y que se pueden referir como sentimientos sobre animados, alientos para esa alma que muchos niegan, empeñándose en no constatar que es inherente a la persona, ensamblada con el ser y elaboradora de su estructura. Debe entenderse que el ser humano es una pieza de toque e inspiración; el retoño de un pensamiento audaz, un boceto no acabado del todo de insistencias y amplitudes, de ambiciones y disconformidades. ¿Qué hubiera ocurrido en nuestro mundo si nos hubiéramos quedado en la fase animal, donde todo opera por instinto, por exigencias de la Naturaleza y no por función cerebral? ¿Y quién y con qué fin nos donó ese sistema operativo, que enciende y transforma al mundo y lo hace más doméstico, más elaborado, más terrible, más feliz, más enconado, puede que más malvado o más descompuesto pero colmado de esplendores? El mundo, para que funcione, tiene que alentar todas esas fases paradójicas e incoherentes, porque la uniformidad es ajena a la competencia. ¿Quién nos puede asegurar que no seamos una especie de neurona, o una agrupación de ellas, alineados en un cerebro gigantesco, en el cual nuestros pensamientos, nuestras acciones, nuestras proposiciones ante la vida construyen otro mundo, quedan reflejadas y modifican las normas viajando por el éter usando  las mismas vías de las ondas, o a través de la luz o de sus coordenadas, y lo hace hacia otros espacios remotos, inconmensurables? En realidad, de las características y las condiciones trascendentales que reflejan nuestras acciones y nuestros pensamientos no sabemos nada o sabemos muy poco, pero pueden construir otros parajes. Por lo pronto, construyen el nuestro, que ya es algo… Sobre todo, hemos de considerar que no es natural que estemos aquí para nada…

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