jueves, 1 de marzo de 2012


Rosa candida 2
a.


Antes de meterme en la segunda lectura de «Rosa candida» (suele ser normal que cuando un libro me llama la atención —y éste me la llamó poderosamente tanto por su calidad como por su originalidad—, lo lea dos veces, una a continuación de otra), quise identificar al autor y conocer su historial literario así como algunas de sus características personales, y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que no se trataba de un hombre, sino de una mujer. Es decir, que el complicado nombre de Augur Ava Ólafsdótir correspondía a un ser femenino y no a uno masculino, como yo creí hasta aquel momento… ¿Qué les parece? El chasco que me llevé fue fenomenal…? Porque, antes de continuar, debo aclarar que, literariamente, sufro ciertos prejuicios o manías —creo— al respecto: no me gusta que el o la protagonista de una novela corresponda con un género opuesto, es decir, que no haya relación directa de sesos entre el escritor o escritora de un libro y el o la protagonista. Y, lo advierto: detrás de esta manifestación mía no existe ninguna tendencia discriminatoria. Creo normal que una mujer exponga unas referencias más certeras e intensas sobre la actitud, el pensamiento y los sentimientos de otra mujer; y lo mismo ocurre en relación a los hombres, es decir que éstos entiendan, expliquen y se identifiquen mejor con las actitudes y el pensamiento de otro hombre. En caso contrario, la compenetración, el entendimiento es poco veraz, además de mítico y convencionalista. Y en literatura existen varios ejemplos y críticas al respecto con más conocimiento de causa que los míos. Yo, ahora, trato exclusivamente de expresar mis emociones personales al respecto.

Para apoyar mi idea debo decir que durante la primera lectura de este libro, mientras pensaba que el autor del libro era un hombre, encontré algunas actitudes y situaciones en el protagonista, Lobi, que me hicieron pensar que era homosexual porque tenía ciertos modos femeninos (aún considerando que también había numerosos detalles que situaban el asunto fuera de toda duda). Incluso, encontré algunos personajes de carácter secundario en la novela que en un momento dado opinaron de la misma forma y le formulan algunas preguntas en relación a ello. Por ejemplo, en sus conversaciones con el abad del monasterio donde está situado el jardín donde trabaja Lobi, y con quien éste establece una profunda amistad —llegando, incluso, a exponerle algunos conflictos de tipo personal—, es sometido a un inquisitivo interrogatorio por el abad en relación al asunto, conminándole a que le dijera la verdad, porque, en el caso de una supuesta homosexualidad del jardinero —sospechada por el abad—, le obligaría a suspender la relación entre ambos dado que el hábito le prohibía mantener relaciones amistosas con todas aquellas personas cuya personalidad fuera un tanto dudosa… Lo mismo ocurre con una antigua compañera de estudios: cuando Lobbi, en su viaje de tres mil kilómetros hacía el monasterio, llega a la ciudad donde vive ella, ésta le cede una habitación en su casa para que la ocupe durante los días que permanecerá en dicha localidad. Y, a los pocos días, al abandonar el lugar para continuar su viaje, al despedirse la muchacha le pregunta, que si a él «no le "van" mucho las mujeres», extrañada de que, habiendo pernoctado ambos en la misma casa durante varias noches —y estando solos los dos, y siendo los dos jóvenes y sin compromiso—, él nunca le hiciera una proposición o efectuara algún intento de mantener una relación.

Ojo, no estoy cuestionando si me gustan o no los libros escritos por mujeres, porque éstos están entre mis preferidos, y debo decir que hasta me atraen más que los escritos por hombres —sin que de ninguna manera los menosprecie— debido a que los de ellas me acercan y me descubren más el alma de la mujer, o sea el verdadero espíritu femenino, por lo que los encuentro más originales, con unas expresiones si se quiere más extrañas a mí, y más distantes de mi forma de pensar, y, quizás, de interpretar la vida. Ellas tienen unas reacciones diferentes de las mías. Aunque, en literatura, no se pueden hacer demasiadas generalidades ni asegurar cuáles deben ser los estilos ni los contenidos o tendencias de cada cual.

¿En qué medida pueden cambiar los atributos que son adjudican a cada género cuando éstos son interpretados por escritores o escritoras de seso opuesto al del protagonista? Porque, por lo que respecta a mí, después de dejar reposar las ideas acerca de esta novela durante varios días, he recuperado totalmente mi fe en ella, sin importar que lo haya escrito una mujer o un hombre. Tal vez, el hecho de haber sido escrito por una mujer (y exponiéndose aquí los conceptos de ella sobre muchos hechos fundamentales de la vida) le da un mayor valor antropológico. ¡Ah! y rompe con muchos mitos.

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