lunes, 21 de febrero de 2011



¿Terminó una guerra y comenzó otra?


Están todos reunidos junto a la radio, muy atentos al mensaje: Soledad, mi madre; Adita y Carmelina, mis hermanas; Florencia, mi querida «Chacha» que acompañó a mis padres desde Burgos. También está Carmen, la modista, vecina nuestra, una mujer que por sus exquisitas y pronunciadas formas, por su gran atractivo físico, despertó los primeros sueños libidinales de mi infancia. Con ella está su hijo Paquito, un niño harto llorón, vociferante, simplón y atolondrado, dos años mayor que yo, que solía pasar a casa a jugar con nosotros en aquellas tediosas tardes del último año de la guerra. Y don Manuel, el pintoresco vecino del entresuelo que, según mi madre, tenía gran parecido físico con Manuel Azaña, y se caracterizaba por su sombrero raído y sumamente sobado con el que, en todo momento, cubría su cabeza y que, por las apariencias, no se lo quitaba ni para dormir. Lo recuerdo siempre vestido con pijama, un albornoz de paño de media pierna, deshilachado y con dos tomates en los codos, y su sempiterno sombrero. Pero su sello más relevante era el desagradable olor que despedía: una mezcla de azufre, mierda seca, orines y papel de periódico mojado.

Se encuentran en una de las habitaciones exteriores de casa, la más grande, es decir, el antiguo despacho de mi padre que, después de huir al exilio, se ha conservado igual que cuando él vivía con nosotros: el escritorio labrado, de caoba; la vieja máquina de escribir Underwood, con la tecla D dañada por una esquirla de metralla que entró por el balcón; el enorme librero al fondo, colmado de libros de historia, algunos incunables, y varias enciclopedias; la radio Phillips, que habíamos tenido hasta entonces medio escondida, y ahora estaba colocada sobre el aparador; y la pequeña mesita redonda con tres butacas en torno. Todos están atendiendo a los intermitentes mensajes que llegan de Radio Nacional, la emisora oficial del bando atacante. El speaker hace recuento de las recientes batallas libradas que conducen al fin de la guerra. Cercano, según dice.

Yo me encuentro en la cama aquejado de sarampión y, aunque voy saliendo de la enfermedad, me mantienen acostado. Hasta donde estoy, llegan a mis oídos frases desperdigadas: «…en el campo de Teruel…», «una nueva y … victoria…», «Las fuerzas nacionales han…», «Madrid ha caído…».

Poco después interrumpe su perorata para, en un tono solemne y triunfalista, dar el parte de guerra final:

«Españoles: en el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.»


Es el 1º de abril de 1939.

Al escuchar tales palabras, todos los presentes dan muestras de alborozo, y se abrazan. ¡Se acabaron las penurias!, dice don Manuel; ¡Tendremos comida!, exclama Florencia. ¡Gracias, dios mío! expresa Soledad, mi madre. ¡Viva la pepa! pronuncia Paquito, el hijo de Carmen, mientras palmotea. Lo mejor es que todos estamos vivos, dice con melodioso tono la escultural modista.

Adita y Carmelina entran en mi habitación.

¡La guerra ha terminado!, me dicen muy excitadas.

Ya lo he oído… ¿Me puedo levantar?

¡No, que tienes sarampión!

¡Pero si ya ha terminado la guerra…!

¡Pues tú te quedas en la cama aunque haya terminado la guerra! ¡Niño revoltoso!

Y en la cama me quedo, resignado y con una sensación extraña por lo que podrá ocurrir a partir de ahora.

Me faltan dos meses para cumplir siete años.

Habíamos soportado tres años de guerra. Una guerra que, en conjunto, era como si hubiéramos padecido un largo y crudo invierno; resistiendo como mejor se podía la penuria alimentaria, el abuso y la maligna presencia de perversos ventajistas que, cual ratas hambrientas, aparecían por doquier dispuestos a nutrirse de la miseria ajena. Fue una etapa vivida en condiciones ínfimas, sin aliciente alguno, sin domingos ni parques donde correr el aro o montar en bicicleta, desposeídos de los derechos más elementales, enfrentados a la miseria y bajo el riesgo continuo de perecer despedazado por una bomba. Y a tal desastre había que agregar la deserción de mi padre, huido al exilio poco antes de terminar la guerra. Precisamente en el momento que más se le necesitaba…

Por mi corta edad, no había forma de entender qué buscaban los adultos con las guerras —tampoco llegué a saberlo cuando fui mayor—, no acababa de imaginar a qué obedecían, ni me explicaba la necesidad de producir tanto sufrimiento por el mero hecho de divertirse, pues, dado que los niños solíamos jugar a la guerra, pensaba que, en el caso de los mayores, también era una terrible forma de jugar. En mi pertinaz candidez, el alborozo que había en aquel momento en el despacho de mi padre me parecía una gran contradicción, una amarga paradoja, pues, según mi entender, la guerra la habían perdido los del bando de mi padre, y no me parecía normal que se festejara con tanta alegría. Florencia me había asegurado que en las guerras siempre luchaban los buenos con el fin de castigar a los malos, y si se suponía que los buenos éramos nosotros, entonces los que habían ganado la guerra eran los malos. No era como para sentirse tan contentos…