lunes, 20 de enero de 2014

De padre y muy señor mío (2)
Esas miradas recelosas que nos lanzaba desde el otro lado del cristal se deberían probablemente a sus dudas relacionadas con mi madre. ¿Se encontraría por allí camuflada Soledad fisgoneando las extrañas condiciones de su llegada?
Como quiera, desde que Eduardo (en aquel momento todavía me resistía a denominarle «padre») salió para el exilio hasta el momento de su regreso habían transcurrido nueve años y cinco meses, y yo solo lo recordaba desde la perspectiva de un niño de cinco años, que era mi edad entonces, cuando me veía obligado a levantar la cabeza para mirarle; mientras que ahora, tendría que inclinarla, porque, de los dos, el más alto era yo. 
Decepcionado, sentía que estaba muy lejos de poseer la figura clásica del padre físicamente desarrollado, o sea, me refiero al desarrollo que tanto enorgullece a los niños. Si se analizaba su aspecto como intelectual, podría pasar: actitud vivaz y desenvuelta, frente amplia, ojos penetrantes y una leve sonrisa de tolerante comprensión… Pero en lo físico, en su glamour, dejaba mucho que desear. 
Ahora, mientras escribo estas líneas, cuando me detengo a considerar los hechos acontecidos aquel día, pienso —no sin cierto remordimiento—, que aunque su aspecto pudo haber representado, de entrada, mi primer gran desencanto, también considero que con un poco de buena voluntad por mi parte, podría haberlo juzgado con mejores ojos, o sea, hacerle un juicio de valor más constructivo. Pero, en aquel momento los prejuicios me cegaban.   
Desde el día que Eduardo nos anunciara su regreso a España hasta su arribo habían transcurrido aproximadamente cinco meses. Y dentro de la natural conmoción surgida en el seno familiar, todos hacíamos conjeturas respecto a sus motivaciones. Nuestras dudas principales giraban en torno a si su regreso se debería a un sentimiento de añoranza o a un arrepentimiento tardío, puesto que se sabía de antemano lo tensa y angustiosa que podía resultar, por un lado, la expatriación, y, por otro, la separación de los hijos; pudiendo llegar, incluso, a ser un hecho desgarrador y difícil de superar, sobre todo, como en este caso, cuando la separación física se debía, básicamente, a un tecnicismo representado por el exilio, es decir, a un destierro forzoso no elegido por uno mismo, sino impuesto por un tercero. Aunque, claro, en el caso específico de Eduardo no dejaban de aparecer dudas razonables.
Dentro de esta variedad de circunstancias, mi madre, Soledad, primera y legítima —todavía— mujer de Eduardo, no supo a qué atenerse puesto que no habíamos sido informados acerca de sus planes en ningún momento. Probablemente, en su fuero interno, ella abrigaba ilusiones acerca de la posibilidad de que se normalizara la relación entre ambos. A fin de cuentas, en aquel momento sólo tenía 47 años y, aunque los sufrimientos la habían desmejorado, todavía se veía físicamente atractiva y se suponía que sentía deseos de ser abrazada otra vez por el marido, único hombre que había pasado por su vida, único que había compartido su cama, y a quien ella —durante su ausencia— había sido absolutamente fiel. Bajo ningún concepto, ni aún en los momentos más acuciosos, le hubiera permitido a hombre alguno el menor galanteo. No obstante, no quiso tomar la iniciativa y, ante la duda, mantuvo una postura digna: optó por no presentarse en el aeropuerto y confiarnos a Carmelina y a mí la misión de recibirle. Eran muchas las incógnitas que flotaban en el ambiente y, cuando llegó el momento de zanjarlas, faltaron palabras y, sobre todo, buenas intenciones. 
Yo, acuciado por el instinto —ignoro si también por el deseo—, sospechaba que en aquel ser que se movía nervioso al otro lado del cristal, no había un asomo de celo paterno, ni de amor, ni de solidaridad. Y eso vino a resolver el problema que había sobrellevado como podía y que tanto me mortificaba: no tenía por qué preocuparme… Lo mismo que había vivido diez años sin un padre, podría vivir el resto de mi vida. Y presentí algo más: si algo estaba claro, era que Eduardo no había regresado a España impulsado por la idea de volver a construir la familia…  

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