miércoles, 9 de septiembre de 2015

¿Tú lo sabes? ¡Pues yo no!
Dijo Pascal: «El ser humano contempla la majestad del universo y queda sobrecogido. Se espanta de sí mismo, encogido, temblando entre esos dos abismos del infinito y la nada». Unos años después, Gombrowicz, con ánimo de suavizar el fatalismo de Pascal, nos soltó otro pensamiento: «Es necesario someterlo todo a la duda absoluta, hasta que la razón obligue a admitir una idea por fuerza…». Y, entre uno y otro, el señor Nietzsche (¡no podía ser otro!) vino a dorarnos la píldora asegurando que no hay hechos, solo interpretaciones. Y, ya, a estas alturas, tras haber sido cada día vapuleados y más confundidos a base de meternos tal cantidad de metralla en la cabeza, por el momento, dejamos de temblar al tiempo que esbozábamos una sonrisa igual que la que siente el cretino que no comprende nada de nada. Y es que la interpretación de la vida es azarosa, confusa, mísera, inútil, sangrante. Gracias a que la mayoría de la gente vive a su aire y cree a medias lo que nos han contado, porque, de lo contrario, nos pasaríamos todos los días de nuestra vida compungidos y sin saber en qué árbol ahorcarnos, preguntándonos quién soy, qué hago aquí, y qué me espera.
Quizás la posición más natural, la más consciente, es refugiarse en el agnosticismo y decirse: Si somos el producto de Dios, bien; y si provenimos de la casualidad, pues bien también. Sea lo que sea, he tenido la fortuna de vivir y contemplar la vida con la ilusión de que me espera un buen premio al final de todo. Aunque, después, cuando llegas a viejo te das cuenta de que de premios nada… Por esa razón, por lo que a mí respecta, he decidido dejar de agobiarme, porque me doy cuenta de que no hay nada que esperar y que no encontraré nada que me calme del todo. Y me digo: Tengo que tener un comportamiento digno, eso sí, amplio y contundente porque así me lo exige la naturaleza. Dijo el sabio: el cerebro proyecta en el mundo exterior lo que él internamente genera y nos hace creer equivocadamente que todas esas cualidades secundarias tienen su origen «ahí afuera». En realidad, quien ve, oye, huele, gusta y siente es el cerebro. Los órganos de los sentidos, los sensibles,  son completamente neutrales. Pero, ¡qué cosas! ¿Por qué no deleitarnos con el azul del cielo aunque sea o no sea azul de verdad, y con la poesía que nos produce la contemplación del mar, o con la música que nos eleva el alma, mientras nos deleitamos con un helado de chocolate, y vivimos a base de sensaciones dulces y alentadoras con el pensamiento conmovedor y tranquilizante como decirnos: «Alguien tuvo que preparar esas ventajas para mí, para que yo me deleitara sin ponerle más pegas.»

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