viernes, 16 de enero de 2015
















Amor de verdad
¿Cómo asumir y festejar la vida conociendo de qué «pata» cojea? Sí, reconozco que nos envuelven momentos maravillosos los cuales se viven a plenitud: por ejemplo, cuando te enamoras; cuando te casas; cuando llegan al mundo los primeros retoños; cuando ves que estás construyendo un hogar y una vida para los tuyos y para ti; cuando eres apreciado en tu trabajo; cuando tienes experiencias dichosas, cuando haces un viaje maravilloso, cuando conoces a otras personas y entablas una buena amistad con ellas, cuando hueles una flor o cuando te echas un baile al son de una canción bella… Pero, luego, sin casi advertirlo, sin darte cuenta ni pensar que se te viene encima, comienzas a envejecer que es como si fueras cayendo por un precipicio sin un paracaídas para amortiguar el golpe; es cuando llegan las enfermedades y los achaques propios, o cuando levantar del suelo una cosa que se te ha caído te cuesta un esfuerzo supremo y cuando te agachas no te puedes levantar; y no se diga cuando se van de tu lado los seres queridos, las personas a las que amas y quienes te amaron… Y no te quiero decir cuando comienzas a perder facultades y cuando la gente y los tuyos, te comienzan «ningunear»… Ahí es cuando te preguntas: ¿De qué sirvió todo esto? Eras una persona útil y, un día, de buenas a primeras, te apartan de la vida porque dicen que tú ya no sirves, que tienes que hacer las cosas con calma, y te ves invadido por un desconsuelo que no tiene remedio ni solución. Y comienzas a pensar en lo que hiciste y no debías de haber hecho, o en lo que no hiciste y debiste hacer. A mí ahora lo que más me duele es considerar que debí de haber amado más, más intensamente, para que ella, mi mujer, no tuviera dudas de que era mi amor supremo, el más grande, o sea, haberla amado más de lo que le amé, o habérselo demostrado con mayor fuerza, con más ahínco, con más intensidad, con más entrega. Claro, tampoco era cosa de estarse besuqueando y abrazando todo el día, pero a veces el amor se demuestra con una mirada, o con una sonrisa, o con un cumplido, o con una frase, con una actitud igual que cuando éramos novios. Pero es que la sociedad nos ha inducido a que si amamos con la misma pasión todos los días y en todo momento, nos estamos comportando como si fuésemos tontos, o cursis, o ridículos, o débiles mentales; como si decir una frase de amor fuese propio de seres solitarios o pacientes para el psiquiatra… 
Cuando, realmente, el bien que tú me hiciste, el bien que me causaba el hecho de sentirme amado por ti era el talismán de mi vida.

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