sábado, 22 de febrero de 2014

¡Viva la vida!
Como consecuencia de distintos trastornos funcionales relacionados con mi salud, no me quedó otro remedio que deponer mi actitud rebelde hacia la medicina convencional y someterme a un proceso de revisiones médicas que incluían análisis de laboratorio, ecografías, resonancias magnéticas, hólteres, tomografías, consultas a diferentes especialistas, revisiones a tutiplén, medicinas de distinto calado aptas para recomponer mi zarandeada biología, entre las que se podían señalar la arritmia de mi corazón —que latía a ritmos descompasados—; una presión arterial un tanto desbocada, el engrandecimiento de mi próstata, o con la finalidad de atenuar los nocivos coágulos (accidentes cerebrovasculares, creo que se llaman) que, de cuando en cuando, se formaban en mi cerebro y me hacían decir estupideces o hablar como un beodo. Así que no tuve más remedio que deponer mi actitud  de valentón aparente (¡Tú lo que eres es un «cagueta»!, me solía decir mi mujer) y someterme, tomándome la medicinas recetadas y observando un severo régimen alimenticio que consistía en evitar el consumo de sal, la ingestión de azúcar; eliminar los fritos, huir de los dulces, cero bebidas alcohólicas, más vegetales (bueno, por un lado, me animaban a que los consumiera con frecuencia y, por otro, que no los consumiera porque contienen vitamina K, lo cual incentiva la coagulación, algo que debía evitar…), más fruta, más pescado y menos carne roja, algo que, para qué comentarlo, me causó algunos desórdenes psicológicos, dado que siempre he sido muy comilón y un incontenible goloso… El caso es que después de que me curé, me vi envuelto en una depresión inactiva y, como consecuencia, di paso a un decaimiento físico y de ánimo con una persistente falta de inspiración… O sea, que una vez sano físicamente —pues debo reconocer que sané: ¡gracias, señores médicos!— he vivido una buena temporada como un zombi. Pero luego, mis hijo/as por un lado, y mis amigo/as por otro, así como mi firme decisión de superar la insubordinación de mi organismo (soy de los que creen que la mente, el subconsciente, juegan un papel importante en la salud de las personas; o sea: que tienen una fuerte inferencia en los estados de salud), he logrado regresar a la vida activa, tanto en el aspecto físico como mental (claro, sin dejar de considerar, como me dijo la neuróloga —Dra. Santa Cruz— que fue quien me dio de alta, que tengo 81 años y que a esa edad hay que ser precavido, astuto, recatado y consciente de que tanto mi comportamiento como mis apasionamientos deben de estar en armonía con semejante «antigüedad»). Pero, poco a poco, he ido renaciendo: ya estoy caminando 45 minutos cada día, haciendo meditación trascendental, algo de tai-chi y unos ejercicios que tienen en mí más influencia psicológica que física. ¡Ah! Y estoy tomando nota de mis pensamientos más profundos (o de aquellos que yo creo que lo son) en la libreta de apuntes que siempre llevo conmigo. 
Eso no quita que durante toda esta temporada compuesta por más de ocho meses de diferentes «torturas», mis pensamientos no me hayan presionado lo suyo. En consideración a mi edad y a los males que me aquejaban, era inevitable pensar que mi última hora se me estaba acercando… Y era inevitable penetrar en esos misteriosos conceptos inherentes al fin de la vida. ¿Qué nos espera «después»? ¡¡Oiga!! ¿Hay alguien ahí? 
Pero, ahora trato de atenuar la irritación que me producen los desquiciamientos del mundo; de no enterarme de los desmanes políticos, e ignorar la actitud anodina de tanta gente. Y he decidido volver la mirada hacia mi interior…

(Foto: Por aquí pasaba antes un río. Ahora es un bello parque. Es el Antiguo cauce de la ciudad de Valencia. Fotografía tomada con mi iPad.)

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