viernes, 17 de agosto de 2012





Recuerdo de aquellos días…


Es posible que tú ahora no tengas muy abiertos los sensores del recuerdo, pero si es así, aquí estoy yo para refrescar tu memoria:
Aquí apareces tú con tu nene recién nacido… (estás en una terraza cubierta a la que llamábamos «el despacho» porque al principio de vivir en ese apartamento, yo puse allí mi oficina). Dani había venido al mundo tres días antes de esta fotografía, en Maracay. Y aquí estamos ya en nuestra casa de Caracas. Habíamos estado pasando unos días en Choroní porque tu médico te autorizó pensando que todavía te quedaba un mes de embarazo. Pero esa no era la cuenta de Dani… 
El médico rural de Choroní, cuando se presentaron los primeros síntomas, me recomendó que te llevara a parir a Maracay, a 60 kms. de donde estábamos. Y en una ambulancia-jeep prestada por el Departamento de Salud salimos zumbando hacia la ciudad, a la que, normalmente, se hubiera tardado una hora, pero por las irregularidades del terreno y las lluvias recientes, se tardó como hora y media (había que subir la montaña y volverla a bajar por una vía de tierra no pavimentada. Y tú por el camino diciendo ¡No puedo más, no puedo más! mientras yo te sujetaba y te daba ánimos y le urgía al conductor para que se diera toda la prisa que pudiera). 
Al final llegamos y nos dejó en el dispensario público. Pero, ante la situación y el progreso lento de las pacientes que estaban allí esperando, te saqué de la camilla, y cargada en mis brazos, salmos a la calle, cogimos un taxi y nos fuimos a la Clínica Calicanto (privada, 500 bolívares el nacimiento de un niño con la cabeza normal), donde nada más llegar, nació Dani (yo creía que iba a nacer en el recibidor de la clínica)… 
La llegada de Dani al mundo, además de suponer una gran aventura, trajo un sentimiento de intenso amor entre nosotros dos. Dani fue el símbolo de nuestra «reconciliación» después del asunto de Astrid, y a partir de aquello, nuestra vida sexual fue intensa, llena de amor y poesía. ¡Parecía como si fuésemos unos recién casados siempre deseosos de vernos desnudos uno frente al otro. Hacíamos el amor en el autocine, en hoteles a las afueras de Caracas llamados «de tapadillo» (que tenían yacuzis, vídeos pornográficos y camas redondas, con espejos en las paredes y en el techo de las habitaciones), y en casa, por supuesto, pero allí no era tan apasionante. En realidad, esos tabernáculos de amor no eran sitios para casados, sino para amantes, para parejas de novios, para tipos que van con una prostituta, o para resolver planes de amor adúltero. Pero, hay que tener en cuenta que yo era el marido «casi» perdido y vuelto a encontrar, y tu la esposa recuperada por mí cuando estuve a punto de perderte, y nos encantaba comportarnos como si fuésemos dos amantes deseosos… Además, después de aquello, aprendí a conocerte mejor; aprecié más profundamente tus actitudes, tus deseos, tus cualidades, tu inteligencia, tus anhelos y tu posición ante la vida. Ya no eras la mujer que cuida a los niños, va a la compra y hace la comida… ¡Eras la compañera ideal! Eras la mujer que me amaba y que necesitaba mi amor imperiosamente, igual que yo estaba necesitado del tuyo. Eras el encanto que me comprendía, que me interpretaba, la que me bajaba de la nube y me situaba a ras de suelo, y la que tenía gran habilidad para elevar mi temperatura lujuriosa (que todo hay que decirlo). En resumen: eras lo mejor que podía esperar en mi vida. (Nota para los curiosos: Cuando ocurrió esta escena, llevábamos 12 años casados y teníamos cinco hijos más…)

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