miércoles, 11 de abril de 2012
















Otros mundos

dentro y fuera de mí


Aunque la razón de nuestra composición espiritual y física constituye un gran misterio, sí es posible predecir que existe una sucesión de mundos, dentro y fuera de nosotros. Para la mayor parte de los que habitan dentro, es decir, los que componen y mantienen nuestra existencia, ya contamos con infinidad de informaciones: está constituido por los cientos de billones de células que nos habitan como base y materia prima de la vida; luego, formados por ellas mismas, están nuestros genes y cromosomas, que influyen en la evolución y en el carácter de cada quien; está la sangre, el sistema nervioso, las neuronas del cerebro, las glándulas, el corazón, y algunos virus… En principio, todos colaboran entre sí con un solo objetivo: darnos la vida, formar nuestra mente, acendrar nuestros sentimientos. Pero digo en principio porque esos virus que viven y duermen dentro de nosotros y un día, sin que se sepa muy bien la razón, se despiertan y deciden atacar, representan la mayoría de las enfermedades que padecemos… Porque había que preguntarse: ¿Qué es la enfermedad y por qué existe? Pero eso lo dejaremos para otro día.

Hay otros insignes pero complementarios elementos en nuestro interior que, no por mucho que desconozcamos su estructura y sus razones, dejan de ser vitales en nuestra personalidad, en nuestro comportamiento, y en nuestro entramado emocional: me refiero a la conciencia, al pensamiento, a la capacidad de raciocinio, a la espiritualidad y a la imaginación.

Ahora, cuando volvemos nuestra mirada hacia los mundos que se superponen por fuera de nosotros, eso ya es otra cosa. Sabemos que dependemos de ellos de una forma tan crucial como en el caso de los componentes internos. La diferencia es que éstos, algunos, nos son absolutamente desconocidos. Sí sabemos, por ejemplo, lo que está más cercano, dentro de nuestro propio sistema planetario —aunque ignoremos su razón—, pero más allá de éste lo desconocemos todo. ¿Qué hay después de las galaxias? ¿Más galaxias u otros mundos distintos? ¿Somos un subproducto de «algo» o somos el producto principal? Quiero decir, ¿el Universo está hecho para nosotros o somos en él un elemento más?

Sería importante saber qué lugar, que jerarquía ocupamos los humanos dentro del concierto general: si somos importantes o solo somos un eslabón más de la inmensa cadena. Pero, en ese caso, ¿qué razón tiene que inventemos, construyamos, destruyamos, amemos, compadezcamos, sintamos…? Y no hablo de alucinaciones o de ideas supersticiosas ni de leyendas, sino de realidades asequibles a nuestro conocimiento y experimentadas tanto por la ciencia como por mí. ¡Ah! y debo exponer que soy una persona normal, con un coeficiente intelectual una migaja más alto de lo común, y que antes era un ser absolutamente despreocupado siempre en busca de superarme en este mundo competitivo donde habitaba. Cuando en mi vida se presentaba un caso inusual o sorprendente (una sincronía, una trascendencia, un sueño fuera de lo normal, un encuentro fortuito), me emocionaba por el momento y luego seguía mi camino sin dar demasiadas vueltas a las cosas. Lo aceptaba como sucesos propios de la vida. Pero, ahora, cuando me he hecho mayor, no puedo quitarme de la cabeza esas incongruencias, esas venturas, esos instantes de felicidad y de desdicha, ni los sentimientos sublimes como el amor o la fascinación que nos depara la vida.

Pero, óigalo bien: El otro día leí una frase que encierra todas las funciones de la vida: «Hay que vivir como la vida nos pide que vivamos. Algo que, en el fondo, está supeditado a nuestra conciencia».

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