domingo, 16 de enero de 2011


Más especulaciones sobre la vida


¿Será ese lado mecánico que nos condiciona —compuesto fundamentalmente por el instinto, las necesidades físicas apremiantes, la regulación del metabolismo, los ordenamientos biológicos, las exigencias de los genes, las facultades visuales y olfativas, así como la función automática en general—, lo más valioso, lo más importante de la configuración humana, o sea, lo más significativo de nuestra estructura asentada en reacciones materialistas, o será ese otro lado compuesto por el pensamiento, la conciencia, el espíritu, el sentimiento, la capacidad de amar, la de tomar decisiones, la inventiva, el entendimiento con nuestros congéneres, o sea, todos esos factores que nos fueron convirtiendo en humanos a través del tiempo como exigencia de la sacrosanta evolución? Sin duda, los dos aspectos son esenciales para el desenvolvimiento humano, pero el segundo —al menos en mí— es el que me impulsa a amar la vida, el que me ayuda a escribir, a cantar, a hablar y comunicarme con mis vecinos, a decidir el rumbo que debo tomar, a escoger mis amigos, a admirar el esplendor de la Naturaleza, a llorar o alegrarme según me ocurre un acontecimiento triste o alegre… Sí, no escapa de mi entendimiento que el segundo no podría existir sin el primero, mientras que, en cambio, el primero sí podría vivir sin el segundo, pero, en este caso, solo se percibirían los estímulos primarios o instintivos, y si esta situación se estuviera produciendo ahora en nuestro planeta, yo, en lugar de estar escribiendo, estaría saltando de árbol en árbol y comiendo raíces y hojas de las ramas… ¿Te has representado alguna vez la idea de que, en realidad, en nuestro entorno galáctico pudieran existir planetas donde podría haber vida pero, sin embargo, al carecer de seres humanos que perciban y constaten la maravilla de la existencia, y que vivan ajenos a los mandatos de su conciencia, o sea, que no exista nadie que sienta admiración por la belleza, ni que rija sus principios impulsado por el amor; alguien que sea capaz de sentir compasión o solidaridad o conmoverse ante las desgracias ajenas; alguien que no se haga preguntas acerca de los perfiles y la estructura del mundo, alguien que no esté consciente de la vida?

Esas maravillosas funciones sensitivas con las cuales hemos sido dotados, como es la creatividad, la conciencia, el sentimiento de vivir y la imaginación, es lo que nos ha permitido adaptar la vida a nuestras necesidades, y re-crearla, y hasta modificar su apariencia construyendo jardines, carreteras, edificios, escuelas… Es cierto que a veces los humanos caemos en una execrable enajenación y cometemos una variedad de despropósitos… Son como anomalías enfermizas, virus, tumores o descomposiciones mentales y físicas ocasionadas por la propia cultura o por una ambición desmedida. Pero si tenemos capacidad para distinguir el bien del mal, y sabemos cuál es la ley, siempre queda la esperanza de que corrijamos nuestros dislates. ¿O es que la sociedad ha mitificado de tal modo el sentido de la libertad que llega hasta el extremo de permitirse hechos nocivos para la vida como una enfermedad crónica sin remedio?

Dijo Mabel Collins que «Del mismo modo que la luz baña todas las cosas y cada cosa recibe y refleja lo rayos que es capaz de recibir y reflejar, así el flujo inspirador de la búsqueda del sendero pasa a través de las almas de los seres y cada alma retiene lo que es capaz de retener y reflejar».


(Foto de Mónica: una calle de Amsterdam)