viernes, 14 de agosto de 2015



La evolución del ser
En este momento la humanidad parece estar llegando a una situación en la que nadie, por muy docto que se sea, está en condiciones de exponer con seguridad, ni argumentar las razones de nuestra presencia, nuestra creación y nuestra procedencia en el planeta Tierra. Lo mismo si es creyente que si es ateo. A nadie, absolutamente a nadie, le es posible asegurar si hemos sido creados por un ser superior o somos la extraña e inexplicable consecuencia de un sucedido aleatorio. Y menos aún estamos en condiciones de considerar cuál puede ser nuestro destino o nuestro fin. Hoy, a pesar de tanta evolución o a causa de ella, nos vemos envueltos en una ignorancia que, en primer lugar, parece causada por la propia estructura impuesta a la Naturaleza, y, posiblemente, debido a su determinación funcional o a las leyes de su configuración. En segundo lugar, por la obcecación, la cortedad o el desvío mental de los ciudadanos en general. Es muy fácil agarrarse al mito y a las ficciones que apoyan un interés o avenirse a la simpleza y terquedad de lo manifestado por la ciencia, pero es obvio que ni ésta ni la filosofía vienen a resolvernos nada desde el punto de vista metafísico por más que profundicemos en el tema. Puede haber opiniones de gente más o menos impulsiva y docta, de esa que se atreve con todo, pero ahí mismo es donde se demuestra la ignorancia, el interés y la falta de sensibilidad. Porque tratar de justificar nuestra existencia a secas apoyados en la ciencia, en sus grandes y complicadas dimensiones, produce escalofríos, y, además, eso no elimina la presencia de un ser superior a quien el sector creyente denomina Dios como expresión de la cultura, con lo cual destapamos nuestra incapacidad o nuestro temor a la soledad al advertir que no significamos nada para nadie. Para mí que hace ya muchos años que se perdió el equilibrio y no se puede determinar si su pérdida o su descenso se debe a nuestro desinterés, a nuestra condición de seres cada día más «civilizados» o al embrollo exigido por el plan general, sea el que sea. Esta misma idea también pudiera ser un signo de la propia evolución, una consecuencia del gran resultado que se persigue y de nuestro desarrollo cultural. En la prehistoria, cuando los primeros seres humanos bajaron de los árboles, no estaban en condiciones de preguntarse quienes somos y qué hacemos aquí. Pero, a medida que fuimos desarrollándonos, tan pronto como comenzamos a pensar por sí mismos, no nos quedó otro remedio que justificarlo todo remitiéndonos a la presencia de un Dios. Hasta que llegamos al momento actual, cuando tratamos de razonarlo todo y, en le misma medida que nos cerramos a la espiritualidad, crecemos en materialismo. Pero también pudiera ocurrir que tal fuera la exigencia de la vida, lo que se espera de nosotros y de nuestra proyección hacia el futuro.

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