jueves, 9 de junio de 2016



Senderos de la vida
De cualquier manera yo, ahora, a mi edad (el 22 de este mes cumpliré 84 años), busco una definición de la vida: una razón, un motivo, un concepto que justifique mi presencia y que me traiga la calma espiritual; pero, en los caminos de esa búsqueda, se niega mi mente a asimilar la idea de que nos debemos a un caos fortuito o casual: un hecho de ese genero no entra en mi mollera por más que venga refrendado por una legión de científicos. Con semejante teoría esos sabios negados solo demuestran no poseer imaginación ni sensibilidad, ni ser capaces de asimilar funciones ambiguas: ellos solo se atienen a lo demostrado por el camino de la ciencia. Es increíble que haya tantos seres que no se cuestionen la existencia, sobre todo entre gente preparada y de pensamiento elevado. Solamente entre los creyentes, o en las religiones, en los que creen en un dios omnipotente se disimula tal dilema. No obstante, con dios o sin él, existen muchas muestras no científicas en la vida en las que se puede contemplar que tras de ellas existe una intención clara de crear vida o de ser propicia al menos para pensarse, y las intenciones no se crean por casualidad. Me refiero a la reproducción de seres con el elevado número de complicadas funciones físicas y espirituales que se ponen en juego. Me refiero a la presencia de un planeta como el nuestro que permanece rodeado de una profusión de pedruscos sin vida y sin funciones específicas. Hace poco leía un libro científico donde se decía que vivimos de milagro: habitamos dentro de un conjunto espacial que se sostiene y da vida de una forma poco científica, amenazado por un sin fin de agresiones físicas, como las grandes oleadas magnéticas y destructivas procedentes del sol (paradójicamente, porque, al mismo tiempo, el sol es el que nos da la vida…), o la lluvia de meteoritos, o los agujeros negros, o la ausencia de agua tan normal en otros cuerpos celestes, o la existencia inalterable de la gravedad que es la que nos sostiene y la que mueve el orbe, o el sentimiento constructivo y el rechazo de la maldad dentro de nuestros haberes morales. O el ingenio para producir vehículos, puentes, alimentos, o embelesarnos con la música y con el arte, funciones todas ellas dirigidas a la vida… Eso no se reproduce por los medios de la ciencia. 
¿Y entonces qué? Porque la idea de los creyentes (y no trato de echarla abajo, que conste. ¡Ojalá fuera yo uno de ellos!), de un Dios misericordioso, un Cristo hijo de Dios, que vino a la Tierra para «salvarnos» (¿salvarnos de qué?) y para transmitir «la verdad» aunque esa verdad les llegue solo a unos pocos elegidos es una idea absolutamente ingenua, infantil, falta de consistencia y solidez mental. ¿Habrá algo más incongruente que un Dios que nos vigila uno por uno durante la noche y el día y que nuestras actos los anota en una libreta con el fin de castigarnos? 
Hoy Dios se ha convertido en un medio de vida tanto para los que creen en él y tratan de difundirlo mediante puestos eclesiásticos y recibiendo grandes colaboraciones económicas de los acólitos, como para los que no creen pero que gracias a su actitud negativa se llenan los bolsillos mediante libros, cargos en universidades y manifestaciones públicas.

Lo mejor sería vigilar el comportamiento de uno y quedarse a la espera de ver en qué acaba todo: ¿con la muerte se termina todo o existe una extraña linea de prolongación? Ese es el dilema. En mi caso, vigilo mi comportamiento mientras de mi mente no se desprende el espíritu  mi esposa (muerta hace años). Dentro de mi corazón y de mi sentimiento (es una contradicción que no tiene cabida en mi forma de pensar) la siento a ella y siento que me alimenta espiritualmente. Solamente ella es quien me sugiere una esperanza y hace que mi función no decaiga. Y es curioso: ahora, después de que han pasado varios años, la voy descubriendo con mayor intensidad que cuando vivía junto a mí. A veces de tanto pensarla llego a sentirla, y me hace admitir (aunque sea a regañadientes) de que existe algo que late tras la vida regular. Con «su presencia» me obliga a sentir que está en alguna parte o que no se ha marchado del todo. Es muy, muy intensa la forma como se ha introducidos en mi… Mada Carreño, escritora y segunda esposa de mi padre, a la que me unió una buena amistad, cuando murió mi mujer me escribió una carta donde me decía:  «…me parece imposible que aquellos a quienes amamos desaparezcan para siempre; algún arreglo debe  haber por ahí  para que nos encontremos cuando pasemos al otro lado. Ni el amor ni el espíritu son cosas que puedan disolverse. Nada sabemos, pero es imposible  que esta inmensa lógica en que estamos envueltos no tenga sentido…»

domingo, 29 de mayo de 2016


La vida complicada y la sencilla
De todos modos, amor, la vida, además de intangible en su esencia, es indescriptible si consideramos sus propósitos morales o fácticos, lo mismo si nos referimos a su razón de ser que a la necesidad de nuestra presencia. Por tal razón, en el pensamiento humano, tan amplio y diverso, tan ampuloso y exigente, se nos presenta como una consecuencia de infinidad de propósitos tanto físicos como espirituales. Se podría llegar a determinar que nosotros, los seres, somos una consecuencia de este planeta, dadas sus características para la habitabilidad, o que ella, la Tierra, es una consecuencia de nosotros, es decir, si nos trajo al mundo un creador, tuvo que dotarnos al mismo tiempo de un medio donde pudriéramos habitar y donde pudiéramos sentirnos necesarios. Claro, habría que llegar a pensar que el ser escurridizo que nos ha creado nos necesita para su propio sustento o puede que para dotar de sentido a su presencia y que, por la razón que sea, requiere que sus propósitos permanezcan ocultos o desconocidos para nosotros, que, en realidad, solo somos «peones de brega». Acercándome a la verdad, te diré que yo no me he quitado la vida por respeto a ti, porque sé que esa es una acción que no entra en tus contenidos morales o en tus sentimientos, pero debo decirte que sin ti se me hace muy problemático e insoportable  vivir, que la vida me resulta muy difícil de soportar. Entiéndelo: los humanos tenemos que actuar impulsados por un propósito, por un sentimiento, y yo ya no tengo ninguno o son menos notables; está claro que estoy de sobra, sin motivo, sin causa o razón y que mis propias facultades están en disminución. Ahora, a estas alturas, vengo a adivinar que la vida es otra o es ninguna, y no la que yo presentí en el pasado, en mis años de juventud y en mi etapa de participante. Solo para aquellos que comienzan o los que están en el camino la vida tiene un significado, un sentido, una razón de ser. Yo, ahora, a mi edad, dentro de la escasez de posibilidades que la vida me entrega, hago lo posible a pesar de toda la dificultad del mundo, por encontrarme conmigo mismo…, pero cada vez me siento más ajeno, más desconocido para mí y sin importancia para los demás, y falto de implicaciones. He caído en la etapa de la pesadez que me produce mi desinterés o la indiferencia de los demás. En el sentido de lo invisible. Me he convertido en ninguno o me estoy convirtiendo en nada en pasos agigantados. Además, me retrae la futilidad de mis actos: la poca importancia de lo que hice emperrado en llegar sin saber bien adónde. Tú eras más consciente que yo, más juiciosa, mucho más moderada, por esa razón la vida para ti era más llevadera.

viernes, 13 de mayo de 2016


Normas del más allá
Hemos de considerar que si bien la vida se atiene a normas de comportamiento exigidas por la ley (las cuales, gusten o no, deben ser aceptadas por todos los ciudadanos), en segundo plano y no de una forma generalizada ni observada con la misma intensidad por todos, arraigan en nosotros las formas morales. Este modo ético o virtuoso pudiera ser más importante que el sometido por la ley. Primero por la aceptación libre de sus contenidos y, segundo, porque procede de nuestra propia conciencia y sensibilidad. Además, tiene varias representaciones paralelas, varias acepciones entre las que se encuentran la imaginación, el sentimiento y la pasión. Relacionadas siempre, desde luego, con nuestra educación y nuestra cultura. Yo soy viudo y, para respetar el estado en el que me ha sumido la vida sin yo desearlo, vivo solo y dedicado a la única mujer que fue mi compañera durante más de 45 años. De ella quiero hablar en este blog porque de ella obtuve muchas de mis normas. Nuestro conocimiento recíproco, nuestra afinidad, el placer íntimo que nos revestía, unido a las sonrisas de ella y la mirada de sus ojos, hacen que no pueda ni intentar compartir mi vida con otra mujer. Sería como volver a empezar, y eso es imposible… Creo que el amor consiste en eso: dos personas, generalmente mujer y hombre, llegan a conocerse profundamente después de un tiempo juntos y acaban por ser cómplices en todo. Yo ahora la veo a ella (con la imaginación, claro), la experimento, la siento cerca de mí. No soy creyente, pero no busco una explicación científica a su presencia, a algo tan palpable, a su presencia en mi vida, a los pequeños «milagros» que produce nuestra proximidad espiritual, aunque pudiera ser que no pasara de un efecto psicológico. Pero, psicológico o verdadero, bienvenido sea. Y lo curioso es que ahora, cuanto más tiempo pasa desde su muerte, más acompañado por ella me voy sintiendo. Aunque, por favor: no me pidan explicaciones ni sonrían de una forma conmiserativa al leer esto. Yo la siento muy unida a mí, protectora, acaparadora de mi corazón, e impulsora de mis actos. Aunque de por sí tengo una personalidad poco común, ella siempre accede y toma posesión de mi mente y me presenta las cosas como una «incógnita razonable». Soy agnóstico, repito, porque mi fuerte función de razonamiento siempre me sale al paso en el momento que aplico mis conceptos no tangibles: pero ella se las ingenia para introducirse entre mis neuronas; para estrujar mi corazón, y para mirarme algunas veces con cierta ironía comprensiva. En vida de ella yo la consideraba el prototipo del ser humano, la representante por excelencia: creía en Dios sin exageraciones ni complicaciones metafísicas, y sin estridencias ni lanzamiento de fuegos artificiales; era compasiva, amable, dulce; disfrutaba de las pequeñas cosas, de la naturaleza; se interesaba por el estado de los demás, amaba a los animales y le gustaba caminar descalza por la playa… Y, sobre todo, no tenía complicaciones metafísicas. Yo creo que ese es el punto fiel de la vida, el intermedio: trabajas, atiendes a los tuyos, te llevas bien con tus vecinos, aspiras a progresar física y económicamente, regulas tu comportamiento y no te devanas la sesera queriendo penetrar en lo imposible. ¡Ah, si yo fuera así! Pero, qué va… Tengo complicaciones debido a mis exigencias intelectuales, soy de temperamento disconforme, un tanto atormentado, embarrado por ideas que no tienen solución. Menos mal que conté con Angelina, que supo soportar mis veleidades, mis cambios de dirección, mi búsqueda de imposibles. La echo mucho de menos. Añoro sus «¡Pero cariño…!» suaves y pacificadores, envolventes, que me dejaban pensando y me reconciliaban con los momentos y las cosas. Lo que no me explico bien es que cómo una mujer como ella pudo soportar a un hombre como yo. Y encima, solía manifestarme con cierta frecuencia que se sentía feliz a mi lado, que yo la entendía y que yo contribuía a que ella interpretara las cosas con mayor cordura y que se interesara por temas por los que antes no sentía interés. Además de que entre los dos habíamos traído seis seres al mundo… Una colaboración perfecta. Yo creo que le debo mucho más a ella que ella a mí. La debo, sobre todo, que me sacara de la nube y me bajara a la tierra; que me contagiara su ternura, y que valorara con total intensidad lo importante que puede ser una mujer al lado de un hombre…

viernes, 29 de abril de 2016



Primero disparo y luego pregunto
Teniendo en cuenta mi viudedad y los 84 años que tengo a la espalda, dentro de esta vida quieta, deliberadamente aburrida, en retiro permanente, desprovista de encantos, de fragancias femeninas y complacencias mundanas por donde me suelo mover, entretengo, calmo mis ansiedades, las sostengo, puede que las multiplique, entrando a menudo en mi ser interior y analizando mis fundamentos y tendencias, además de luchar contra los demonios que me habitan. Ante tal exploración, trato de ser todo lo diligente y sincero conmigo mismo que mi constitución mental me permite abarcar, aunque no sé con certeza dónde intento llegar o qué es lo que me preocupa de mis dispares comportamientos, como no sea que ande emperrado en la reconstrucción de mi maltrecho sentir o en el intento de aligerar mis fijaciones o modificarlas. Pero, no obstante la confusa intencionalidad, ignoro si en el escrutinio, en el ejercicio de la doma, mis querencias, las más pérfidas, se me ocultan como conejos asustados, quitándose del camino con la intención de pasar inadvertidas. En mi cabeza hay tantas cosas dando vueltas que, a la hora de reflexionar, mi habilidad para concentrarme es prácticamente nula: generalmente mi pensamiento tiende a salirse del cauce, hasta el punto de que, a veces, comienzo la sesión meditando, por ejemplo, sobre la extraña composición orgánica del cuerpo humano y, cuando quiero darme cuenta, me encuentro tratando de recordar el resultado de un partido de fútbol entre el Patachueca y el Benito Cármela. Ante tal situación no puedo dejar de considerar que aquí, en este proceso, quizá se dé un caso instintivo de autoprotección, un intento de evitarme caer en la locura, porque en aquellos momentos que alcanzo la concentración y logro seguir el hilo de mi pensamiento sin que me vea interferido por digresiones impuras, en el fondo de mi ser aparece una decepción de mí, un remordimiento hiriente y destructivo. Pero tampoco es cuestión de sacar las cosas de quicio produciendo la impresión de que cada vez que hurgo en mi pasado, sólo obtengo sentimientos de frustración. El desajuste proviene de la creencia de que en mi vida no hice todo lo que debí hacer o no hice aquello que creí poder hacer. Es decir, pienso que no se cumplieron muchas de las expectativas cifradas en una persona como yo, a quien se atribuían grandes capacidades, porque, si bien en mi infancia fui continuamente censurado y tachado de empedernido embustero, de travieso impenitente e irrespetuoso, también es cierto que me harté de oír el tópico de qué pena, con lo listo que es… Y, lo mismo si era cierto como si no, de tanto escucharlo acabé por creérmelo, y ahí fue cuando me enfermé de superioridad, a causa de una idea falsa de mi propio valer, algo que me convirtió en un ser individualista y pretencioso, en alguien que llegó a dar por hecho que en su futuro sólo el éxito le aguardaba. Que, fuese cual fuese el camino elegido, todo estaba a mi alcance y sólo tenía que alargar la mano… Aún así, hay ocasiones que percibo contraseñas, indicios, flashes de que mi vida no ha sido tan desatinada ni tan desequilibrada como la expongo. Por ejemplo, siento cierta íntima satisfacción al constatar que hay personas que me envidian, o que sienten admiración por esa vida inquieta y aventurera que ha sido mi constante. O por mis relaciones con gente de mucha valía. O, qué caray: por mis dotes a la hora de pensar y escribir.

jueves, 14 de abril de 2016

   Un mundo sin habitantes
¿Cómo sería el mundo si no estuviera habitado por seres humanos? No existirían las carreteras ni los puentes; ni habrían aviones surcando el espacio, ni barcos navegando por el mar transportando gentes de un sitio a otro. No existirían los jardines, ni los edificios, ni los grandes almacenes. Se vería todo indiferente, simple, con montañas y desiertos, sí, pero con incendios inextinguibles producidos por las tormentas y sus rayos. En una palabra: el mundo no sería doméstico, no existiría la cultura, ni el arte pictórico, ni la música, ni la arquitectura, y no habría nadie que contemplara las estrellas ni que se quedara ensimismado ante el mar azul… ¡Qué cosas! No existirían las elecciones, ni los presidentes, ni los policías, ni los corruptos, y tampoco habría nadie para meterlos en vereda o para convertirlos de malos en buenos. No existiría el cine, ni la televisión, ni las bellas damas que sonríen, ni hombres con bigote y barba; no habría médicos que curan nuestros males, ni medicinas que nos quitaran el dolor de cabeza. Es decir: solo los humanos han hecho un mundo habitable, divertido, terrible, plagado de cosas dulces y manjares, y también de cosas amargas. No habría nadie que atendiera nuestros caprichos ni nos estimulara para alcanzar la gloria, ni otros muchos elementos que proceden de la cultura y de la ansiedad por lo material. O sea, me refiero a seres dotados de pensamiento, de facultad de hablar y con habilidades manuales. Porque dada la situación privilegiada de la Tierra, si se puede aceptar que existirían los animales, los cangrejos y las serpientes, pero estarían igual que cuando sus primeros congéneres llegaron, sin haber progresado, sin cubrir su cuerpo con ropajes. No habría seres que sembraran cereales o patatas, para luego freírselas y comérselas; nadie que fabricara productos sofisticados ni vestidos para cubrir sus cuerpos. O, tal vez, ya habría desaparecido todo, como ocurrió con los dinosaurios… ¿No parece en realidad que este mundo civilizado-incivilizado fuera obra de alguien? Y no me estoy refiriendo a un dios creador que produce las cosas con un chasquear de dedos, como el que pinta la Biblia. Me refiero a una cultura muy superior a nosotros, con conocimientos extraordinariamente elevados (en comparación a los nuestros) de química, física y biología, y con poder para inculcar en un sector de los animales (el vulgarmente llamado humano) unos elementos valiosos y desarrolladores como la facultad de hablar, el pensamiento, el alma, la creencia en los mitos, la imaginación, el afán de progreso, la habilidad para construir y modificar a la naturaleza, la facultad de reír y la de llorar, la de admirar el arte y la belleza, la de destruir y volver a fabricar; me refiero al que crea adversidades y las resuelve, el que es capaz de desnudar al vecino para vestirse él, el que destruye edificios para fabricarlos de nuevo, el que inventa bombas destructivas pero construye puentes. No habría cuellos masculinos que soportaran una corbata ni los femeninos que se adornan con collares, ni dedos soportando anillos, ni niños jugando con ordenadores.

martes, 5 de abril de 2016



El desconcierto
Existe una especie de fuerza camuflada que se mueve con sigilo o de forma encubierta, y que tiene una casi imposible definición morfológica porque es inmaterial, invisible, sinuosa. Es una clase de impulso íntimo que opera dentro de nosotros y que podría ser denominado como asentamiento o enclave espiritual relacionado con la conciencia, o definirlo como de un arraigo inmaterial, o como una emoción, o un desasosiego…, pero es algo que, si existe, opera sin estridencia y se mantiene gracias a la «despensa» virtual que representamos. Me estoy refiriendo a «esa cosa» que algunos denominan alma, y otros espíritu, y otros lo describen como yo personal, o corazonada, o perteneciente a nuestra estructura psicológica, según un neurólogo que conozco. Es lo que nos da el carácter o forma nuestra personalidad; el que se entiende como una entidad inmaterial pero notable, que nos habita y nos trabaja en silencio. Puede ser, me digo, la esencia que nos conmueve, la que nos incita a sentir compasión de los semejantes, y a intentar ser diferente de los otros: a ser dulce o severo, gracioso o aburrido, entusiasta o pasivo, indulgente o tacaño.
Y es difícil (imposible, diría yo) determinar su textura y a qué leyes obedece, y cuál es la razón de que influya tanto en nuestras pasiones como en nuestros silenciosos actos de meditación. Puede diferenciarse si tú eres creyente, pero no es mi caso, dado que yo soy ateo, o casi… Tal vez llega hasta nosotros a caballo de los cromosomas, pueden asegurarnos los entendidos, pero podríamos preguntarnos a qué se debe que mis actos sean de una menor calidad que los tuyos, o que tú seas más inteligente que yo o yo más inteligente que tú, o por qué tu sensibilidad llega más lejos que la mía o la mía más lejos que la tuya, o por qué tú entiendes el mundo de una forma diferente de como lo entiendo yo. Claro, se trata de aspectos científicos que, según dice el especialista, tienen su explicación biológica y sensorial, aunque no se comente nada si su definición se contempla en lo metafísico. Pero hay algo extraño en torno a esto, algo conmovedor: todos tenemos un cerebro, y un aparato digestivo, y unos ojos para que veamos y podamos interpretar la vida. A todos nos rodea un mundo similar, con el mismo diseño y las mismas reacciones, y casi idéntico número de neuronas puebla nuestras cabezas, por lo cual me llama la atención que haya distintas sensibilidades, y diferencias notables en una moral opuesta, divergente, contraria. Y que haya distintas nociones de lo bueno y de lo malo; que esta rara sustancia dé cuerda tanto a quienes se complacen en asesinar a un semejante como a quienes se horrorizan ante la muerte y sus consecuencias morales y materiales. Y luego está esa amalgama variopinta de seres que aseguran que el mundo es como ellos lo explican. Como si alguien les hubiera comunicado el dato a través de un conducto espacial. La pregunta sería: ¿tenemos alma o no la tenemos? Y si la tenemos, ¿de qué nos sirve? ¿Se puede vivir sin alma o es necesario poseerla? Porque los únicos que le sacan cierto fruto a esta noción son los creyentes. Ellos tienen resuelto el futuro: piensan que después de la muerte nuestra alma se dirige a un lugar sagrado donde será juzgada y ahí se decidirá el rumbo o el destino que la espera en la eternidad (¡horror de los horrores!). En realidad, parece que el plan del universo respecto a los  mortales, es imbuirnos un desconcierto: Si no crees en nada, estás amolado porque siempre te atormentará la duda al encontrarte solo y desasistido, y si crees en algo, estás perdido ante el complejo producido por la sensación de caer en el pecado o ser manejado por los mitos religiosos que tanto influyen en nuestras costumbres. Solo tenemos que lanzar una mirada a nuestro alrededor para llegar a la conclusión de que nada tiene sentido… 

jueves, 17 de marzo de 2016



Comienzo y  necesidad
Perdonad que siga dando la matraca con el tema que me atormenta desde que tuve uso de razón. Es que, por más que lo pienso, no encuentro una explicación que agilice mi percepción de la vida, o me ayude a vislumbrar sus hechuras. Convengamos como base elemental que podría existir uno de estos tres métodos: uno, atribuir a un dios omnipotente el milagro de la existencia; dos, considerarlo todo como producto de la casualidad, es decir, que los hechos se entrecruzaron para llegar a esto que estamos viendo, y tres, a que esta es, simplemente, la nomenclatura universal, su estructura, sus maneras y su acción natural sin que tengamos que detenernos a buscar una explicación lógica. Pero, sin poderlo evitar, a continuación de estas consideraciones, me planteo que ninguna de dichas versiones tiene las bases que me dejen dormir tranquilo. Creo que existe una verdad palpable que da una idea y que no se puede poner en duda (tal vez sea la única): me refiero a la función de procrear. No hace falta ser muy perspicaz para advertir que la Naturaleza, al construirnos, nos ha dado todas las armas necesarias para que traigamos seres al mundo: el deseo sexual, la inclinación al amor, las facilidades y condiciones anatómicas para efectuar el proceso, el impulso o el estímulo con su contenido romántico, las «herramientas» imprescindibles para que podamos volcar nuestra pasión y efectuar nuestro trabajo «a gusto», y también el deseo, las atractivas formas corporales, el propósito intuitivo-existencial, los recursos alimenticios, el sometimiento a la imperiosa necesidad social y al progreso como una especie de responsabilidad de futuro o hacia el tiempo que vendrá después… Y no solo en el caso de nosotros, los humanos, sino que todos los elementos vivos de la naturaleza están hechos para procrear: los arbustos, las plantas, los animales, los insectos, aunque ellos pueden hacerlo por instinto o debido a que están sometidos a un programa… Este importante detalle por sí solo podría justificar la existencia en la vida (en La tradición oculta del alma, de Patrick Harper —libro que os recomiendo encarecidamente—, se dan múltiples versiones históricas y mitológicas del «milagro» de la vida a través del tiempo) de un o unos seres superiores y la importantísima sensación de que todo obedece a un propósito de alguien por encima de nuestras cabezas. Pero hay otra cuestión: ¿Quién tiene interés en que nos reproduzcamos y para qué nos necesita?
Ahora, me encierro en mi cuarto, apago la luz y me concentro: Ante la falta de información, una de las funciones más valiosas que nos ha dado la Naturaleza ha sido la imaginación, la creatividad, la fantasía, el deseo. Son vínculos, recursos o conexiones propias de los humanos con las que podemos crear los mundos que nos faltan o aquellos que nos son necesarios: inventar todo lo que supla en la imaginación la falta de contenidos. Aquello a lo que otorgamos la imperiosa necesidad de nuestras preferencias.
¿Quién o qué me exige a mí un comportamiento determinado? ¿Por qué he de someterme a los caprichosos empeños de mis neuronas? ¿Quienes son ellas para decirme lo que debo pensar y en lo que debo creer? ¿Es que yo no puedo crear mi mundo con las propias herramientas que me han sido dadas y de acuerdo con mis afectos o mis necesidades virtuales? Por ejemplo (les ruego que lo lean y lo piensen antes de considerar que estoy rematadamente loco): he «resucitado» a mi difunta esposa, y de tanto empeño que he puesto en ello, aquí la tengo conmigo casi en persona. A ella le consulto mis dudas, mis preocupaciones y mis ensueños. Nos hablamos. Y ahora, al tenerla presente, veo que durante su estancia en el más allá ha evolucionado con respecto a su verdadera personalidad de cuando era un «producto» terrenal, como yo lo soy; ha mejorado su valía como persona, se ha convertido en una especie de diosa personal que me inspira, me guía y me da las pautas. A veces hasta se ocupa de mi salud… ¿Oigo que  me gritan por ahí que todo está en mi imaginación? ¡Pues, claro! ¡En algún sitio tiene que estar! Pero, a veces, el juego resulta tan realista que hasta llego a creerme que es verdadero…