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jueves, 10 de junio de 2010


¡No me ahuyentes a los espíritus, por favor!


No puedo aplicarme a pensar en la inverosímil, en la improbable existencia de los espíritus porque pongo en fuga al de mi mujer, lo ahuyento, lo alejo de mí; o sea, en el momento que me dedico a profundizar en razonamientos materialistas, ejerzo una presión sobre ella, y es como si la traicionara, o como si la desahuciara de esa percepción espiritual que guardo. Es como si la largara de mi corazón o la distanciara de mi ser.

Y yo vivo de ella, me sostengo en ella, de su permanencia en mí…

El problema es que el pensamiento científico que vive en el hemisferio izquierdo de mi cerebro, no soporta representar, captar, justificar o explicar la presencia de las almas ni su existencia con posterioridad a la muerte… Si acaso, lo admito como un asunto relegado al inconsciente, o al instinto, o a la imaginación, o propio de los sueños, surgido de las aspiraciones humanas, de quienes intentan alejar de sí el vacío de la vida. Sentimientos todos ellos que carecen de valor tangible o demostrable.

Hay que reconocer que esto de las creencias es un asunto que penetra en el terreno de lo psicológico —de lo neurológico, puede que también—, que invade nuestra conciencia, que absorbe y anula nuestra razón y alienta nuestros sueños de eternidad. Y eso que, en mi caso, no son esas las motivaciones que busco, puesto que cuando me meto por esos caminos, solo me encuentro a la nada… Mi única finalidad, la que yo persigo con ahínco, con todo el empeño que me permiten mis fuerzas y mi corazón, es sostener, fomentar la relación con ella, con Angelines, con mi mujer, y dándole cuerpo a la idea, hacer factible su presencia, habilitarme para que tal percepción permanezca en mí… es como una forma de prolongar su vida y proyectarla hacia mí. No puedo, de verdad, no puedo imaginarme mi vida sin ella, sin su aporte espiritual, y mucho menos cambiarlo por el soporte (?) de una actitud fría, materialista y científica, diciéndome a mí mismo: ¡Bah! ¡Sólo son patrañas para embaucar a los niños! No, no me lo puedo decir por mucho que mi razonamiento, mi cultura, mi percepción de la vida, incluso mi intelecto, me exijan mantener unos conceptos intelectualmente formales… Hay momentos que, a modo de ensayo, hago la prueba y trato de erradicar de mi mente su presencia y, de inmediato, paso a preguntarme, ¿Podría prescindir de esta idea nebulosa, confusa, intangible pero que tanto me alimenta? ¿Cómo hubieran sido estos diez años de soledad si no la hubiese mantenido en mí, si no hubiese permitido que ella —o la ilusión que tengo de ella— invadiera mi ser como lo ha venido haciendo hasta ahora? Y al pensarlo así, fríamente, tratando de darle la mayor objetividad, no puedo evitar un impacto angustioso sobre mi espíritu, que casi me deja inerte.

Pero, además, hay que considerar que no es posible apartar radicalmente de nuestras mentes descreídas la importancia primordial que este asunto de la fe tiene para otras personas, que —aunque sea de una forma ingenua—, utilizando su razonamiento o su instinto, con pruebas o sin ellas, fomenta, cree y estimula la razón de ser de los fenómenos espirituales, religiosos y místicos, y se atiene firmemente a los modos mágicos y divinos de la existencia. ¿Son ellos los equivocados o somos nosotros? Y no podemos dejarlos a un lado, definitivamente, porque sustentan sus criterios religiosos o sitúan las bases de sus creencias en el más allá aun prescindiendo de cualquier postulado escolástico, científico o materialista, lo cual no deja de ser un mérito. Nosotros, los que no creemos, buscamos explicaciones para todo; pero ellos no.

Además, de cualquier modo y por otra parte, no hay duda de que en la presencia de mi mujer en mi vida hay algo mágico, misterioso, inexplicable si se quiere. Pero que, a veces, parece absolutamente tangible, vivo, extraordinario…

sábado, 13 de febrero de 2010


Somos peones de la Naturaleza 2


En mi blog anterior me dejé algo en el talego… Por ejemplo, me faltó decir que cada vez estoy más convencido de que la Naturaleza nos utiliza con el fin de que se cumplan y desarrollen ciertos fines para los cuales se requieren manos y brazos aliados con la capacidad de pensar, razonar y actuar, instrumentos de los que ella carece. En este afán de construir, es muy posible que en algunas ocasiones nos hayamos pasado —destruyendo en lugar de "construyendo"—, pero es de esperar que la ciencia lo ataje de alguna forma. De cualquier manera, este es un tema que pertenece a otro blog.

Posiblemente, la misma naturaleza desea ser domesticada y urbanizada en algunas de sus representaciones. Y verse valorada y convertida en grandes y bellos jardines, o que aumenten sus plantas y flores con otras no previstas por ella; desea, tal vez, que se construyan puentes y carreteras que permitan transitar, o que haya gente que navega ríos y mares, o sube montañas o explora profundas cuevas. Cuando se nos ha dado esta facultad de entendimiento, y habilidad para reformar las cosas, y la función de admirarlas, por algo será. Yo, que pertenezco a los que no aceptan que la vida sea fruto de un hecho fortuito, es decir, que estoy lejos de los que proponen que estamos aquí sin ningún propósito determinado, y que considero que empecinarse en la función aleatoria de la existencia es, además de poco imaginativa, tan audaz y deslavada —o más— que la recurrencia al dios creador descrito por la Biblia…, en mi cabeza no entra que este enjambre de células, neuronas, ojos y nervios ópticos, corazones que laten y producen el riego sanguíneo en nuestro organismo, sentimientos, ambiciones de progreso, amor, sensibilidad para el arte —principalmente y de acuerdo con mis gustos, para la música— estemos aquí para nada… No, no lo puedo concebir y me lleva a pensar que, precisamente, lo absurdo de todos estos atributos de la vida son los que, paradójicamente, me conducen a la idea de que ha de existir alguna razón para nuestra presencia aquí cuyo conocimiento, por la razón que sea, la propia Naturaleza nos oculta.

Algunos científicos se han atrevido, incluso, a pronosticar que los verdaderos dueños de la creación y la vida son los genes, los cuales utilizan nuestro organismo como vehículo o como hábitat para ellos evolucionar, alimentarse, crecer y subsistir, algo que sin nosotros no podría realizarse (aunque, tal vez, nosotros sí podríamos vivir sin genes, pero los genes sin nosotros, no). Tal vez… Hay tantas ideas sobre la vida circulando por ahí… Algunas, por cierto, desastrosas y ya desechadas. Yo ésta concretamente no me la creo. Me parece muy apegada a la ciencia-ficción. Además, nunca podría llegar a demostrarse.

Mada, mi amiga Mada —de la cual ya hablé en blogs anteriores—, en su última carta-testamento (escrita pocos días después de la muerte de mi mujer y unos días antes de que ella misma muriera), me da una deliciosa y serena interpretación de la vida. Dice: «Tú y Angelines tuvisteis la enorme suerte de quererse y comprenderse durante muchos años. No creo que pueda aspirar uno a más; por eso me parece imposible que aquellos a quienes amamos desaparezcan para siempre; algún arreglo debe haber por ahí para que nos encontremos cuando pasemos al otro lado. Ni el amor ni el espíritu son cosas que puedan disolverse… Ahora tú Jacinto tienes que vivir del modo más sano posible, apoyándote en su recuerdo y en la calidad humana que tuvo, gustando las pequeñas cosas amables de la vida y siguiendo tu aprendizaje hasta los últimos días… ¿Y después? Nada sabemos, pero es imposible que esta inmensa lógica en que estamos inmersos no tenga sentido. Angelines sigue contigo, Jacinto, está en el centro de ti mismo, y de algún modo te ayudará a seguir adelante los días que te quedan.» ¡Qué maravillosa y sencilla forma de interpretar la vida, sin necesidad de recurrir a Biblias, dogmas ni letanías…!