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sábado, 8 de enero de 2011


Al cumplir 51 años de casado…


Al pensar en Angelines, mi mujer, ahora, cuando acabo de cumplir 51 años de casado (nuestra boda se celebró el 4 de enero de 1960), y casi 11 de viudo, siento, por una parte, un intenso, perenne y elevado agradecimiento a la vida por haber atado tantos cabos —algunos de complicada y milagrosa ejecución— para lograr que nuestra unión llegara a consumarse; pero, por otro lado, está el inevitable sentimiento de nostalgia que la ausencia de ella me hace padecer, y no me deja otro remedio que recurrir a la imaginación, a la fantasía, al mito, al delirio, a la locura, para compensarlo y aproximar hasta mí —aunque sea de una forma quimérica— su estimulante apoyo, y disfrutar en cierta medida de su poética, envolvente, amorosa y tranquilizante presencia. Por eso, a esa misma vida a la que tres o cuatro líneas más arriba muestro mi mayor agradecimiento, hay momentos que siento el impulso de pedirle cuentas…

Aunque, claro, ya lo sé: entiendo que esta expresión no pasa de ser un simple desahogo alegórico…, una forma inconsciente de culpar al destino, a la mala suerte, a la desgracia que en un momento dado nos acecha a todos y a todas, ya que nada ni nadie existe en los confines o en la proximidad de la existencia que decida cuándo debemos entregar nuestra vida. Cada uno se muere en el momento que se dan ciertas condiciones inevitables o ciertas características —bien sea por enfermedad, por vejez, por accidente, o por una descompensación cardíaca—, y cuando oigo esa expresión de beata trasnochada refiriéndose a un difunto de que «Dios se la ha llevado», casi me dan ganas de reír. Mire: la muerte es sólo la consecuencia de estar vivo. No hay otra. Y no importa que se crea en Dios o no. ¿Alguien se puede imaginar a un Dios todopoderoso pendiente de, en un momento dado, señalar a uno con el dedo y decirle: «Venga, llegó tu hora», y liquidarlo enviándole un virus que acabe con él, o reteniéndolo en medio de una calle para que el primer automóvil que pase lo atropelle? Nacer, vivir, morir: esa es la ley, por muy macabro o insoportable que nos pueda parecer.

¿Ves? Mi razón viene a deshacer y definirme siempre todos los misterios. Y la oigo decir: ¡Misterios a mí! Pero, ¿qué se han creído ustedes? ¡La vida es así, y no hay que darle más vueltas!

¡Ah, pero no! ¡Que no te contagien el pesimismo! —me dice mi otro lado, el manoseado e imaginativo sentimiento que hay en mí, es decir, el fantasioso, el idealista, el calmante…— Si fuera así, ¿qué objeto tendría todo esto? ¿Qué sentido…?

¿Y por qué tiene que tener un sentido? Tercia el pesado razonador que me habita y que, aunque no quiere bregar con complicaciones filosóficas ni con instrumentos metafísicos, tampoco es capaz de quedarse callado.

¡Pero qué ignorante, insensible, y carente de imaginación! ¡Por qué cuando sale el sol todas las mañanas lo hace con el fin de darnos la vida, o cuando las hormigas u otros insectos horadan la tierra no solo intentan protegerse, sino que, de paso, procurar que el oxígeno penetre en las capas inferiores. O cuando cae la lluvia es para que las plantas que nos alimentan se desarrollen y tengamos líquido para beber… Todo, absolutamente todo tiene una razón de ser y participa de esta armonía vivificante. ¿Y no vamos a tener una razón de ser los seres humanos, cuando somos los más sofisticados de la creación desde el punto de vista morfológico y espiritual? ¿Tanto para nada?

Pero, pensemos con seriedad. Aprovechemos este don que poseemos. ¿Qué es lo que hay en este lado? O sea, me refiero al lado donde impera la imaginación, la creatividad, la capacidad de asombro, el sueño, la poesía, la música, el agradecimiento, etc. Ahí precisamente es donde yo me encuentro con mi chica y dialogamos, convivimos, eliminamos nuestras penas (al menos, las mías). Y yo la sigo haciendo mis declaraciones de amor eterno… Y en ese momento veo que se acentúa su sonrisa en la fotografía de ella que tengo frente a mí. Y dígame (por favor, absténganse de opinar quienes carecen de imaginación, como ocurre con esos pseudosabios que andan por ahí fastidiando), ¿cómo se puede denominar ese hecho? ¿Locura? ¿Superstición? ¿Argucias del subconsciente? ¿Estratagemas de la vida? Y entonces, ¿para qué hemos sido dotados con ciertas facultades como son la imaginación, la ilusión, la necesidad de amar, el deseo, el recuerdo, la creatividad y el afán? ¿Son, simplemente, taras psicológicas? ¿O es el «coco» mío, que ya no me rige bien?

miércoles, 28 de abril de 2010


Música y romanticismo


Hay veces que me encierro con mis canciones «tristes» y, mientras voy soltando gruesos lagrimones sobre el teclado, me dedico a soñar recordando aquellos buenos momentos vividos en torno a la música, con Angelines, claro, mi mujer, y también con otros personajes que mi pudor y el ambiente que intento dar a este escrito no me permiten nombrar. Es ésta, la de oír música con recogimiento, compréndalo, una buena forma de sobrellevar la soledad, de soportarla, de sentir las mismas emociones que sintió —en este caso— la cantautora en cuya música trato de «atrincherarme». Y es que, sí, y lo digo con la mayor cautela puesto que hay que contar con mi particular retraimiento: los momentos lánguidos me agradan y eso no significa que yo sea masoquista o inclinado a provocarme inactivas depresiones. No. Tal vez todo provenga de ese romanticismo que «padezco» mientras «disfruto» de un mundo imaginario donde todo se quiere asir con una dulzura algo angustiosa, de la cual soy declaradamente partidario…

Puedo afirmar que los momentos más intensos experimentados en mi vida han sido los románticos, los tiernos, los líricos, dándole a mi sentir un cariz mustio, pero calmado, y con cierto matiz de nostalgia, porque un romanticismo sin nostalgia no tendría sentido… Y habría que preguntarse: ¿a qué viene esto de la nostalgia? ¿Será que esta sensación melancólica procede de una insatisfacción espiritual, algo muy en consonancia con el ser humano? No sé, tal vez proceda de esa noción tan arraigada de que nada es eterno, y nada dura para siempre. O sea, que si algo bondadoso se percibe ahora, se acabará ya mismo… Aunque la poca duración de los momentos románticos también pueden representar una ventaja o un aliciente: imagínese si fuesen más durables, si uno tratara de estar dando besos apasionados a su amada día y noche, la amada acabaría por enviar al amante a freír espárragos, y tendría razón porque sería algo aburridísimo e insoportable, y aquí incluyo al acto sexual, que con todo y los goces que representa, es preferible que tenga una duración limitada (figúrese un acto sexual que durara toda la vida… ¡Eso solo Tiger Wood lo podría soportar, y, a lo mejor, ni él!), y nos deja la sensación de que en la vida todo es temporal, perecedero, y que después de este disfrute merecido o inmerecido, vendrá otro, pero entre ellos estará la rutina, la pesadez, el quehacer diario, o sea, bajar a comprar la leche, leer el periódico y aterrorizarse con él, pagar la factura de la luz, cambiar las sábanas de la cama, ir a la oficina…, o sea, esas obligaciones y actos simples que carecen de encanto y que, desde luego, romanticismo no tienen…

Pero, ojo, no nos desviemos, que yo soy de los que empieza hablando de la mecánica cuántica y acaba comentando un partido de fútbol entre el Arremete y el Arrempuja. ¡Hoy quería hablar del sentimiento romántico en relación con la música country, que es mi experimento más inmediato. Y de eso hablaré como me llamo Jacinto!

¡Ah, sí, ya sé! ¡Me refería a la música romántica! Precisamente a ésta que estoy escuchando ahora de Tammy Wynette, una mujer cantante y sufridora donde las haya, que se hizo famosa por escribir y cantar Stand By Your Man (Quédate con tu hombre) y por demandar a Hillary Clinton porque en un discurso ésta se refirió a Wynette despectivamente por su sometimiento a los hombres, quienes, por cierto, no la trataron muy bien… (se ve que Hillary Clinton de romántica no tiene nada…). Pero sí, la vida de Tammy fue triste: tuvo éxito profesional (dicen que vendió 50 millones de discos), pero no disfrutó de salud —murió de un derrame cerebral a los 56 años— e innumerables fracasos personales. Al escuchar sus canciones, se comprueba que era una mujer romántica… y también su dolor espiritual se advierte al oírla cantar.

Nosotros, mi mujer y yo, funcionábamos sin necesidad del romanticismo, pero, cada vez que nos metíamos en una situación romántica, el influjo de ésta nos empujaba a «desahogarlo» en la cama… ¡Claro, por eso tuvimos tantos hijos! Romántica ella y romántico yo, ¿qué se puede esperar? Pero la música siempre estuvo muy presente en la multiplicación de nuestras «seis especies».

A propósito de esto, alguien me preguntó que si no teníamos televisión… Y yo le contesté que es que mi mujer era tan fértil que solo le bastaba mirar mi calzoncillo para quedarse embarazada… ¡Oye, qué expresión tan poco romántica!

domingo, 25 de abril de 2010


Cierro los ojos y…


Cierro los ojos, apoyo mi mentón sobre mis manos y anclo mis codos en la mesa. Luego, evoco el pasado o, mejor dicho, buceo en las profundidades de mi cerebro para traer a mi memoria aquellos duros días de la niñez, buscando historias recónditas, escenas perdidas en el tiempo, la mayoría preñada de incertidumbres y melancolías, de soledades y extrañamientos, si se quiere, incluso de llantos y desalientos, pero también cargadas de sueños y fantasías y, sobre todo, de esperanza. Después me doy en pensar en aquellos seres que se acercaron a mí a lo largo de mi vida, que la influyeron de alguna manera, y participaron en mi formación y en mi condición como persona. Seres con los que coincidí en un momento determinado, que nos interesamos en asuntos comunes, o lloramos y reímos juntos, mientras se construía o deformaba nuestra personalidad. Todos aquellos que, luego, con el paso del tiempo, se convirtieron en borrosas sombras. Ahora me resulta inverosímil entender la idea de que un día ellos desaparecieran de mi lado, desplazándose a otros lugares, a otras encrucijadas, a reír o llorar en otros rincones, con diferentes personas; o que yo mismo me alejara de ellos, volando hacia distantes parajes, y olvidara a tantos amigos, a tanta gente que, un día, formó parte de mí, dando paso a que otros nuevos ocuparan su lugar en mis afectos.

Y me conmuevo ante la desaparición física de aquellos allegados entrañables que ya ofrendaron su vida y se ausentaron de mi lado de una forma tan grosera e inverosímil como sólo es capaz de actuar la muerte, y que todo ocurriera como si alguien dispusiese de ellos para otros fines, y me duele aceptar que me haya acostumbrado a vivir sin ellos, sin su compañía, sin sus palabras de aliento, sin sus alabanzas, sin sus censuras. Supongo que es legítimo, pero inverosímil que lograra sobrevivirles, y pudiera prescindir de su calor y de su apoyo… ¿Cuántas veces tenemos que maldecirnos por haberles negado o postergado, egoístamente, nuestro testimonio de solidaridad y de amor, o por no habernos entregado abiertamente a ellos, sin recelos, aprensiones ni egoísmos ocultos?

Cuando se es niño —y es esa una de las grandes ventajas de serlo—, cuando se vive esa etapa de la vida que es una fiesta constante, no se acaba de creer que la muerte ocurre de verdad, o que el ser querido que fallece se va definitivamente de nuestro lado. Se tiene fe en la existencia del más allá, en que la vida continúa en otro lugar, y se cree ciegamente que, tras de ella, los seres amados nos están esperando hasta el día que seamos llamados nosotros.

Lo verdaderamente doloroso viene después, con los años, a medida que perdemos la inocencia, y va naciendo y acrecentándose el sentimiento trágico de la existencia, cuando llega la náusea, al decir de Sartre, y nuestro pensamiento se endurece… Pero, a pesar de tantas peripecias y tantas ingratitudes, de tantos desasosiegos, son infinitos los itinerarios que nos propone la vida y, sobre todo, subyugantes. Cada cual tenemos frente a nosotros un variado y más o menos complicado número de rutas para determinar nuestro camino. Generalmente, partiendo desde nuestro egocentrismo, nos apoyamos en la proposición que se nos hace más asequible, aquella que nos resulta más útil para conquistar aquello que entendemos por felicidad, esa felicidad buscada incesantemente… El hecho triste de tan afanosa búsqueda, es que se ciegue, a veces, nuestro intelecto, y se atolondre y se insensibilice nuestra conciencia.

Me parece que lo más afín para la vida es vivir consciente de estar en ella, mantener la capacidad de asombro ante sus prodigios, tener la suficiente sensibilidad para captar la belleza del pétalo de una rosa, y deleitarnos al percibir su perfume… Y amar sin reservas, sin recelos, con toda la potencia que seamos capaces. Porque lo demás, el hecho de poseer un corazón que late, unos ojos que ven, unas manos que tocan y un sentimiento que invita a sentir el amor, es un ejercicio tan prodigioso, que ya de por sí sirve para justificar la vida y alegrarse de estar en ella…

domingo, 11 de abril de 2010


A los 10 años


Hoy, al cumplirse diez años de tu fallecimiento, mía Angelines, como ofrenda a ti y en homenaje a tu siempre vivo recuerdo, reproduzco este texto que fue escrito a raíz de tu dolorosa pérdida y que, para mí, continua vigente.


Debatiéndome como estoy entre la fascinación y la duda, querida mía, permíteme fantasear y suponer que eres un ser consciente, que disfruta de otra vida en otro lugar. Y, puesto a ello, déjame deducir que si tu ánima, además de haber trascendido, mantiene conciencia del pasado, es probable, entonces, que te haya sido otorgada la facultad de la clarividencia, virtud con la que estarás en condiciones de comprender la irrazonable razón de la actitud humana.

Mi delirio acerca de tu insólita propiedad me lleva a la conclusión de que, tal vez, en tu nueva advocación, te has de sentir predispuesta a disculpar las torpezas en las que pudo haber caído una mente arrebatada como la mía. Antes lo hiciste: con más razón has de hacerlo ahora dado que cuentas con tales propiedades sublimes. Y ante tan espléndida indulgencia vertida sobre mi maltrecha conciencia, al percibirla mi ser, recobrará la paz que necesita. Y el misterio de tu presencia junto a mí tendrá mayor verosimilitud.

Una vez disculpado de mis transgresiones, si esta presunción tiene visos de certeza, en ese lugar donde tú puedes estar, no dudo que gozarás de la ductilidad requerida para penetrar en mi alma y conocer la fortaleza, la autenticidad y consistencia de mi sentimiento hacia ti.

Con lo que, sin salirme de la base expuesta, o sea, manteniendo mi divagación como promotora de la inspiración producida por tal fantasía, concluyo mostrando mi sospecha de que ahora, cuando conoces el secreto de la existencia, has de saber si, realmente, en nuestro deambular por la vida, somos asistidos por fuerzas provenientes de mundos inescrutables; es decir, si indefinidos entes no humanos coexisten con nosotros y se inmiscuyen en nuestras vidas.

Saco a relucir este detalle a propósito de nuestro encuentro y la consiguiente historia que trazamos juntos, en contra de tantos imponderables y de tantas taras personales, llámense inseguridad, timidez u otros prejuicios, sin dejar de sopesar la enconada persecución que nos infligieron en un intento de convertir nuestro amor en indignidad, y que a punto estuvieron de lograrlo. Te expongo este interrogante porque tal pareciera que, en nuestra unión, alcanzada y sostenida únicamente sobre bases de preferencias personales, no convencionales, podríamos pensar que existió la intervención sobrenatural.

sábado, 6 de marzo de 2010


Ser o no ser, esa es la cuestión


Fue en la etapa de mi primera juventud —tan cerca y tan lejos al mismo tiempo— cuando me «eché novia» (curiosa expresión ésta de «echarse novia» que se usaba para anunciar una relación formal entre un hombre y una mujer…). Apenas cumplía 22 años. Pero a los dos meses del noviazgo comencé a poner en duda si procedía crearme una responsabilidad así, de una manera tan firme, tan seria, que iba a trastocar mi vida de una forma tan radical, y más cuando todavía no estaba muy seguro de lo que quería hacer conmigo. Pero no era yo solo: también por el lado de Angelines empecé a observar una actitud que estaba cambiando: en sus ojos, en su comportamiento ya no se apreciaba la ilusión de los primeros días. Lo que me llevó a pensar que ella no estaba muy conforme tampoco (en realidad, lo que sucedía —me enteré después— es que yo no era aceptado en su casa; que tanto sus padres como su tía se oponían a nuestra relación. Eso le producía a ella una preocupación que la ensimismaba). Y esta circunstancia me ayudó en mi eventual arrepentimiento.

Precisamente, reproduje aquella situación en mi novela De la misma tela que los sueños:


«Es inaudito que siendo yo como soy, un individuo desmesurado, que sólo usa el cerebro para saber cómo no usarlo, que primero dispara y luego pregunta, uno de tantos que no distingue lo conveniente de lo inconveniente, venga ahora a ahogar un potencial y sublime sentimiento de amor invocando al sentido común. Debo preguntarme si mi pasión hacia ti es genuina o no pasa de ser un capricho accidental más, ya que, mientras creo estar embebido en un estado de ansiedades sublimes, permito que la razón me zarandee. Lo cual no encaja, porque el amor verdadero no es cálculo ni reflexión: es impulso sin medida, ímpetu arrollador, complicidad ciega con la ley natural. Es contigo pan y cebolla y la negación de la razón, según Berther. «El amor que se razona —dijo— es como un niño que no puede vivir porque tiene demasiada inteligencia». Y luego Edgar Morin nos vino con que «El sentido del amor y el sentido de la poesía es el sentido de la calidad suprema de la vida». Y es que se han hecho tantas definiciones que han convertido el amor en un sentimiento confuso, metafórico, a veces ñoño, cuyo sentido se versifica, y suele ser presentado como una verdad reposada a un tiempo en el alma y en el cuerpo —Rimbaud—; o en el deseo de poseer a quien nos posee —Edgar Morín—; y como la simple respuesta al llamado del otro —Heller—; o que «no es otra cosa que el localizar en un ser, en una vida, dentro de los límites de un rostro y un cuerpo, todo un mundo de abstracciones y anhelos, de espacios infinitos e irrealidades sin medida», que se le ocurrió decir a un poeta como Pedro Salinas. O la sentencia de Robert Herrich, que nos anonadó con aquello de: «Por favor, ámame poco si quieres amarme mucho tiempo». O lo que, para desilusión de muchos, Marguerite Yourcenar expresó: «Hay que amar mucho a una persona para arriesgarse a padecer».

¿Estamos incluidos nosotros en alguno de estos modelos o soy yo, que ignoro cómo calibrar mi realidad, o que, de forma no deliberada, trato de huir de lo que parece ser un arriesgado sometimiento a lo convencional, al inmovilismo responsable, al abandono definitivo de la vida frívola y loca? Las mujeres hasta hoy, hasta hace seis semanas, aún teniendo en mi vida una presencia irrefutable, siendo considerada —tanto instintiva como cerebralmente— imprescindible su participación en mi propia historia, de forma subyacente se limitaba a suplir un sentimiento frívolo. Nunca hasta entonces me había planteado la idea de atarme a una para toda la vida, aunque, tácitamente, daba por hecho que algo así tendría que suceder algún día. Pero, mientras tanto, en las conversaciones con los amigos —donde quedaba constatado que todos sufríamos las mismas pasiones, teníamos iguales prejuicios, y sentíamos las mismas necesidades—, la mujer, al mismo tiempo que un objeto de deseo, se convertía en un trofeo necesario de conquistar, no sólo con la finalidad de confirmarse uno a sí mismo en su condición de hombre, sino con la de adquirir el relieve grupal consiguiente. Es decir, respondía a un objetivo de carácter físico más que espiritual. No busco disculpas, pero debes saber que fue la educación recibida durante la adolescencia, donde siempre se nos dio un formato mistificado de vosotras, ajeno, desde un punto de vista moral, a nuestra realización como personas, y cuya utilidad se cifraba, más que nada, en realzar el prestigio del macho y la posibilidad de ejercitar con ella la imperiosa exigencia del sexo. Incluso, desde un punto de vista frívolo, aceptado como normal, muchos de nosotros podíamos llegar a elegir determinadas carreras, lo mismo daba que fuera piloto, marino o periodista, que de actor, tenista y pintor, por ejemplo, con el fin de alcanzar el glamour necesario para atraer la atención femenina.»


Este era mi condicionamiento hace 50 años…

Claro, no había duda de que estábamos predestinados: a las tres horas del rompimiento, cuando llegué a mi casa medio borrachón y un tanto frustrado de la vida, mi madre me dijo que tú me habías llamado. Que me pusiera al habla contigo aunque fuera tarde, porque te quedarías a esperar mi llamada. Y yo que estaba loco por hablar contigo para arreglar las cosas, para qué quieres más… Así que, después de un diálogo romántico, íntimo y vehemente, decidimos continuar.

Y ahora, al preguntarme cómo habría sido mi vida si no hubiéramos vuelto a unirnos, siento un escalofrío y el corazón casi se me paraliza. Y es que no puedo considerar mi vida sin tu presencia, sin contar contigo a mi lado…

jueves, 4 de marzo de 2010


Sensibilidades y exquisiteces


¿Hasta qué punto la lectura puede influir en la vida de una persona, por ejemplo, en la mía? Juzguemos precisamente por mí que es el ejemplo que más tengo a mano: Empecé a leer novelas a los 14 años aprovechando una etapa que apenas salía debido a que un acné un tanto repelente me mantenía enclaustrado. Pero, mira por donde, aquellos días de desmoralización y reclusión me sirvieron para interesarme por la lectura y mantuvieron mi afición por el resto de mi vida. Y el caso es que comencé sin ganas, pero acabé haciéndolo sin descanso. Terminaba una y comenzaba otra, pasando de Emilio Salgari a las hermanas Bronte; de Rafael Pérez y Pérez a Estefanía, de Ellery Queen a Agatha Christie, y lo hacía sin inmutarme porque para mí todo valía, todo estimulaba mi imaginación. Más adelante, ya con el acné más o menos desaparecido de mi rostro, y sin mantenerme tan encerrado como antes, el interés por leer permaneció como una de mis principales aficiones. A las lecturas más ligeras del principio, siguieron otras más profundas, como Louis Bromfield (el de Vinieron las lluvias), Viky Baum (Gran Hotel), Frank Yerby (Pasiones Humanas), Pearl S. Buck (La estirpe del dragón), Daphne duMaurier (Rebecca). De cuando en cuando daba un bajón en mi selección de calidad y me pasaba a una de «El Coyote». Así, tan campante. Y debo confesar que todavía mis conocimientos literarios no debían ir muy allá, porque casi ni notaba la diferencia… En realidad, me apasionaba con los argumentos. Más adelante descubrí que dentro de la colección Austral, había una serie —la de tapa roja— dedicada al tema policíaco, de detectives y espías, y que se salía de lo corriente o de lo trillado del género: eran más literarias, más íntimas o personales… y para qué quieres más. El poco dinero que entraba en mis bolsillos, me lo gastaba en libros. Incluso, en una pequeña librería que estaba cerca de mi casa hasta me abrieron una especie de cuenta de crédito y llegaron a fiarme los libros (no recuerdo si acabé liquidando lo que estaba pendiente cuando me cambié de barrio o me fui en silencio, sin despedirme de mi proveedor…).

Lo más curioso, lo que más llama la atención es que no por más que me entusiasmara con una lectura determinada, nunca me sentí inclinado a modificar mi vida, a imitar a alguien, a aplicarme un pensamiento o una frase que llamara mi atención y modificara mi vida. Ni siquiera una sentencia filosófica de alto contenido espiritual era aprovechada para dar otro sentido a mis andanzas. Claro, es posible que gracias a ese afán de leer, fuera formándome y cambiando algunos hábitos sin que yo no me diera cuenta, de una manera consciente, pero abiertamente nunca me sentí inclinado a cambiar o a tratar de imitar a algunos de los personajes, ni siquiera los que más me calaban.

En cambio, el cine sí me dejaba huella. Ahí sí me sentía inclinado a imitar a los diferentes personajes que desfilaban ante mi vista. Y tal vez me fui transformando. Es posible que mis actitudes se fueran modificando conforme a la última película contemplada. De repente me convertía en Alan Ladd (al que me decían que yo me parecía y eso hinchaba mi vanidad), después cambiaba a Tyrone Power; más adelante pasaba a ser Danny Kaye, luego Gary Cooper… Hubo una época que el cine me influyó de tal manera que me producía sueños e imitaciones respecto a mi forma de ser y hasta en mi forma de hablar. Será que lo visualizado se grababa mejor en la memoria y en el alma… Además, en el cine comencé a sentir un gran amor por algunas de mis actrices preferidas: por ejemplo, Virginia Mayo me producía sudores fríos… Y Betty Gable, ni se diga… Otra que me encantaba de una forma más dulce y poética era Joan Fontaine: sus gestos, su dulzura, su forma de mirar me hicieron prometerme que solo me casaría cuando encontrase una mujer parecida a ella (luego, cuando me casé, descubrí que en mi mujer había cierto parecido en su forma de ser). ¡Ah! Y también, desde que vi Casablanca, me quedé prendado no solo de la película, sino también de Ingrid Bergman. Esas lágrimas, esa forma de llorar cuando tiene que partir en aquel avión con su marido, Paul Enreid, hacia la libertad, a cambio de alejarse de su verdadero amor, que es Humphrey Bogart, casi me hacía —y aún me hace— llorar a mí, que siempre he sido un sentimental de tomo y lomo. Esta película la he debido contemplar unas quince o veinte veces en mi vida. Y nuca me canso. Para mí representa el Cine, con mayúscula, el mejor, el que refleja maravillosamente sentimientos humanos como la amistad, el honor y, sobre todo, el amor, el auténtico amor y la calidad cinematográfica…

Sí…, es posible que, en términos generales, leer, ver cine, ir al teatro, asistir a conciertos o a funciones de ballet, visitar museos y exposiciones son acciones que van ejerciendo cambios paulatinos e importantes en nuestras vidas, que nos van haciendo más sensible, más exigentes con nosotros mismos, más animados a convertirnos en «alguien» destacado en la actividad que cumplimos, que nos invitan a volver nuestra mirada hacia nosotros mismos, y conocernos mejor. Ese afán por cultivarnos nos va proporcionando determinados valores; vamos adquiriendo nuevos conceptos y sentimientos, más sensibilidad hacia el arte y hacia las otras personas, esas que nos rodean. Y nos ayuda a vivir y a tener mayor percepción del mundo. Sobre todo, hacen que nuestra vida sea más sensible y exquisita. Menos basta.

domingo, 31 de enero de 2010


A propósito de la felicidad


A ver, dime: ¿qué significa la felicidad para ti? Pregúntatelo tú misma/o, pero pon atención en lo que te voy a decir: busca tu respuesta poniendo el mayor interés en que sea exacta y, sobre todo, sincera, sin prejuicios ni recurrencias a enmascararla mediante la gran variedad de descripciones superficiales y facilonas —plagadas de tópicos— que circulan por la calle. De la misma forma, olvídate de las descripciones académicas —que, generalmente, tienden a magnificar o desfigurar la realidad de los estados de felicidad—. ¡Ah! y huye en lo posible de esas señales manoseadas —y a veces confusas— lanzadas por psicólogos, psiquíatras y «autoridades» en la materia. Porque, en todo caso, creo, la felicidad es un asunto doméstico, personal, que debe procurarse cada día, cada momento, a base de buscarla y reconocerla por los propios medios. Recuerda que para definir nuestros sentimientos, para confirmar nuestros estados emocionales o de ánimo, no hay nadie más capacitado que nosotros mismos. Estamos en el siglo xxi, es decir, en un momento propicio de la evolución humana como para saber utilizar nuestra capacidad de criterio, para entender que nuestra facultad de analizarnos a nosotros mismos y comprender nuestros estados del alma es más auténtica que la que se daba en el pasado o la que hoy proviene de microscopios ajenos.

Aún así he de confesar que mi propio criterio sobre la felicidad es un tanto errático, y que si hago esta propuesta es con el fin de, al pensar en ellas y escribirlas, estar en condiciones de aclarar un tanto mis ideas… Por lo pronto debo expresar con el corazón en la mano que no le guardo ningún respeto a esa felicidad espontánea y superficial cuya duración es leve, es decir, a la felicidad inventada por autores/as de novelas rosa, la misma que penetra en el terreno de lo insustancial, o aquella otra que se funda en una alegría o en una satisfacción momentánea. Para mí la felicidad es o debería ser un estado permanente, un sentimiento profundo y sostenible, algo mucho más trascendente y de mayor calado que la que se suele exponer, incluso, en los manuales dedicados a analizar los estados del alma… Considerando, además, que, en todo caso, se trata de una disposición personal, de algo basado en el reconocimiento de cada quien. Y, también, muy de acuerdo con la dopamina que generan nuestras neuronas.

Yo creo que el primer requisito para ser feliz es saber serlo —y saber desearlo—, así como poseer una alta y selectiva sensibilidad para percibirla y sentirla, para lo cual se requiere, creo, un estado de paz consigo. Por otra parte, está la personalidad de cada quien, las exigencias en cuanto a lo que es felicidad y lo que no lo es… y que dependen hasta de la educación recibida y de los prejuicios y mitos que hayan inculcado en nuestra mente infantil y en nuestros genes.

Ahora, de cualquier manera, dependen y consisten, principalmente, en saber aceptarse y mantenerse aplicando el mejor y más sano estado emocional que seamos capaces de desarrollar, y hacerlo como actitud principal en nuestro desenvolvimiento diario, sin dejarse dominar por esos momentos adversos eventuales, que, en el fondo, casi todos, entrañan una solución.

En mi caso, hora, cuando no me falta mucho para cumplir los 78 años, al contemplar mi vida y su trayectoria, pienso en cuántos tiempos de ella han sido verdaderos y cuántos, si no falsos, sí insignificantes o anodinos, por no ser capaz o no poner intención de captarlos y vivirlos en el momento. Y ahí es cuando siento cierta congoja, cierto vértigo y un inevitable vacío en el alma. Porque, bien calibrada y poniendo la mejor intención del mundo, creo que los momentos verdaderos, los «sentidos» o los advertidos, solo alcanzan, si acaso, al 10 por ciento. Luego, si lo cuantifico, los momentos verdaderamente sentidos, los vividos con profundidad, no pasan de ocho años. Incluso ahora, no podría asegurar si fueron ocho años de felicidad percibida en el momento que se dio, o solo proceden del recuerdo… Pero, tal vez, la vida deba desarrollarse así, porque uno no puede estar todo el día repitiéndose ¡Qué feliz soy, qué feliz soy!, o captando cada momento, cada acción. También lo anodino, lo no sentido, forma parte del vivir diario y en algún lugar deben anidar…

En resumen, para mí la felicidad es un enaltecimiento del alma, una armonía producida por un estado de paz interior, una actitud de conquistarla, una consecuencia de la personalidad… Ahí no hay cabida para el decaimiento moral, considerando que casi todo en la vida es ocasional. Hasta las ingratitudes.

En realidad, yo creo —y así lo digo con el mayor énfasis— que el amor, aún siendo a veces causa de nuestra desdicha, es, sobre todo, el mayor motivo de felicidad.

sábado, 9 de enero de 2010


Venezuela en mi pensamiento


Escuchaba ayer por la anoche un disco de música venezolana —Concierto venezolano, de Cándido Herrera y su grupo— que acababa de llegar a mis manos (a mis oídos, más bien), ¡y qué cantidad de recuerdos gratos se despertaron en mi mente mientras sonaban melodías como Concierto Llanero, Rosa Angelina, Como llora una estrella, Llora corazón…! Confirmé mi opinión de que Venezuela es una país con fuerte sensibilidad musical y con unos compositores que han encontrado una forma perfecta de explicar su tierra a través de la música.

Nosotros, mi familia y yo, tras los cinco años de experiencia en tierras mexicanas, nos trasladamos a Caracas semi-contratados por el gobierno venezolano de Raúl Leoni, y allí vivimos nueve años en un estado de felicidad un tanto disímil pero siempre exenta de todo lo que significa rutina y actos programados, algo que viene (que venía) siendo característico en la mayor parte de los acciones que aderezan mi vida. Debo decir que durante ese tiempo pude sentir toda la gama de sensaciones que producen la felicidad, así como las diferentes dimensiones y rangos en donde se genera ésta, sin pararme a considerar cuánta de ella provino de hechos permitidos éticamente y cuanta no —y claro, sin dejar de considerar lo relativo que es todo aquello que consideramos como un estado feliz—. Porque debo confesar que si una parte de dicha felicidad provino de acciones censurables desde el punto de vista moral, la otra parte se generó precisamente en la reconsideración, arrepentimiento y encauzamiento positivo de estos sucesos. Por lo pronto y para abordar mejor la materia, debo exponer que la primera fase supuso una deserción mía con respecto a mi mujer y a mi matrimonio, y que todo se debió a un amor externo o llamémosle clandestino (aunque esta palabra me desagrada bastante) con una muchacha a la que yo doblaba en años (y entonces tenía 38), lo cual pudo haber generado una ruptura en la estabilidad emocional y amorosa habida hasta entonces entre mi mujer y yo. Fue algo que me arrastró y que, lo digo con la mayor sinceridad y sin presunción alguna, yo no busqué, pero que cuando me quise dar cuenta, estaba tan absorto en ello que no pude dominarlo. Además, en el momento que ocurrió, por su emotividad sentimental, hizo que me sintiera noble e innoble al mismo tiempo, y hasta orgulloso de ser capaz de generar en mí —y en aquella muchacha— unos sentimientos tan profundos y poéticos.

Claro, todo esto, al manifestarlo así, llanamente, me lleva a pensar que soy un cínico sin remedio.

Sigo: Reconozco abrumado que no deja de ser curiosa y acusadora esta ambivalencia de sentimientos que me acucian siempre que entro en este tema, y lo considero como si aquella relación fue la causa principal de mi felicidad en aquel país, porque hubo otras de otra índole. Y, además, en esos casos, es decir, cuando me complazco en su rememoración, es normal que mi conciencia me asesta una patada en la espinilla por debajo de la mesa. Pero, no lo puedo evitar: me recreo en ello, en su exposición, en la categoría que tuvo, aunque me avergüence manifestarlo así, sin rodeos, sin disculpas, como si todavía me alentase el rememorar aquellos días de satisfacciones prohibidas y, además, reconocer que no existía ninguna razón puesto que mi mujer y yo éramos felices y nos sentíamos muy enamorados…

Pero se trataba de un asunto tan especial, tan inverosímil, tan a prueba de mí mismo… Es algo que parece como si quisiera volverlo a vivir aunque solo sea en el recuerdo… Y siento la necesidad de manifestarlo así, públicamente, porque también se produce en mí una situación muy peculiar, como de envanecimiento y dolor al mismo tiempo, ya que es algo que me hace sentir que de alguna manera insisto en mi traición a Angelines, mi mujer, y me causa un remordimiento acusador. Aunque tampoco deje de ser una forma de purgarlo. Y conste que, en honor a ella, he intentado borrar de mi mente todos los recuerdo relacionados con aquellos días de encantamiento, pero eliminarlos del todo parece una misión imposible, y debo reconocer que o soy débil o se quedaron muy grabados con letras al fuego en mi corazón. Aunque, claro, también puede ocurrir que mi subconsciente no me permita olvidarlo dado que tuvieron un significado trascendental en mi vida —en nuestras vidas—. Y, aún así, se trataría de una debilidad relativa que no sería correcto considerarla como tal, pues, para describir un acontecer como aquel, que si bien fue trágico y provocó llantos, no hay que olvidar que, por otro lado, estuvo colmado de poesia, emociones y emotividad. Y porque, al final, sus consecuencia fueron buenas dado que aclaró el entendimiento y la sensibilidad y hasta las emociones de todos los protagonistas, empezando por mí. Y mi matrimonio mejoró notablemente a partir de aquel suceso…

En realidad, parece como si en la vida, en ocasiones, fuésemos movidos por alguien.

Y que lo hiciera con unos fines determinados…


(La fotografía que encabeza este artículo

es un araguaney, el árbol nacional de Venezuela)

sábado, 7 de noviembre de 2009



Sobre la acción de escribir

De la misma tela que los sueños, la novela que escribí, significó una gran aventura intelectual, una experiencia única. Mi agrado y apasionamiento crecía a medida que me iba introduciendo en ella y según la vivía. Mientras la escribía, mi vida interior, el entendimiento de mí, se perfeccionaba.
Pero después, al terminarla, en la primera revisión, me invadió el desaliento. Tuve la sensación de haber dejado algún cabo suelto o deficientemente amarrado. Me pregunté en qué lugar quedó la tan pregonada reconstrucción —idea impulsora del relato— de Víctor, y no encontré la respuesta. ¿Había efectuado la paz consigo mismo o seguía jugando a la gallina ciega con el destino? ¿Había sido yo, como autor, el auténtico dueño de mi historia y de sus personajes o había permitido que ellos se apoderasen de mí y me obligaran a expresar lo que no pretendía y a ocultar lo que debía haber dicho? Entendía, además, que ocurre con frecuencia que el escritor se ve vapuleado por sus personajes a poco de ser alumbrados, que ellos intentan seguir su camino, hacerse los dueños, competir entre ellos y actuar por cuenta propia en la misma medida que pasan del autor.
Dicho prejuicio —si en realidad lo es— me llevó a considerar la posibilidad de haberme sujetado con excesivo rigor a una historia verdadera, a convertir el relato en la crónica de una vida, sin otra recurrencia a la fantasía que aquella que está contenida en el espíritu y la mente del autor, entreverada con su efectivo o falso sentido de la realidad. ¿Adónde quería ir a parar? ¿Qué intentaba demostrar?
Cuando se escribe una historia y se traspone la línea sutil que separa la ambigua realidad de la ficción delirante, lo mismo si se está creando que recreando, el escribidor se va introduciendo en un universo interior, en un estado de mitos y perplejidades que, a la postre, le habrán de pasar factura, y llegarán a dominarle, y apoderarse de él y de su vida, hasta sumirlo en un mundo aparte.
Pero, ante un indefinible desconcierto que me turbaba, debí recapitular y hacer un planteamiento serio: había llegado el momento de aclarar y poner en orden mis ideas, puesto que, al retrotraerme al pasado, se había destapado la caja de pandora, abriendo puertas en mi conciencia que permanecían cerradas con siete llaves. Así que fue necesario apretar los dientes y acabar de una vez por todas de apuntalar este edificio de letras que cuanto más lo releía más destartalado me estaba pareciendo…
No obstante, la suprema felicidad obtenida durante la elaboración de esta historia, se dio al referirme a Angélica. En las otras ocasiones, sobre todo cuando hablé de los padres de Víctor o de la guerra civil española, sentí que hervía mi sangre y, en esos momentos, no pude evitar la angustia causada por el desamparo de un niño muy semejante a mí. Caí en sentimientos encontrados que me indujeron al abandono o a la quema de lo escrito, como hizo Gogol con su Almas muertas, y otros antes y después que él. ¿Estaría llevándome todo este desastre vivencial a un desvarío mental, igual que le ocurría a Virginia Woolf cuando se acercaba al final de sus narraciones? Pensé que debía ser una situación normal cuando se construía un mundo y se asumía el papel de creador. Pero, aún así, los personajes, inventados o reales, o una mezcla de ambos, se aprestaban a la batalla. Algunos bailaban a mi alrededor, o se ponían caprichosos y me sacaban la lengua o me hacían cortes de manga o me decían yo soy como soy, no como tú quieres que sea, y me gritaban ojo, no te consiento que me distorsiones, o se volvían paranoicos perdidos, y hasta me demandaban que si la había tomado con ellos.
Por lo que tengo entendido, en literatura no abunda la creación pura del personaje: siempre existe la tendencia a inspirarse en alguien conocido. Viene a cuento este comentario por el intento de aclarar de forma conveniente que en esta historia todo el mundo es ficticio-real, incluso yo, el autor. Sólo Angélica es verdadera. Ella no ha puesto objeción alguna, porque su personalidad, siempre delicada, sin complicaciones intelectuales, amorosa y candorosa donde las haya, es fácil de describir, dado que no posee trastiendas ni hipocresías, y carece de egoísmos o vanidades superficiales. Ella siempre es lo que aparenta: amor, dulzura, feminidad… Por esa razón se sometió dócilmente, desde el primer día, a ser recreada, a ser retratada, y lo hizo sin ningún género de protesta ni exigencia alguna, con el espíritu de una modelo posando para el pintor. Ella, pese a que no se encontraba ya en el mundo de los vivos, no dejaba de presentarse ante mí: la veía con el rabillo del ojo, sentada a mi lado, complaciente, con esa media sonrisa tan personal, que alegra y entristece su rostro a un tiempo. Según describía los hechos que hormaron su vida, hubo ocasiones que llegué a entreverla haciéndome guiños aprobatorios, o de agradecimiento y complicidad, o de simple complacencia, desprendiéndose de ella una especie de energía envolvente que me daba fuerzas para continuar. Por el contrario, los otros personajes fueron más complicados, menos dóciles…