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lunes, 16 de mayo de 2011



Líbreme Dios de los profetas urbanos


Hay gentes, tipos, individuos que yo no soporto. Me refiero a esos seres dogmáticos que se erigen en profetas, que se permiten opinar de todo y lo hacen de una forma inapelable, firme, dogmática, sin ningún género de duda.

Por ejemplo, Stephen Hawking…

¿Quién se ha creído este individuo que es para venir a explicarnos los mecanismos de la vida? ¿Está imitando a Einstein? Pero Einstein era otra cosa: era un ser muy sensible a la vida, y Hawking no lo es… ¿Cómo de un cuerpo contrahecho (con perdón), y de una mente con ciertos limites para determinados usos, se permite hablar de lo que no sabe, de lo que no está dentro de sus capacidades ni su sensibilidad? Porque el hecho de que sea una eminencia en matemáticas y en ciencias no le abre todos los caminos ni le libra de estar negado a otros conocimientos. La de Hawking es una mente deformada sometida a infinidad de limitaciones, con un pensamiento ajeno a la filosofía, al misticismo, y a temas espirituales… ¿Cómo puede salirnos con un pensamiento casi obsceno sobre algo que está tan lejos de su entendimiento? ¿Se cree que porque entienda de matemáticas y de ciencias, ya lo domina todo? Seguro que tiene un libro en preparación y ha comenzado a promocionarlo. Parece como si a él se le haya presentado Dios y le hubiera dicho: «yo no existo» y «oye, anuncia que después de la muerte no existe nada».

«¡Oídme, que soy Stephen Hawking, el del cuerpo contrahecho, ese ser que maltrata las mujeres —verbalmente, claro—, el que no tiene ningún sentido de la música, ni del arte, ni de la humanidad, ni de los sentimientos, ni del amor, ni de la compasión, ni de la bondad, ni de la imaginación, pero soy un Einstein moderno. Oídme todos (o comprad mis libros): Dios no existe y eso es así porque lo digo yo… Y si ese dios existiera, sería yo, que domino las matemáticas y las ciencias, y también sé muchas matemáticas y ciencias, y además, soy el que más matemáticas y ciencias sabe.»

Pero, vamos a ver, ¿quién es Stephen Hawking? ¿Qué le ha dado al mundo este señor además de difundir algunas bobadas —como que cuando fuésemos caminando por la calle y nos encontráramos con un extraterrestre, no se nos ocurra entablar conversación con él—, y algunas ecuaciones matemáticas que ya no sirven demasiado para interpretar la vida. Y, en algunos casos, para empeorarla (¿quién ha producido la polución, las guerras, los insecticidas y un montón de elementos nocivos para la vida? ¡¡la ciencia!!). Este individuo es, además, un especialista en lanzar frases amargas, ingenuas, desapasionadas, despectivas para los seres humanos que tienen creencias, y lo hace sin un gramo de imaginación ni de compasión, solo mediante dichos lapidarios, secos, deshumanizados. No hay duda que es portador de enormes limitaciones emocionales…

Podría haber comunicado que, «para él», probablemente Dios no existe, y que personalmente no cree que haya vida tras la muerte, que es como opinamos muchas, muchísimas personas en este mundo, pero que aún desposeídos de creencias religiosas, no podemos por menos de preguntarnos cuál es el contenido de este misterio que nos envuelve… ¿Se habrá preguntado este hombrecillo alguna vez qué es la conciencia; qué es la bondad, qué es el arte, qué es la música —yo, por ejemplo, cuando escucho una buena interpretación del Ave María de Schubert, casi, casi hasta me inclino a creer en Dios o, al menos, siento envidia y una enorme admiración de que un ser humano haya sido capaz de tal proeza y de componer una obra musical tan sublime, y haber sido portador de tantísima fe como se requiere para crearla—, o para él esos temas son puras bobadas de gente temerosa? Pero, me pregunto: ¿qué será el amor para Hawking?, ¿qué significará para él la belleza de la Naturaleza?, ¿qué representará la maravilla de las estructuras físicas y espirituales del ser humano (incluida la de él mismo a pesar de su deformación congénita), poseedor de semejante mente creadora, y portador de unas células que le dan la vida, o de unos genes que determinan su personalidad, y de unas neuronas que fabrican y guían su pensamiento, sin olvidar unos conocimientos (entre ellos los científicos), y ese arte, esa inventiva, esa capacidad…? ¿Sabrá este buen hombre algo sobre lo que es la ternura y de las actitudes donde entran en juego los sentimientos, la bondad o la compasión? ¿O cree que todo eso ha salido de un pedrusco hundido en el agua…, incluido él? ¡¡Anda ya…!!

sábado, 8 de enero de 2011


Al cumplir 51 años de casado…


Al pensar en Angelines, mi mujer, ahora, cuando acabo de cumplir 51 años de casado (nuestra boda se celebró el 4 de enero de 1960), y casi 11 de viudo, siento, por una parte, un intenso, perenne y elevado agradecimiento a la vida por haber atado tantos cabos —algunos de complicada y milagrosa ejecución— para lograr que nuestra unión llegara a consumarse; pero, por otro lado, está el inevitable sentimiento de nostalgia que la ausencia de ella me hace padecer, y no me deja otro remedio que recurrir a la imaginación, a la fantasía, al mito, al delirio, a la locura, para compensarlo y aproximar hasta mí —aunque sea de una forma quimérica— su estimulante apoyo, y disfrutar en cierta medida de su poética, envolvente, amorosa y tranquilizante presencia. Por eso, a esa misma vida a la que tres o cuatro líneas más arriba muestro mi mayor agradecimiento, hay momentos que siento el impulso de pedirle cuentas…

Aunque, claro, ya lo sé: entiendo que esta expresión no pasa de ser un simple desahogo alegórico…, una forma inconsciente de culpar al destino, a la mala suerte, a la desgracia que en un momento dado nos acecha a todos y a todas, ya que nada ni nadie existe en los confines o en la proximidad de la existencia que decida cuándo debemos entregar nuestra vida. Cada uno se muere en el momento que se dan ciertas condiciones inevitables o ciertas características —bien sea por enfermedad, por vejez, por accidente, o por una descompensación cardíaca—, y cuando oigo esa expresión de beata trasnochada refiriéndose a un difunto de que «Dios se la ha llevado», casi me dan ganas de reír. Mire: la muerte es sólo la consecuencia de estar vivo. No hay otra. Y no importa que se crea en Dios o no. ¿Alguien se puede imaginar a un Dios todopoderoso pendiente de, en un momento dado, señalar a uno con el dedo y decirle: «Venga, llegó tu hora», y liquidarlo enviándole un virus que acabe con él, o reteniéndolo en medio de una calle para que el primer automóvil que pase lo atropelle? Nacer, vivir, morir: esa es la ley, por muy macabro o insoportable que nos pueda parecer.

¿Ves? Mi razón viene a deshacer y definirme siempre todos los misterios. Y la oigo decir: ¡Misterios a mí! Pero, ¿qué se han creído ustedes? ¡La vida es así, y no hay que darle más vueltas!

¡Ah, pero no! ¡Que no te contagien el pesimismo! —me dice mi otro lado, el manoseado e imaginativo sentimiento que hay en mí, es decir, el fantasioso, el idealista, el calmante…— Si fuera así, ¿qué objeto tendría todo esto? ¿Qué sentido…?

¿Y por qué tiene que tener un sentido? Tercia el pesado razonador que me habita y que, aunque no quiere bregar con complicaciones filosóficas ni con instrumentos metafísicos, tampoco es capaz de quedarse callado.

¡Pero qué ignorante, insensible, y carente de imaginación! ¡Por qué cuando sale el sol todas las mañanas lo hace con el fin de darnos la vida, o cuando las hormigas u otros insectos horadan la tierra no solo intentan protegerse, sino que, de paso, procurar que el oxígeno penetre en las capas inferiores. O cuando cae la lluvia es para que las plantas que nos alimentan se desarrollen y tengamos líquido para beber… Todo, absolutamente todo tiene una razón de ser y participa de esta armonía vivificante. ¿Y no vamos a tener una razón de ser los seres humanos, cuando somos los más sofisticados de la creación desde el punto de vista morfológico y espiritual? ¿Tanto para nada?

Pero, pensemos con seriedad. Aprovechemos este don que poseemos. ¿Qué es lo que hay en este lado? O sea, me refiero al lado donde impera la imaginación, la creatividad, la capacidad de asombro, el sueño, la poesía, la música, el agradecimiento, etc. Ahí precisamente es donde yo me encuentro con mi chica y dialogamos, convivimos, eliminamos nuestras penas (al menos, las mías). Y yo la sigo haciendo mis declaraciones de amor eterno… Y en ese momento veo que se acentúa su sonrisa en la fotografía de ella que tengo frente a mí. Y dígame (por favor, absténganse de opinar quienes carecen de imaginación, como ocurre con esos pseudosabios que andan por ahí fastidiando), ¿cómo se puede denominar ese hecho? ¿Locura? ¿Superstición? ¿Argucias del subconsciente? ¿Estratagemas de la vida? Y entonces, ¿para qué hemos sido dotados con ciertas facultades como son la imaginación, la ilusión, la necesidad de amar, el deseo, el recuerdo, la creatividad y el afán? ¿Son, simplemente, taras psicológicas? ¿O es el «coco» mío, que ya no me rige bien?

domingo, 12 de diciembre de 2010


Más allá de la vida


Una de las sensaciones más concluyentes y que más me afectan en esta etapa de la «edad tardía», es llegar al convencimiento de que los seres humanos, además de desenvolvernos en la incertidumbre e, incluso —aunque no en todos los casos ni en la misma proporción—, en el descontrol, hacemos de nuestra vida una permanente paradoja. Sí, ya sé: antes de continuar escribiendo tendría que aclarar qué entiendo por «paradoja», o sea, más bien qué entiende la Real Academia de la Lengua acerca de este término:

1. Aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencias de verdadera (sobre todo ésta).

2. Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción.

Pero, otra definición que me llama mucho la atención y que, hasta cierto punto, coincide con mi propia opinión, es la siguiente:

«Se utiliza, generalmente este término para referirse a las contradicciones lógicas que van contra el sentido común y causan confusión».

Y, conste, no me refiero a ese impulso producido por exigencia de intereses que nos incita a traicionar o modificar nuestro pensamiento —lo que, a veces, puede ocurrirnos sin que casi lo advirtamos—, sino debido a que la vida está plagada de circunstancias o imposiciones sociales, a reacciones del subconsciente, y hasta de determinadas claudicaciones morales obligadas por la evolución de la razón, lo cual nos invita a ver las cosas desde un ángulo diferente, o a actuar, a veces, en desacuerdo con nosotros mismos. Estos cambios de opinión, esta falsedad de los juicios, pueden darse tanto en temas religiosos como filosóficos o científicos. Y yo me pregunto: ¿Pero será que la vida tiene unas reglas definidas de comportamiento de las cuales —o de algunas de ellas— nos hemos ido desviando? ¿O que todo el proceso de evolución y desarrollo funciona así, inconscientemente, según vamos viviendo los momentos y mezclando el sí con el no y con el ya veremos?

Y eso que no hay la menor duda de que existen determinadas leyes e imposiciones de la Naturaleza, que son fijas y no es posible desvirtuarlas ni ignorarlas. Por ejemplo, la inclinación «obligada» que tenemos los seres vivos de producir descendencia, lo mismo si son plantas, animales o personas. De lo contrario, ¿para qué hemos sido dotados del deseo sexual? ¿Puede tener otro explicación que el de permanecer y crecer las especies y expandirnos hasta el infinito? Esta tendencia es la principal, desde luego, pero también están —referidas, en este caso, exclusivamente a los seres humanos— la creatividad y el sentido de lo bello; la curiosidad y el deseo de saber; el poder de imaginar y pensar; la facultad de comunicarnos con los demás y traspasarles nuestras ideas y nuestros sentimientos; la capacidad y el deseo de aprender y construir; la memoria y la función de recordar; la facultad de hablar y comunicarnos, sin dejar a un lado las llamadas de la conciencia —que trae tan de cabeza a los científicos y filósofos materialistas porque no la encuentran una explicación—, la creatividad y el llanto… Eso es lo que nos define y nos da «sentido», pero por más allá que vaya nuestro conocimiento, por más que lo intente nuestro afán de saber y descubrir, no podemos traspasar el límite representado por aquello que denominan los budistas el «velo de maya». Ese es el límite del conocimiento. A partir de ahí solo existen elucubraciones disparatadas. La Naturaleza nos ha negado la facultad de penetrar en el conocimiento del mundo trascendente. ¿Ese puede ser una decisión firme con algún propósito?

Aquí no importa que las leyes físicas hablen por sí mismas y nos digan por qué las cosas actúan como lo hacen; no importa que la biología nos exponga sus leyes, o que la genética demuestre sus razones. Eso simplemente nos explica su funcionamiento o las bases de sus estructuras y de ninguna manera eliminan a Dios. Incluso, ese funcionamiento —que es otro de los grandes misterios— está más cerca de la presencia de un Dios que de la nada… y, en el mejor de los casos, no discuten para nada la presencia de un ser creador. ¿Qué sabemos nosotros, en realidad, cuáles son nuestros límites y si en la escala universal somos grandes y poderosos o ínfimos e insignificantes? ¿No hubiera sido estúpido que la Biblia explicara la creación recurriendo a métodos científicos? O sea, que Dios hubiera manifestado a través de la Biblia: «Creé el mundo formando dos moléculas, el DNA, que contiene el código, y el RNA que lo transcribe y reproduce. Antes de esto habilité la Tierra para que fuera capaz de generar las primeras macromoléculas, los ácidos nucleicos y las proteínas; luego creé organismos vivos más y más complejos hasta que, mediante la evolución, logré la aparición del ser humano… Los seres humanos no lo hubieran entendido bien, o con más dificultades que manifestándoles que dije: Hágase la luz… ».

¿Podría ser ésta la representación de una paradoja o se puede considerar como una verdad irrefutable…?

sábado, 10 de abril de 2010


Tú sufres, yo sufro, nosotros sufrimos…


Hay veces que de mi garganta sale un ruido medio carraspeado que podría considerarse como una especie de risa loca o una tos con risa… Y no es que se trate de una risa de anormal (de lo cual podría no estar muy lejos), porque es una risa como irónica, o sarcástica, tal vez sardónica, y hasta puede ser escatológica, o sea: ese tipo de risa a la que se recurre como disimulo, o para desfigurar un pensamiento triste o para ocultar un sentimiento inoportuno, o con la que uno tratara de engañarse a sí mismo. Tal vez, para describirla bien, habría que recurrir a esa frase tan conocida de «me río por no llorar». El asunto es que estoy leyendo —o, mejor, releyendo— un libro de Pascal Bruckner, un filósofo francés actual que me tiene bastante atrapado porque su pensamiento encaja muy bien con el mío. Se titula La euforia perpetua —y lo recomiendo encarecidamente (aunque después de leerlo llegues a sospechar que tu cerebro se ha convertido en una coliflor). Presenta este libro un resumen histórico, desconcertante y dramático de las tendencias o imposiciones ideológicas del mundo a través de los tiempos, promovidas por ese grupo de «elegidos» que siempre surge en las altas esferas del misticismo e imponen su pensamiento, tanto religioso como cultural y, especialmente, el filosófico, pero que lo hacen con unos fines determinados, sin razonamiento alguno. Es decir, que proviene de aquellos que analizan las ideas, los hechos, los modales y la insulsez, y nos los imponen a los pasmados, a los que designan como «gente común». Trata, sobre todo, de esa necesidad irreductible que nos han creado a los mortales de «buscar la felicidad» como base de la vida, aunque sea un término que para cada quien tenga un significado distinto.

¿Usted se ha detenido a pensar que dentro de esa enorme cantidad de descripciones de la vida, de la ingente configuración de dioses, filosofías, intentos de explicarnos por qué y para qué estamos aquí, de tantísimas opiniones y dogmas que circulan por doquier, solamente uno puede ser el verdadero, y que los demás son falsos; es decir que nuestra presencia obedece a una sola razón, sea la que sea, y que nuestra existencia en el mundo sólo tiene una explicación y un sentido, la cual, incluso, puede estar o no estar mencionada entre esos miles —o miles de millones— de teorías? Imagínese que a lo largo de la historia, entre preceptos, religiones, sentencias, filosofías, conceptos científicos, actitudes adquiridas, movimientos filosóficos y culturales, la necesidad social de determinadas creencias, los reglamentos, las formas de adorar a un dios que a su vez está representado por miles de formas y de figuras, existen varios millones de representaciones y formas relacionadas, las cuales producen ganancias a quien las propaga o hacen que sirvan para sostenerse en la vida gracias a las ideas que han programado en nuestro cerebro… Esta diversidad de criterios, esta competencia entre los diferentes dioses más las supuestas dádivas otorgadas por ellos como camelo, vienen a demostrar la falsedad de las religiones, y su invento por aquellos que intentan mover los hilos de la vida y explotarla. Porque, ¿quién puede alardear de que posee el verdadero conocimiento? ¿Quién estará en lo cierto? ¿Quién y con qué fin estimula la presencia de vírgenes, santos, beatos, seres milagrosos, que nos pueden solucionar la mayoría de los problemas que nos acechan? En realidad, si el Dios verdadero —suponiendo que exista—, hubiese querido que conozcamos todo el intríngulis de la vida, nos lo hubiera mostrado sin necesidad de dar lugar a tantos equívocos ni tener que jugar a la gallina ciega entre nosotros. Porque no solo en el sentido religioso se propagan estas deformes falacias, sino también en torno al comportamiento de las personas, a las ideas políticas, a los asuntos raciales, al amor, incluso al sabor del vino…

El sufrimiento, por ejemplo, al cual dedica todo un capítulo del libro —el primero—, es a algo tan afín con la Iglesia Católica, quien se ha hartado de decirnos durante muchos siglos que sufrir, además de reivindicativo, es una forma de alcanzar la felicidad eterna; que Cristo nos invita a sufrir, porque nos produce incalculables méritos ante ese Dios incomprensible, y que forma el carácter y la personalidad de los fieles creyentes… Lo que mucha gente no sabe es que esta idea se comenzó a propalar allá por los comienzos de la Edad Media, o antes, cuando el 90 por ciento de la población enfrentaba miles de problemas, desde necesidades alimenticias, hasta las relacionadas con la seguridad personal, e incalculables padecimientos de salud, epidemias y asaltos. ¿Cómo en una situación de tal calibre y cuantía se iba a recomendar que los penitentes se lo expusieran a Dios para obtener el remedio? Está claro que si los pobres le rogaban a Dios que los auxiliara y el auxilio no llegaba nunca, hubiesen ido perdiendo la fe y dejando de creer en él… Entonces, a los padres de la iglesia se les ocurrió presentar al «sufridor» como el portador de grandes méritos muy apreciadas por el ser supremo, y cuanto más grandes eran sus padecimientos más grande era el amor que Dios sentía por él, y mejor y más digno sería el sitio que se le tenía reservado en el paraíso… Esta vida, se le decía, no tiene importancia. La otra, sí, la que le sigue a ésta, la que viene después de que te mueras. Esa sí. Ahí te tienen reservadas todas las compensaciones de lo que has sufrido aquí, así que sufre y sigue sufriendo que con ello consigues que Dios te quiere cada día más… Y así, de esa manera, se aguantaba el golpe.

Pero mira, para calmar las ansiedades que te he producido con este texto, tómate un bocadillo de calamares con una cerveza, y volverás a la realidad positiva…

jueves, 8 de abril de 2010


Vivir de milagro


Aceptando por partes iguales que exista Dios o que no exista, o sea, creyendo en su presencia o sin creer en ella, estaremos todos de acuerdo en que, durante nuestro periodo de permanencia en este seductor e inaudito planeta llamado Tierra, la naturaleza, básicamente, nos ha construido, nos ha configurado, nos ha acondicionado de tal forma que no tengamos otra opción que limitar la obtención de nuestros recursos a las fuentes de abastecimiento disponibles aquí, es decir aceptar que, al mismo tiempo que nosotros, están presentes los elemento que nos procuran el mantenimiento y la felicidad que necesitamos y a los que todos aspiramos. Esto significa que el azar o el intendente general, quien sea, ha puesto a nuestro alcance toda una serie de instrumentos que nos permiten vivir, alimentarnos y sentirnos más o menos dichosos.

Si la vida en sí significa nacer, crecer, alimentarse, recibir amor, darlo, educarnos, colaborar con los otros, mientras cada cual va doblegando o amoldando sus sentimientos y sus costumbres, sometiéndolos al reglamento general —al paso que criamos a nuestros hijos—, y si, paulatinamente, nos vamos sometiendo a ciertos requerimientos comunes como son trabajar y, de una u otra forma, perfilar nuestra vida, estamos cumpliendo con las exigencias de nuestro ciclo vital. Y tras una serie de intereses desarrollados y toda una sucesión de desvelos y empeños —a veces vanos—, llegamos a envejecer, para acabar muriendo… O sea, una representación instaurada en la historia de una vida que, como acto final, solo le aguarda la muerte. Pero si en este trecho que se nos concede, nosotros, por nuestra cuenta, estimamos que algo falta en esta estructura, e intentamos añadirlo obteniéndolo mediante ruegos dirigidos al más allá, quiere decir que estamos considerando que a la creación, a la naturaleza que nos ha sido dada, o a nosotros mismos nos falta algo; que la vida no nos lo ha dado todo y que, por lo tanto, ésta no es tan perfecta como pensábamos, y hasta nos impulsa a pensar que este mundo no es tan maravilloso como nos hicieron creer… Ante tal situación, y al intentar obtener los recursos que echamos en falta por medios no regulares, mágicos o religiosos, estamos recurriendo a fantasías, ilusiones, a ideologías vanas e irreales pues tratamos de obtenerlas de forma complementaria, y como un instrumento para darnos seguridad y aumentar nuestro bienestar material, o bien con la idea de prolongar nuestra vida debido a que ésta, además de parecernos corta, nos resulta un tanto inacabada.

Pero es aquí, solo aquí, en esta bendita o despreciable Tierra —porque todo cabe— donde están los tesoros o las amarguras que podemos esperar, como son la felicidad, la desgracia, la dicha, la desdicha, el amor o el odio, el salir adelante o quedarse arrinconado. Y hemos de supeditarnos a atender o encarar las situaciones de forma que seamos nosotros mismos quienes nos las procuremos con los medios lícitos disponibles, cada uno por su cuenta o con la ayuda de otros, o con sus comportamientos, o con sus puntos de vista y con sus actitudes. Y no existe nadie venido del espacio exterior o procedente de un venturoso mundo de deidades mágicas y dadivosas que nos lo procure. Creer lo contrario sería implementar nuestra vida con elementos imaginarios requeridos a causa de determinadas deficiencias en nuestra personalidad o por el susto que nos produce depender de nosotros mismos. Porque, ¿habrá algo más injusto, más ilícito y arbitrario que esos milagros atribuidos a Dios, a ese favor exclusivo que podemos esperar egoístamente de él en beneficio nuestro?

Porque, si tú crees en Dios, si piensas que él te ha dado la vida, debes considerar que su obra es suficientemente perfecta y completa, y que no necesitas ningún agregado. Pedirle algo que complemente tus necesidades, algo que esté por encima de las que él te facilitó originalmente, es faltarle al respeto, porque estás considerando que se ha quedado corto o que contigo no se ha portado bien.

Y si no tienes creencias, pues debes de conformarte con lo que tienes o luchar por mejorarlo pero solo a base de echarle… corazón y utilizando los recursos que tienes aquí. Sin más protestas ni lamentos

A ver, explícame esto: yo conocí a una persona que le gustaba jugar a la lotería, y que siempre que compraba un número, se lo encomendaba a Dios. Y, ya ves: le tocó en un par de ocasiones… ¡¡Milagro!! gritó él agradecido. Y realmente, viéndolo de forma aislada, sí lo parece… Pero conozco a otras muchas, muchísimas, que también juegan, y también creen en Dios, y se lo encomiendan con el mismo fervor que el otro… y Dios no les ha escuchado jamás en la vida. Si yo fuese creyente, ante tamaña injusticia, dejaría de serlo. ¿No habría que considerar que es un trato injusto, propio de un ser un tanto voluble, que trata a unos seres como si lo merecieran todo y a otros como si no merecieran nada? Por otra parte, ¿usted cree que ese Dios, si existe y usted confía en él, puede estar pendiente de tales nimiedades con la cantidad de gente que reside en la Tierra mas la que pueda existir en otros confines del Universo?

Mire, aquí, en este asunto, es donde entra la suerte, lo aleatorio y, como todo en la vida, unas personas la tienen a raudales mientras otras carecen de ella. Sin que deje de reconocer que eso de la suerte —sincronía, lo llamaba Jung para darle un sentido más humano o trascendental— es uno de los misterios que nos rodean. Uno de tantos.

La conclusión de este discurso es dejar establecido que si existe Dios, es muy poco probable que él mismo corrija su creación a base de conceder favores… Y si no existe, entonces sale sobrando abundar en una explicación acerca de la inexistencia de ellos…

Aún así, convengo en que los milagros existen, que en algunos casos son hechos comprobados. Pero pueden provenir de otras fuerzas no dominadas hasta ahora por el ser humano. Algunas de ellas podrían estar cercanas al subconsciente…

martes, 12 de enero de 2010



Mi «extraña» vida a los 77


Es extraña la vida a los 77 años y más cuando se viven unas circunstancias, unos modelos o, más bien, unas sensaciones entre las que yo me muevo ahora. Me he entregado de tal forma al fortalecimiento de mi mente en su relación con el espíritu; trato de orientar mi experiencia hacia el efecto emocional que, unido a mi propensión a hurgar en los recuerdos, hace que me sienta cada día más introducido en una nueva dimensión. Y me sostenga en ella. Pero se trata de una disposición en consonancia con mi ideario y mi repertorio de requerimientos inmateriales. Sobre todo, mi vida de ahora es diferente de la que he vivido en estos últimos años, y en este momento de experiencias transcendentales, he llegado a comprender a los ermitaños, a los místicos, a los ascetas, y a todos aquellos que viven en armonía con las solicitudes del alma.

Ahora mis días transcurren en el silencio y entiendo a quienes aseguran que en ese estado es donde se encuentra a Dios… Yo no llego a tanto y, además, no encuentro a Dios porque no lo busco dado que no acabo de creer en él. O sea, me explico mejor: no puedo creer en ese Dios antropomorfo, en ese Dios de la leyenda donde se le retrata como si fuera un ser más o menos semejante a los humanos: algo colérico, pero con poderes especiales y con un cúmulo de caprichos de condición terrenal, y al cual tenemos la obligación de rendir tributo y adorar como si de nuestra adoración se alimentara.

Yo no creo que la vida se atenga a semejantes principios… Y aunque lo creyera, tampoco buscaría a Dios porque, en un mundo tan descabalado, le atribuiría asuntos más importantes que atender mis solicitudes, ni creería que tenga una razón expresa para escucharme o sacarme de mis marasmos emocionales cuando solo soy uno más entre los seis mil millones de dolientes que pueblan la Tierra.

En realidad, mi comprensión de la vida está cerca del budismo, donde Dios no es el objeto de búsqueda, sino que la búsqueda se dirige a uno mismo, al espíritu propio, a la forma de ser, a la relación con los otros, a la conformación, al propio perfeccionamiento y el entendimiento de la vida. Y, si acaso, se hallaría a Dios encontrándose a uno mismo. Y no tengo dudas de que ese es el comportamiento que la vida exige de mí (y de usted)…

Sin embargo, sumido en una enorme contradicción o una descomunal paradoja, sí creo en Angelines, mi difunta mujer, y recurro a su espíritu para aclarar mis numerosas perplejidades. Y las aclaro, porque de lo contrario no insistiría. También me dirijo a ella para calmar una dolencia física o resolver un conflicto de carácter social, y sus respuestas son siempre adecuadas, por lo tanto, sorprendentes. Pero la verdad es que no intento razonar las bases de su presencia y su contribución a mi perfeccionamiento, pues por el hecho de razonarlo, todo se anularía porque son elementos que no se dilucidan con la razón. De cualquier modo, no intento alardear de ello ni utilizarlo: lo mantengo exclusivamente para mí. Y aunque me sonroje al hacer tales manifestaciones, aseguro que, sin despreciar la ayuda que me da mi subconsciente en concordancia con mi imaginación, y unidos a ese afán que siempre he tenido de introducir mi lado más sensible en el insondable misterio, llego a sentir de forma fehaciente que ella permanece al tanto de mí. Y no tengo dudas —aún considerando que con ello entro en una enorme contradicción— que me socorre cuando estoy a punto de naufragar.

Incluso, cuando naufrago.

¿Será que permito que mis sensaciones se disfracen con un punto de esquizofrenia que podría estar invadiendo mi cerebro? No lo sé, pudiera ser, porque ¿quién está libre de tal deterioro? Que para mí no lo sería porque de ello me alimento. Aunque para Skinner, la esquizofrenia no existe: solo son diferentes personalidades, distintas interpretaciones de la vida, indistintas reacciones ante un mundo incomprensible, y ya de por sí complicado… Sí sé que soy algo diferente de las personas comunes, de aquellos que le dicen al pan, pan, y al vino, vino, y que por mi conformación orgánica, mi vida se tiene que sustentar sobre bases espirituales y actos emotivos, y no por el dinero que ingresa en mi cuenta. Y he de agregar que sólo me interesan aquellas manifestaciones que están comprendidas en el ámbito de la verdad, del amor y de la elevación de sentimientos. ¡Ah! y no creo que deba ser considerado un iluso, o un excéntrico, dado que en el orbe existen multitud de caminos por donde elegimos transitar.

Hago tales advertencias para que se entienda que hablo con sinceridad y que me explico «con el corazón en la mano», sin falsedad alguna. Al menos intencionadamente. La vida, ya lo dije, tiene tantas interpretaciones como personas existen.

Fíjese, hasta los hay que creen en la inmortalidad de la rana…