¡Si es que no estoy haciendo las cosas bien, vida mía!: yo te voy tratando —y, casi por instinto, se me va formando la idea— como si fueras una persona viva que estás en otro lugar. Y eso es imposible, porque yo te vi morir y te vi cuando estabas muerta; yo te enterré y te he visitado cientos de veces en el cementerio. O sea: tú, en tu configuración anterior, ya no existes; de aquella vivencia tuya terrenal no queda nada… Eso es una realidad incuestionable. En todo caso, existirás —si es que existes, tal y como representa el significado etimológico de esta palabra—, en otra configuración y en otro lugar, será porque la metodología del Universo así lo tiene previsto. Es decir, si estás lo será en otra versión, en aquella que se aplique a las almas, o a los espíritus de los que mueren y de los que moriremos en el futuro, y dentro de unas reglas inmutables del universo. Ignoro si escucharás estas palabras que yo te digo (aunque te las digo a ti y me las digo a mí mismo); si sonreirás como lo hacías antes; si estarás pendiente de mí en otro lugar y en otra configuración. Fíjate nena: lo más importante de todo esto es lo que influyes en mí, lo que adornas mi vida, lo que la moldeas, lo que la configuras. Es maravilloso que estés presente en todas las cosas que hago pensando que a ti te agradaría, y en las que no hago porque sé que te desagradan; en la forma que te mantengo en mi mente, en mi corazón, en mi recuerdo, en todas las acciones de mi vida; en como trato de imitarte en tu bondad y en tu ternura; y en esa esencia del amor inmenso que siento por ti, que es un sentimiento superlativo que me transfigura espiritualmente, me enaltece y me enorgullece sentirlo dada su dimensión. Ahí, en esas actitudes mías, es donde te traigo a la vida, donde nadie puede disputarme si tengo razón o estoy equivocado, ni venir a decirme que tú no estás viva, que todo es una patraña propia de un individuo pusilánime y supersticioso. ¿Cómo van a destruir tu imagen si estás tan dentro de mi que solo yo puedo darte alcance y ponerme a tu altura? ¡Ahí nadie puede tener acceso, porque solamente yo te siento. Y te veo tan cerca de mí que casi puedo tocarte…!
viernes, 15 de marzo de 2013
Caer en el vacío
Hoy me encuentro vacío, o abrumado por las dudas, o con mis elucubraciones torcidas, o con mi razonamiento seco y desentonado, o con mi inteligencia desconcertada y obtusa, y, por si fuera poco, indomable, sensiblemente fría, sin principios ni postulados. No sé. De repente, al levantarme de la cama hoy y mirar tu fotografía, ha ocupado mi cabeza un pensamiento fugaz pero tenebroso, feroz, cortante, destructivo, y he sentido que mis encantadoras fórmulas para la vida me abandonaban, y se desbarataban mis conformaciones cerebrales, y quedaba reducido a lo más ínfimo, como una molécula inerte, sin valor no solo físico, sino espiritual, solo numérico, o con ese anonimato que te da la pertenencia colectiva. He mirado al horizonte y he pensado: «Ella no está. No me espera. No está en ninguna parte. No puede estar; es absurdo, carece de toda lógica». Ha sido como un flash, un fogonazo, una bofetada en el alma. Ella no está…, me digo apesadumbrado. En realidad, si lo vemos bien, no estamos nadie, ni tú, ni yo, ni los otros. Todos somos como una especie de célula múltiple, un cromosoma, un gene de pertenencia, totalmente ignorados, confusos, infinitamente pasajeros, anónimos, de bulto. Tenemos una ilusión infiltrada para que nos figuremos algo, para que creamos que realizamos proezas mientras fabricamos seres (que es lo que se espera de nosotros). Somos como ese aditivo que se añade a la gasolina para que su fuerza propulsora sea mayor, pero no salimos de ser un corpúsculo polimorfo, desnutrido, infinitamente nulo en cuanto a lo que significa la perpetuidad. Y, además, sin ningún relieve universal.
martes, 12 de marzo de 2013
Hablemos del más allá
Debatiéndome, como estoy, entre la fascinación y la duda, querida mía, permíteme fantasear y suponer que eres un ser consciente, que disfrutas de otra vida en otro lugar. Y, puestos a ello, déjame deducir que si tu ánima, además de haber trascendido, mantiene la memoria de los hechos, es probable, entonces, que estés en posesión de la verdad y que, de paso, te haya sido otorgada la inefable facultad de la clarividencia, virtud con la que estarás en condiciones de comprender el origen y la irrazonable razón de la miseria humana.
Mi delirio acerca de tu insólita propiedad me lleva a la conclusión de que, tal vez, en tu nueva advocación, te has de sentir predispuesta a disculpar las torpezas en las que pudo haber caído una mente arrebatada como la mía. Antes lo hiciste: con más razón has de hacerlo ahora.
Y ante tan espléndida e inefable indulgencia vertida sobre mi maltrecha conciencia, al percibirla mi ser, recobraré la paz que necesito.
Y tu presencia tendrá mayor verosimilitud.
Una vez disculpado de mis transgresiones, si esta presunción mía tiene visos de certeza, en ese lugar donde puedes estar ahora, no dudo de que gozarás de la ductilidad requerida para penetrar en mi alma y conocer la fortaleza, la autenticidad, la consistencia de mis sentimientos. Con lo que, sin salirme de la base expuesta, o sea, manteniendo mi divagación en la inspiración producida por tal fantasía, concluyo mostrando mi sospecha de que ahora, cuando conoces el secreto de la existencia, has de saber si, realmente, en nuestro deambular por la vida, somos asistidos por fuerzas provenientes de esos mundos inescrutables; es decir, si indefinidos entes divinos coexisten con nosotros, y se inmiscuyen y manipulan nuestras andanzas.
domingo, 17 de febrero de 2013
Quiero comentar contigo…
¡Sí, permanece conmigo… Más hoy porque tengo necesidad de conversar, de exponerte mi pensamiento! Hoy en la mañana, muy temprano, comencé a escribirte esta crónica de todos los días; era un poco más de media noche, debido a que, repentinamente me desperté —sin que sepa por qué—y recordé la fascinación que tú sentías por las acciones fuera del criterio moral al uso; eran cuestiones ajenas a los convencionalismos o a las imposiciones sociales. Recordé cuánto te atraían o cuánto te seducían los actos considerados impuros o de desobediencia social, o de transgresión a las normas establecidas por aquella sociedad gazmoña e hipócrita de nuestro tiempo. En una palabra: te encantaba caer en el pecado, desobedecer las estipulaciones convencionales, las reglas establecidas que eran un tanto inquisitoriales. Y ya metidos en este tema, y generando una filosofía más profunda, de condición psicológica —recordé el tema de la película «Un método peligroso», donde se analiza la fascinación del pecado (más defendida por Jung que por Freud, que hasta se puede decir que fue el asunto que generó la enemistad entre ellos)— no pude por menos de acogerme a esa teoría a la hora enjuiciarme a mí mismo cuando sopesé mi traición hacia ti en el affaire de Astrid. Si yo en aquel caso no tenía la menor duda de que estaba cometiendo una traición hacia ti, y me mantenía nadando afanosamente entre dos aguas porque si bien sabía con certeza que te quería apasionadamente, no podía prescindir del encanto y el atractivo que esta acción pecaminosa suponía para mí, por lo diferente y opuesta a las normas imperantes. Y pensé que, posiblemente, en aquel entonces, cuando me vi envuelto en este lío amoroso, ocurrió porque entré en la «fascinación del pecado», en el goce que se produce cuando se está envuelto en una acción reprobable, cuando te conviertes en centro de atención, recusado por unos y envidiado por otros… Y yo pienso que hay muchos hechos en mi vida —que al pensar en ellos, no parece que me hayan ocurrido a mí— que me incitaban por la fascinación de estar cometiendo un desacato, transgrediendo las normas morales impuestas por mis tías y por mi madre, y por el hecho emocionante de caminar por un filo muy delgado entre el precipicio y la vida convencional. Como verás, son muchos los requisitos buenos y malos que esconde la vida.
miércoles, 6 de febrero de 2013
Yo, después de México –5 años–, viví en Caracas –9 años–, regresé a España tras la muerte de Franco, pero cinco años después, la familia –compuesta por mi mujer y 6 hijos–, regresó a México y, posteriormente, a Puerto Rico (aunque hay una etapa intercalada de seis años viviendo en Valencia tras la muerte de mi mujer). Escribí una pequeño libro de relatos basados en mi vida, titulado Nacido en la guerra, y dos novelas, Da la misma tela que los sueños, y Lo demás es silencio, que fueron muy alabadas por aquellos que se las di a leer pero que no han sido publicadas dado que nunca lo intenté. Yo escribo para exigirle a mi mente un ejercicio intelectual, pero nunca con fines comerciales. Comencé no hace mucho a escribir una biografía de mi padre, pero lo abandoné porque no se puede ser juez y parte, y el lado personal se me imponía más de lo que yo deseaba. Ahora estoy escribiendo –y ya casi terminando– otra novela que se titulará Orquitis. Ésta si la publicaré ante la insistencia de mis hijos. Ya le mantendré informado. Gracias por todo. Afectuosamente, Jacinto Eduardo de Ontañón.
domingo, 3 de febrero de 2013
Hablemos de nosotros
Pero hablemos de nosotros introduciendo nuestras cabezas tú, la tuya, dentro de la mía, y yo la mía, dentro de la tuya. O juntando nuestros corazones, o nuestras almas, o nuestros pensamientos. Y soldándolos, convirtiéndolos en una sola pieza, en un solo ser. Hay momentos que me gustaría ser tú, para descubrirte, para saber quién eras, para identificar qué es lo que esperabas de mi y qué era lo que esperabas de la vida, y conocer en qué medida querrías modificarla para sentirla más próxima a ti, más dócil, más identificada con tus deseos. Claro, es posible que me muestre excesivamente ansioso y que no respete la intimidad de tu alma, esos deseos que todos tenemos escondidos y que no confiaríamos a nadie. Pero así me ha hecho Dios, para usar un término coloquial. Mi amor, Angelines, entiéndeme: yo soy así. Estos son mis genes, mi composición biológica, mi cerebro con sus neuronas alocadas. No me gusta la superficialidad. Y contigo me convierto en antropófago, porque me gustaría comerte para tenerte dentro de mí… En realidad, amor, no se puede amar más de lo que yo te amo. (Mientras escribo esto, estoy oyendo una composición musical de Ernesto Cortázar titulada Por siempre tú y yo. ¿Habrá algo más apropiado para declararme a ti en este día?)
martes, 22 de enero de 2013
Los caminos del amor
Veo un libro donde se dan varios consejos para luchar contra esa dependencia afectiva, esa desolación pavorosa que nos suele quedar a algunas personas cuando fallece alguien muy querido por nosotros. Como por ejemplo me ocurre a mí con respecto a mi mujer, Angelines, fallecida en el año 2000. Y yo me pregunto, ¿quiénes son esos «curanderos de pacotilla» y de dónde han venido, y quien les ha dado autorización para meterse en un terreno que no conocen? ¿Es solo para vender sus libros sin que les importe el daño que causan? Porque para curar a un «enfermo» es necesario que su enfermedad no sea un invento del médico, como suele ocurrir, sino un enfermedad de verdad. En principio me pregunto, ¿y quién querrá curarse de esa afectación profunda que te deja la ausencia de los difuntos? Por lo menos, yo no… ¿Tengo que explicar una vez más lo feliz que me siento de tener tan presente en mi vida al amor de mis amores? Yo a mi mujer la tengo conmigo y, casi, casi, es como si estuviera viva y viviera todavía a mi lado. Al menos en mi corazón sí vive. Y sigo teniendo la misma dependencia moral que tenía de ella cuando vivía. Sigo teniendo los mismos arrepentimientos que tenía entonces debido a mis deslealtades. Para mí mi vida no es mía, es de los dos, es nuestra, es la que vivimos ella y yo junto con nuestros hijos, y yo no quiero cambiarla ni buscarle sustitución, porque fue compuesta por los millares de palabras que nos dijimos, por la exposición mutua de nuestras intimidades, las que nos manifestamos en todo momento, la que nos animó a intercambiar el conocimiento que tuvimos entre ambos, la historia de cómo compartimos nuestros momentos de dicha y de desdicha, cómo nos apoyamos, las ilusiones y los sueños que nos ayudaron a sobrevivir, las aventuras que disfrutamos juntos, los seis hijos que procreamos que todos fueron el fruto esencial de nuestro amor… ¿Cómo voy a olvidar todo eso y con qué fin si es la historia de mi vida, lo que compone en conjunto mis vivencias y las de ella; es lo que la instituye y le da sentido y personalidad? No quiero citar el título de los libros ni el nombre de los autores, pero creo que ellos lo más probable es que no hayan disfrutado del amor, que no les haya dejado buenos recuerdos. Tengo una amiga que no quiere ni oír hablar del amor, de su importancia, de su sentido, de lo necesario que es para el desarrollo de la vida, porque el problema es que a ella lo único que le ha dejado son malos recuerdos. Y por esa razón lo rechaza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







