domingo, 25 de marzo de 2012


Cuestionamientos

a la existencia


¿Qué nos puede importar que descendamos del mono o procedamos de Adán y Eva? ¿Qué significado puede tener que nuestra especie pertenezca al reino animal o a un supuesto grupo biológico constituido desde un principio por seres humanos? Estamos aquí, ¿no?, y somos capaces de inventar el teléfono y la computadora, y poseemos sentimientos, y lloramos, y reímos, y nos enternecemos al contemplar a un niño o a una flor, y nos embelesamos al leer una poesía o al escuchar una sonata musical… ¡Pues eso es lo que verdaderamente importa!

¿Qué importancia puede tener que procedamos del big-ban o del chasquido de dedos de un Dios no interpretable que nos insufló la conciencia y los sentimientos, y la dignidad, y el sentido de la justicia, y la pasión…? Estamos aquí, ¿no? Y nos multiplicamos a partir del amor… ¿Estoy en lo cierto? Y, dime: ¿no es algo maravilloso y pleno de significados?

¿Me dices que existe mucha gente cuya interpretación de la vida está deformada y su actuación es absolutamente reprobable, corrupta, exterminadora? Sí, lo comprendo y estoy de acuerdo contigo, pero esos son los parásitos, los virus malignos, los tumores, los que, en contraposición, hacen que se desarrollen los anticuerpos; aquellos que con su mal, paradójicamente, crean los intercesores, los que luchan en pro de la dignidad y en defensa de la justicia, y los que hacen que la vida sea maravillosa… Mira ese árbol; mira esa flor; mira ese pequeño felino, mira ese cielo azul, mira ese caballo de piel brillante, ¿no crees que están aquí para que nos sintamos regocijados y nos recreemos?

De todos modos, sí, lo reconozco: es curioso que estemos y seamos; es curioso que se tengan ojos poseedores de un enfoque y un ángulo visual y que puedan usarse a voluntad propia; y que poseamos una boca por donde comemos y reímos, y una nariz por donde olfateamos y sentimos los adormecimientos apasionados producidos por la fragancia de las flores. ¿Y qué decir del corazón que ejerce como la máquina más básica y crucial de nuestra existencia? Todo es curioso, todo es inexplicable, maravilloso y estremecedor; admirable y horroroso, simple y complicado, esplendoroso y mortificante.

Pero, ¿quién nos impulsa y por qué? Porque decir que somos obra de Dios, me parece una explicación muy frívola, sin maduración ni consistencia. Es como acogerse a un clavo ardiendo. Un Dios omnipotente no necesitaría de mí, ni de ti, ni tan siquiera de la Naturaleza. En realidad, yo creo que nosotros existimos para alimentar a otros corazones, o porque alguien desea hacer una prueba de viabilidad de la raza humana, o para dar vida a unos seres habitantes de otra dimensión…

jueves, 22 de marzo de 2012




Angelines: la realidad de su ser


¿Cuáles serían, en realidad, sus pensamiento secretos, es decir, me refiero a los pensamientos secretos de Angelines, mi difunta mujer? O sea, aludo a esos pensamientos auténticamente libres, sin dictados externos ni ambages del inconsciente, es decir, los íntimos, los auténticos, aquellos que nos negamos a confesar y los guardamos allá escondidos en el fondo de nuestro cofre, en el recipiente considerado como el top secret de nuestros actos y de nuestros pensamientos; esas meditaciones, esas actitudes que solo exponemos, si acaso y con ciertos remilgos y excesivos adornos, ante nosotros mismos.

Las personas, por lo general, tendemos a expresar nuestras historias aderezadas al gusto, disfrazándolas como heroicos y magnificando nuestra manera de pensar… Angelines nunca presumía de ello, ni de lo que era capaz de hacer o de pensar, pero —creo— sí ocultaba aquellas acciones de las que no se sentía —en su conciencia— absolutamente orgullosa. En ese campo, el de las intimidades, era hermética; no dejaba participar a nadie, ni a los más cercanos a ella como era yo.

Yo ahora veo su fotografía y me pregunto, o le pregunto a ella si cabe: ¿Cómo eras en realidad? ¿Quién fuiste? ¿Y cuáles fueron tus anhelos espirituales? ¿Cubría yo todo tu requerimiento de amor? ¿Te era suficiente? ¿Te sentías llena de mí?

Pero, antes, dime: esas dotes de bondad y amor, de entrega, de limpieza de tu alma, ¿de dónde las sacabas?

Es muy mortificante para mí haber convivido durante 45 años contigo y no haber entrado en tus entrañas a través de tus venas, o, haciendo noche en tu corazón, y sonsacándote al amanecer los intimidades guardadas en él; y, después, tras transitar por tu alma, pasar a tu cerebro y convivir un par de días camuflado entre las neuronas. Y no parar hasta descubrir tus secretos.

¿Es, en verdad, la mujer más hermética que el hombre o es que éste —el hombre— la hace hermética a base de no interesarse por la realidad de sus sentimientos, o por hacer mofa sobre ellos, o por no entender su delicadeza y profundidad, o por la estructura diferente que encierra su corazón?

miércoles, 7 de marzo de 2012




Fantasías

para una

tarde

lluviosa


¡Qué lucha tan desigual entre razón y fantasía! Además de desproporcionada, es rebelde y denota una absoluta falta de consideración hacia los humanos, que se la pasan buscando y buscando sin saber bien qué es lo que buscan. ¿Por qué la Naturaleza nos habrá fabricado así, tan palurdos, tan dados a la confusión y, sin embargo —aparentemente—, tan necesitados de conocer las entrañas de este curioso «cajón de sastre» donde vinimos al mundo? ¿Qué se propone el Gran Artífice —sea quien sea o sea lo que sea— con tal programa y qué obtiene del embrollo mental en que nos ha metido? ¿Y, sobre todo, qué consigue la Naturaleza debido a nuestra ignorancia del método?

Bueno, nos queda el recurso de la imaginación… Yo no es que sea un ser excesivamente imaginativo o fantasioso —que, si me remito a mis inclinaciones personales, sí lo soy aunque de una forma moderada—, pero no hay otro camino: el de crear en nuestra mente otros mundos más perfectos y pensar que llegaremos a él… Porque, si no hay certeza de nada, tengo todo el derecho de consolarme haciendo las veces de creador pueblerino y dedicarme a buscar aplicaciones más idóneas, más reconfortantes, más humanas, más intensas, más prometedoras, más fervientes que las que tenemos aquí. O sea, me la paso vagando con el pensamiento buscando un mundo ideal. Un mundo como el que se expone, por ejemplo, en Rosa candida, la novela de Augur Ava Ólafsdótir, que me dejó conmovido. Esta autora islandesa debe poseer el conocimiento de la vida y de cómo debía de ser ésta y cómo comportarse en ella.

Pero, además, ¿para qué nos ha dado la Naturaleza el don de la fantasía sino para que conformemos una realidad más amoldada a nuestro gusto…?

A veces me aterrorizo a mí mismo, pensando que si esta vida no tiene alguna forma de prolongación y exaltación después de la muerte, bien sea mediante la liberación y destino de las almas a un lugar concreto o perdido en la nada; o somos dirigidos al mundo de los espíritus (que podrían estar viviendo cerca de nosotros, según algunos), o a uno totalmente incomprensible para nosotros; o se nos da nuestro renacimiento en otra dimensión, o lo que sea, entonces todo esto no tendría sentido. Es decir, si yo no vuelvo a ver jamás a Angelines, mi mujer, después de haber construido toda mi vida en torno de ella, de habernos soldado espiritualmente el uno con el otro, entonces esta vida «provisional» aquí en la Tierra sería una fenomenal payasada, una falacia, una falta de respeto de la Naturaleza al ser humano, al «tolili» éste que anda por aquí siempre tan agobiado. Es complicado admitir que la vida se ha hecho así porque sí, sin una razón, sin un plan, sin un motivo, sin un destino determinado (es decir, tanto embrollo, tanta ilusión, tanto afán para nada…).

Antiguamente era más fácil creer en un destino. En el momento que el ser humano abrió los ojos a la Naturaleza y tuvo sentido de la belleza —y comenzó a evaluar y a tener conciencia de lo que veía, de la diversa multiplicidad de instrumentos que le rodeaban—, debió de pensar que existía un Dios de por medio y que era quien se lo había dado todo. No había otra explicación. Cuando se fijó en la inmensidad y en la belleza del cielo azul, del sol dándonos calor y moviéndose, aparentemente, en torno de la tierra; cuando observó el día y la noche, tan medidos, tan calibrados, que reglamentaba nuestra vida y nos indicaba el momento para trabajar, descansar y compartir; cuando contempló las refulgentes y asombrosas estrellas sobre fondo azul oscuro del firmamento; cuando vislumbró las agrestes montañas, la solemnidad de los árboles, la delicadeza de las flores; cuando reparó y se maravilló ante la multiplicidad de los animales, con sus extraños dibujos y estructuras; cuando observó y se beneficio de la utilidad de los ríos; cuando se sobrecogió y se fascinó al contemplar el mar, tuvo que pensar, por fuerza, todo esto tenía que ser obra de una deidad, de un dios, de un ser con poderes asombrosos.

Pero luego vinieron los científicos, los letrados, los filósofos, los sabihondos a decirle: «¡Pero qué dios ni qué deidades sobrenaturales! ¡Despierta! Nuestra presencia aquí es pura casualidad. Si aquellas células ilotas no se hubieran juntado con las otras…».

Y a partir de ese momento nuestros corazones comenzaron a endurecerse y a perder su calidad de asombro…

jueves, 1 de marzo de 2012


Rosa candida 2
a.


Antes de meterme en la segunda lectura de «Rosa candida» (suele ser normal que cuando un libro me llama la atención —y éste me la llamó poderosamente tanto por su calidad como por su originalidad—, lo lea dos veces, una a continuación de otra), quise identificar al autor y conocer su historial literario así como algunas de sus características personales, y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que no se trataba de un hombre, sino de una mujer. Es decir, que el complicado nombre de Augur Ava Ólafsdótir correspondía a un ser femenino y no a uno masculino, como yo creí hasta aquel momento… ¿Qué les parece? El chasco que me llevé fue fenomenal…? Porque, antes de continuar, debo aclarar que, literariamente, sufro ciertos prejuicios o manías —creo— al respecto: no me gusta que el o la protagonista de una novela corresponda con un género opuesto, es decir, que no haya relación directa de sesos entre el escritor o escritora de un libro y el o la protagonista. Y, lo advierto: detrás de esta manifestación mía no existe ninguna tendencia discriminatoria. Creo normal que una mujer exponga unas referencias más certeras e intensas sobre la actitud, el pensamiento y los sentimientos de otra mujer; y lo mismo ocurre en relación a los hombres, es decir que éstos entiendan, expliquen y se identifiquen mejor con las actitudes y el pensamiento de otro hombre. En caso contrario, la compenetración, el entendimiento es poco veraz, además de mítico y convencionalista. Y en literatura existen varios ejemplos y críticas al respecto con más conocimiento de causa que los míos. Yo, ahora, trato exclusivamente de expresar mis emociones personales al respecto.

Para apoyar mi idea debo decir que durante la primera lectura de este libro, mientras pensaba que el autor del libro era un hombre, encontré algunas actitudes y situaciones en el protagonista, Lobi, que me hicieron pensar que era homosexual porque tenía ciertos modos femeninos (aún considerando que también había numerosos detalles que situaban el asunto fuera de toda duda). Incluso, encontré algunos personajes de carácter secundario en la novela que en un momento dado opinaron de la misma forma y le formulan algunas preguntas en relación a ello. Por ejemplo, en sus conversaciones con el abad del monasterio donde está situado el jardín donde trabaja Lobi, y con quien éste establece una profunda amistad —llegando, incluso, a exponerle algunos conflictos de tipo personal—, es sometido a un inquisitivo interrogatorio por el abad en relación al asunto, conminándole a que le dijera la verdad, porque, en el caso de una supuesta homosexualidad del jardinero —sospechada por el abad—, le obligaría a suspender la relación entre ambos dado que el hábito le prohibía mantener relaciones amistosas con todas aquellas personas cuya personalidad fuera un tanto dudosa… Lo mismo ocurre con una antigua compañera de estudios: cuando Lobbi, en su viaje de tres mil kilómetros hacía el monasterio, llega a la ciudad donde vive ella, ésta le cede una habitación en su casa para que la ocupe durante los días que permanecerá en dicha localidad. Y, a los pocos días, al abandonar el lugar para continuar su viaje, al despedirse la muchacha le pregunta, que si a él «no le "van" mucho las mujeres», extrañada de que, habiendo pernoctado ambos en la misma casa durante varias noches —y estando solos los dos, y siendo los dos jóvenes y sin compromiso—, él nunca le hiciera una proposición o efectuara algún intento de mantener una relación.

Ojo, no estoy cuestionando si me gustan o no los libros escritos por mujeres, porque éstos están entre mis preferidos, y debo decir que hasta me atraen más que los escritos por hombres —sin que de ninguna manera los menosprecie— debido a que los de ellas me acercan y me descubren más el alma de la mujer, o sea el verdadero espíritu femenino, por lo que los encuentro más originales, con unas expresiones si se quiere más extrañas a mí, y más distantes de mi forma de pensar, y, quizás, de interpretar la vida. Ellas tienen unas reacciones diferentes de las mías. Aunque, en literatura, no se pueden hacer demasiadas generalidades ni asegurar cuáles deben ser los estilos ni los contenidos o tendencias de cada cual.

¿En qué medida pueden cambiar los atributos que son adjudican a cada género cuando éstos son interpretados por escritores o escritoras de seso opuesto al del protagonista? Porque, por lo que respecta a mí, después de dejar reposar las ideas acerca de esta novela durante varios días, he recuperado totalmente mi fe en ella, sin importar que lo haya escrito una mujer o un hombre. Tal vez, el hecho de haber sido escrito por una mujer (y exponiéndose aquí los conceptos de ella sobre muchos hechos fundamentales de la vida) le da un mayor valor antropológico. ¡Ah! y rompe con muchos mitos.

domingo, 19 de febrero de 2012


Incomodidades

de la vida


¿Serán estos lamentos y expresiones irónicas, o estas frases despectivas que se me escapan en mis blogs las consecuencias de lo tirante e incómodo que me estoy sintiendo con la vida o se deberá simplemente al rencor que me invade al constatar que, para mí, ya todo se está acabando? No lo sé. Con certeza no lo sé. Incluso, debo confesar algo que puede representar una pista: hace unos días cuando paseaba por la orilla del mar y contemplaba un cielo azul intenso y un agua de una pureza cristalina —con un espléndido, claro y hermoso tono de azul—, el suicidio de Alfonsina Storni vino a mi mente, es decir, pensé en el placer que pudo sentir al internarse en las profundidades de las aguas hasta quedar inerte y perecer… Y me preguntaba, ¿qué se sentirá en ese dulce momento de entregar la vida inundado de mar y cielo? ¿Cómo será el último estertor cuando, una vez inducida, sometida y conquistada por las aguas, en ese último instante previo al acto de morir, cuando se entreabren los ojos ya medio nublados por la muerte y se contempla el último vestigio de vida desde ese color azul opaco, semitransparente, suave, envolvente, rodeado de peces que nublan los ojos, y dices tu adiós final a la vida? Claro, no quiero significar que esta especie de envidia o añoranza que me embarga al pensar en Alfonsina, no pase de ser un estado trivial, poco deseado y profundo, una especie de ensoñación no meditada y negada a una posible aplicación propia… Pero, en ese momento, cuando ya uno ha dado de sí en la vida todo lo que podía dar; cuando ya no se puede esperar nada más de ella, cuando ya se han acabado todas las gozadas, sexuales o lúdicas, que la vida podía ofrecerme, la idea de morir no se rechaza con absoluta energía… Cuando ya sentimientos como el amor, el pensamiento, la bondad carecen de aplicación y no entran en los afanes de conquista para uno, y ya se han acabado las delicias de comer lo que apetece, o sea, ahora, cuando, como consecuencia de la tiranía de la hipertensión, se debe apartar de uno la sal, el alcohol, el queso, los dulces, la carne… ¿de qué me servirá empeñarme en prolongar o sostener una vida carente de utilización y anhelos, y se esfuerza uno —como un acto civilizado— en mantenerla a costa de múltiples sacrificios, renuncias y privaciones? Dígame si existe algo de interés acerca de lo que yo puedo esperar de aquí en adelante. Porque si estos puntos recién mencionados están relacionados con las retenciones y los contratiempos físicos y de la libidine, ¿qué será cuando mencionemos los aspectos morales, internos, íntimos, espirituales? ¿Qué se puede sentir cuando tu conversación, tu mensaje ya no es escuchado o es escuchado a duras penas, como consideración a tus años? ¿Y qué cuando nadie te pregunta nada, ni se interesan por tu opinión, ni por tus interpretaciones de la vida o por tus experiencias acontecidas en el pasado? «Es que yo fui…», dices tímidamente. Y te miran como si se preguntaran, «¿con qué cuento nos vendrá ahora este pobre viejo…».

jueves, 9 de febrero de 2012



Pensándome a mí


En nuestros pensamientos, en nuestros sueños, no existen los vivos ni los muertos; solo hay unos seres que no siempre nos son conocidos y que se mueven en distintas direcciones, que hacen cosas la mayoría de ellas no previstas ni decididas por nosotros sino por ellos, aunque somos nosotros quienes las soñamos; ni reflejadas o acopladas a nuestros deseos, pero que están relacionadas con unas sensaciones inculcadas por lo que creemos beneficioso o práctico en nuestra vida «normal». Pero no deja de ser una versión amanerada, o acomodada a unos instrumentos que son el resultado de intereses, deseos, creencias y regulaciones preferentes y, a veces, opuestos a una posible realidad —bueno, siempre que esta realidad exista…—. Y me pregunto: ¿por qué mientras soñamos no podemos estar dando vida a un mundo, o a un engendro distinto del nuestro, perdido en otra dimensión, aunque sea tan descabalado como éste que nosotros juzgamos «normal», pero que no dejará de ser, en realidad, un mundo desconcertante y lleno de acciones vanas y surrealistas, como este en el que vivimos nosotros y que nos hemos introducido en él y tratamos de hacernos creer que ésta, la vida toda, es así, como nosotros la vivimos y la fundamos, aunque no sea el resultado de un proyecto basado en unas reglas determinadas, y que, si lo pensamos bien, podría haber sido muy diferente de como es.

Tengo un amigo médico neurólogo, muy sapiente él, con el que, a veces, entablo conversaciones de este tipo, o sea, entre filosóficas, fantásticas y científicas. Él es un hombre que vive dos vidas, una, la práctica y por la que recibe la retribución correspondiente —tan necesaria para la vida práctica—, y otra la vida de los encantos, de los sueños, la de la imaginación sin límites. Él es quien me decía que en la vida del pensamiento y de los sueños no se distingue entre vivos y muertos. En un momento determinado, el mismo valor podía tener en mi pensamiento él, que está vivo, como mi mujer, que yace muerta. Se trataría simplemente de dos seres que se mueven a mi alrededor y ejercen influencias sobre mi vida. Mi mujer, que ya va para doce años desde que murió, puede ser reproducida por mí, y pensada y creada como habitante en mis divagaciones. Con sueños intencionados o con mi imaginación puedo captarla y retenerla; verla cuando emitía esa leve sonrisa al estilo de Gioconda, o en el momento que me lanzaba aquellas miradas preñadas de amor y ternura, o cuando se reía con esa risa suya contagiosa con la que todos los presentes sentíamos ganas de reír. Al pensar en ella, la veo ahí, viva, conversadora, animada o mustia —muy pocas veces—; la veo dichosa, amorosa, feliz y triste, según el momento y el acontecimiento. ¿Y quien me dice a mí que al pensarla no la estoy resucitando o, mejor dicho, recreándola en otro plano diferente de este mío pero no de mi pensamiento? ¿No podemos ser usted y yo en este momento el producto de la imaginación de otros seres en otros mundos? Ella —eso no lo pongo en duda ni intento adivinar cual es el método usado por la Naturaleza para que ella venga a mí— está presente en mi vida de muchas maneras, lo mismo si se trata de figuraciones de mi mente o de imaginaciones de mis cerebros secundarios o de ese subconsciente que vive a mi servicio y yo al servicio de él, para ayudarme a soportar la vida sin ella… Lo que sea, pero no se puede ignorar que los mecanismos de la naturaleza operan cuando se les necesita…

Y es que esta vida nuestra tiene tantas fases, tantas manifestaciones… Yo, ahora, suelo quedarme embelesado viendo a mis nietos mientras se preparan para formar un día parte de la vida activa, de esa vida que es inapelable y que ellos la ven como algo único y necesario, como un acicate, como una razón de ser, como un estímulos para hacer, aprender y creer en las cosas que han de utilizar mañana, y abrirse paso con ellas, y ganar dinero, y adaptarse a la vida material y espiritualmente creyendo en esto y aquello, actitudes que a mí, ahora, a mi edad, me parecen superfluas, inútiles, una especie de obcecaciones sin sentido, de engaños de la naturaleza para hacernos funcionar y que funcione el mundo. Porque, si me fijo bien, ¿qué he construido yo en mi casi 80 años de vida? Mis hijos, mi principal y absolutamente magna obra. Entre ellos los habrá que estén agradecidos por haberlos traído al mundo; otros no tanto (no a todos nos gusta una vida que no hemos solicitado o a la que hemos accedido sin dar nuestro consentimiento). Pero, dejémoslo en eso: seis hijos mi principal obra y la de mi mujer… Es lo único que tiene permanencia y futuro y que es la única verdad de la vida. A veces pienso en esos miles de seres que me antecedieron, y que, sin saberlo ellos, fueron utilizados para que mis nietos, mis hijos y yo llegáramos a este mundo… ¿Qué más se puede pedir? Dentro de millones de combinaciones biológicas y sociales, el resultado feliz fuimos nosotros.

Y otra de las razones de la vida es hacernos sentir el amor.

lunes, 16 de enero de 2012




Rosa

candida


Estrené un «Kindle» que me regalaron por Navidad, pero lo hice exteriorizando antes algunos reparos y aspavientos dedicados a vencer los prejuicios que me salían al paso (en principio me parecía horroroso prescindir del libro físico, con su olor a tinta nueva y a papel recién impreso; al doblado de una esquina de la página donde dejaba la lectura para continuarla después; o la desconsiderada desfachatez y libertad de marcar con rotulador amarillo o subrayar las frases y los pensamientos que despertaban mi interés, etc.). Pero, poniendo la boca en forma de media luna que reflejara mi sospecha, entré en la «máquina innovadora» leyendo una novela que había tratado de adquirir tiempo atrás sin conseguirla porque, en aquel momento, solo se vendía en España… Aunque, para sorpresa mía, la experiencia resultó prometedora se mire por donde se mire: el sistema de los libros electrónicos resulta intenso y envolvente, además de íntimo y solidario con el lector, y me ayudó a aceptar lo nuevo resolviendo de paso los prejuicios generados por la costumbre (claro, me pregunto en qué acabará mi estantería de libros cuando solo coloque en ella este módulo electrónico que puede llegar a albergar en sus entrañas cientos de títulos…). Por lo demás, el instrumento es un artilugio maravilloso y posee todas las ventajas del libro tradicional y alguna más.

Pero de este tema ya les hablaré otro día.

De lo que se trata ahora es de comentar la primera novela que leí en dicho aparato.

Antes de poseer el módulo electrónico, ya me había interesado por ella a pesar de no tener ninguna referencia clara de su autor —un islandés— ni de sus escritos, pero, he de confesarlo aunque me sonroje: me interesé por el libro al contemplar la plasticidad de su portada. Cuando se hace una portada tan bella es porque se ha obtenido la inspiración en el contenido del libro… Así que, después de deletrear no sin cierta dificultad el nombre de un autor tan exótico, Augur Ava Ólafsdótir, y sentir una atracción irresistible hacia un título que me pareció apasionante —Rosa candida (así, sin acento debido a que está expresado en latín)—, y aprovechando que Amazón/Kindle estaba promocionando la venta de su artilugio con 50 dólares de regalo, decidí adquirir el título mencionado en su versión electrónica (y ahí mismo me lo instalaron, sin salir de casa). Y, sobre todo, con la intención de probar.

Y, la verdad: no me arrepentí.

Leí la novela en cinco días consecutivos —a pesar de sus 300 páginas— y su historia me dejó «contusionado» —en mis contenidos espirituales, se entiende—, embebido, pensativo, y expresando bendiciones a un escritor que es capaz de crear tal maravilla con una historia sencilla, si cabe. Puedo asegurar que este es uno de los títulos que más ha influido en mi pensamiento literario y filosófico…

El libro refleja, sobre todo, una aceptación de la vida tal como es, un compromiso fiel con el comportamiento humano mediante la relación entre ellos de los habitante de un extraño pueblo meridional en el cual hay un monasterio y un jardín que en tiempos pasados fue una gran rosaleda y los monjes lo habían dejado morir… Con este suceso se simbolizan todas las fluctuaciones de la vida, y lo hace con gran lirismo y una sencillez de propósitos, una filosofía tan práctica y poética, una visión de la vida tan conmovedora para resolver infinidad de situaciones cotidianas y los conflictos del ser humano, que uno llega a pensar que así es como debía de ser la vida toda.

El protagonista es un hombre joven, jardinero, que viaja tres mil kilómetros (desde Islandia hasta una población del sur de Europa) para hacerse cargo de la rosaleda del monasterio, y narra algunos momentos claves de su vida: los recuerdos familiares, su participación fraternal y amorosa dentro de la familia, así como las singularidades de la vida diaria. Expone la relación con su madre recientemente fallecida (en un accidente de carretera) y en la forma que la «mantiene viva» tanto en el afecto como en la aplicación de sus enseñanzas… Va tanteando con sus pensamientos y mediante conversaciones con el abad del monasterio sus interrogantes sobre la vida, y esto se hace con cierto tono lacónico, sin emociones exageradas ni aspavientos, tanto lo malo como lo bueno, y sobre unos hechos importantes pero normales para el desarrollo de la vida (temas como el amor, la relación hombre-mujer y padres e hijos, las actitudes, la relación entre las personas, el respeto a las ideas ajenas, la filosofía aplicada a la vida de cada día, el amor a la naturaleza sin aspavientos, la alimentación —viene acompañado por toda una serie de recetas de cocina que son muy aprovechables para quien le guste el tema…).

Bien, hay muchos, muchísimos aspectos que comentar, pero lo iré haciendo sucesivamente.