domingo, 8 de noviembre de 2009



El descrédito del alma

¿Atenta la concepción del alma contra el sentido común? En la actualidad «alma» es una expresión caduca que ha caído en descrédito. Hoy casi ni se menciona o se menciona con cautela pues provoca algunas sonrisas irónicas en ciertos oyentes…
¿Es el alma la representación de nuestros sentimientos? ¿Lo es de nuestra conciencia? ¿Es nuestro subconsciente? ¿Es el espíritu o la «sustancia» incorpórea que abandona nuestro cuerpo y emigra a otra dimensión cuando morimos? ¿Es el alma eso que denominamos vida, es decir, que nos mantiene conscientes de cuanto nos rodea? ¡Te quiero con toda mi alma! se solía decir en el lenguaje del amor… ¡Y qué bonito y poético resultaba! Venía a significar que más que eso no se podía querer.
Para los cristianos —y más aún para los católicos—, el alma era algo menos frívolo, era lo que tenía que mantenerse limpio, virtuoso, elevado para acceder al Cielo a la hora de morir… ¡Cuántos pasos, a cuántas acciones, a cuántos disfrutes carnales me vi obligado a renunciar, y cuántos remordimientos si claudicaba durante mi etapa de niño y adolescente pensando en que ponía en peligro la salvación de mi alma! Se hablaba tanto del alma entonces, de la necesidad de portarse bien para evitar que uno se quemara en el infierno como una hamburguesa a la parrilla, o procurar que la permanencia en el Purgatorio fuese lo más corta posible, ese lugar del que nadie se escapaba que estaba representado en un cuadro clásico, donde la Virgen (¿del Carmen?), con el niño en brazos, observaba impasible cómo se quemaban las almas hasta ponerse bien doraditas y entrar en el Cielo limpias de todo pecado… Ese cuadro, situado en la cabecera de mi cama durante el tiempo que vivimos en casa de mis abuelos en El Crucero de Montija (después de que terminó la guerra), atormentó mi imaginación infantil: yo no podía concebir que la Virgen estuviera tan sonriente mientras contemplaba cómo la gente se quemaba viva. Claro, supuestamente se estaban purificando para presentarse a Dios «sin mancha de pecado» y sin que importara que estuvieran «tantito chamuscaditas»… Pero, ¿como un alma se podía quemar si no era materia? Yo, que fui un niño un tanto resabidillo, le preguntaba a mi tía Laura —que siempre me lo resolvía todo—, pero esta pregunta era demasiado complicada y temible para ella y me respondía con amenazas o soltándome una frase subida de tono. De todos modos, en aquella época, cuando a los niños nos mantenían a raya con la amenaza de un dios que para reprimirnos usaba preferentemente el fuego, el alma era sinónimo de la conciencia y del espíritu, pero también se mezclaba con el corazón y la mente (y algo con el horror).
Pero hoy el alma ha entrado en un descrédito definitivo, en una fase de eliminación y olvido. Cada vez hay menos gente que cree en la existencia del alma y en todo el merecumbé que gira en torno a ella. Y encima, ahora vienen algunos científicos y aseguran que no existe tal alma, que nuestros sentimientos, nuestra conciencia y nuestro espíritu no son sino una especie de coctel preparado por nuestros genes, nuestras neuronas y nuestros anhelos de eternidad… Y yo me digo que de continuar esta deshumanización acabarán por decirnos que solo somos un pedazo de carne con ojos, «jerarquía» que ya algunos han alcanzado…

sábado, 7 de noviembre de 2009



Sobre la acción de escribir

De la misma tela que los sueños, la novela que escribí, significó una gran aventura intelectual, una experiencia única. Mi agrado y apasionamiento crecía a medida que me iba introduciendo en ella y según la vivía. Mientras la escribía, mi vida interior, el entendimiento de mí, se perfeccionaba.
Pero después, al terminarla, en la primera revisión, me invadió el desaliento. Tuve la sensación de haber dejado algún cabo suelto o deficientemente amarrado. Me pregunté en qué lugar quedó la tan pregonada reconstrucción —idea impulsora del relato— de Víctor, y no encontré la respuesta. ¿Había efectuado la paz consigo mismo o seguía jugando a la gallina ciega con el destino? ¿Había sido yo, como autor, el auténtico dueño de mi historia y de sus personajes o había permitido que ellos se apoderasen de mí y me obligaran a expresar lo que no pretendía y a ocultar lo que debía haber dicho? Entendía, además, que ocurre con frecuencia que el escritor se ve vapuleado por sus personajes a poco de ser alumbrados, que ellos intentan seguir su camino, hacerse los dueños, competir entre ellos y actuar por cuenta propia en la misma medida que pasan del autor.
Dicho prejuicio —si en realidad lo es— me llevó a considerar la posibilidad de haberme sujetado con excesivo rigor a una historia verdadera, a convertir el relato en la crónica de una vida, sin otra recurrencia a la fantasía que aquella que está contenida en el espíritu y la mente del autor, entreverada con su efectivo o falso sentido de la realidad. ¿Adónde quería ir a parar? ¿Qué intentaba demostrar?
Cuando se escribe una historia y se traspone la línea sutil que separa la ambigua realidad de la ficción delirante, lo mismo si se está creando que recreando, el escribidor se va introduciendo en un universo interior, en un estado de mitos y perplejidades que, a la postre, le habrán de pasar factura, y llegarán a dominarle, y apoderarse de él y de su vida, hasta sumirlo en un mundo aparte.
Pero, ante un indefinible desconcierto que me turbaba, debí recapitular y hacer un planteamiento serio: había llegado el momento de aclarar y poner en orden mis ideas, puesto que, al retrotraerme al pasado, se había destapado la caja de pandora, abriendo puertas en mi conciencia que permanecían cerradas con siete llaves. Así que fue necesario apretar los dientes y acabar de una vez por todas de apuntalar este edificio de letras que cuanto más lo releía más destartalado me estaba pareciendo…
No obstante, la suprema felicidad obtenida durante la elaboración de esta historia, se dio al referirme a Angélica. En las otras ocasiones, sobre todo cuando hablé de los padres de Víctor o de la guerra civil española, sentí que hervía mi sangre y, en esos momentos, no pude evitar la angustia causada por el desamparo de un niño muy semejante a mí. Caí en sentimientos encontrados que me indujeron al abandono o a la quema de lo escrito, como hizo Gogol con su Almas muertas, y otros antes y después que él. ¿Estaría llevándome todo este desastre vivencial a un desvarío mental, igual que le ocurría a Virginia Woolf cuando se acercaba al final de sus narraciones? Pensé que debía ser una situación normal cuando se construía un mundo y se asumía el papel de creador. Pero, aún así, los personajes, inventados o reales, o una mezcla de ambos, se aprestaban a la batalla. Algunos bailaban a mi alrededor, o se ponían caprichosos y me sacaban la lengua o me hacían cortes de manga o me decían yo soy como soy, no como tú quieres que sea, y me gritaban ojo, no te consiento que me distorsiones, o se volvían paranoicos perdidos, y hasta me demandaban que si la había tomado con ellos.
Por lo que tengo entendido, en literatura no abunda la creación pura del personaje: siempre existe la tendencia a inspirarse en alguien conocido. Viene a cuento este comentario por el intento de aclarar de forma conveniente que en esta historia todo el mundo es ficticio-real, incluso yo, el autor. Sólo Angélica es verdadera. Ella no ha puesto objeción alguna, porque su personalidad, siempre delicada, sin complicaciones intelectuales, amorosa y candorosa donde las haya, es fácil de describir, dado que no posee trastiendas ni hipocresías, y carece de egoísmos o vanidades superficiales. Ella siempre es lo que aparenta: amor, dulzura, feminidad… Por esa razón se sometió dócilmente, desde el primer día, a ser recreada, a ser retratada, y lo hizo sin ningún género de protesta ni exigencia alguna, con el espíritu de una modelo posando para el pintor. Ella, pese a que no se encontraba ya en el mundo de los vivos, no dejaba de presentarse ante mí: la veía con el rabillo del ojo, sentada a mi lado, complaciente, con esa media sonrisa tan personal, que alegra y entristece su rostro a un tiempo. Según describía los hechos que hormaron su vida, hubo ocasiones que llegué a entreverla haciéndome guiños aprobatorios, o de agradecimiento y complicidad, o de simple complacencia, desprendiéndose de ella una especie de energía envolvente que me daba fuerzas para continuar. Por el contrario, los otros personajes fueron más complicados, menos dóciles…

viernes, 6 de noviembre de 2009



Una pausa para la reflexión

Hice una pausa en la emisión de mis blogs para reflexionar sobre mis actitudes.
Al repasar todo lo presentado hasta ahora, salvo algunos, no muchos, encontré que hay demasiado reniego y un pesimismo excesivo en lo que se refiere a la vida. Producen una idea como si a mí me agradara dramatizar y no aceptara nada como verdad o próximo a ella, además de renunciar y criticar en exceso los placeres mundanos y sus divertidos mitos, o negarme a disfrutar del mero placer de vivir, y considerar sin efecto la importancia terapéutica de la felicidad. Tal vez, dentro de esa disyuntiva propuesta por Einstein, sobre que existen dos formas de ver la vida (el 50% mágico y el otro cincuenta absurdo y realista), yo me empeciné más en la segunda que en la primera. Y no quiero hacer como Ágassi y tantos otros que ahora deploran los errores cometidos en el pasado. He afirmado muchas veces que si volviera a nacer desearía vivir la misma vida y disfrutar de la misma mujer y los mismos hijos, y enfrentar iguales hechos y sucesos en mi entorno, y hasta aceptaría cometer los mismos errores que cometí. Es decir, no corregiría nada.
Lo que pasa es que al llegar a viejo y ver que mi fiesta particular está próxima a acabarse, tal vez he caído en la clásica actitud de despotricar sobre que si el vino era «peleón», el arroz estaba pasado y la fruta medio podrida. Y no deseo que ocurra así: mis circunstancias yo mismo las elegí, y lo hice «libremente» (y pongo libremente entre comillas porque no creo que ninguna elección en nuestra vida la adoptamos con plena libertad: en todos los casos tomamos decisiones acuciados por diferentes factores) «aislarme» en Puerto Rico. Simplemente, opté por venir aquí, dedicarme plenamente a mi actividad de escritor y re-inventar mi mundo, olvidándome de todo lo anterior. Estoy viviendo una etapa mágica, advirtiendo como nunca lo que me rodea y «notándome» a mí mismo como nunca antes, y ahí no caben las rabietas…
En realidad, a pesar de las vicisitudes, tengo muchas razones para considerar que la vida es un premio, una aventura interminable, un fenómeno inaudito y que consiste en eso: nacer, vivir lo más intensamente que se pueda, y después morir. Y sé que para morir hay que haber nacido primero… (Gracias, María Dolores…)

miércoles, 4 de noviembre de 2009



La vida desde mi balcón

Desde mi balcón —situado en un décimo piso—, cuando salgo cada mañana a las 5:30 a hacer meditación, observo todos los contrastes, los referentes, los reglamentos que contiene la vida y nos los impone a los seres humanos. Veo el universo que, a veces, aparece limpio, inmaculado, con un tono azul oscuro espléndido, luminoso, maravilloso, lleno de matices y sugerencias. Alguna nube aparece por allá por el Este, que apenas comienza a teñir sus bordes de un tinte rojo-salmón. Luego, en la medida que vaya recibiendo los rayos del sol irá tornándose amarillenta y después blanca. Todavía se ven algunas estrellas con un fulgor que por más veces que lo contemplo, nunca deja de asombrarme. Unas parpadean, las que son estrellas; otros, los planetas, mantienen fija su luz reflejada. Algunos están hundidos allá, a años luz de mi posición, en los confines del universo, unos confines que producen un estremecimiento por más conocimiento de física o de astronomía que se tengan. Un leve resplandor aparece en el horizonte y el ambiente se va tiñendo con un tinte espectral. Las tórtolas —por centenares—, que duermen en un gran árbol cercano del edificio, van emprendiendo el vuelo. En principio salen en pequeños grupo; luego toman distintas direcciones; acuden a los lugares donde saben que encontrarán su desayuno.
Los ocupantes de los múltiples apartamentos de este complejo habitacional, van surgiendo del interior del edificio, y caminan presurosos hasta su automóvil, lo abordan, lo ponen en marcha y arrancan para su trabajo. Lentamente va amaneciendo. Las figuras van perdiendo el tono fantasmagórico y se perfilan con mayor precisión. Aterriza en mi balcón la paloma blanca que me visita cada mañana. Primero realiza frente a mí un espléndido vuelo en redondo, casi sin mover las alas, por encima de los árboles del parque; después aterriza y me mira con su visión lateral. Mueve su cuello con gran elegancia y con movimientos intermitentes, dándome a entender que ya le puedo traer su desayuno que consiste en unas migajas de pan…
Todo en la vida es un engranaje; todo parece estar calibrado para que el mundo siga su rumbo, sin detenerse. Aquí, en este teatro matutino, está contenida la verdad y la mentira de la vida. Todo parece funcionar con unos fines que simulan ser firmes, obedeciendo a unas leyes, a un propósito de algo o alguien, es decir, que la vida continúe, que siga su marcha, que progrese, tratando de que el escenario matutino impulse a emprender la jornada con espíritu de lucha y fuerzas renovadas.
Mientras, los viejos como yo, miramos pasar la vida, lo observamos todo pero sin participar. Estamos llegado al final del camino y ahora nadie nos pide nada ni exige nada de nosotros, excepto que no molestemos mucho. Es decir, nosotros los mayores ya no contribuimos al florecimiento de la vida, hemos de metérnoslo en la cabeza: ya no somos actores. Ahora solo somos espectadores. Simplemente, estamos solos, observando, recordando el pasado y algo frustrados, esa es la verdad. ¿Para qué tanto desvelo, tantos sueños, tantas agitaciones si el final es acabar así, pasivo, ajeno a la vida, enfrentado a la muerte…? Ahora cualquier insignificante obstáculo —un coágulo, un desvanecimiento, una pérdida de la coordinación, un descuido en las reglas alimenticias— pueden acabar con uno en un instante.
O sea, está claro que existe un propósito y una ley segura: «creced y multiplicaos», pero solo mientras se sea útil. Cuando ya no puedas concebir un hijo, cuando ya no tengas fuerzas para educarlo y mantenerlo, serás apartado sin contemplaciones, te convertirás en una especie de zombi, en un ser pasivo y sin derecho a reclamación. Y no te quejes. Tú ya viviste lo tuyo; ahora me toca a mí… Pero la Naturaleza, que es ajena a todo este sentimentalismo, sigue su curso: cada mañana será un espléndido día muy estimulante para aquellos que están en plena actividad, y sin darles pie para que adviertan que son manipulados mediante el sometimiento a ilusiones de progresar y de vivir en una opulencia que casi nadie podrá alcanzar y que, aún alcanzándola, no encierra en sus entrañas grandes dosis de felicidad…

martes, 3 de noviembre de 2009



¿Una sociedad enferma?

Recientemente, en un popular programa de televisión, un psicólogo, hablando de la buena y mala relación de la pareja, aseguraba sin el menor titubeo que «hoy la sociedad está enferma». Y yo, como miembro de esta sociedad, me sentí tocado. Es una expresión que había escuchado antes repetidamente, y nunca me causó ninguna conmoción espiritual. Es más: hasta llegué a considerar que más bien se trataba de un tópico. Por lo pronto, me decía, esa supuesta «enfermedad» es ajena a mí. Bueno, la sociedad está enferma… ¿Y qué? Serán los otros, porque yo no me siento enfermo. Y seguía metido en la vida que, para mí, era como una juerga constante… Pero en esta ocasión, es decir, ahora, cuando ya tengo mis añitos, la frase me cala, me agobia, me lleva a preguntarme si el camino que ha emprendido la humanidad es correcto o será un error todo lo edificado hasta ahora. La sociedad enferma…, la sociedad enferma… ¿Es posible algo así? Explíquese, doctor, dígamelo detalladamente; olvídese de los tópicos: ¿En qué está enferma? ¿Cuál es su padecimiento? ¿Se refiere a que cada día se observan menos principios, menos valores, hay menos «verdades» en las que creer, o es por la locura del consumismo, del crédito, de lo que se ha dado en llamar "la vida loca" que ha acabado por desembocar en una crisis económica y existencial? ¿Se debe acaso a que cada vez introducimos menos la mirada en nosotros mismos y vivimos superficialmente, sobrevalorando cada vez más aspectos triviales, sin importancia, o es a causa de esa frivolidad desatada que parece imponerse en todos los ámbitos? ¿O tal vez se refiere a que el ciudadano no acaba de entender las fanáticas guerras o el terrorismo, esos hechos inmundos donde tanta gente es asesinada o muere por nada? ¡Ah, ya sé! ¡es por la corrupción generalizada tanto de políticos como de funcionarios y empresarios —y hasta de jueces— que no bacilan en saltarse las leyes con tal de lucrarse! ¿A que sí? ¿O será por la falta de convicciones firmes a la que han llegado los ciudadano? ¿Será porque éste se ve desposeido, asediado, maltratado física y moralmente? ¿Será porque nadie está conforme dentro de este materialismo y frivolidad en que se «desenvuelve» la vida? Sí, en algunos aspectos es aterrador ver cómo bandas de malhechores, como ETA, por ejemplo, que lleva más de 40 años asesinando gente por una hipotética independencia de su país sin que nunca haya dado un paso al frente en sus pretensiones y que hasta hemos llegado a entender que causar la muerte a otros puede convertirse en un medio de vida lucrativo. ¿Y los del Islam? ¿En nombre de qué Dios cometen sus actos terroristas? ¿Cómo es posible concebir un Dios que les pide que maten a sus hermanos? ¿Y los delincuentes que entran en una casa y se lían a golpes con los habitantes para quitarles su dinero? En África, en el antiguo Congo Belga, en Ruanda, en Somalia, en Kivo, se mata sin piedad, se tortura, se obliga a niños a participar en la guerra…
Sí, eso podría ser un indicio de que las cosas no andan muy bien.
Pero yo me pregunto, ¿y qué culpa tiene esa inmensa mayoría de la sociedad, esa «masa silenciosa», de tales desmanes. Me refiero al enorme grupo social que lleva una vida convencional, a esa gente que trabaja, que va al supermercado, consume y sostiene la economía, se preocupa por su salud y la de los suyos; me refiero a esos que ven televisión, van al cine, escriben blogs en la computadora (esto lo digo yo para incluirme entre los buenos), están presentes en los espectáculos deportivos, cuidan su casa, leen libros, escuchan música, aman y protege a sus hijos por encima de todo, los educan, inculcan en ellos unos valores si se quiere más débiles que los de antes, pero quizá más verdaderos, no tan supersticiosos ni tan llenos de amenazas, y que están impuestos naturalmente en los principios de no matarás y respetarás a tu prójimo y sus derechos. Me refiero a aquellos que son solidarios con sus semejantes y con la vida, a los que respetan las ideas ajenas.
En realidad, yo creo que nuestro mundo, nuestra sociedad responde a una actividad espiritual y física guiada por la necesidad, por la detección de situaciones anormales y perjudiciales, y por el instinto animal. Sigue un camino que si no está previamente «señalado», la sociedad misma lo crea mientras camina, y lo hace conforme a sus propias necesidades de protección y su recurrencia al sentido común. No se puede generalizar diciendo «todo está mal», porque hay muchas, muchas cosas que están bien. Solo tenemos que echar un vistazo a la historia para darnos cuenta de cómo se ha progresado. Antiguamente la vida de una persona valía mucho menos que hoy y no tenía tantos recursos para denunciar las anomalías y exigir protección.

domingo, 1 de noviembre de 2009



¿Quien manda en mí, mi subconsciente o yo?

Durante esta etapa de aislamiento voluntario en que ando metido, entre otras actividades estrambóticas y curiosas, dedico parte de mi tiempo a analizar y profundizar en lo que representan —desde el punto de vista espiritual— los diferentes órganos del cuerpo y sus inauditos comportamientos, los cuales, a veces, parece que se desenvuelven mediante un sistema teledirigido, porque dan la impresión de que alguien pulsa determinadas teclas para obtener de nosotros unos movimientos específicos. De todas formas, dirigidos desde afuera o desde dentro, nuestra personalidad se desarrolla, se retrae o se estira, mediante la «lubricación» de diferentes sustancias —como la dopamina, por ejemplo, un neuro-transmisor, del cual dependemos para ser felices o desgraciados—. Eso es lo que nos hace tomar las decisiones, aunque sean confusas en algunos casos. También me intereso por hallar el escondrijo de mi subconsciente con el fin de ajustarle las cuentas por hacerme interpretar ciertos papeles en el teatro de la vida sin que yo haya otorgado mi consentimiento. Pero, principalmente, atraen mi atención aquellos elementos que habilitan y ponen en marcha la vida emocional, es decir, los que hacen posible que tengamos sentimientos, o los que nos permiten pensar, o todo lo que influye en mí para ser capaz de apreciar y amar el arte y extasiarme ante la música o la poesía, o lo que me impulsa a sentir un tierno amor por una mujer, y fabricar unos hijos con ella a pesar de saber que pueden llegar a convertirse en mi dolor de cabeza. También investigo qué parte de mi ser es la que me ayuda a resucitar a mi esposa y sentarla aquí a mi lado con su divina sonrisa, o verla montada sobre un caballo con alas volando entre las nubes. Así que, principalmente, mi atención se subyuga con el cerebro que creo que es donde se cuece todo lo relacionado con el espíritu. Y no podemos evitar un sobrecogimiento y una admiración arrebatada, que, al mismo tiempo, nos produce un escalofrío, un sentimiento casi de angustia existencial. ¡Qué complicada es toda nuestra estructura orgánica! ¡Qué cantidad de elementos trajinan e inter-actúan dentro de nosotros con un único fin: darnos la vida y protegerla! Todos estos elementos están formados por células, qué duda cabe —las cuales parecen ser la materia prima— pero entre ellas hay una diversidad de oficios: según cual sea la misión que tienen encomendada (¿quien se la encomienda?), o sea, según el oficio que deben cumplir dentro de nuestro cuerpo. Unas forman y actúan en el riñón; otras acarrean la sangre; otras más forman nuestro sistema nervioso; algunas se dedican a defendernos de los virus, otras —y estas son las que más me llaman la atención—, nada menos que diez mil millones de ellas se convierten en unas neuronas de un color gris apagado, y ocupan nuestro cerebros cortical y reptiliano y, además de darnos la facultad de pensar, nos dotan de los sentimientos, la imaginación, el poder de discernir entre esto o aquello, el instinto de conservación, el temor, la valentía, el deseo de saber, la curiosidad, el amor, el deseo de procrear… En realidad, son como diez mil millones de computadoras captando información, procesándola, comunicándose entre ellas y enviándola a nuestro organismo a través del sistema nervioso, u obligándonos a actuar de determinada manera ante influencias externas específicas. Y es que dentro de nosotros todo tiene vida. Es como un mundo maravilloso con sus especialistas, sus transportistas, su servicio de limpieza, son unos seres que se encargan de actuar conforme a unas normas para que nuestro organismos funcione. La cuestión es saber si ellas están ahí para darnos vida o nos utilizan a nosotros para vivir ellas. Tal vez sea una actitud recíproca establecida así por la Naturaleza. Pero, ¿en qué medida nosotros somos nosotros? ¿En qué medida soy «yo» —si es que en verdad existe un «yo»— quien toma las decisiones? Se han dado caso de personas que después de habérseles eliminado un tumor en el lóbulo central del cerebro, y habiendo quedado sanos, su carácter cambió de una forma radical, como si hubiera fallecido el original y hubiera nacido otra persona. Eso me lleva a preguntarme, ¿En qué medida somos nosotros o somos las «piezas» que nos componen?

(El personaje de la foto es mi hijo Álvaro; la autora, mi hija Mónica)

sábado, 31 de octubre de 2009



La magia del ser humano

¡La vida, a pesar de los contratiempos que nos suele presentar, es mágica, insólita y maravillosa! Y creo que esta sensación es la fórmula que, en algunas ocasiones —incluso, en muchas— nos otorga un cariz de singularidad y asombro, y, sobre todo, de embelesamiento. Estas propiedades son las que la hacen válida y soportable. Porque, ¿qué sería de nosotros si nuestro conocimiento fuera pleno pero friamente académico, si la acción de la Naturaleza solo la midiésemos en términos físicos o matemáticos, sin ninguna concesión a lo imaginativo y lo banal? ¿Qué sería de nosotros si el misterio, la curiosidad y la incertidumbre no nos embargaran y nos causaran la fascinación que nos causan? Imagínense si careciéramos de facultades para sentir y apreciar la belleza; si una puesta de sol, un paisaje deleitoso, o una sonrisa no causaran conmociones espirituales y no aumentaran las palpitaciones en nuestro corazón; si viésemos la vida con la misma simpleza que puede verla un reptil, un camello o un asno, que, para mí, son los animales que demuestran tener una carencia absoluta de curiosidad y emociones.
La persona que vemos en la fotografía que encabeza este texto —y que aparece sentado en el sofá de la familia Simpson—, es don Antonio Delgado, mi magnífico e inefable amigo. Nos conocimos en Valencia, en el lugar más inverosímil para establecer una relación: el cementerio; allí fue donde iniciamos nuestra amistad. Ocurre que nuestras respectivas esposas reposan en nichos casi contiguos, y se dio la coincidencia de que ambos efectuábamos la visita los sábados a la misma hora. Él siempre iba acompañado de su hija Monserrat, una mujer bella y de gran sensibilidad, además de extraordinaria conversadora. Como es frecuente en estos casos, comenzamos charlando de temas intrascendentes inspirados por la cortesía y el encuentro casual, y acabamos convirtiéndonos en dos buenos amigos cuyas reuniones no se limitaron únicamente a los sábados en el camposanto, sino que las prolongamos a los jueves de cada semana. Don Antonio tiene 82 años y posee esa personalidad extremadamente animosa e ingenua necesaria para disfrutar de una larga vida. Su presencia en esta fotografía demuestra con qué fruición se abraza a la vida. Y es que esa es la clave de la existencia: el ánimo, el amor, el encantamiento. Somos seres humanos, la mayor jerarquía entre todas las especies que pueblan la tierra, y debemos responder a esa responsabilidad y esa gracia que nos ha sido otorgada amando a la vida en todas sus manifestaciones, y no sólo en lo profundo y en lo trascendental, sino también en lo trivial, en la desatención a lo fundamental y en la erradicación de penas que nos proporcionan los mitos…