miércoles, 19 de octubre de 2016
Dios y Richard Dawkins
Bueno, aceptémoslo, es posible que Dios no exista… Que se trate de una burda mentira inventada por aquellos que deseaban dominar al mundo. El infierno, al paraíso, el premio, el castigo, la dicha, la desdicha no reflejan aplicaciones que vengan de nadie… ¿Y a dónde nos lleva todo esto?
No recuerdo si el texto que antecede lo he escrito yo o lo leí en algún sitio y se quedó grabado en mi coco, pero mío o de otro, la suposición nos atañe a todos, a todos los mortales, porque tan inverosímil es que hayamos sido creados por un Dios como que seamos frutos del azar. Y lo más duro es que no podamos hallar la respuesta. Esa situación de ignorancia es lo que más me inclina a pensar que por encima de nosotros existe alguien. ¿Que nos ocurriría si encontráramos con certeza que somos fruto de la casualidad? Que caeríamos en la ley del absurdo, en la incomprensión y el desacato, en la burla, en cumplir las leyes solo por miedo al castigo y no porque nos haya sido inculcada como base de nuestro comportamiento. Y si descubriéramos que somos el fruto de un ser que está por encima de nuestras cabezas, un creador, en este mundo donde vivimos se acabaría el progreso, esperaríamos la hora de nuestra muerte adoptando una actitud pasiva con la esperanza de llegar lo antes posible a ese otro mundo que sabemos superior a este.
Ahora, razonemos: la negación acérrima de Dios proviene principalmente de los científicos y yo de los científicos desconfío mucho, aunque para esta desconfianza me base en mi propio criterio y no en mis conocimientos académicos. Ahora mismo acabo de ver un programa dedicado a la ciencia, en un canal de televisión… Y me admiro: cuántas teorías, cuántos principios, cuantas elucubraciones sin base. Nadie habla apoyado por un conocimiento profundo, todo son elucubraciones, posibilidades, mitos, creencias falsas o pretenciosas. Y la única verdad es que no hemos sido puestos aquí con un folleto bajo el brazo donde se explique nuestra utilidad y nuestro manejo. ¿Qué hace un científico en esta época? Trabajar para quien le paga, claro, experimentar, hacer números y fórmulas que nadie entiendo y decir: esto es así porque lo digo yo.
De cualquier forma, a Dios, si existe, le ha de tener sin cuidado que creamos o no en él: ya la vida nos ha dado un sentido del bien y el mal y con eso es suficiente. Lo demás, que creamos o no creamos carece de importancia.
Contemplemos el caso de Richard Dawkins, una especie de fanático de la negación, y, digamos, esa actitud suya le ha producido mucho dinero. Dicho eso, ya no tenemos más que hablar: Richard Dawkins mantiene esa postura para ganar dinero. Yo tampoco creo, pero no lo discuto con nadie, no lo publico y no escribo libros porque prefieren respetar a aquellos que tienen otras creencias. Por otra parte, está muy claro de que RD es un hombre con poca o nada sensibilidad, con ninguna preocupación metafísica porque él va a lo suyo. Me pregunto: ¿Qué diferencia de conocimientos, de posesiones, de cultura hay entre Dawkins y la chica dominicana que viene a limpiar mi apartamento los jueves, y que es casi analfabeta? ¿Cómo a esa chica yo la voy a decir que Dios no existe cuando la idea de Dios y de otra vida le sirven de acicate para soportar esta? Pero, ¿cuál es el mundo de Richard Dawkins? ¿Cómo es su vida? ¿Admira la magnificencia del mundo? ¿Y a quién se lo agradece? ¿Ni por un momento se tambalean sus propósitos? Y es que él no piensa en otra posibilidad porque si pensara en otra el éxito de sus libros bajaría. ¿Es que carece de sensibilidad? Y cuando huele una flor, ¿qué siente? ¿Que relación hay entre esa flor y el Bing-Bang? ¿Ha sido la casualidad la que ha puesto ahí a la flor? No, no, no des tu brazo a torcer pienses lo que pienses o veas lo que veas mantente firme porque si te tambaleas, si se te debilitas tus acciones bajarían el precio…
martes, 4 de octubre de 2016
Una evolución con significado…
¿Es la muerte un hecho físico y definitivo, o sea, terminal, sin prolongación alguna? Me estoy preguntando que si la muerte es el final-final y, en realidad, no se dispone de un más allá trascendente… ¿O es un principio, un modo de producir el nacimiento de los espíritus que serían algo así como las hormonas o las células que sostienen al Universo? La verdad es que no sé si ahora, a mi edad avanzada, me dedico a buscar razones que me consuelen y atenúen un tanto lo terrible de esa idea de la exterminación definitiva, tratando de que la muerta se convierta en algo más llevadero, menos truculento, más de signo metafísico. El otro día, en contra de mis razones, me dio por pensar que pudiera ser que la vida, el universo, necesitara a los seres humanos para que éstos fueran las estructuras básicas requeridas para producir espíritus, que, a su vez, vendrían a ser lo verdaderamente valioso, el prototipo, algo así como el combustible necesario para que la vida, el cosmos, funcione. Y, en ese caso, para que nazca un espíritu sería necesario partir de estructuras físicas, de un cuerpo con los elementos para producir esas estructuras requeridas… Esa sería la razón de nuestra existencia en la Tierra y en otros planetas habitados… Es decir, nosotros seríamos algo así como los productores de los espíritus. Después de pensar semejante cosa, me quedé muy tranquilo, con una cara beatífica, diciéndome a mi mismo: «¡Acabo de aclarar el misterio!». Pero, claro, esto no pasa de ser un subterfugio, una forma de engañarme a mí mismo, de darme una esperanza que me alivie de la angustia de un final definitivo, sin remisión, como supongo que ha de ser la muerte. Claro, que si se piensa bien, una estructura como la nuestra, entrañada en una composición biológica, mezclado con potingues químicos y piezas hormonales, con estructuras físicas y funcionales, si lo vemos fríamente, desposeídos de mitos y desechando la imaginación calenturienta, no encontramos una explicación y nos enajenamos al pensar que no respondemos a una necesidad determinada. Si la presencia de unos seres humanos, con cerebro, con facultad de hablar y de apreciar las estructuras físicas y adaptar la vida a sus modos, no pueden carecer de un fin ni poner en duda las razones de la creación, sean cuales sean. Los animales actúan por instinto: saben lo que tienen que hacer sin necesidad de detenerse a pensar (al menos eso creo), mientras que el ser humano, con su facultad de decidir las cosas, de caminar de un lado para el otro, de sentir placer por la música y por el arte, de valerse de unas manos combinadas con el pensamiento y con la facultad de hacer diferentes cosas, además de poseer unos sentimientos y recabar unas exigencias de la vida (lo que influye en la evolución), con su habilidad para leer e inventar y desear cosas mejores, si no tienen ningún significado, que me devuelvan a la fabrica y sustituyan mi cerebro por un corcho… Pero algo, además de traer seres al mundo, tenemos que significar. Y conste: la idea de la muerte no une asusta. Lo que me asusta y me decepciona es la inutilidad.
martes, 20 de septiembre de 2016
El sobrecogimiento de la vida
Por más que se insista en negar; por más que algunos científicos se empeñen en ignorarlo o lo atribuyan a una imposible casualidad, el mundo, el universo, la vida de los seres está envuelta en el misterio y parece desarrollarse con un propósito. Esa deslumbrante sintonía entre los elementos que forman el orbe; esa armonía de las piezas, esa solvencia en una convención para producir vida y hacer que la advirtamos, la pensemos, la disfrutemos y que, en muchos casos, la cambiemos o la distraigamos de su función natural, mi mente se niega a admitir que pueda ser un producto casual. En este sector que habitamos nosotros y que denominamos Tierra, pueden surgir algunos contratiempos, varias descalificaciones, pero no es culpa de la Naturaleza, sino del ser humano que, dentro de sus funciones, ha sido dotado de libertad de acción, con algunas dosis de intrepidez y, con ello, hemos ocasionado la polución, el desconcierto estructural, la desertización de los suelos, la modificación de las leyes universales… Pero, aún así, contra viento y marea, nos hemos ido adaptando y creo que la Naturaleza misma se ha ido adaptando a nosotros, soportándonos con con resignación. Estas conclusiones me llevan a pensar que, por encima de nuestras cabezas, sí parece haber una intención, una especie de disposición general, una razón de ser. Ignoro si se trata de la recreación de un dios o de unos seres muy superiores a nosotros porque solo tenemos noción de lo que está a nuestro alcance, de nuestro círculo más inmediato, pero ¿qué habrá después, en esos ámbitos del infinito que ni tan siquiera podemos imaginar? Atribuirlo todo a la acción de un Dios, es una idea que se escapa de mi entendimiento. Yo a Dios no puedo concebirlo ni razonarlo. Pertenece a una dimensión demasiado inmensa que mi cerebro no es capaz de asimilar (y a mí siempre me es urgente buscarle una explicación a todo) y, si se trata de un dios, no logro captar sus motivaciones, ni entiendo sus objetivos, y ni tan siquiera capto la razón de su presencia. Es más, si creyera en él me sentiría sobrecogido porque –como dijo Clarice Lispector– «él es demasiado total para mi tamaño; es un silencio tan enorme que me sobrecoge».
Porque, dígame: ¿sabrán nuestras neuronas que trabajan para nosotros y que organizan nuestro pensamiento y nuestra acción o actuarán instintivamente, como una acción impulsada porque la Naturaleza así lo tiene dispuesto? ¿Sabe mi corazón que con sus latidos me activa la vida? ¿Sabe mi hígado que cuando limpia mi sangre me está proporcionando la existencia? ¿Conoce a quien sirve y por qué lo hace? ¿Sabe que regula los niveles de mis sustancias químicas y que si no fuera por esa regulación, me sería negada la posibilidad de vivir? ¿Sabe que descompone o asimila las sustancias nocivas que circulan por mi corriente sanguínea? ¿Quién le ha insuflado ese poder, quién le ha dado la orden de que cumpla con semejante misión? Y, sin embargo, dada la complicada formación de todos los elementos que componen nuestro ser así como la sintonía que hay entre unos y otros, es negado que seamos el producto de un milagro. Un milagro no requeriría de tantas piezas ni de la cantidad de estructuras vitales que parecen como «parches» superpuestos para facilitarnos la vida y el funcionamiento general habilitado en una sucesión de dependencias. Pero, nos acogemos a lo que decía Pascal: «El hombre es por igual incapaz de ver la nada de la que surge y el infinito que lo engulle».
Qué incierto es todo y, sin embargo, ¿de donde nos viene ese orden, esa conjunción de elementos que, al profundizar en ellos, hacen que uno no pueda evitar sentirse pletórico y al mismo tiempo aterrado?
domingo, 28 de agosto de 2016
Añoranza del ayer
Hay veces que añoro ese mundo enclavado en la etapa intermedia de la civilización, un mundo donde la gente sentía cierto temor de las brujas, de los espíritus malignos y de los duendes; un mundo donde «ocurrían» los milagros que casi significaban una forma de vida o una forma de resolver los problemas. Era un mundo donde uno se cuidaba de no cometer pecados porque, si los cometía, se haría acreedor al Infierno o al Purgatorio. Cuando se regulaban las vidas gracias a las supersticiones, a los mitos; cuando se adoraba a un Dios cuya presencia nunca se osaba poner en duda porque Él era considerado como la base de la vida y quien otorgaba los premios o los castigos futuros o le «engatusaba» a uno con la posibilidad de convertirse en una especie de niño angelical que revoloteaba con sus alitas doradas adosadas a la espalda y con una sonrisa beatífica. Cuando este Dios era el preceptor del universo, el que todo lo sabía, el que premiaba lo bueno y reprimía lo malo. Era la época de cuando uno intentaba portarse bien porque Dios «lo estaba mirando». Me asustaba su mirada, pero, al mismo tiempo, me complacía el hecho de que todo un Dios Omnipotente me estuviera observando… Era un mundo simple, sin complicaciones metafísicas, sin dudas filosóficas, sin imposiciones científicas, sin física cuántica ni acelerador de partículas, ni vacunas contra el cáncer. Era un mundo definido por las buenas o malas acciones, o sea, cuando no se dudaba que Dios nos había puesto aquí y no se ponía en tela de juicio ningún signo de la creación ni se pensaba que éramos fruto de la casualidad, o de una explosión universal sin fuste, o de un Big-Bang colosal que solo con pensarlo uno ya se siente estremecido. Admiro y sueño con la etapa de los dólmenes y menhires, cuando los ciudadanos eran más ingenuos y recurrían a la danza y a la música para adorar a su dios, cuando la gente confiaba sus quebrantos a un Creador acomodado a sus necesidades, cuando todas las frustraciones o las dudas sobre el futuro se ponían en sus manos a la espera de que un milagro les restituiría la felicidad, y no tenían ninguna duda respecto a que ese dios les podía conceder lo que se le pedía, y si no él mismo, en su lugar, sus «secretarios» como la Virgen María y San José, o los numerosos santos protectores y con distintas especialidades, o el niño Jesús, un niño que nunca crecía y que cada año volvía a nacer y que se le cantaban villancicos llenos de esperanza, ingenuidad y buenas maneras. Era un mundo fantástico aquel: el mundo de los mitos, el de las ilusiones, el de los juegos inocentes como a «tú la llevas» y no ese extraño Pokemon de ahora… Era un mundo que sí, presentaba dificultades, más que el de ahora o de otro estilo, pero con el añadido de que se podían resolver con la ayuda divina; no como el de hoy, plagado de manjares, de vitaminas, de calcio, de drogas, de teléfonos celulares y realidades virtuales. Era entonces cuando existían las meriendas a base de leche frita y no las que nos recomienda McDonald que es quien ahora decide en qué han de consistir mis alimentos. Un mundo donde las supersticiones formaban parte de la vida, donde los Signos del Zodíaco tenían un significado y consolaban y llenaban de esperanza y producían ilusión o preocupación; donde los seres se preocupaban de hacer méritos dentro de la sociedad con el fin de ganarse el cielo. Era cuando había confianza en que nuestros difuntos estaban ahí, protegiéndonos y procurando nuestra propia salvación en la hora de nuestra muerte. Hoy nos hemos quedado solos, sin compañía, sin nadie que nos eche una mano, sin serafines y sin esperanza. Antes uno no tenía que preguntarse para qué se vivía, y hoy sí, hoy nos lo preguntamos en todo momento y no encontramos una respuesta.
martes, 9 de agosto de 2016
Cuando profundizamos en la vida; cuando advertimos su complicada y heterogénea composición, en cualquiera de sus facetas, lo mismo si son biológicas que espirituales, o, sin ir más lejos, en los registros del comportamiento, o en las funciones donde nuestra mente nos dirige, no podemos por menos que sentir un estremecedor asombro, una fascinación y una turbación temblorosa. Los seres humanos respondemos a disposiciones universales que no son fáciles de asimilar y que, la mayoría de ellas, no son entendidas porque permanecen fuera de nuestro alcance aunque sean las que nos construyen, las que nos dan la vida, las que motivan nuestro comportamiento, las que aportan nuestras estructuras de arrancada, las físicas y las espirituales, las que nos hacen así, tal como somos. Es incuestionable que dependemos de las posibilidades económicas, de las educativas y las sociales, así como —es conveniente decirlo y, lo aseguro, no hay en mí una pizca de racismo— de las geográficas puesto que depende del lugar donde hayamos nacido y nos hayamos educado para que nuestra personalidad sea de una manera o de otra. Las influencias construyen nuestro carácter, lo conveniente de adaptarnos a las costumbres, que son las que hacen de nosotros un sujeto de determinados modos y necesidades, y que nos comprometen con doctrinas y estructuras sociales: en definitiva, las que nos endosan el «manual de comportamiento»; pero, por otra parte, están nuestras disquisiciones, nuestros desencantos, aquello que fuerza nuestras acciones queramos o no y que muchas veces viene a representar nuestras desventuras, nuestra ansiedad por conquistar lo que no podemos y que, en infinidad de casos, no nos es posible variar. En lo personal, siempre trato de construirme a mí mismo, de inventarme quién soy y cómo debo vivir mi vida. En general trato de adoptarme a unas normas morales que no tienen nada que ver con los mandamientos de la ley de Dios ni con las doctrinas «justicieras». En la primera se contempla la norma de «no matar» como base principal. Y a mí no me cuesta nada cumplir este mandato, porque el hecho de que yo no mate a nadie no es por cumplir el primer mandamiento o por atenerme a las imposiciones de la ley, si no que es algo natural en mí y, como digo, no me cuesta nada cumplirlo. Yo no podría matar a otra persona, así: desenvainar un cuchillo y clavárselo a alguien, o meter un tiro en la cabeza a un semejante… Se trata de unos principios naturales en mí y no porque me hayan enseñado que matar es malo. A veces me comparo con un asesino sanguinario y me pregunto: ¿es posible que ambos seamos seres humanos y que los dos tengamos una mente, un corazón y unos sentimientos que nos asemejan biológicamente? Para no matar yo además de no necesitar un mandamiento de la ley de Dios tampoco me retienen las amenazas de la ley. No sé lo que haría en un caso extremo, cuando me enfrentara con alguien que sé que me va a matar a mí… Tal vez ahí no se trata de conceptos ni sentimientos: simplemente son instintos que me impulsan a defenderme. Pero, de ese hecho no puedo hablar porque en mi vida nunca me he enfrentado a un caso semejante. Así que vuelvo a la raíz para hacerme la pregunta: ¿qué diferencia puede haber entre el que mata por matar y yo? ¿Se trata de seres humanos de la misma naturaleza? ¿Cómo será que la Naturaleza no nos distingue aunque sea ella quien nos ha parido? A no ser que para que el mundo se desenvuelva como es debido, sea necesario que haya uno que mata y otro que no… Tal vez el mal y el bien son necesarios para que el mundo progrese… No encuentro otra explicación.
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