martes, 4 de octubre de 2016


Una evolución con significado…
¿Es la muerte un hecho físico y definitivo, o sea, terminal, sin prolongación alguna? Me estoy preguntando que si la muerte es el final-final y, en realidad, no se dispone de un más allá trascendente… ¿O es un principio, un modo de producir el nacimiento de los espíritus que serían algo así como las hormonas o las células que sostienen al Universo? La verdad es que no sé si ahora, a mi edad avanzada, me dedico a buscar razones que me consuelen y atenúen un tanto lo terrible de esa idea de la exterminación definitiva, tratando de que la muerta se convierta en algo más llevadero, menos truculento, más de signo metafísico. El otro día, en contra de mis razones, me dio por pensar que pudiera ser que la vida, el universo, necesitara a los seres humanos para que éstos fueran las estructuras básicas requeridas para producir espíritus, que, a su vez, vendrían a ser lo verdaderamente valioso, el prototipo, algo así como el combustible necesario para que la vida, el cosmos, funcione. Y, en ese caso, para que nazca un espíritu sería necesario partir de estructuras físicas, de un cuerpo con los elementos para producir esas estructuras requeridas… Esa sería la razón de nuestra existencia en la Tierra y en otros planetas habitados… Es decir, nosotros seríamos algo así como los productores de los espíritus. Después de pensar semejante cosa, me quedé muy tranquilo, con una cara beatífica, diciéndome a mi mismo: «¡Acabo de aclarar el misterio!». Pero, claro, esto no pasa de ser un subterfugio, una forma de engañarme a mí mismo, de darme una esperanza que me alivie de la angustia de un final definitivo, sin remisión, como supongo que ha de ser la muerte. Claro, que si se piensa bien, una estructura como la nuestra, entrañada en una composición biológica, mezclado con potingues químicos y piezas hormonales, con estructuras físicas y funcionales, si lo vemos fríamente, desposeídos de mitos y desechando la imaginación calenturienta, no encontramos una explicación y nos enajenamos al pensar que no respondemos a una necesidad determinada. Si la presencia de unos seres humanos, con cerebro, con facultad de hablar y de apreciar las estructuras físicas y adaptar la vida a sus modos, no pueden carecer de un fin ni poner en duda las razones de la creación, sean cuales sean. Los animales actúan por instinto: saben lo que tienen que hacer sin necesidad de detenerse a pensar (al menos eso creo), mientras que el ser humano, con su facultad de decidir las cosas, de caminar de un lado para el otro, de sentir placer por la música y por el arte, de valerse de unas manos combinadas con el pensamiento y con la facultad de hacer diferentes cosas, además de poseer unos sentimientos y recabar unas exigencias de la vida (lo que influye en la evolución), con su habilidad para leer e inventar y desear cosas mejores, si no tienen ningún significado, que me devuelvan a la fabrica y sustituyan mi cerebro por un corcho… Pero algo, además de traer seres al mundo, tenemos que significar. Y conste: la idea de la muerte no une asusta. Lo que me asusta y me decepciona es la inutilidad.

martes, 20 de septiembre de 2016










El sobrecogimiento de la vida
Por más que se insista en negar; por más que algunos científicos se empeñen en ignorarlo o lo atribuyan a una imposible casualidad, el mundo, el universo, la vida de los seres está envuelta en el misterio y parece desarrollarse con un propósito. Esa deslumbrante sintonía entre los elementos que forman el orbe; esa armonía de las piezas, esa solvencia en una convención para producir vida y hacer que la advirtamos, la pensemos, la disfrutemos y que, en muchos casos, la cambiemos o la distraigamos de su función natural, mi mente se niega a admitir que pueda ser un producto casual. En este sector que habitamos nosotros y que denominamos Tierra, pueden surgir algunos contratiempos, varias descalificaciones, pero no es culpa de la Naturaleza, sino del ser humano que, dentro de sus funciones, ha sido dotado de libertad de acción, con algunas dosis de intrepidez y, con ello, hemos ocasionado la polución, el desconcierto estructural, la desertización de los suelos, la modificación de las leyes universales… Pero, aún así, contra viento y marea, nos hemos ido adaptando y creo que la Naturaleza misma se ha ido adaptando a nosotros, soportándonos con con resignación. Estas conclusiones me llevan a pensar que, por encima de nuestras cabezas, sí parece haber una intención, una especie de disposición general, una razón de ser. Ignoro si se trata de la recreación de un dios o de unos seres muy superiores a nosotros porque solo tenemos noción de lo que está a nuestro alcance, de nuestro círculo más inmediato, pero ¿qué habrá después, en esos ámbitos del infinito que ni tan siquiera podemos imaginar? Atribuirlo todo a la acción de un Dios, es una idea que se escapa de mi entendimiento. Yo a Dios no puedo concebirlo ni razonarlo. Pertenece a una dimensión demasiado inmensa que mi cerebro no es capaz de asimilar (y a mí siempre me es urgente buscarle una explicación a todo) y, si se trata de un dios, no logro captar sus motivaciones, ni entiendo sus objetivos, y ni tan siquiera capto la razón de su presencia. Es más, si creyera en él me sentiría sobrecogido porque –como dijo Clarice Lispector– «él es demasiado total para mi tamaño; es un silencio tan enorme que me sobrecoge». 
Porque, dígame: ¿sabrán nuestras neuronas que trabajan para nosotros y que organizan nuestro pensamiento y nuestra acción o actuarán instintivamente, como una acción impulsada porque la Naturaleza así lo tiene dispuesto? ¿Sabe mi corazón que con sus latidos me activa la vida? ¿Sabe mi hígado que cuando limpia mi sangre me está proporcionando la existencia? ¿Conoce a quien sirve y por qué lo hace? ¿Sabe que regula los niveles de mis sustancias químicas y que si no fuera por esa regulación, me sería negada la posibilidad de vivir? ¿Sabe que descompone o asimila las sustancias nocivas que circulan por mi corriente sanguínea? ¿Quién le ha insuflado ese poder, quién le ha dado la orden de que cumpla con semejante misión? Y, sin embargo, dada la complicada formación de todos los elementos que componen nuestro ser así como la sintonía que hay entre unos y otros, es negado que seamos el producto de un milagro. Un milagro no requeriría de tantas piezas ni de la cantidad de estructuras vitales que parecen como «parches» superpuestos para facilitarnos la vida y el funcionamiento general habilitado en una sucesión de dependencias. Pero, nos acogemos a lo que decía Pascal: «El hombre es por igual incapaz de ver la nada de la que surge y el infinito que lo engulle».
Qué incierto es todo y, sin embargo, ¿de donde nos viene ese orden, esa conjunción de elementos que, al profundizar en ellos, hacen que uno no pueda evitar sentirse pletórico y al mismo tiempo aterrado?

domingo, 28 de agosto de 2016


Añoranza del ayer 
Hay veces que añoro ese mundo enclavado en la etapa intermedia de la civilización, un mundo donde la gente sentía cierto temor de las brujas, de los espíritus malignos y de los duendes; un mundo donde «ocurrían» los milagros que casi significaban una forma de vida o una forma de resolver los problemas. Era un mundo donde uno se cuidaba de no cometer pecados porque, si los cometía, se haría acreedor al Infierno o al Purgatorio. Cuando se regulaban las vidas gracias a las supersticiones, a los mitos; cuando se adoraba a un Dios cuya presencia nunca se osaba poner en duda porque Él era considerado como la base de la vida y quien otorgaba los premios o los castigos futuros o le «engatusaba» a uno con la posibilidad de convertirse en una especie de niño angelical que revoloteaba con sus alitas doradas adosadas a la espalda y con una sonrisa beatífica. Cuando este Dios era el preceptor del universo, el que todo lo sabía, el que premiaba lo bueno y reprimía lo malo. Era la época de cuando uno intentaba portarse bien porque Dios «lo estaba mirando». Me asustaba su mirada, pero, al mismo tiempo, me complacía el hecho de que todo un Dios Omnipotente me estuviera observando… Era un mundo simple, sin complicaciones metafísicas, sin dudas filosóficas, sin imposiciones científicas, sin física cuántica ni acelerador de partículas, ni vacunas contra el cáncer. Era un mundo definido por las buenas o malas acciones, o sea, cuando no se dudaba que Dios nos había puesto aquí y no se ponía en tela de juicio ningún signo de la creación ni se pensaba que éramos fruto de la casualidad, o de una explosión universal sin fuste, o de un Big-Bang colosal que solo con pensarlo uno ya se siente estremecido. Admiro y sueño con la etapa de los dólmenes y menhires, cuando los ciudadanos eran más ingenuos y recurrían a la danza y a la música para adorar a su dios, cuando la gente confiaba sus quebrantos a un Creador acomodado a sus necesidades, cuando todas las frustraciones o las dudas sobre el futuro se ponían en sus manos a la espera de que un milagro les restituiría la felicidad, y no tenían ninguna duda respecto a que ese dios les podía conceder lo que se le pedía, y si no él mismo, en su lugar, sus «secretarios» como la Virgen María y San José, o los numerosos santos protectores y con distintas especialidades, o el niño Jesús, un niño que nunca crecía y que cada año volvía a nacer y que se le cantaban villancicos llenos de esperanza, ingenuidad y buenas maneras. Era un mundo fantástico aquel: el mundo de los mitos, el de las ilusiones, el de los juegos inocentes como a «tú la llevas» y no ese extraño Pokemon de ahora… Era un mundo que sí, presentaba dificultades, más que el de ahora o de otro estilo, pero con el añadido de que se podían resolver con la ayuda divina; no como el de hoy, plagado de manjares, de vitaminas, de calcio, de drogas, de teléfonos celulares y realidades virtuales. Era entonces cuando existían las meriendas a base de leche frita y no las que nos recomienda McDonald que es quien ahora decide en qué han de consistir mis alimentos. Un mundo donde las supersticiones formaban parte de la vida, donde los Signos del Zodíaco tenían un significado y consolaban y llenaban de esperanza y producían ilusión o preocupación; donde los seres se preocupaban de hacer méritos dentro de la sociedad con el fin de ganarse el cielo. Era cuando había confianza en que nuestros difuntos estaban ahí, protegiéndonos y procurando nuestra propia salvación en la hora de nuestra muerte. Hoy nos hemos quedado solos, sin compañía, sin nadie que nos eche una mano, sin serafines y sin esperanza. Antes uno no tenía que preguntarse para qué se vivía, y hoy sí, hoy nos lo preguntamos en todo momento y no encontramos una respuesta. 

martes, 9 de agosto de 2016

La vida es agreste y complicada
Cuando profundizamos en la vida; cuando advertimos su complicada y heterogénea composición, en cualquiera de sus facetas, lo mismo si son biológicas que espirituales, o, sin ir más lejos, en los registros del comportamiento, o en las funciones donde nuestra mente nos dirige, no podemos por menos que sentir un estremecedor asombro, una fascinación y una turbación temblorosa. Los seres humanos respondemos a disposiciones universales que no son fáciles de asimilar y que, la mayoría de ellas, no son entendidas porque permanecen fuera de nuestro alcance aunque sean las que nos construyen, las que nos dan la vida, las que motivan nuestro comportamiento, las que aportan nuestras estructuras de arrancada, las físicas y las espirituales, las que nos hacen así, tal como somos. Es incuestionable que dependemos de las posibilidades económicas, de las educativas y las sociales, así como —es conveniente decirlo y, lo aseguro, no hay en mí una pizca de racismo— de las geográficas puesto que depende del lugar donde hayamos nacido y nos hayamos educado para que nuestra personalidad sea de una manera o de otra. Las influencias construyen nuestro carácter, lo conveniente de adaptarnos a las costumbres, que son las que hacen de nosotros un sujeto de determinados modos y necesidades, y que nos comprometen con doctrinas y estructuras sociales: en definitiva, las que nos endosan el «manual de comportamiento»; pero, por otra parte,  están nuestras disquisiciones, nuestros desencantos, aquello que fuerza nuestras acciones queramos o no y que muchas veces viene a representar nuestras desventuras, nuestra ansiedad por conquistar lo que no podemos y que, en infinidad de casos, no nos es posible variar. En lo personal, siempre trato de construirme a mí mismo, de inventarme quién soy y cómo debo vivir mi vida. En general trato de adoptarme a unas normas morales que no tienen nada que ver con los mandamientos de la ley de Dios ni con las doctrinas «justicieras». En la primera se contempla la norma de «no matar» como base principal. Y a mí no me cuesta nada cumplir este mandato, porque el hecho de que yo no mate a nadie no es por cumplir el primer mandamiento o por atenerme a las imposiciones de la ley, si no que es algo natural en mí y, como digo, no me cuesta nada cumplirlo. Yo no podría matar a otra persona, así: desenvainar un cuchillo y clavárselo a alguien, o meter un tiro en la cabeza a un semejante… Se trata de unos principios naturales en mí y no porque me hayan enseñado que matar es malo. A veces me comparo con un asesino sanguinario y me pregunto: ¿es posible que ambos seamos seres humanos y que los dos tengamos una mente, un corazón y unos sentimientos que nos asemejan biológicamente? Para no matar yo además de no necesitar un mandamiento de la ley de Dios tampoco me retienen las amenazas de la ley. No sé lo que haría en un caso extremo, cuando me enfrentara con alguien que sé que me va a matar a mí… Tal vez ahí no se trata de conceptos ni sentimientos: simplemente son instintos que me impulsan a defenderme. Pero, de ese hecho no puedo hablar porque en mi vida nunca me he enfrentado a un caso semejante. Así que vuelvo a la raíz para hacerme la pregunta: ¿qué diferencia puede haber entre el que mata por matar y yo? ¿Se trata de seres humanos de la misma naturaleza? ¿Cómo será que la Naturaleza no nos distingue aunque sea ella quien nos ha parido? A no ser que para que el mundo se desenvuelva como es debido, sea necesario que haya uno que mata y otro que no…  Tal vez el mal y el bien son necesarios para que el mundo progrese… No encuentro otra explicación.

jueves, 21 de julio de 2016


Danzando al son de la vida
¿Es la muerte un hecho físico y definitivo, o sea, ahí se acaba todo, se termina; quiero decir, que uno, después de «diñarla», ya no dispone de ningún más allá que le prolongue sus sentimientos y su deseo de chacharear y comer chocolate? ¿O esto de aquí es un principio, un medio, una estructura apta para colaborar en la obtención de entes espirituales? La verdad es que no sé si ahora, a mi edad avanzada, ando buscando razones para atenuar esa fase terrible de finalización física, de su exterminio definitivo y convertir los hechos en algo más soportable, menos truculento, más de carácter conceptual y hasta divertido. El otro día, en contra de mis criterios materialistas, me dio por pensar que pudiera ocurrir que la vida, el universo, necesitara a los seres humanos de forma que éstos constituyeran las estructuras básicas requeridas para producir espíritus, que vendrían a ser lo verdaderamente valioso y necesario, la fabricación de prototipos, o sea, algo así como el combustible necesario para que la vida funcione. Aclaremos: mi ocurrencia consistía en que para construir un espíritu era necesario partir de estructuras físicas, de cuerpos biológicos, y eso vendría a ser la razón de nuestra existencia en la Tierra y en otros planetas que pudieran estar habitados… De nosotros, los humanos, se obtendrían los espíritus necesarios para las energías, la esencia impulsora y hasta la intelectual. Después de pensar semejante cosa, me quedé tan tranquilo y, además, me vino la sensación de ser importante al descubrir el sentido de la vida. Así que puse una cara de beatífico entendido diciéndome a mi mismo: «¡Acabo de aclarar el misterio!». Pero, claro, esto no pasaba de ser un subterfugio, una forma momentánea de engañarme, de darme una esperanza carente de sentido, de aliviar en cierta medida esa angustia ocasionada por un final inapelable, sin remisión ni vuelta de hoja como es la muerte. Claro, que si se piensa bien, una estructura como la nuestra, entrañada en complicadas composiciones biológicas, mezcladas y combinadas con potingues químicos, viscosos y hormonales, y otras estructuras físicas y funcionales, si lo analizamos fríamente, desposeídos de mitos e imaginación calenturienta, no encontramos una explicación válida y se enajena nuestra mente al pensar que no respondemos a una necesidad concreta. Si la presencia de unos seres humanos, con cerebro, con facultad de hablar y de apreciar las estructuras físicas adaptándolas a nuestros modos, carecen de un fin y ponen en duda las razones de la creación, sean las que sean las que forman este tinglado inútil, eso desconcierta a cualquiera. Los animales actúan por instinto: saben lo que tienen que hacer sin necesidad de detenerse a pensar (al menos eso creo), mientras que el ser humano, con su facultad de decidir las cosas, con la facilidad de caminar de un lado para el otro, de sentir placer por la música y por el arte, de valerse de sus manos combinadas con su pensamiento para realizar infinidad de cosas, y de poseer unos sentimientos o recabar unas exigencias a la vida (lo cual influye en la evolución), además de su habilidad para leer, para inventar y desear cosas mejores y hacer que la vida se vaya construyendo, no tendrían explicación y harían que la vida resulte un timo.

lunes, 11 de julio de 2016


Necesidad de «convivencia»
Qué lío, qué situación tan dramática y descentrada se vive hoy en España y, sí, advertimos que también en el mundo… Me recuerda a los días anteriores de la guerra civil. Mires para donde mires, todo se presenta decadente. Hablar todos hablan, todos alegan, pero es para echar las culpas al vecino: «Yo no, ni los míos. Son los vuestros: los tuyos… Pero los míos no». A veces se usan los insultos para describir lo que hacen otros cuando es lo mismo que yo hago. Los más preocupante es que no existe un propósito verdadero para arreglar las cosas. Digámoslo de una vez: no hay un interés firme en solucionar los problemas, tanto los filosóficos como los materiales, porque hoy la vida está absolutamente sometida a intereses. Pudiera ser por aquello de que «a río revuelto, ganancia de pescadores», porque de los grandes capitales todo se puede esperar. Pero el caso es que la barbaridad comienza a ser una costumbre, una banalidad, algo de todos los días, un tema que forma parte de nuestras vidas. Ni tan siquiera se ve venir la hecatombe y si se ve venir, se contempla con cierto desdén. Hoy nadie se asombra por la muerte de inocentes… Cuando ocurre un desastre (como el de la discoteca de Orlando), se hacen unas carantoñas, se prenden unos pequeños cirios, se traen unas flores y después seguimos viviendo, dedicados a ver el fútbol que es lo que levanta pasiones, desarrollo emocional y quita las preocupaciones de la cabeza (aunque, cuando pierde mi equipo, me vienen otras). Ignoro si son los años los que contribuyen a que me esté volviendo trágico, angustioso y un tanto avinagrado. Receptor acuciado de lo perverso. Yo comento algunos de estos horrores con mis hijos (cada vez lo hago menos) y ellos me miran con una sonrisa de conmiseración: solo les falta decir, «Estos viejos solo piensan que todo se nos viene encima, que todo son calamidades…». Y luego me quedo callado, porque si comienzo a echar mano de las historias del pasado, me dicen: «Otro día me lo cuentas; es que ahora tengo que ir a…»  Y es que esto de terminar la vida bajo la versión de viejo es un desastre, una aberración, no pasa de ser otro de los grandes errores de la naturaleza. Pienso que yo no sé si la vida debe funcionar mediante un método determinado, pero, desde luego, no creo que sea este y ni tan siquiera parecido… O sí, porque todas las culturas por las que hemos pasado en la historia humana siempre han perecido con un desastre final. Vean a los egipcios, a los griegos, a los hititas, a los romanos, al Imperio Bizantino, a las grandes corrientes comunistas, al nazismo de Hitler, y a tantas filosofías explicativas… Yo, tal vez debido a mis años, creo que existe una falta de criterio práctico, una descompensación general, un desequilibrio entre la ambición y la mesura, y una disminución de los principios éticos. Nos falta, eso es verdad, alguien que nos diga cómo tiene que ser la vida… Pero mi asunto más preocupante es que esta especie de delirio sigue avanzado y parece  que aumenta en la medida que el tiempo transcurre.
Habría que determinar si en realidad existe la ética como regla natural o es solo una figura impuesta por las leyes humanas buscando la conveniencia social. La gran duda es si se trata de una fuerza natural, es decir, si tanto esta norma como las otras reglas que existen en la legislación humana han sido impuestas por un ser supremo o se han ido imponiendo entre los humanos por las necesidades de convivencia y para evitar que vayamos cada uno de por nuestro lado, ajenos a leyes y principios…

jueves, 9 de junio de 2016



Senderos de la vida
De cualquier manera yo, ahora, a mi edad (el 22 de este mes cumpliré 84 años), busco una definición de la vida: una razón, un motivo, un concepto que justifique mi presencia y que me traiga la calma espiritual; pero, en los caminos de esa búsqueda, se niega mi mente a asimilar la idea de que nos debemos a un caos fortuito o casual: un hecho de ese genero no entra en mi mollera por más que venga refrendado por una legión de científicos. Con semejante teoría esos sabios negados solo demuestran no poseer imaginación ni sensibilidad, ni ser capaces de asimilar funciones ambiguas: ellos solo se atienen a lo demostrado por el camino de la ciencia. Es increíble que haya tantos seres que no se cuestionen la existencia, sobre todo entre gente preparada y de pensamiento elevado. Solamente entre los creyentes, o en las religiones, en los que creen en un dios omnipotente se disimula tal dilema. No obstante, con dios o sin él, existen muchas muestras no científicas en la vida en las que se puede contemplar que tras de ellas existe una intención clara de crear vida o de ser propicia al menos para pensarse, y las intenciones no se crean por casualidad. Me refiero a la reproducción de seres con el elevado número de complicadas funciones físicas y espirituales que se ponen en juego. Me refiero a la presencia de un planeta como el nuestro que permanece rodeado de una profusión de pedruscos sin vida y sin funciones específicas. Hace poco leía un libro científico donde se decía que vivimos de milagro: habitamos dentro de un conjunto espacial que se sostiene y da vida de una forma poco científica, amenazado por un sin fin de agresiones físicas, como las grandes oleadas magnéticas y destructivas procedentes del sol (paradójicamente, porque, al mismo tiempo, el sol es el que nos da la vida…), o la lluvia de meteoritos, o los agujeros negros, o la ausencia de agua tan normal en otros cuerpos celestes, o la existencia inalterable de la gravedad que es la que nos sostiene y la que mueve el orbe, o el sentimiento constructivo y el rechazo de la maldad dentro de nuestros haberes morales. O el ingenio para producir vehículos, puentes, alimentos, o embelesarnos con la música y con el arte, funciones todas ellas dirigidas a la vida… Eso no se reproduce por los medios de la ciencia. 
¿Y entonces qué? Porque la idea de los creyentes (y no trato de echarla abajo, que conste. ¡Ojalá fuera yo uno de ellos!), de un Dios misericordioso, un Cristo hijo de Dios, que vino a la Tierra para «salvarnos» (¿salvarnos de qué?) y para transmitir «la verdad» aunque esa verdad les llegue solo a unos pocos elegidos es una idea absolutamente ingenua, infantil, falta de consistencia y solidez mental. ¿Habrá algo más incongruente que un Dios que nos vigila uno por uno durante la noche y el día y que nuestras actos los anota en una libreta con el fin de castigarnos? 
Hoy Dios se ha convertido en un medio de vida tanto para los que creen en él y tratan de difundirlo mediante puestos eclesiásticos y recibiendo grandes colaboraciones económicas de los acólitos, como para los que no creen pero que gracias a su actitud negativa se llenan los bolsillos mediante libros, cargos en universidades y manifestaciones públicas.

Lo mejor sería vigilar el comportamiento de uno y quedarse a la espera de ver en qué acaba todo: ¿con la muerte se termina todo o existe una extraña linea de prolongación? Ese es el dilema. En mi caso, vigilo mi comportamiento mientras de mi mente no se desprende el espíritu  mi esposa (muerta hace años). Dentro de mi corazón y de mi sentimiento (es una contradicción que no tiene cabida en mi forma de pensar) la siento a ella y siento que me alimenta espiritualmente. Solamente ella es quien me sugiere una esperanza y hace que mi función no decaiga. Y es curioso: ahora, después de que han pasado varios años, la voy descubriendo con mayor intensidad que cuando vivía junto a mí. A veces de tanto pensarla llego a sentirla, y me hace admitir (aunque sea a regañadientes) de que existe algo que late tras la vida regular. Con «su presencia» me obliga a sentir que está en alguna parte o que no se ha marchado del todo. Es muy, muy intensa la forma como se ha introducidos en mi… Mada Carreño, escritora y segunda esposa de mi padre, a la que me unió una buena amistad, cuando murió mi mujer me escribió una carta donde me decía:  «…me parece imposible que aquellos a quienes amamos desaparezcan para siempre; algún arreglo debe  haber por ahí  para que nos encontremos cuando pasemos al otro lado. Ni el amor ni el espíritu son cosas que puedan disolverse. Nada sabemos, pero es imposible  que esta inmensa lógica en que estamos envueltos no tenga sentido…»