sábado, 3 de octubre de 2015


Acerca de Espléndida vejez
Amigo Álvaro: Esta es mi… (considerémosla así)  provisional respuesta a tu poemario «Espléndida vejez»: Una vez leído, compruebo con cierta desazón que no se ha suavizado mi sensación inicial respecto a que en la etapa de viejo reside no solo el fin de la vida física, sino el final de la vida intelectual, emocional y moral. La vejez representa la destrucción de los recursos mentales y físicos, la torpeza, el ninguneo, la invisibilidad (los viejos somos cada día más «invisibles» ante los demás, menos notorios, estamos menos presentes), el desencanto ocasionado por el hecho de que te atiendan si acaso por respeto, y no por la importancia de lo que comunicas apoyado en tu experiencia o tu conocimiento… A pesar del lirismo de tu mensaje, que te agradezco y me ha permitido disfrutar de unas horas de esparcimiento (fue como si hubiese escuchado una sonata de Brahms, solo que, una vez concluida, todo continua más o menos igual. Claro, debo añadir que la poesía no es ningún antídoto… Si acaso, sí lo es para el que la escribe). No puedo dejar de considerar que en la vejez no es posible hallar esplendidez, y que esta fase de la vida solo se puede alinear con una perversión en la estructura general de la existencia. Lo demás, sería «dorar la píldora», engañarme a mí mismo. La vejez es como un castigo de la Naturaleza, una patada en el trasero, un ¡vete para afuera, tú ya no sirves, y ya no tienes nada que hacer ni que decir aquí! Al margen de que convengamos entre tú y yo que la vida toda no tiene ni pies ni cabeza pese a los decorados atrayentes que se nos presenta (como el cielo de un azul purísimo, el mar y la playa que estoy viendo ahora desde mi ventana, pero que, a pesar del embeleso, no es posible dejar de considerar que ese mar «ya pertenece a los otros y no a mí») y las bellezas naturales, casi domésticas, especialmente diseñadas para el recreo del mortal, si lo vemos bien –y te lo digo apoyado por Freud–, todo está dispuesto y decorado para estimular la procreación, para que la gente se enamore, fornique, y traiga hijos al mundo. Esa es nuestra misión primordial en la tierra, lo que se nos exige. No encuentro otra utilidad generada en los indefensos y anónimos mortales. Es como si el ser supremo nos necesitara porque se alimenta del dióxido de carbono que expelemos. La procreación es lo único que parece interesar allá en los confines, sin perder de vista la enorme paradoja que encierra: Mientras la nomenclatura de la vida nos anima a traer hijos al mundo, nos incita a que paulatinamente la vayamos destruyendo (mientras extraemos su petróleo, cortamos sus árboles, nos destruimos entre las personas mediante las guerras…). En realidad, parece como si existieran dos dioses interesados en nosotros y en nuestras actitudes, que estuvieran liados en una lucha permanente: uno es positivo y otro negativo. Uno que construye, infunde dulzura, sensibilidad, amor, poesía, sentido del arte, buenas ideas; el otro destructivo, sembrador de amargura y desgarrados, artífice del desánimo, con intenciones exterminadoras, y ciento por ciento realista. ¿Tendremos que rendir cuentas algún día por nuestros actos? El gran equívoco, el más inadmisible, el inexplicable según nuestras concepciones terrenales, es que el asesino, el canalla, el ladrón, el perverso repose durante el silencio eterno en el mismo nicho que el justo, el bondadoso, el virtuoso, el compasivo, el honesto! Este «pormenor» es lo único que me sugiere o me invita a creer que puede haber otra vida en otra dimensión o un juzgador celestial que nos compense de los desengaños recibidos si lo merecemos. Porque, es inútil que diga que la justicia de nuestro mundo no castiga las perversiones morales, la mentira, la envidia, el rencor, las malversaciones espirituales, las deshonra, el irrespeto… Y, conste: con esto que digo no quiero significar que exista en mí un temor a la muerte. A lo que le temo es a ir perdiendo mis facultades intelectuales y físicas, a mi inutilidad creciente, a convertirme paulatinamente en objeto de ninguneo. Espléndida vejez, aparte de su calidad artística, está escrito con la intención de resquebrajar la realidad, o dorarla, o hacer de la vida un episodio pasajero, lírico, menos tenebroso de lo que es. Pero pierde de vista algo tan imperfecto como es la muerte y su tétrica condición. Para mí la vida tiene que tener un sentido o, en caso contrario, sería una «chapuza»… Y, conste, me encuentro muy lejos de Jaques Monod y de su «azar y necesidad», carente de significado, de razón, de condiciones y de posibilidades (si el universo posee una estructura, y una relación indispensable de unas partes dependientes de otras, no se puede deber al azar, sino a una estructura trazada), pero sí me encuentro muy lejos de considerarnos la parte más importante de la creación, donde lo más imperfecto y tenebroso, lo más descuidado, es la «vida de viejo», así como la muerte y sus tétricas formas. 

Pero, por lo que a mi respecta, aunque no he logrado una «vejez espléndida», puedo decirte que estoy bien de salud y que solo vivo en la desesperanza causada por una vida llena de frustraciones morales y emocionales (hay que considerar también que comencé mi «labor intelectual» excesivamente tarde y eso me obstaculizó el camino y me acortó las buenas sensaciones), pero, dentro de esa anomalía, puedo asegurarte que aquí en Puerto Rico he alcanzado un cierto equilibrio espiritual. Vivo en un sitio tan bello como es la Avenida Isla Verde, en un estimulante paraje y frente a una hermosa playa caribeña. Para mis últimos años no podría desear nada mejor. Y lo hago dentro de un conveniente reposo moral y existencial mientras se multiplican mis descendientes (mi hijo Daniel acaba de convertirse en padre de dos gemelos, hombre y mujer) siguiendo los requerimientos de la Naturaleza. Esto, a buen seguro, será lo que me perpetúe. De todos modos, permíteme que te felicite grata y calurosamente por tu poemario. Si existe un Dios, no me cabe la menor duda de que tú eres uno de sus elegidos…

lunes, 21 de septiembre de 2015


La física cuántica cubre nuestras vidas
La abundante cantidad de interpretaciones que existe sobre cualquier manifestación de la vida, es más bien confusa y, en la mayoría de los casos, contradictoria. Eso demuestra que, la realidad es que no sabemos nada de nada, ni estamos seguros de cuál es el motor que nos pone en marcha o qué tipo de gasolina se usa y quién nos la inyecta. Todas las manifestaciones sobre nosotros no pasan de ser conjeturas y, en la mayoría de las ocasiones, probablemente sin fundamento. Por ejemplo, en los últimos días me llama mucho la atención la interpretación de los sueños. Desde Freud y Jung no han parado de opinar los psicólogos, los neurólogos, los científicos, los profetas, los brujos, los anacoretas, y aquellas personas a quienes se les endurece la lengua si no la usan (como me ocurre a mí). Te invade una especie de afán ciego y promocional de interpretar la vida, como si ella fuera interpretable. Los seres humanos, llámense Dawkins, Dennett, Stephen Hawking, Freud, Einstein, Perico de los Palotes, solo hablan y hablan (o escriben) aunque tienen tantas dudas como puedo tener  yo. Pero, los sueños son indescifrables, y eso que son muy diferentes de unas personas a otras puesto que depende del carácter y la personalidad de cada quien. Tal vez influyen los deseos no logrados, o los fracasos de amor, o las envidias, o los complejos de inferioridad, o las insatisfacciones. No sé. Respecto a mí, ya decía el otro días que mis sueños son un tanto desbaratados y que nunca sueño con aquellos asuntos que suelo tener entre manos. Ocurren sin tener ninguna relación con mi vida diaria física o espiritual. Pero, ¡alto!: solo cuando sueño con mi difunta esposa es cuando mi sueño tienen un deje de actualidad además de un argumento, un sentido, un ahora y hasta un porqué. Hace unos días soñé que estaba cenando en un restaurante muy elegante con un matrimonio que no puedo precisar de quién se trataba. Puede que sus expresiones no tengan ni pies ni cabeza, pero cuando salí del sueño y me desperté eran las 3 de la madrugada y me levanté para ir a mi estudio y anotar lo que esta persona me había manifestado. Ante una conversación relacionada con la proximidad a mí de mi mujer y su participación en mi vida, él me aseguraba que no se trataba de su espíritu, sino de su «composición cuántica». ¡Los espíritus no existen!, enfatizaba esta persona. Todo en la vida es física —decía mi interlocutor—, energía cuántica, de ahí proceden nuestras ilusiones espirituales y lo que nosotros denominamos nuestra alma, nuestros impulsos, nuestros pensamientos. Y ya se sabe casi con seguridad que las partículas cuánticas no desaparecen con la muerte. Solo se transforman. En el caso de tu mujer —me dijo—, el equipo esencial de partículas cuánticas que formaban la vida de ella, muy bien se han podido trasladar a ti y habitarte. Pero —aunque sobre esto todavía hay mucho que estudiar y descubrir—, sí se puede decir que la energía cuántica es el principio y el fin del mundo que nos rodea. Si existe un Dios, solo tuvo que acudir a la física cuántica para crearnos, tanto a nosotros como al mundo que nos rodea. Por esa razón, en esos experimentos que se están haciendo con el famoso acelerador de partículas de los Alpes, se asegura que ahí se descubrirá la partícula de Dios… Luego recalcó a modo de colofón: si sobre nuestras cabezas existe un creador, se podría decir que es un Gran Físico, un Gran Científico…

miércoles, 9 de septiembre de 2015

¿Tú lo sabes? ¡Pues yo no!
Dijo Pascal: «El ser humano contempla la majestad del universo y queda sobrecogido. Se espanta de sí mismo, encogido, temblando entre esos dos abismos del infinito y la nada». Unos años después, Gombrowicz, con ánimo de suavizar el fatalismo de Pascal, nos soltó otro pensamiento: «Es necesario someterlo todo a la duda absoluta, hasta que la razón obligue a admitir una idea por fuerza…». Y, entre uno y otro, el señor Nietzsche (¡no podía ser otro!) vino a dorarnos la píldora asegurando que no hay hechos, solo interpretaciones. Y, ya, a estas alturas, tras haber sido cada día vapuleados y más confundidos a base de meternos tal cantidad de metralla en la cabeza, por el momento, dejamos de temblar al tiempo que esbozábamos una sonrisa igual que la que siente el cretino que no comprende nada de nada. Y es que la interpretación de la vida es azarosa, confusa, mísera, inútil, sangrante. Gracias a que la mayoría de la gente vive a su aire y cree a medias lo que nos han contado, porque, de lo contrario, nos pasaríamos todos los días de nuestra vida compungidos y sin saber en qué árbol ahorcarnos, preguntándonos quién soy, qué hago aquí, y qué me espera.
Quizás la posición más natural, la más consciente, es refugiarse en el agnosticismo y decirse: Si somos el producto de Dios, bien; y si provenimos de la casualidad, pues bien también. Sea lo que sea, he tenido la fortuna de vivir y contemplar la vida con la ilusión de que me espera un buen premio al final de todo. Aunque, después, cuando llegas a viejo te das cuenta de que de premios nada… Por esa razón, por lo que a mí respecta, he decidido dejar de agobiarme, porque me doy cuenta de que no hay nada que esperar y que no encontraré nada que me calme del todo. Y me digo: Tengo que tener un comportamiento digno, eso sí, amplio y contundente porque así me lo exige la naturaleza. Dijo el sabio: el cerebro proyecta en el mundo exterior lo que él internamente genera y nos hace creer equivocadamente que todas esas cualidades secundarias tienen su origen «ahí afuera». En realidad, quien ve, oye, huele, gusta y siente es el cerebro. Los órganos de los sentidos, los sensibles,  son completamente neutrales. Pero, ¡qué cosas! ¿Por qué no deleitarnos con el azul del cielo aunque sea o no sea azul de verdad, y con la poesía que nos produce la contemplación del mar, o con la música que nos eleva el alma, mientras nos deleitamos con un helado de chocolate, y vivimos a base de sensaciones dulces y alentadoras con el pensamiento conmovedor y tranquilizante como decirnos: «Alguien tuvo que preparar esas ventajas para mí, para que yo me deleitara sin ponerle más pegas.»

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Epílogo de un sueño
No tengo ninguna duda de que aún habiendo sido formuladas numerosas interpretaciones de los sueños, existen varias que son acertadas. Ernest Jung nos legó algunas de las más certeras. Y, ya me conocen, por mi parte no acepto con los ojos cerrados todo aquello que afirman los psicoanalistas o los científicos en general. Cada uno de nosotros elaboramos una vida adaptada a nuestras condiciones personales, a nuestra composición psíquica… En mi caso, mis sueños suelen ser un tanto desbaratados, inconexos, abstractos. Aunque, lo más curioso es que cuando sueño con Angelina ocurre que se componen de una historia, con un principio y un final, casi de carácter cinematográfico. El texto que sigue a continuación es lo que escribí tras mi decepcionante sueño relacionado con mi visita a un mundo imaginario que fue publicado en mi anterior blog. Un sueño que me llevó a un mundo que podría ser cualquier lugar de la Tierra. Allí me encontré con Angelina y, salvo la dicha que siento al soñar con ella (no deja de ser una manera de volvernos a encontrar), éste no tuvo otro significado que la depresión que me causó. Este texto, creo que fue ella misma quien me lo dictó porque entró en mi mente solo, sin yo procurarlo: «Pobrecito mío. Tus sueños conmigo no los provoco yo… Son solo producto de tu subconsciente, o sea el reflejo de tus deseos, el símbolo de tus temores, el de tu resentimiento, el de tus amores no completados o no del todo resueltos. Ese sueño es un  destello adaptado a los significados terrestres,  porque si hubiera ocurrido en realidad como tú lo expones, en aquel momento yo ya no tendría cuerpo y no se desarrollaría con elementos ni configuraciones humanas (personas preocupadas, muebles, automóviles, ascensores que suben y bajan, sentimientos de celos, angustias, momentos tensos…). Acepto que tu cerebro, tu alma, al huir de tu cuerpo, hubiese podido arribar en otra dimensión guiada por otras normas, por otras leyes, por otra generación de sistemas, apegada y funcionando en otro desenvolvimiento, pero es un asunto del cual no podría darte información dado que yo ignoro sus mecanismos. Para mí, que fue un sueño más bien elaborado por tu cerebro, por tus dudas, por tus pasiones, incluso, por tus temores o por tus deseos. Pero yo no puedo ni debo explicarte cómo funciona la vida fuera de las estructuras humanas (existen barreras infranqueables inclusive para mí). Y así debe de ser como parte del mecanismo existencial y porque si conociéramos los pormenores de la vida, su razón y procedencia, entonces no habría diversidad, todo sería opaco y sin variación ni de forma verbal ni estructura física. La vida está hecha así y a eso debes limitarte: se tiene un cerebro que solo es aplicable a lo terrenal, a sus sucesos, a sus leyes y a la aventura de vivir y con eso debes darte por satisfecho; lo que haya o no haya después solo puede construirse en tu imaginación, elaborado por los fracasos, por el sentido de conservación, por los anhelos, por el deseo de que la vida continúe de alguna manera. También por los remordimientos, o por los sentimientos. Yo, generalmente, vivo dentro de ti y, en muchos aspectos, soy el reflejo de tus sueños, de tus pasiones y de tu amor por mí. Tú, con tu recuerdo, con esa ilusión de que yo estoy en alguna parte, eres quien me da la vida. Esa es la realidad de hoy, el estado de nuestras vidas (o de nuestros reflejos en mi caso), y tenemos que limitarnos a ello, amor, aceptarlo, aprenderlo a vivir, disfrutarlo».

viernes, 21 de agosto de 2015


El sueño
Estaba entregado a un sueño, no cabe duda, aunque no pueda precisar cómo comenzó ni los sucesos que pudieron haber tenido lugar antes de que me percatara de la historia que estaba soñando. Sí se podía deducir que yo había fallecido, porque, cuando tuve conciencia de estar envuelto en dicha alucinación onírica, me encontraba en lo que habría que describir como un refugio o una sala de espera situada en el camino de la Gloria.
Tampoco estoy en condiciones de aclarar cómo llegué hasta allí, por qué medio, es decir, si fui impulsado por mí mismo o me transportaron.
Por su aspecto general, habría que identificarlo como una antesala porque me hallaba en una amplia estancia donde se veía una muchedumbre confusa y anhelante, la cual me dio la impresión de que se hallaba en una situación tan poco clara como la mía: unos iban de un sitio para otro recabando información en tono dramático y desesperado; los había que formaban corrillos y conversaban excitados (aunque sus palabras me sonaban como si fueran pronunciadas lejos de mí o en otra recámara y las percibía con eco que retumbaban en mis oídos). Varios de ellos, los que supuse que llevaban más tiempo, estaban tranquilos y permanecían sentados en torno a pequeñas mesas jugando al dominó, al ajedrez, o a un juego de dados que muy bien podría tratarse del parchís, la oca o el backgaamon. Pude identificar a varios amigos fallecidos antes, quienes, al verme no hicieron ningún aspaviento, sino que me saludaron con una sonrisa o levantando el brazo, y siguieron jugando como si se tratara de una situación absolutamente «normal» encontrarse con un conocido recién llegado a un lugar tan indefinible como aquel. Yo simulé que no tenía interés en pedirles referencias de la situación, y continué mi camino de merodeo.
Repentinamente, reparé en Angie. La vi cuando venía hacia mí. Advertí también con cierto estupor que la muchedumbre que la rodeaba le abría paso como si considerara que era poseedora de una posición jerárquica superior. Solo se apreciaba su cabeza y parte de su torso y por más que me aupaba sobre mis pies no había forma de verla de cuerpo entero. Aunque no sé de qué manera descubrí que llevaba en la mano una de esas carpetas amarillas que se suelen usar en las oficinas, y reparé que dentro de ella había varios papeles algunos de los cuales sobresalían por los lados de forma desordenada, produciendo la impresión de haber sido guardados apresuradamente. Aún con eso, tenía un aire de ejecutiva, o de secretaria, o de recepcionista, o de jefa de negociado, o de encargada de departamento.
Según se acercaba a mí, vi que me miraba, pero no era la misma mirada directa y dulce de cuando vivíamos en la Tierra, sino una mirada como borrosa, o desvirtuada, o perdida, es decir, que no transmitía mensaje alguno, como la de antes, que partía de unos ojos cautivadores, y contenían una manifestación de amor; pero ahora ni me sonreía, algo que siempre fue tan habitual en ella –lo cual me preocupó hasta inducirme a pensar que estaba enfadada conmigo por la razón que fuese–. Iba muy bien vestida, de eso sí estoy seguro; llevaba un vestido suelto verde-manzana, aunque esto del color no lo retengo con demasiada certeza. Me viene a la memoria la fastuosidad de su cabello, de un color cobre claro salpicado con algunas hebras más oscuras (lo cual le daba cierto aire de actriz o de persona desenvuelta). Lo llevaba suelto y, por lo que parecía, estaba recién lavado, ya que toda la melena se movía con mucha gracia al compás de sus movimientos de cabeza.
Lo que más me apesadumbra es que no puedo recordar su cara debido a que entra en mi sueño un tanto borrosa; se podría decir que tengo una idea general, pero no en detalle. Tampoco me saludó al encontrarse conmigo, lo que confirma mi impresión de que el sueño tenía unos antecedentes que no recuerdo, o sea, que ya nos habíamos visto antes. Tuve la sensación permanente de que ella se mostraba contrariada, molesta, o sea, como si esta gestión de recibirme la cumpliera forzada por una orden superior, pero que a ella, en lo particular, no le producía ningún agrado.
—Ven, acompáñame. Tenemos que ir a ver al director de... —se limitó a decirme con amabilidad pero fríamente, sin que especificar con claridad de qué director se trataba.
Por mi parte, sin más preámbulos, me limité a ir tras ella. Pero ya, para ese momento, comenzaba a sentirme incómodo ante una recepción tan fría y ante esa tirantez o esa incomodidad que aparentaba. Lo más lamentable, lo más decepcionante, es que después de los años que habíamos vivido juntos —unos cuarenta—, y la gran confianza íntima y amorosa que se había generado entre nosotros, ahora ella no se sintiera interesada en hacer una mención del pasado, ni preguntarme por nuestros hijos y nietos, ni se viera necesitada de darme una explicación, aunque fuera superficial, en relación al lugar donde me encontraba, ni acerca de quién o quienes eran sus gobernantes, y lo que pudiera esperar en un futuro cercano, ni cuál sería mi destino o qué era lo que se pretendía en un lugar como aquel. Tampoco me expuso sus planes en cuanto a si volveríamos a vivir juntos, como en la Tierra, o cada cual tendría que desempeñar su vida por separado. Una idea que se me hacía insoportable y que me daba la impresión de que aquello de ninguna manera podía tratarse de un paraíso.
Mientras caminábamos por la sala, la muchedumbre, como ya venía siendo costumbre, al verla venir, se abría y le formaba un pasillo, lo que nos permitía transitar con cierta comodidad. Desde luego, lo que sí está claro es que, aquí, Angelina tenía una jerarquía, una función superior a lo normal, o una comisión de mando...
Llegamos ante un ascensor y, aunque había una aglomeración deseosa de entrar, y se apretujaban unos con otros, nos permitieron pasar a nosotros los primeros a pesar de que habíamos llegado los últimos.
Se trataba de un ascensor inmenso, con capacidad para más de ochenta o cien personas. Angelina y yo nos colocamos al fondo, mientras los otros pasajeros formaron un pequeño círculo en torno nuestro, de forma que así evitaban que nos rozáramos con ellos. Y, mientras esperábamos que el vehículo arrancara, todos nos miraban con cara sonriente y expectante, como si nosotros representáramos una solución. Parecía como si aquel paso, es decir, el viaje en aquel elevador, tuviera el significado de un logro dentro de un programa determinado de etapas que había que recorrer.
El ascensor ascendía muy lento y todos los ocupantes permanecían silenciosos, pegados unos a otros, pero sin mirarse.
Esperamos pacientemente a que el ascensor llegara a su destino (que debió de ser a un lugar muy distante a juzgar por lo que tardó en subir). Pero, hasta el final, permanecimos en silencio, sin que nadie mostrara ningún deseo de comunicarse ni de hacer preguntas. Era lo que más me chocaba, que todos estuvieran silenciosos, como si no se conocieran o supieran de antemano cuál sería su destino final. Yo, de cuando en cuando, miraba a Angelina y la veía ensimismada en sus asuntos (de cuando en cuando examinaba un papel de su carpeta). Pero me extrañaba que no se interesara por nuestros hijos o por los últimos acontecimientos familiares, o por sus amistades más queridas, o por sus sobrinos, o por la vida de los suyos en general. Y, lo peor de todo, que no me dedicara una sonrisa, ni mostrara el menor afecto hacia mi persona. Ni que tan siquiera me dedicara un beso o una caricia como aquellas que acostumbraba...
Cuando el ascensor llegó a su destino, los pasajeros hicieron como en la partida: nos abrieron un pasillo para que pudiéramos salir sin dificultad, lo cual, una vez afuera, nos permitió caminar con cierta holgura. Pero Angelina no tuvo la delicadeza de dar las gracias o sonreír. Lo cual me pareció sumamente chocante y de mala educación... Si en la Tierra ella sonreía a todo el mundo y tenía propensión a mostrar su agrado, no podía entender su actitud ahora, tan seria, tan distante, como si no le importara si caía simpática.
Salimos a otra enorme sala parecida a la que habíamos estado antes: con mucha gente que caminaba de un sitio para otro... Aunque ahora sí me parecía que solicitaban información. Incluso, me dio la impresión de que los recién llegados se acercaban a unos que podían ser monitores o personas habilitadas para desempeñar tal función, y mostraban una tarjeta o un documento dónde se les facilitaba una información respecto a lo que tenían que hacer de aquí en adelante Pero Angelina se dirigió claramente hacia un lugar determinado virando a la izquierda del ascensor. Yo la seguí sin esperar que ella me lo indicara. Caminaba dos pasos detrás de ella, lo que me daba la oportunidad de observar su tipo, tan juvenil y lleno de gracia, sus piernas bien torneadas, y su nalga de jovencita. Me entraron ganas de decirle algún piropo o hacer algún comentario alabando su aspecto, pero me contuve porque la encontraba en aquel momento muy lejos de mí, muy distante. Y, cosa curiosa, después de tanto tiempo de abstinencia, en ningún momento sentí un deseo sexual ni, mucho menos, me vi comprometido con una erección. Solo buscaba en ella esa amistad, ese cariño que siempre hubo entre nosotros cuando vivíamos en la Tierra. Pero me contuve temiendo que me soltara alguna expresión poco conveniente si manifestaba mi admiración y me dejaba más decaído de lo que estaba.
Después de caminar un momento, ella encontró lo que buscaba: era un pequeño cuarto en penumbra donde había un sofá más o menos desvencijado, y allí me pidió que la esperara sentado, arguyendo que tenía que hacer una gestión y que enseguida volvía. Yo le pregunté que si allí no habría un libro para esperarla leyendo, y ella me contestó que en aquel lugar los libros ya no se usaban y ni siquiera existían. Y yo me quedé de piedra, y expresé abiertamente —aunque muy en contra de mi voluntad—, que cómo podían vivir sin libros y sin nada que les alimentara la curiosidad y el conocimiento. Ella —¡por fin!— me contestó que no había libros pero había otras cosas, sin especificar a qué cosas se refería. Lo más sensacional de todo es que en este momento, al hacer esta afirmación, sí me pareció descubrir una tenue sonrisa en su boca, o, bueno: también pudiera tratarse de una mueca de desagrado...
Me senté y cuando estaba pensando que habría tiempo de aclarar tantas dudas, me quedé dormido.
Y ella, no sé cuánto tiempo después, me despertó con un ligero toque en el hombro.
Al despertarme, estaba parada frente a mí.
Pero lo pasmoso es que estaba posando como si se tratara de una modelo de las que se veían en televisión.
Y lo más grandioso es que ahora sí sonreía.
—Te he dejado dormir porque debes de estar cansado. ¡El viaje en el ascensor ha durado mucho y aquí hay demasiado ajetreo! Así que despierta que ahora es cuando llega la entrevista más importante que tenemos —me dijo con una amabilidad no vista hasta ahora.
Yo me froté los ojos, me alisé la ropa con las manos, atusé el poco pelo de mi cabeza casi pelada, y me mostré más que dispuesto a acompañarla fingiendo que era todo un ser avezado en estos menesteres.
Caminamos por la orilla de la sala y me pareció que dábamos un rodeo para evitar encontrarnos con alguien. Finalmente llegamos a una esquina donde abrió un pequeña puerta medio secreta con una llave y salimos al exterior, que era como una calle. Lo cual me sorprendió porque, en teoría, habíamos estado subiendo todo el tiempo.
Pero yo intentaba mostrarme como un ser maduro que no se sorprendía por nada.
Era una calle muy vistosa: del lado donde estábamos nosotros había varios edificios grises; en el lado de enfrente, había como un bosque, lleno de árboles y diferentes plantas.
—Debemos esperar a que venga un coche a recogernos —dijo ella.
En eso llegó un automóvil semejante a una limusina y se detuvo a cuatro o cinco metros de nosotros. De él se bajaron dos individuos de pelo blanco, más bien mayores. Se nos quedaron mirando e hicieron algún comentario entre ellos en voz baja que, según mi impresión, se referían a Angelina. Y no me pareció decoroso porque exhibían una sonrisa burlona o de poco respeto.
No me pude contener. Apreté los puños y me dirigí a ellos amenazante.
—¡Oye, tú, qué estás mirando con esa sonrisa de imbécil! ¿Es que quieres que te rompa la cara! —grité, poniendo expresión de matón .
Pero Angelina me contuvo con firmeza.
—¿Pero qué vas a hacer? —dijo—. Aquí las cosas no se resuelven como en la Tierra. Aquí no existe la violencia. ¡Tienes que tratar de aprenderlo...!
En ese momento me desperté, y me encontré balbuceando palabras incoherentes que pertenecían más al sueño que a la realidad.

Pero no pude distinguir lo que decía.

viernes, 14 de agosto de 2015



La evolución del ser
En este momento la humanidad parece estar llegando a una situación en la que nadie, por muy docto que se sea, está en condiciones de exponer con seguridad, ni argumentar las razones de nuestra presencia, nuestra creación y nuestra procedencia en el planeta Tierra. Lo mismo si es creyente que si es ateo. A nadie, absolutamente a nadie, le es posible asegurar si hemos sido creados por un ser superior o somos la extraña e inexplicable consecuencia de un sucedido aleatorio. Y menos aún estamos en condiciones de considerar cuál puede ser nuestro destino o nuestro fin. Hoy, a pesar de tanta evolución o a causa de ella, nos vemos envueltos en una ignorancia que, en primer lugar, parece causada por la propia estructura impuesta a la Naturaleza, y, posiblemente, debido a su determinación funcional o a las leyes de su configuración. En segundo lugar, por la obcecación, la cortedad o el desvío mental de los ciudadanos en general. Es muy fácil agarrarse al mito y a las ficciones que apoyan un interés o avenirse a la simpleza y terquedad de lo manifestado por la ciencia, pero es obvio que ni ésta ni la filosofía vienen a resolvernos nada desde el punto de vista metafísico por más que profundicemos en el tema. Puede haber opiniones de gente más o menos impulsiva y docta, de esa que se atreve con todo, pero ahí mismo es donde se demuestra la ignorancia, el interés y la falta de sensibilidad. Porque tratar de justificar nuestra existencia a secas apoyados en la ciencia, en sus grandes y complicadas dimensiones, produce escalofríos, y, además, eso no elimina la presencia de un ser superior a quien el sector creyente denomina Dios como expresión de la cultura, con lo cual destapamos nuestra incapacidad o nuestro temor a la soledad al advertir que no significamos nada para nadie. Para mí que hace ya muchos años que se perdió el equilibrio y no se puede determinar si su pérdida o su descenso se debe a nuestro desinterés, a nuestra condición de seres cada día más «civilizados» o al embrollo exigido por el plan general, sea el que sea. Esta misma idea también pudiera ser un signo de la propia evolución, una consecuencia del gran resultado que se persigue y de nuestro desarrollo cultural. En la prehistoria, cuando los primeros seres humanos bajaron de los árboles, no estaban en condiciones de preguntarse quienes somos y qué hacemos aquí. Pero, a medida que fuimos desarrollándonos, tan pronto como comenzamos a pensar por sí mismos, no nos quedó otro remedio que justificarlo todo remitiéndonos a la presencia de un Dios. Hasta que llegamos al momento actual, cuando tratamos de razonarlo todo y, en le misma medida que nos cerramos a la espiritualidad, crecemos en materialismo. Pero también pudiera ocurrir que tal fuera la exigencia de la vida, lo que se espera de nosotros y de nuestra proyección hacia el futuro.

viernes, 7 de agosto de 2015














Tu presencia en mí
Estoy tratando de limitar tu presencia en mi vida, o en mi pensamiento, o atemperarlo, o, por lo menos, aceptarlo con calma, sin echarle tanta pasión, o dejarlo quieto y aceptarlo sin alardes, como algo que necesito para vivir. Porque hay algunas veces que siento un desasosiego, psicológico o pasional, que acentúa mi depresión y limita mis actividades, me arrincona, me causan pesares, melancolías, pocas ganas de vivir. Los hay que hasta modifican mi respiración. No quiero dejar de alimentarme de ti, que conste, porque no me puedo imaginar mi vida sin tu presencia, pero a veces me abruma, es demasiado; es como un vicio, un abandonar las otras cosas para dedicarme a ti, y pensarte, desmenuzar tus entrañas y ver si soy el dueño de tu ser, o de tu espíritu. Pero quiero asumirlo con sencillez. Porque todavía, cuando contemplo tus fotos, mi corazón da un brinco y comienza a latir un tanto desbocado. Y lo peor de todo, es que yo me recreo en ello. Gracias a ti he descubierto una capacidad de amar que antes quizás me faltaba o la tenía pero no me daba cuenta. Aquí, en esta foto, estás preciosa, con esa actitud tuya que el otro día pensaba que tenías unos comportamientos dulces y delicados, nada imitativos, nada fingidos. Siempre eras tú. Lo que más me mortificaba eran tus silencios, tu sufrimiento intimo, que te lo guardabas para ti, como si no quisieras repartirlo con nadie o no quisieras alarmar. Hoy incluyo la última fotografía que he recibido de Dani, con sus cuatro hijos que son nuestros cuatro nietos (y otros dos más contando a Viviana y a David). (Debo decirte que tu hijo Dani es mucho más maduro de lo que representa en esta fotografía con ese uniforme del Atleti, aunque, por otra parte, no deja de ser muy artística y surrealista…)