miércoles, 12 de marzo de 2014

Pasar la vida leyendo
Claro, ahora, en estos tiempos tan «tecnificados» que vivimos, el ejercicio de leer se ha puesto más al alcance de los aficionados a la lectura debido al llamado libro electrónico, o libro digital, o (para usar un expresión anglófona que cada día está más generalizada) los e-books. Es más, precisamente hace unos pocos días, al consentir Amazon que su Kindle pueda instalarse en el iPad de Apple, ha facilitado la evolución digital, porque ahora en un solo aparato (en mi caso un «miniaipad»), además de leer, me permite resaltar frases, explicar mis impresiones mediante notas marginales, o destacar aquello que me da una idea, o que me descubre una fórmula cuántica o una clave filosófica. Y dispongo en mi biblioteca digital de cerca de 80 títulos que me acompañan a donde yo voy. Los tengo clasificados por materias. La enorme ventaja del libro electrónico es que puede viajar con uno, a donde quiera que vaya, trátese de un viaje en avión o uno en tren o en el metro, o en la sala de espera de un médico, o mientras se aguarda a ser recibido por un funcionario de hacienda… Y tengo junto a mí a una biblioteca que si no fuera por este sistema no sería posible transportar y menos en una bolsa de costado. Tendría que esperar a llegar a casa y allí sacar de mi biblioteca el libro físico que esté leyendo, coger el bloc de notas, el marcador amarillo, y comenzar mi trabajo. En cambio aquí lo tengo todo a la mano, a merced de un dedo… Y, conste, no estoy despreciando el libro impreso (yo he vivido casi toda mi vida trabajando en editoriales y con las editoriales he sostenido mi vida y la de mi familia). Y me gusta hojear un libro, y oler su tinta, pero no dejo de reconocer que el libro digital tiene sus ventajas.
En estos días estoy leyendo un maravilloso libros científico titulado De Physica, que profundiza en la ciencia, la astronomía, la astronáutica y la física cuántica y que dispone de una serie de vídeos reproducibles, gracias a los cuales se puede ampliar gráficamente el conocimiento sobre la materia relacionada. Y en otra «biblioteca» especializada tengo un libro sobre la vida de Mozart, donde se te da la oportunidad de, mediante unos links muy oportunos y estratégicamente situados, entrar en otros vídeos musicales y escuchar las interpretaciones de este compositor.  
También estoy leyendo una novela muy interesante titulada La cocinera de Himmler, que es la memoria de una mujer que vivió 112 años y nos está narrando una serie de historias vividas por ella (armenia de nacimiento) la mayoría de ellas relacionadas con la crueldad humana, con las persecuciones étnicas (la de los turcos del Imperio Otomano a los armenios; las diferentes persecuciones sufridas por los judíos en Europa, las de Stalin, las de Hitler y otras más). En este libro se demuestra que el mundo está cubierto de sangre y barbaridad, por más que queramos mirar para otro lado…

Nota: El dibujo de la entrada es de Siri Hustvedt, 
esposa de Paul Auster. Ella también es escritora.  

lunes, 10 de marzo de 2014


Consignas para vivir
Yo, ahora, en mi edad avanzada, suelo leer mucho. Con ello doy rienda suelta a una de mis actividades predilectas —las otras son escribir y escuchar música. Pero lo de leer es una costumbre que cada día siento más arraigada. Claro, escojo los títulos con sumo cuidado porque en mi alma se encierra un prurito que me prohibe dejar un libro a medias cuando no me agrada, no lo entiendo o me parece poco profundo; abandonar un libro sin terminarlo de leer sería una especie de sacrilegio, una falta de respeto hacia un autor que desea ser escuchado o que se permita exponer ante el público su pensamiento, sus puntos de vista o sus poesías. 
El amor a la lectura lo he tenido de siempre, pero ahora es como una especie de locura, un afán; significa la intensa búsqueda de la clave sobre el vivir, y siempre estoy a la búsqueda de aquel título que me pueda proporcionar una pista, o aquel otro que más caminos me muestre o, incluso, el que más me aleja en un momento dado de la realidad. Y no quiero decir con esto que mi realidad sea aborrecible, porque no lo es: solo se debe a que me encanta descubrir vidas ajenas, afanes distintos, conciencias diferentes, modos diversos, mundos posibles, otras fórmulas de interpretación. A veces pienso que la diversidad es la clave para el funcionamiento del mundo: imagine si todos fuésemos iguales y realizáramos las mismas cosas, o tuviéramos la misma cultura y las mismas creencias o tuviéramos los mismos sueños: ¡sería espantoso! El mundo se mueve apoyado en su diferenciación. Añoramos lo bueno gracias a que existe lo malo; sabemos lo que es bonito cuando contemplamos lo feo. Si todo fuese bonito y bueno no tendríamos conciencia de estas bondades. 
Ayer leía un artículo que me conmovía titulado «Espiriteria» (una contracción entre espíritu y materia), escrito por Francisco J. Rubia Vila, Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y ex-catedrático de la Universidad Ludwig Maximillian, de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. En él se manifestaba que «neuroespiritualidad quiere expresar el hecho de que el cerebro es capaz de producir experiencias espirituales, religiosas, numinosas, divinas, místicas o de alta trascendencia». Es decir, que existe una especie de biología de la espiritualidad, de los sueños y de la fantasía, y que ésta se elabora allá en nuestro sistema límbico, situado en la profundidad del lóbulo temporal y relacionado con la glándula que produce o recorta la sustancia conocida como serotonina. Esto me lleva a la conclusión de que nuestra vida, en muchos aspectos, está regulada por nuestra composición biológica que, a su vez, depende en parte de nuestro conocimiento y nuestra capacidad de sentir emociones. Y este conocimiento se adquiere mediante la actividad de leer.

sábado, 1 de marzo de 2014


La tradición oculta del alma
de Patrick Harpur
¿Estoy embrollando o complicando cada vez más mi obsesiva intención de comprender la esencia de la vida? Hay veces que inicio la lectura de un libro con avidez y ansiedad ante la idea de que me pueda aclarar algo; pero luego viene la frustración, el desánimo, la desilusión de que existe un límite, una ordenanza universal que proclama «de aquí no pasas»… Se ve claramente que la inteligencia humana, la sensibilidad tiene sus fronteras y aunque investiguemos o establezcamos fórmulas mágicas o hagamos reflexiones desprovistas de prejuicios y creencias falsas, nunca llegaremos a poseer el conocimiento necesario. Hasta me atrevería a opinar que por más que se construyan aceleradores de partículas, o estemos atentos a los hallazgos científicos o a las exposiciones de los filósofos, nunca descubriremos la verdad. La Naturaleza nos ha construido así, imposibilitados de acceder al verdadero conocimiento.
A propósito de ello, acabo de leer un libro titulado La tradición oculta del alma, de Patrick Harpur. Ya había oído hablar elogiosamente de él pero al verlo en la librería y ojearlo me llamó la atención. La tradición oculta del alma fija como pauta conocimientos con un criterio ecléctico; incluso se remite a las ideas del pasado, a los mitos, a aquellas creencias de ayer que imperaban como ciertas y hoy nos producen una sonrisa de suficiencia, de seres «civilizados» y sabelotodo. En realidad, es extraño que una rata de librería como soy yo no conociera un título como éste, que abre un sin fin de ideas y se amolda perfectamente a mi pensamiento. Representa otra cara de la moneda, la que produce burlas en los «entendidos» por considerarlas propias del desconocimiento y la superstición. 
Yo que, en el fondo, no estoy seguro de nada, y vivo haciéndome preguntas acerca de la Creación y de la composición del mundo, de su razón y finalidad, creo que ninguna idea es despreciable y que en un mundo tan complicado como este, un mundo tan armonioso, tan poético, donde las flores crecen junto a los abrojos, nadie puede erigirse en conocedor de la verdad.

sábado, 22 de febrero de 2014

¡Viva la vida!
Como consecuencia de distintos trastornos funcionales relacionados con mi salud, no me quedó otro remedio que deponer mi actitud rebelde hacia la medicina convencional y someterme a un proceso de revisiones médicas que incluían análisis de laboratorio, ecografías, resonancias magnéticas, hólteres, tomografías, consultas a diferentes especialistas, revisiones a tutiplén, medicinas de distinto calado aptas para recomponer mi zarandeada biología, entre las que se podían señalar la arritmia de mi corazón —que latía a ritmos descompasados—; una presión arterial un tanto desbocada, el engrandecimiento de mi próstata, o con la finalidad de atenuar los nocivos coágulos (accidentes cerebrovasculares, creo que se llaman) que, de cuando en cuando, se formaban en mi cerebro y me hacían decir estupideces o hablar como un beodo. Así que no tuve más remedio que deponer mi actitud  de valentón aparente (¡Tú lo que eres es un «cagueta»!, me solía decir mi mujer) y someterme, tomándome la medicinas recetadas y observando un severo régimen alimenticio que consistía en evitar el consumo de sal, la ingestión de azúcar; eliminar los fritos, huir de los dulces, cero bebidas alcohólicas, más vegetales (bueno, por un lado, me animaban a que los consumiera con frecuencia y, por otro, que no los consumiera porque contienen vitamina K, lo cual incentiva la coagulación, algo que debía evitar…), más fruta, más pescado y menos carne roja, algo que, para qué comentarlo, me causó algunos desórdenes psicológicos, dado que siempre he sido muy comilón y un incontenible goloso… El caso es que después de que me curé, me vi envuelto en una depresión inactiva y, como consecuencia, di paso a un decaimiento físico y de ánimo con una persistente falta de inspiración… O sea, que una vez sano físicamente —pues debo reconocer que sané: ¡gracias, señores médicos!— he vivido una buena temporada como un zombi. Pero luego, mis hijo/as por un lado, y mis amigo/as por otro, así como mi firme decisión de superar la insubordinación de mi organismo (soy de los que creen que la mente, el subconsciente, juegan un papel importante en la salud de las personas; o sea: que tienen una fuerte inferencia en los estados de salud), he logrado regresar a la vida activa, tanto en el aspecto físico como mental (claro, sin dejar de considerar, como me dijo la neuróloga —Dra. Santa Cruz— que fue quien me dio de alta, que tengo 81 años y que a esa edad hay que ser precavido, astuto, recatado y consciente de que tanto mi comportamiento como mis apasionamientos deben de estar en armonía con semejante «antigüedad»). Pero, poco a poco, he ido renaciendo: ya estoy caminando 45 minutos cada día, haciendo meditación trascendental, algo de tai-chi y unos ejercicios que tienen en mí más influencia psicológica que física. ¡Ah! Y estoy tomando nota de mis pensamientos más profundos (o de aquellos que yo creo que lo son) en la libreta de apuntes que siempre llevo conmigo. 
Eso no quita que durante toda esta temporada compuesta por más de ocho meses de diferentes «torturas», mis pensamientos no me hayan presionado lo suyo. En consideración a mi edad y a los males que me aquejaban, era inevitable pensar que mi última hora se me estaba acercando… Y era inevitable penetrar en esos misteriosos conceptos inherentes al fin de la vida. ¿Qué nos espera «después»? ¡¡Oiga!! ¿Hay alguien ahí? 
Pero, ahora trato de atenuar la irritación que me producen los desquiciamientos del mundo; de no enterarme de los desmanes políticos, e ignorar la actitud anodina de tanta gente. Y he decidido volver la mirada hacia mi interior…

(Foto: Por aquí pasaba antes un río. Ahora es un bello parque. Es el Antiguo cauce de la ciudad de Valencia. Fotografía tomada con mi iPad.)

martes, 4 de febrero de 2014


Los amores imprescindibles
Aún teniendo en cuenta que mi padre no me transmitió la noción del amor paterno (difícilmente me podía inculcar algo que no sentía), yo sí sustento una sensibilidad que me predispone a un amor fervientemente hacia mis hijos. Entre los actos de mi vida relacionados con mi pasado, podrían existir algunos hechos que me ocasionan lamentos o autocensuras, pero en lo relacionado con mi matrimonio solo existen parabienes para mí, sentimientos plenos, auténticos, de amor y satisfacción. Tengo la sensación de que en ese capítulo todo estuvo para mí completo, rebosante. Claro, son dos amores diferentes: el amor a mi mujer está condimentado por nuestra relación sexual: no en vano dormimos 40 años juntos y llegamos a conocer nuestros respectivos cuerpos y nuestras zonas erógenas como algo propio («Tu cuerpo es mío y el mío es tuyo»). Además, mi conocimiento de ella, de su alma, de sus delirios, de sus predilecciones, de sus lujurias, de sus penas y sus virtudes, de sus anhelos, de sus quereres, de sus pasiones y sentimientos, la convirtieron en mi alma gemela, en mi propio yo o en el otro lado de mi yo. En el caso de mis hijos, el amor es de diferente calibre. A ellos se les crea para que se conviertan en una parte de uno, de la misma familia, una parte íntegra, representan un quehacer, un desvelo y una prolongación de sí mismo; representan fielmente el perfeccionamiento deseado para el grupo familiar. Yo siento como si me perpetuara en ellos, como si mi vida, a través de ellos, formara parte de una cadena sin fin: ellos tienen mis genes, mis genomas —los míos y los de mi mujer, claro—, son la materialización de nuestros sueños, la evolución de nuestras actitudes, representan los grandes momentos de felicidad vividos. Cuando uno de ellos se ríe, se lamenta, se hiere o habla, es como si yo mismo me riese, me lamentase, me hiriese o hablase. En su comportamiento veo mi personalidad evolucionada, mi yo del futuro. Ellos, mis hijos, representan el lado glorioso de mi vida (de la nuestra, de mi mujer y mía), el lado mágico y perpetuo donde se materializa y se prolonga nuestra vida. Quererlos a ellos es como quererse a uno mismo.

En la foto: Angelines nos contempla desde una ventana privada; Mónica y Adita, detrás. Dani, yo, Rodrigo y Álvaro, en el frente (en una próxima foto, incluiré a David para que todos estemos completos).

martes, 28 de enero de 2014

De padre y muy señor mío (3)
Cuando salió de la Aduana nos abrazamos, como era de ley, pero fue un abrazo blando, falto de intensidad, sin emoción. Eduardo pronunció fríos cumplidos como qué alto estás, qué tal te va en el cole, estás hecho un hombrecito… Y hasta ahí. Después puso su atención en Carmelina y, al instante, se generó entre ellos una corriente de simpatía, un tono de compenetración, y un abrazo sostenido. Recuerdo que en ese momento mi hermana me miraba transportada, riéndose como una boba.  
 Con los dos o tres amigos allí presentes hubo abundantes y efusivos abrazos, y palmadas en la espalda.
—¡Bueno, bueno, bueno con el amigo Ontañón! ¡Otra vez entre nosotros! ¡Vaya, vaya, vaya…! Tenemos que celebrarlo, ¿eh? ¿Qué piensas hacer ahora, Eduardo? ¿Te vas a quedar por mucho tiempo o volverás pronto para México?
—No lo sé. Decidiré qué hacer según como se desarrollen los acontecimientos. Por lo pronto, me han ordenado que me presente quincenalmente en la Dirección General de Seguridad y que procure no meter la nariz en asuntos sociales y mucho menos en políticos. Norma que pienso acatar. En realidad, mi propósito al venir a España es buscar un editor para mi último libro: Larra, el español desesperado. Pero, ¿cómo andan por aquí las cosas?
—Se atraviesan tiempos difíciles…
—Pues en México se dice que hay una recuperación…
—¡Pero qué va! ¡Si cada día estamos peor! Vivimos vigilados y aislados del mundo. Fíjate que aún continuamos con la cartilla de racionamiento… Con eso está dicho todo. ¿Recuperación? No sé a quién se le ha podido ocurrir tamaño disparate. Aquí, en la España de hoy, sólo viven bien los sinvergüenzas y la gente del régimen. Los demás, salimos adelante como podemos. Unos peor que otros. Eduardo, perdona que me meta en tu vida, pero ¿cómo se te ha ocurrido regresar? No es que quiera desanimarte pero, como amigo tuyo que soy, debo ponerte en antecedentes: si has venido por unos días, no hay reparo; pero si vienes de forma definitiva, creo que has cometido el gran error de tu vida… Figúrate que el que más y el que menos estamos pensando en marcharnos de aquí… Claro, esto no quiere decir que no nos alegremos de verte.
—No, no, de forma definitiva no. Yo tengo formada mi vida allí. Tengo una empresa editorial, tengo mi casa y tengo mis trabajos periodísticos… Y está Mada, mi mujer… —dice mientras me mira con disimulo—. Mi venida para acá sólo es exploratoria: ver si puedo colocar mi último libro dedicado a Larra… Y quitarme de encima la añoranza que, inevitablemente, se va acumulando. Después, volveré a marcharme…     
Mientras él conversa con los amigos, tengo la impresión de que lo que está diciendo tiene como finalidad que yo lo escuche, porque siempre, al terminar una frase, me mira como si tuviera curiosidad por ver cómo reacciono. 
Y yo, ante la afirmación de que su mujer lo espera en México, me siento vacío, descompuesto. Miro a mi hermana con idea de establecer con ella un sentimiento común, algo así como un plan de censura, pero ella está tan tranquila, tan embebida mirando a mi padre con cara de alelada. El hecho de corresponder mis maneras con las de un ser más bien retraído, acentúa mi gesto displicente y distanciado propio del eterno disgustado que hay en mí. 
Compruebo de forma irrefutable que cada vez es mayor la distancia entre nosotros… 
Se supone que Eduardo conoce o intuye la posición asumida por mí en relación a su fuga y su posterior unión a Mada. Incluso, puede que lo advierta al sopesar sus desconcertantes actuaciones: hacia 1938, cuando todavía no había huído de España, ya nos tenía casi abandonados. A veces se nos presentaba con algo de comida, pero poca cosa. Y, después, nos tuvo cerca de diez años sin prestarnos la mínima atención: ni moral ni financiera.  Y no hay forma de compaginar estos hechos con un sentimiento verdadero de amor filial. Ambos no caben en el mismo saco porque no se soportan. Se trata de lo uno o lo otro. Y si he de aceptarlo, si deseo suavizar los impedimentos que se oponen a mi relación con mi padre, debo admitirlo así, sin encono. Además, si deseo estar en paz conmigo mismo y reconstruirme, debo eliminar esa actitud ceñuda y agria hacia él… 
Cuando llegamos a la terminal en la Plaza de Neptuno, era muy tarde. Eduardo se fue a dormir a casa de uno de sus amigos y se despidió de nosotros sin pronunciar para nada el nombre de nuestra madre. Ni tan siquiera nos encargó que le demos un saludo a Soledad, o un decidla que la llamaré en cualquier momento para saludarla. 
Absolutamente nada que me hiciera acariciar una pequeña esperanza. 
—Ya nos veremos —dijo. 
Mi hermana y yo regresamos a casa en el metro. 

Ellos, cogieron un taxi…

lunes, 20 de enero de 2014

De padre y muy señor mío (2)
Esas miradas recelosas que nos lanzaba desde el otro lado del cristal se deberían probablemente a sus dudas relacionadas con mi madre. ¿Se encontraría por allí camuflada Soledad fisgoneando las extrañas condiciones de su llegada?
Como quiera, desde que Eduardo (en aquel momento todavía me resistía a denominarle «padre») salió para el exilio hasta el momento de su regreso habían transcurrido nueve años y cinco meses, y yo solo lo recordaba desde la perspectiva de un niño de cinco años, que era mi edad entonces, cuando me veía obligado a levantar la cabeza para mirarle; mientras que ahora, tendría que inclinarla, porque, de los dos, el más alto era yo. 
Decepcionado, sentía que estaba muy lejos de poseer la figura clásica del padre físicamente desarrollado, o sea, me refiero al desarrollo que tanto enorgullece a los niños. Si se analizaba su aspecto como intelectual, podría pasar: actitud vivaz y desenvuelta, frente amplia, ojos penetrantes y una leve sonrisa de tolerante comprensión… Pero en lo físico, en su glamour, dejaba mucho que desear. 
Ahora, mientras escribo estas líneas, cuando me detengo a considerar los hechos acontecidos aquel día, pienso —no sin cierto remordimiento—, que aunque su aspecto pudo haber representado, de entrada, mi primer gran desencanto, también considero que con un poco de buena voluntad por mi parte, podría haberlo juzgado con mejores ojos, o sea, hacerle un juicio de valor más constructivo. Pero, en aquel momento los prejuicios me cegaban.   
Desde el día que Eduardo nos anunciara su regreso a España hasta su arribo habían transcurrido aproximadamente cinco meses. Y dentro de la natural conmoción surgida en el seno familiar, todos hacíamos conjeturas respecto a sus motivaciones. Nuestras dudas principales giraban en torno a si su regreso se debería a un sentimiento de añoranza o a un arrepentimiento tardío, puesto que se sabía de antemano lo tensa y angustiosa que podía resultar, por un lado, la expatriación, y, por otro, la separación de los hijos; pudiendo llegar, incluso, a ser un hecho desgarrador y difícil de superar, sobre todo, como en este caso, cuando la separación física se debía, básicamente, a un tecnicismo representado por el exilio, es decir, a un destierro forzoso no elegido por uno mismo, sino impuesto por un tercero. Aunque, claro, en el caso específico de Eduardo no dejaban de aparecer dudas razonables.
Dentro de esta variedad de circunstancias, mi madre, Soledad, primera y legítima —todavía— mujer de Eduardo, no supo a qué atenerse puesto que no habíamos sido informados acerca de sus planes en ningún momento. Probablemente, en su fuero interno, ella abrigaba ilusiones acerca de la posibilidad de que se normalizara la relación entre ambos. A fin de cuentas, en aquel momento sólo tenía 47 años y, aunque los sufrimientos la habían desmejorado, todavía se veía físicamente atractiva y se suponía que sentía deseos de ser abrazada otra vez por el marido, único hombre que había pasado por su vida, único que había compartido su cama, y a quien ella —durante su ausencia— había sido absolutamente fiel. Bajo ningún concepto, ni aún en los momentos más acuciosos, le hubiera permitido a hombre alguno el menor galanteo. No obstante, no quiso tomar la iniciativa y, ante la duda, mantuvo una postura digna: optó por no presentarse en el aeropuerto y confiarnos a Carmelina y a mí la misión de recibirle. Eran muchas las incógnitas que flotaban en el ambiente y, cuando llegó el momento de zanjarlas, faltaron palabras y, sobre todo, buenas intenciones. 
Yo, acuciado por el instinto —ignoro si también por el deseo—, sospechaba que en aquel ser que se movía nervioso al otro lado del cristal, no había un asomo de celo paterno, ni de amor, ni de solidaridad. Y eso vino a resolver el problema que había sobrellevado como podía y que tanto me mortificaba: no tenía por qué preocuparme… Lo mismo que había vivido diez años sin un padre, podría vivir el resto de mi vida. Y presentí algo más: si algo estaba claro, era que Eduardo no había regresado a España impulsado por la idea de volver a construir la familia…