jueves, 16 de enero de 2014

De padre y muy señor mío (1)
Yo, de mi padre, Eduardo de Ontañón, no recibí nada: no recibí ni amor, ni obsequios, ni caricias. Lo único, el semen que infiltró en mi madre uno de aquellos días que se dieron un revolcón, depositando en ella el espermatozoide que la  fertilizó de mí, pero él, aparte del regusto que le produjo la acción, no es probable que llevara la intención de crearme, de traerme a la vida. Yo fui el accidente, la contrariedad, el fastidio, el lado desagradable de la ley biológica. Claro, eso no quita que piense en él, en sus obsesiones, en sus desbarajustes mentales, en el desorden de sus neuronas, en sus fracasos espirituales y emocionales. Y que no acabe de  explicármelo del todo.
El recuerdo más vivo que tengo suyo ocurre el día que regresó de México, casi 10 años después de haber salido pitando para aquel país en calidad de exiliado. Yo tenía 15 años y acudí con mi hermana Carmelina al aeropuerto de Barajas a recibirlo. Y al verlo me quedé atónito. Nunca hubiera sospechado que aquel hombre bajito y un tanto amanerado, que se mostraba nervioso y vacilante al otro lado del cristal, fuera mi padre. Medio calvo, de corta estatura, cabeza grande, algo desproporcionada en relación a su cuerpo, el párpado de su ojo izquierdo caído, vestido con cierta afectación, metido en un traje que parecía corresponder a una talla mayor, y con unos movimientos y una sonrisa estereotipada que producía la impresión de haber sido ensayada previamente. En realidad, en aquel momento se construía una escena que, por irreal y fantástica, parecía más propia del cine mudo. El asunto es que él, en esta tardía aparición suya en la escena de mi memoria, comenzó cayéndome mal desde un principio, y a partir de ese mismo momento comenzó a formarse en mí una gran decepción dado que la realidad contemplada por mis ojos era totalmente diferente de la que calculaba que contemplaría. 
Hablaba con un policía y trataba de afirmar su charla con reiterados ademanes hiperbólicos que me recordaban a los de un director de orquesta. Intentaba convencer al funcionario de turno —que le observaba con una mirada ceñuda, que se podría clasificar entre la severidad y el desafecto— acerca de la finalidad y la legitimidad de su regreso, mientras, con mano algo temblorosa, exhibía un documento en el intento de dar veracidad a su discurso, documento que muy bien podía tratarse del mismo que Soledad, mi madre y todavía su legítima mujer (según las leyes de España de aquel momento, el divorcio no estaba permitido), le consiguió en el Ministerio de Justicia, en el cual se especificaba que no existían imputaciones en su contra ni por crímenes de guerra o por «delitos de sangre» y, por tanto, que estaba libre de cargos tanto en lo referente a hechos comunes como políticos. Es decir: que se le autorizaba a regresar sin mayores requisitos (aunque debía de presentarse quincenalmente en la Dirección General de Seguridad). 
De cuando en cuando, levantaba la vista y me observaba con temor y curiosidad. Y me lanzaba una sonrisa que, a todas luces, resultaba forzada. Había en ella más incertidumbre que amor. En realidad, me produjo la impresión de no estar seguro acerca de la actitud que debía mantener hacia nosotros, y nos miraba a los dos, a mi hermana y a mi, con disimulo, de reojo, tal vez sopesando la postura que mantendríamos nosotros hacia él. Cuando nuestras miradas se cruzaban, me daba la impresión de que con su sonrisa no trataba de ser ni tan siquiera amable. No sabía cómo le resultaría a mi hermana, pero yo me resistía a devolvérsela. Me producía la impresión de que tenía un dolor la barriga y lo aguantaba lo mejor que podía para que no se le notara.

sábado, 4 de enero de 2014

¿Existirá un método de vida?
¿Cómo se habrá construido la vida? ¿Cómo se habrán ido imponiendo las costumbres a medida que pasaba el tiempo? ¿Habremos sido portadores de un método trazado desde el principio de los tiempos por algún omnipotente o colosal organizador celestial o habrá ido surgiendo así porque sí, debido a los imposiciones sociales o a los mitos que se fueron desarrollando según se vivían? Por ejemplo, pudiera ser que el sentimiento del pudor, a medida que algunos actos realizados en público (tomemos como ejemplo la actividad sexual) comenzaron a producir cierta vergüenza, obligaron a los humanos a acometerlos en la intimidad o en la parte más oscura y retirada de la cueva. Posiblemente eso fue lo que les animó a vivir en parejas, para mantener una vida íntima sin críticas por parte del vecino. O también pudo deberse al reparto del trabajo, o a las imposiciones de los más fuertes sobre los más débiles, o por el ejercicio de la guerra y de la caza que obligaba a los hombres a agruparse en bandas o ejércitos y, entonces, las mujeres, para evitar participar en actos violentos, simulaban limpiar la cueva mientras el marido se partía la cara con el vecino. ¿O sería porque fue pactado así desde los primeros días (es decir, imponiéndose el método de «oye: mientras yo voy a cazar o a pelear con las otras tribus, tú cuidas de la casa, pasas la aspiradora y tienes cuidado de los hijos, ¿vale?»)? ¿Se agruparían los primeros seres en familias? ¿Se casarían entre ellos? ¿Existirían ya desde un principio los homosexuales y las lesbianas o eso vendría después creado por la «civilización» subsiguiente? Yo hay veces que me pregunto, ¿pero cómo ha podido formarse este tinglado y cuál ha sido su finalidad? Porque a mí ese asunto del «azar y la necesidad» que pregonan los científicos no me convence nada. Y menos aún la idea de un Dios chasqueando los dedos y diciendo: «¡Hágase la luz!». Porque además de la imposibilidad física que representa ser poseedor de tal poder (nadie saca nada de la nada), ¿para qué iba a malgastar su tiempo un ser tan grandioso construyendo este mundo sin una finalidad tangible?
A pesar de ello, no hay duda que la creación tiene cierta magia y parece como si detrás de todo haya un  inventor, una mente compleja, un personaje con unos poderes sobrenaturales, o un creador especializado en convertir en realidad sus fantasías o sus sueños. Pero, aún así, no acabo de ver la causa de hacer algo tan complicado y costoso, pero que produzca un rédito tan bajo y más si luego carece de utilidad y aprovechamiento. 
Bueno, será que en el más allá no existen los banqueros…

viernes, 27 de diciembre de 2013

Ay, Navidad, Navidad…
¿En qué has quedado?
Cuando yo era pequeño la importancia de la Navidad consistía principalmente en el día de Reyes. Los otros días y los consiguientes actos navideños que ocasionaban (el belén, los villancicos, las actitudes complacientes y festivas de los mayores, los adornos, los solemnes actos religiosos), aunque representaban algo grandioso, su papel era más como preámbulo a la jornada más importante del año: el 6 de enero, que era cuando, la noche antes, se ponía el zapato en el balcón y allí mismo recibíamos los juguetes y sus complementos de golosinas. Ese día y sus mitos maravillosos encerraba una magia especial, llena de poesía y encanto: Unos reyes o unos magos, o unos reyes magos, habían salido de «un lugar remoto» en Oriente, con sus camellos cargados de juguetes y atendidos por unos diligentes pajes, y habían venido expresamente hasta nosotros, los niños, a cumplimentar nuestros deseos (expresados en una carta dirigida a ellos unos días antes…). El mundo en aquellos días se llenaba de magia, de argumentos celestiales, de implementos maravillosos, de entendimientos mágicos que lo justificaban a cabalidad, que lo convertían en un lugar lleno de encanto, de risas, de alegrías, de cariño y de modales exquisitos… No importaba que se tratara de uno o varios grandes juguetes, porque lo importante consistía en el hecho en sí, en cómo se avenía el mundo a la mente conveniente y soñadora de un niño, cómo lo pintaba de magia, de prodigio, de buenas comidas, de turrones y mazapanes, de olores apetitosos procedentes de los guisos especiales preparados en la cocina. Porque, además, eran unos días únicos solo con repetición al cabo de un año.
Pero luego, de buenas a primeras, se presentó un tal Santa Claus, con una vestimenta exageradamente roja y una risa estentórea y cavernosa, repetido hasta la saciedad en fotos, en almacenes, malamente disfrazados, tocando una campana en la calle y pidiendo dinero en lugar de darlo… Y los comerciantes vieron que era más útil, más publicitario, con un atractivo visual superior al de los reyes, y que no había que esperar hasta el 6 de enero para vivir la fiesta de los regalos, sino que se cumplía el 25 de diciembre. ¿Para qué querían más si el asunto consistía en hacer dinero lo más pronto posible?
Bueno, así es como se han ido matando los mitos. En el mundo de hoy ya no hay sitio para las fantasías (y, si me apuran, para el amor). Hoy todo resulta más fingido, más artificial, más deslumbrante pero con poca alma. 
Claro, el propósito más sobresaliente es que la gente se gaste sus dineros…
Pero, en fin, no me queda otro remedio que decirle a mis amigos que, a pesar de las «crisis», ¡Feliz Navidad y próspero Año nuevo!

miércoles, 18 de diciembre de 2013



La dicha de la espiritualidad
Es inevitable que en esta etapa de mi vida —la de «la edad tardía», según decir de García Marquez— se vea inclinado uno a mirar el mundo como algo cada vez más ajeno, o más alejado de mí, de mis miramientos clásicos, de mis intereses lúdicos, o de mis criterios tradicionales. Incluso, de lo que creía que eran mis motivaciones más perentorias. Con el paso de los días, uno —o al menos yo— se va volviendo más místico, con tendencia a valorar cosas que antes no se apreciaban apenas, y a quitarle importancia a hechos que antes me parecían de importancia suprema, como el amor físico, las reuniones sociales, las exquisiteces alimentarias, los vestidos y la infinidad de objetivos que me atraían. Ahora las cosas se interiorizan más, se miran o se contemplan desde la fuerza del alma, desde las necesidades del corazón, desde los anhelos del espíritu. Uno se va alejando cada día más de la materia, o la va desfigurando, o la va considerando innecesaria, algo menos por quien luchar. Por ejemplo, ese gran distingo que se hace entre el amor físico y el amor platónico: en la medida que el primero va decayendo y se van perdiendo facultades —entre ellas los impulsos de la pasión—, el segundo aumenta, se siente con más enjundia, se trata como el gran templo de la vida, la única motivación. Si existe un paraíso, uno al morir tendría que ir revestido por ese sentimiento. Es curioso ver cómo la naturaleza influye en nosotros, cómo nos induce, cómo nos maneja. Parece como si para que el mundo crezca, se desarrolle, evolucione o se multiplique, introduce en nosotros esos ímpetus desmedidos, esos deseos, esos afanes que nos llevan a acrecentar nuestro radio de influencia, a mover —con distintos procedimientos— las ruedas dentadas para que esto camine. Pero cuando se llega al estado denominado de «persona mayor», cuando ya «no pinchas ni cortas», entonces se te permite entrar y poseer una especie de conciencia de la verdad, se te iluminan los sentimientos para ver las cosas que hay a tu lado y están exentas de intereses, pero que son las que tienen alma, las que te inducen a sentir el verdadero amor por las personas y las cosas, a advertir las pequeñas cosas que en tu vida merecieron la pena: como los hijos, los sacrificios por los demás, la satisfacción de amar a una persona que se avino a vivir contigo sin ponerte condiciones y, sobre todo, haberse sentido amado por ella. Esos sentimientos son los que permanecen en uno.  

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Necesitamos un acelerador 
de la conciencia
¿Como podremos establecer una relación cabal fundamentada entre la conducta humana que nos es propia —o sea, los actos en nosotros que son naturales—, y el comportamiento artificial, agregado o adquirido? Me refiero al comportamiento que nos ha conferido la Naturaleza, por un lado, y, por otro, el que hemos adoptado debido a las imposiciones de la sociedad, las modas, el comercio despiadado, los pillos que nos han gobernado —buscando exclusivamente su beneficio—, la implantación histórica de políticas erradas, los falsos predicadores, las confabulaciones egoístas, la lucha despiadada por el dinero, así como los truhanes que pueblan el mundo. Sería, tal vez, conveniente adentrarse en las necesidades que motivaron nuestra implantación, en lo que motivó a crear esta vida, qué finalidad tenía nuestro creador y qué pensaba obtener de nosotros. Es decir, para qué fuimos necesarios originalmente y con qué fin nos trajeron al mundo. Porque, me repito continuamente, este tinglado inexplicable tiene que tener una explicación, un sentido, una razón. 
En lo que respecta a mí, ni la Ciencia ni los científicos son elementos en quienes pueda confiar. Me vendrán a asegurar que todo obedeció a la casualidad, o que se trató de la influencia sobre la vida de eso que llaman el «azar» compaginado con la «necesidad», que es lo que mueve las cosas y crea las actitudes… Y aunque no voy a negar que a la ciencia la humanidad le debe mucho, tanto en el sentido cultural como en el evolutivo, estoy seguro de que no le debemos nada en el campo filosófico porque ellos en esa rama no entran, saben poco, hasta quizá la desprecian, y nada han aportado en ella. Sí, se recrean, insisten, se pavonean, se creen los poseedores del secreto, pero solamente nos explican el «como», mientras que no dan la mínima pista del «por qué». Y no les hables de espiritualidad, ni de imaginación, y mucho menos de algo llamado alma, porque pierdes el tiempo o te mandan al carajo. 
Solamente tenemos que volver la vista hacia el cacareado «acelerador de partículas», que ha producido tanto gasto, tantas ideas falsas, tantas presunciones, tanta palabrería, tanta alharaca… Nos vinieron con que se trataba de la «partícula de Dios», o sea, la partícula con la cual Dios construyó al mundo… Y tanto ruido para nada. Y eso que están metidos en este asunto nada menos que unos seiscientos científicos… 
Pero ellos no entienden nada de esos aspectos internos, envolventes, que son el signo de cada persona, la conformación de cada individuo, la constitución, la estructura de la personalidad, la individualidad, las manías, sus necesidades particulares, los mitos, y su capacidad de sentir, de llorar, de reír, y de crear y admirar el arte. ¡Ah! y de crear música y poesía.

viernes, 6 de diciembre de 2013


Mada Carreño: momentos 
intensamente vividos
¿Puedo considerar aquel como uno de los pasajes más intensos y emocionantes de mi vida? Me estoy refiriendo al momento cuando vi a Mada en persona por primera vez. Acabábamos de arribar Angelines y yo a México, recién casados, y al día siguiente de nuestra llegada al Distrito Federal, por la mañana, ella se nos apareció en la puerta de entrada del apartamento donde habíamos ido a vivir, situado en la calle Xochicalco, de la Colonia Narvarte. Hasta entonces nuestra comunicación se había realizado exclusivamente por carta: unas cartas que, al principio, eran de absoluta belicosidad desde mi lado, cargadas de ira, de acusaciones, de reclamaciones morales… Ella, quizás, entendiendo mi enojo, capeó el temporal como pudo y mostró en todo momento una comprensiva actitud hacia mí, expresando reiteradamente su deseo de ayudarme. Y, poco a poco, esas misivas fueron creando entre nosotros un trato más afable, cargando nuestra amistad de profunda comunicación acerca de la vida, los modos y las actitudes de las personas. Y acabaron por convertirnos en grandes amigos. Así que, después de intercambiar numerosas epístolas en las que ella me mostraba una vida diferente a la que me metieron a «machamartillo» en la España de aquel «caudillo» impuesto a los españoles «por la gracia de Dios», Mada nos ayudó a trasladarnos a México y salir de la casposa e insoportable España de aquellos días… 
Y aquella escena reflejaba el momento que nos veíamos en persona por primera vez… 
Ella, 30 años mayor que yo, al mirarme se sonrojó. Yo es posible que también me sonrojara. ¡Habían ocurrido numerosos momentos de emociones encontradas entre nosotros como para comportarnos con normalidad!
¡Qué cantidad de imágenes, emociones, situaciones, ensueños y proyectos pasaron en aquel momento por mi mente! 
Yo era hijo de Eduardo de Ontañón, periodista y escritor,  alguien que había sido su amante, primero, y su marido, después. Todo comenzó durante aquellos días complicados de la guerra de España, cuando mi padre, viéndolo todo perdido, optó por huir al exilio a México, dando como disculpa que tenía que tomar esa determinación por cuestiones políticas (él había militado en el partido comunista), pero el hecho de hacerse acompañar por Mada, compañera suya en el periódico, daba a entender que estaba aprovechando la oportunidad para separarse de mi madre, cuya relación ya estaba muy deteriorada… Así que yo crecí con un resentimiento contra de los dos: contra Mada Carreño y contra mi padre. Ella era la causante de mi «orfandad» paterna anticipada. 
Después, una vez finalizada la guerra, mi actitud negativa continuó. Pero al morir mi progenitor, nuestro trato mejoró mucho. Yo tenía entonces 17 años y Mada unos 47. Y se me ofreció reiteradamente para sufragar los gastos si quería estudiar o instruirme en aquello que deseara, como estudiar periodismo —algo recomendado por ella—, por ejemplo, que fue lo que hice unos años después siguiendo su consejo, su apoyo y su asesoría. Además, di mis primeros pasos como periodista gracias a su influencia publicando mis artículos en varios periódicos y revistas mexicanas. ¿Quién me iba a decir que viviría días tan extraordinarios si consideramos unos principios tan desastrosos?  Mi relación con Mada me mostró los caminos, las actitudes, el sentido de la vida, y cómo debía encarar mi apreciación del mundo y de las personas.
¡Qué momentos tan intensos depara la vida! ¡Qué cantidad de emociones nos salen al paso! Eran los días donde mi juventud me proponía sin reservas la osadía de conquistar el mundo con la máquina de escribir como arma: 28 años, recién casado y llegando a México como todo un periodista hecho y derecho, e introducido en un mundo de gente culta y muy intensa… 
La verdad es que todo me sonreía.

lunes, 2 de diciembre de 2013


Mi hoy, teñido de añoranza
Hoy, que no tengo a Angelines a mi lado, me siento obligado a realizar un esfuerzo complementario para amar la vida, o sea, para amarla con la misma pasión de antes. Ahora mi empeño consiste, simplemente, en establecer un orden según los requerimientos de mi conciencia y ateniéndome a mis necesidades de hombre mayor. Y, para compensar su falta, y como ya no la pueda abrazar en persona, trato de captarla con una imaginación ilusoria, aunque sin extravagancias ni exageraciones; más bien echando mano de mi sentimiento. Y lo digo con todo el candor que soy capaz de sentir. Aunque, debo hacer una aclaración: todo lo que antes era «normal», es decir, el sentido del «amor» de antes, ahora carece de significado. Hoy mis sentimientos son más modulados, más discretos, tal vez más espirituales. Ya sé que es difícil determinar qué cosa es espiritualidad, o cuál es la representación del amor y en qué consiste. Considero que la Naturaleza no está para trotes lingüísticos ni conceptuales, y se desatiende de las normas relacionadas con las composturas humanas: para ella —que va, obsesivamente, a lo suyo—, lo normal, lo aceptable, lo imperativo, es que traigamos hijos al mundo, que los alimentemos, que les enseñemos a abrirse camino, a luchar contra el enemigo, a proveerse de alimentos, a buscar un cobijo donde guarecerse y a defenderse de los depredadores. Lo demás le trae sin cuidado. No le importa que cubramos nuestro cuerpo con una piel de oso o con una capa de Cristian Dior; que comamos exquisiteces elaboradas por un maestro de cocina como Anguiñano o que cacemos escarabajos, saltamontes y mariposas, los trituremos y nos los comamos. No le interesa si viajamos en un avión supersónico o en una carreta tirada por bueyes. Ella, mientras nos reproduzcamos, determina que sus imperativos están cubiertos. Y para cumplir sus propósitos nos introduce la orquitis (inflamación de los testículos cuando uno necesita desahogarse y no lo hace), el olor embriagante que se desprende de la mujer los días de celo, la pasión, el hambre, la sed, y el endurecimiento del pene. También podría ocurrir que la Naturaleza, Dios, el inexplicable creador del Universo, o quien nos haya plantado en este mundo, se regocije cuando ve que disfrutamos, cuando nos mostramos exigentes con nosotros mismos, o cuando ponemos el mayor empeño en luchar contra nuestras enfermedades y contra nuestra corrupción moral…