viernes, 22 de noviembre de 2013


Pensándome a mí
En nuestros pensamientos, en nuestros sueños, no existen los vivos ni los muertos; solo hay unos seres —no siempre conocidos— que se mueven en distintas direcciones, que hacen cosas que, la mayoría de las veces, no son decididas por nosotros sino por ellos, a pesar de que somos quienes los sueña; a veces ni tan siquiera son reflejo de nuestros deseos aunque sí estén relacionadas con nuestras sensaciones de una vida «normal». Pero no deja de ser una versión amanerada, o acomodada a unos instrumentos que son el resultado de intereses, deseos, creencias y regulaciones preferentes y, a veces, opuestas a una posible realidad —bueno, siempre que esta realidad exista—. Y me pregunto: ¿por qué mientras soñamos no podemos estar dando vida a un mundo, o a un complejo distinto al nuestro, perdido en otra dimensión, aunque sea tan descabalado como éste que nosotros juzgamos «normal», pero que no dejará de ser, en realidad, un mundo desconcertante y lleno de acciones vanas y surrealistas, como este nuestro y que nos hemos introducido en él y tratamos de hacernos creer que ésta, la vida toda, es así, como nosotros la vivimos, aunque no sea el resultado de un proyecto procedente de unas reglas determinadas, y que, si lo pensamos bien, podría haber sido muy diferente de como es.
Tengo un amigo médico neurólogo, muy sapiente él, con el que, a veces, entablaba conversaciones de este tipo, o sea, entre filosóficas, fantásticas y científicas. Él es un hombre que vive dos vidas, una, la práctica y por la que recibe la retribución correspondiente —tan necesaria para la vida práctica—, y otra la vida de los encantos, de los sueños, la de la imaginación sin límites. Él es quien me decía que en la vida del pensamiento y de los sueños no se distingue entre vivos y muertos. En un momento determinado, el mismo valor podía tener en mi pensamiento él, que está vivo, como mi mujer, que yace muerta. Se trataría simplemente de dos seres que se mueven a mi alrededor y ejercen influencias sobre mi vida. Mi mujer, que ya va para doce años desde que murió, puede ser retenida por mí, y pensada y creada en mis divagaciones. Con sueños intencionados o con mi imaginación puedo captarla y retenerla; verla cuando emitía esa leve sonrisa al estilo de Gioconda, o en el momento que me lanzaba aquellas miradas preñadas de amor y ternura, o cuando se reía con esa risa suya contagiosa y cascabelera con la que todos los presentes sentíamos ganas de reír. Al pensar en ella, la veo ahí, viva, conversadora, animada o mustia algunas veces; la veo dichosa, amorosa, feliz y triste, según el momento y el acontecimiento. ¿Y quien me dice a mí que al pensarla no la estoy resucitando o, mejor dicho, recreándola en otro plano diferente de este mío? ¿No podemos ser usted y yo en este momento el producto del pensamiento de otros seres en otros mundos? (Eso se ha dicho). Ella —eso no lo pongo en duda ni intento adivinar cual es el método usado por la Naturaleza para que venga a mí— está presente en mi vida de muchas maneras, lo mismo si se trata de figuraciones de mi mente o de imaginaciones de mis cerebros secundarios o de ese subconsciente  que vive a mi servicio, y me ayuda a soportar la vida… Lo que sea, pero no se puede ignorar que los mecanismos de la naturaleza operan cuando se les necesita…
Y es que esta vida nuestra tiene tantas fases, tantas manifestaciones… Yo, ahora, suelo quedarme embelesado viendo a mis nietos mientras se preparan para formar un día parte de la vida activa, de esa vida que es inapelable y que ellos la ven como algo único y necesario, como un acicate, como una razón de ser, como un estímulos para hacer, aprender y creer en las cosas que han de utilizar mañana, y abrirse paso con ellas, y ganar dinero, y adaptarse a la vida material y espiritualmente creyendo en esto y aquello, actitudes que a mí, ahora, a mi edad, me parecen superfluas, inútiles, una especie de obcecaciones sin sentido, de engaños de la naturaleza para hacernos funcionar y que funcione el mundo. Porque, si me fijo bien, ¿qué he construido yo en mis más de 80 años de vida? Mis hijos, mi principal y absolutamente magna obra. Entre ellos los habrá que estén agradecidos por haberlos traído al mundo; otros no tanto (no a todos nos gusta una vida que no hemos solicitado o a la que hemos accedido sin dar nuestro consentimiento). Pero, dejémoslo en eso: seis hijos mi principal obra y la de mi mujer… Es lo único que tiene permanencia y futuro, que esa es la única verdad de la vida. A veces pienso en esos miles de seres que me antecedieron, y que, sin saberlo ellos, fueron utilizados para que mi bisnieta, mis nietos, mis hijos y yo llegáramos a este mundo… ¿Qué más se puede pedir? Dentro de millones de combinaciones biológicas y sociales, el resultado feliz fuimos nosotros.
Y otra de las razones de la vida es hacernos sentir el amor.

jueves, 14 de noviembre de 2013


Nuestra vida éramos 
nosotros mismos
¿Cómo sería la vida si no fuera por esa multiplicidad de influencias y modos externos e internos que recibimos? Me refiero a manías, ambiciones, desdenes, mitos, fantasías, engaños, momentos de felicidad, alegrías e ilusiones, amores, que todos portamos en nuestras almas y los vamos trasladando después a nuestros pensamientos. Ellos forman una confluencia inseparable con nuestra manera de encarar la vida, y de interpretarla. Y eso sin dejar de considerar las actitudes constructivas y destructivas que exhalamos con nuestros modos y que van modificando el mundo y ejerciendo tal vez un desvío de sus planes originales y naturales.
¿Angelines y yo pertenecimos como pareja a un mundo explicable y coherente, constructivo? ¿Edificamos algo respondiendo a las exigencias de un ser que está fuera de nuestra comprensión?  ¿Respondimos a la Naturaleza construyendo seis vidas como pago de arbitrios y utilidades por el servicio de nuestra creación? Entonces, habrá alguien que controla el comportamiento, que exige nuestr aplauso y que nos premia o nos castiga según el uso que hagamos de la vida que se nos ha sido entregada.
A ver, a ver, entremos en materia: 
¿Me podrías decir, sin timideces ni cortedades qué pensabas tú de mí? ¿Cómo me juzgabas en realidad? ¿Cuál era mi significado material y espiritual para tu vida? ¿Compensaba yo tus apetencias sexuales y emocionales o había necesidades que no llegaba a cubrir? ¿Te sentías agradecida a tu dios por lo generoso que había sido contigo, o escondías tus lamentos porque habrías necesitado o ambicionabas algo superior a mí, más concordante con tus apetencias y con lo que creías que en verdad te correspondía? Una vez que pasaron los primeros años de pasión desbordada, a medida que fuimos dejando de ser amantes en términos frenéticos para convertirnos en dos seres fraternos y armoniosos, amigos, confidentes y conciliadores, moldeadores respectivamente de nuestras almas, ¿cubrías conmigo a tu lado tus necesidades de amor o escondías otras apetencias de otra vida y otras intensidades?  
Recuerdo que cuando íbamos a caminar al Parque Central, en San Juan, en un punto de nuestro recorrido comenzamos a cruzarnos con un individuo que caminaba en sentido contrario a nosotros y que se detenía a mirarte cuando cruzábamos delante de él, sin ningún respeto hacia a mí que era tu acompañante permanente. Al tercero o cuarto día de encontrarnos con el tal individuo, yo me sentía tan molesto, que iba con la intención de llamarla la atención incluso con violencia si era necesario. Pero, de forma imprevisible, cuando nos faltaban alrededor de 50 metros para cruzarnos con él, vi que te atusabas el pelo y adoptabas una compostura más solemne: ibas a pasar delante de tu admirador… Entonces yo me aproximé a ti, te pasé el brazo por encima de los hombros, y te dije: 
—Ahí tenemos a tu admirador de todos los días…
—¡Qué tonto eres! —dijiste cariñosamente entre risas.
—Si no me importa. Al contrario: me siento encantado de que todavía seas admirada por los demás y no sólo por mí.
—¡Anda! ¿Qué te crees tú? ¡Una todavía tiene sus encantos…!
—No lo pongo en duda. Pero te aseguro que yo soy tu admirador principal…
—¡Ya lo sé! Yo también soy tu máxima admiradora…
Pasamos tan acaramelados delante del «presunto admirador», que desde aquel día no volvió a aparecer. Y yo cambié mi actitud en adelante: me sentí satisfecho —y orgulloso— de que ella sintiera que todavía atraía las miradas de otros hombres.
Fue una anécdota ésta que sirvió para que, en lo sucesivo, yo viviera demostrándole más intensamente lo valiosa que era para mí y lo mucho que la admiraba.

jueves, 7 de noviembre de 2013


Lo efímero
Así va concluyendo la vida, sin miramientos, sin alharaca, con gestos melancólicos, con sonrisas tristes que más parecen muecas de desagrado. ¿Y por qué no resignarse, si desde hace miles de siglos ha sucedido así? ¿Por qué no aceptar lo que es inexorable, aunque sea un tanto despiadado, implacable, irremediable? Además, la Naturaleza ha configurado nuestro final de esta manera, sin piedad para el usuario, sin paños calientes, sin refuerzos morales, sin ningún género de consuelo para las víctimas: «¡Te mueres y te mueres! ¡Ya no te necesito…!», nos dice una voz oculta con tono destemplado. Y a partir de ahí comienza el mal trato. Desde cierta edad, la línea comienza a descender, las facultades se atrofian paulatinamente, los reflejos van entrando en una disfunción insultante, se van entorpeciendo, se vuelven lentos, se anquilosan. Y, hay que reconocerlo, esa es la vida, está hecha así, no le des más vueltas. Todo consiste en que, desde el mismo momento que nacemos, ponen un cebo delante de nosotros, nos meten entre ceja y ceja una fantasía acerca del buen futuro que nos espera, y las delicias que están ahí mismo, a nuestro alcance, a la vuelta de la esquina: «¡Qué rico es el amor!», nos grita; «Te has dado cuenta de lo placentero que es traer hijos al mundo? ¿Has visto los manjares a los que puedes tener acceso a poco que te esfuerces? ¡Vive, vive, disfruta! ¡Eres eterno! ¡La vida es un puro deleite, es amar, gozar, sentir! Búscate una pareja y trae hijos al mundo, y así estarás absolutamente completo! ¡Progresa y serás cada día más feliz, feliz, feliiiiiizzzzz!». Y tú, con tanta promesa, pones cara de enajenado y te obcecas, y te pierdes en la vorágine. Hasta que llega un momento que te miras en el espejo y te preguntas: ¿Quién soy yo y qué hago aquí? ¿Para qué todo esto? ¿Quién tiene interés en mí, en que yo viva y me multiplique? ¿Hay alguien que se nutre de mi aliento, o del humus que se desprende de mi carroña?

miércoles, 6 de noviembre de 2013


Desconcertante etapa…
Con el recuerdo me desplazo a la época cuando soy un niño. No tengo claro quién soy, ni quién puedo ser, ni cuáles son mis inclinaciones. Me limito a vivir y hacer lo posible por resultar simpático y agradar a las personas que me festejan y se ríen conmigo. Pero no hay sitio para la esperanza… Puede que haya un momento cuando advierto que formo parte del mundo, que habito en él, pero en mi concepto se va imponiendo con fuerza que, si bien todo es digno de admiración, también es conveniente mirar las cosas, los hechos y las personas con cierto recelo. 
Observo, eso sí, todo lo que me rodea un tanto fascinado, pero sin abandonar la impresión de que la vida pertenece a otros, no a mí. Aún así, pongo todo mi empeño en aferrarme a ella, en mirarla con sonriente e ingenua ilusión, en infundirme afanes asido a un futuro que solo se me da en migajas y donde no abundan las promesas… Se trata de una ilusión no exenta de reservas, porque son incontables los inconvenientes que me salen al paso, y van anidando en mi subconsciente. 
Los cito tal como van llegando: 
La ruina que representa nuestro traslado de Burgos a Madrid después de liquidar la librería. En aquellos días, solo tengo tres años; el inicio de la guerra civil española con todas sus imposiciones y la deshumanización que conllevan todas las guerras: el hambre permanente, las amenazas, los bombardeos del bando contrario que nos obligan a salir huyendo para el refugio o la estación del metro más próxima; la deserción de mi padre (huyó a México dijo que por razones políticas, pero lo hizo acompañado de su secretaria y nos dejó a mi madre y a mis dos hermanas y a mí empantanados), después de la guerra, las imposiciones de mis tías y mis abuelos maternos (lo que significaría misas, novenas, comuniones, penitencias, pórtate bien que Dios te está mirando, Purgatorios, Infiernos a todo pasto), los días de colegio interno pasados en un caserón de Burgos cuyo recuerdo aún me hiela la sangre, las enfermedades, la soledad que significó el desmembramiento de la familia, la falta de estabilidad impuesta por los cambios constantes, la sensación de ser un hijo poco amado, el continuo estado «sufridor» de mi madre y sus empleos precarios que nos obligan a vivir en una especie de «miseria decorosa»… Es decir, puro maltrato emocional y físico hasta cumplidos los 14 años. ¡Ah! Y, dentro de esta situación, cero escuelas, que es lo mismo que decir cero universidad… A partir de ahí, mi primer trabajo (de mensajero repartidor de cartas y paquetes por todo Madrid conduciendo una bicicleta), y, como colofón, el regreso de mi padre, lo que vino a significar mi hundimiento definitivo. 
Ahora tengo 17 años y, muerto mi padre, emprendo el intento fallido de ser marino mercante, lo que, debido a las imposibilidades «académicas» que existen en mi «educación», decido entrar en la Marina, lo que fue un gran error… Y ahí sigue como colofón de esta etapa, el triste regreso a casa, sin oficio, sin ideas, sin ambiciones, sin amor y pelado al cero (lo cual entonces era un signo vergonzante).
¿Cuándo comienzo a elaborar planes más o menos aptos para ser vividos? ¿Habrá habido en mi vida un instante en el que pretendo ser algo o en el que decido hacer lo posible por destacar en una profesión?
Eso ocurre cuando Angelines se cruza en mi camino… 
Tengo 21 años y es en ese momento cuando comienza la vida para mí.

domingo, 3 de noviembre de 2013


¡Estás en mí!
En realidad, para poner las cosas en su sitio, es necesario que entienda mi relación con Angelines: y es que no es el caso que esté todo el día preguntándome si está o no está en algún sitio, y si me quiere o no me quiere y lo haga con un tono desabrido maldiciendo a la razón. Ya un día escribí sobre este asunto. Pero, tal como soy yo, pronto me olvido de los razonamientos. Por esa razón, hoy voy a reproducir aquella nota que iba dirigida a ella:

Claro, amor, ahora caigo en la cuenta de que no hago las cosas como es debido: te doy un trato como si fueras una persona viva, presente en otro lugar. Y eso es imposible, porque yo te vi morir, y contemplé tu cuerpo cuando estabas muerta; y te enterré. Y te he visitado cientos de veces en el cementerio. O sea: tú, en tu configuración anterior, ya no existes; de aquella representación tuya terrenal no queda nada… Eso es incuestionable. En todo caso, existirás —de acuerdo con el significado etimológico de la palabra—, en otra configuración y en otro lugar, siempre que los métodos universales así lo tengan establecido. Pero, si estás, será en otra versión, en aquella que se aplique a las almas, o a los espíritus de los que mueren dentro de esas reglas inmutables que rijan la vida. Ignoro si escucharás estas palabras (que no te las digo solamente a ti sino también me las digo a mí mismo); si sonreirás como lo hacías antes; si estarás pendiente de mí en otro lugar y en otra configuración. Pero, lo más importante de todo es lo que afectas en mí, lo que adornas mi vida, lo que la moldeas, lo que la configuras, lo que la haces soportable. Es maravilloso que estés presente en todas las cosas que hago pensando si a ti te complacen o te desagradan; en la forma que te mantengo en mi mente, en mi corazón, en mi recuerdo, y en todas las acciones de mi vida; en cómo trato de imitarte en tu bondad y en tu ternura; y en la valiosa esencia del amor que siento por ti, que es un sentimiento superlativo, glorioso, que me transfigura espiritualmente, que me enaltece y que me enorgullece experimentarlo dada su trascendencia. Ahí, en esas actitudes mías, es donde te traigo a la vida, y donde nadie me puede disputar si me asiste una razón o estoy equivocado, ni venir a decirme que tú no estás viva, que todo es una patraña propia de un individuo pusilánime y supersticioso. ¿Cómo me van a destruir tu imagen si estás tan dentro de mí y soy solo yo quien puede darte alcance y situarme a tu altura, y hablarte? ¡Ahí nadie puede tener acceso, porque es un lugar donde sólo tú y yo habitamos.

miércoles, 30 de octubre de 2013


Así te recuerdo

Nunca me reprochaste nada. Nunca, que yo recuerde, me abordaste con actitudes avinagradas o descompuestas; nunca me echaste algo en cara. Y me pregunto: ¿es que me aceptabas tal como era? ¿Sin fomentar ninguna rebeldía, sin ninguna contrariedad hacia mis desquiciamientos, sin objetar mi personalidad ni mis afanes, sin ponerme pegas? ¿Qué estados de intranquilidad o inconformidad emocional te producía tu convivencia conmigo, con nosotros, con unos hijos no convencionales -y tan sumamente inteligentes- y con un marido como yo, con un pasado plagado de rebeldías, de enconos, de frustraciones; intelectualmente complicado y entregado fervientemente a la evolución del pensamiento? ¿Cuales eran las bases de nuestra unión? ¿Cómo arreglábamos los asuntos donde discordábamos? Cuando yo me enfurecía, recuerdo que me mirabas con esa expresión quieta pero medio felina, de aparente sometimiento, de total mansedumbre, pero también se advertía el afán que se concitaba en tus propósitos y en tu alma, con el mensaje telepático de "Ya nos veremos luego las caras, cuando la fiereza se te haya pasado, cuando vuelvas a ser un personaje civilizado, comprensivo, asequible, mesurado, condescendiente; cuando aprecies mi suavidad y no puedas prescindir de mi ternura, cuando implores mi perdón o te avengas de nuevo a mis modos, cuando no puedas soslayar mi mirada. ¿Piensas que soy sumisa y que con mi condescendencia lo tienes todo ganado, que eres tú el que manda aquí, sin consideración alguna hacia mi persona, mi voluntad y mi pensamiento? ¡Ay, amor, cuán equivocado estás!" 
Y es que tú naciste para entenderte con las personas, para dialogar con ellas, para emplear unos métodos basados en la suavidad, en el comedimiento, en el amor...

domingo, 20 de octubre de 2013


El regreso de Jedeoncito.



Hola Álvaro (y Amparo y amigos contertulios):

(Nota: Me refiero también a los «contertulios» por si te parece conveniente leer este mensaje en la Tertulia dominical. Mi idea es plantear una cuestión filosófica o artística cada vez que escriba —lo que haría con cierta periodicidad. La idea es estar presente ahí de alguna manera. Luego, que me conteste quien quiera…)

¿Cuál sería la forma ideal de transmitirles mi estado de satisfacción en el día de hoy? Pues describiendo mi entorno y las impresiones del momento que estoy viviendo. Como ven, ya estoy aquí, en San Juan, Puerto Rico (Isla verde, Carolina), mi residencia de ahora; es el lugar que más me enfrenta a mí mismo, el que más me acerca a mí, el que me permite verme y sentirme en mí y en el espíritu de mi mujer, que es la mejor aleación para mi vida. 
O sea, me veo como quería verme: estar solo con mi pensamiento, frente a mi computadora, rodeado de mis libros, de las fotografías de Angelines que adornan mi mesa, mis paredes y mi estantería, y esa extraordinaria vista al mar que se aprecia desde los amplios miradores del apartamento donde vivo. Ahí afuera, cerca y de frente, casi al pie de mi ventana, veo un grupo de ornamentales palmeras, y delante de ellas está la playa. A continuación, el misterioso mar —ahora azul-turquesa—, que es como una especie de antídoto para las tribulaciones del alma. Hoy ha hecho un día espléndido pero ya comienza a atardecer: todo afuera se va tiñendo de ese tono dorado que solo se puede apreciar en el Trópico; poco después, todo se irá tornando en un azul-morado —incluso el mar—para pasar un poco más tarde al azul-negro misterioso de la noche (ya saben que por aquí por el trópico los atardeceres son muy cortos). Desde mi mirador vislumbro en la playa a un matrimonio joven con un niño de unos dos años que corretea por la arena y suele caerse de panza, lo que causa su regocijo más escandaloso mientras mueve la arena con sus diminutos brazos en abanico como si quisiera echarse a volar. No hay nadie más. Son las cinco y media de la tarde. Como verán, la escena no puede ser más bucólica. Si no fuera por el movimiento de las olas y las torpes correrías del niño, parecería una fotografía fija o una postal para el recuerdo. 
Esto ocurre 20 días después de haber salido de Valencia, que se han pasado rápido. 
Mi grata permanencia en esa ciudad concluyó en la estación de Joaquín Sorolla, cuando abordé el AVE que me llevaría a Madrid; continuaría con el traslado en taxi desde Atocha al hotel Ibis —cercano al aeropuerto—, donde pasé la noche y, al día siguiente, temprano, debería salir rumbo a Nueva York. 
El avión donde viajo pertenece a la línea de American Airlines (un servicio que hace —en teoría— en nombre o en colaboración con Iberia, pero donde se da la incongruencia de que las aeromozas —americanas— ni tan siquiera saben un español elemental (al menos una de ellas), pues a solicitud mía de que me sirviera un «jugo de naranja», no entendió bien de qué se trataba y tuve que aclararle en mi inglés chapurreado que lo que quería era «one orange juice»). Pero, bueno, anécdotas aparte, tuve la suerte de que me tocara un compañero español muy culto y con altos conocimientos de filosofía; teísta convencido él, para más señas, y defensor convencido de sus creencias mientras me exponía unas ideas y unos argumentos sólidos —y muy convincentes, si me apuran—, lo cual produjo que el viaje resultara ameno y entretenido por el intercambio de reflexiones, dudas y profunda aclaración de conceptos. Así, casi sin darnos cuenta, tras 7 horas, llegamos a NY (recogí mi maleta y una bolsa con los libros comprados en España –unos 12 en edición tradicional, o sea impresos en papel, porque además llevaba otros seis o siete títulos cargados en el sistema digital en el iPad, pero éstos no pesan). Una vez en el aeropuerto de NY me vinieron a buscar mi hijo Dani y mi «norinha» (diminutivo de nuera en portugués) Roberta. Y después, todo se convirtió en unas actividades apretadas y previamente planificadas: durante los cuatro días que permanecí en la ciudad de los rascacielos, los dediqué a las imprescindible visitas a los museos: Moma, Guggenheim, y el inmenso Metropolitan Museum of  Art (al cual se requerirían sucesivas visitas para poder verlo del todo, pero donde tuve la oportunidad de comparar el arte griego y el romano —en las dos primeras salas—, y apreciar que aquel, es decir el arte griego, pese a ser menos extenso, es mucho más sensible, más sensual, más delicado, más expresivo y espiritual si se compara con el romano, tan presuntuoso él además de extenso, y mucho más ambicioso desde el punto de vista material, pero que no pasa de ser una imitación y por eso resulta más frío, más sin vida, y hasta más impersonal, es decir, con menos contenido emocional. En el griego se aprecia una sensibilidad exquisita por minúscula que sea la pieza, una perfección espiritual, un misticismo que el romano no supo captar ni plasmar en sus obras porque los romanos eran más duros y representaban a la fuerza más que al espíritu. En ellos se aprecia la grandilocuencia, la presunción del poderoso, la expresión a a voces de que el suyo es un centro dominador, que es él quien manda, el imperialista, el que sojuzga, el que somete. Se ve claramente que es una imitación pero con altas pretensiones de supremacía y un exceso de vanagloria, pero sin tanto tono místico como el griego. Al menos yo así lo veo. Y bueno, ¿en qué no imitaron los romanos a los griegos?). 
Fuimos una noche a un concierto de jazz; otra, estuvimos en Broadway (cerca de Times Square) para ver una obra musical llamada Chicago. También me llevaron a las imprescindibles cenas en restaurantes señalados (italianos, franceses…). Total, que fueron 4 días bien aprovechados aunque un tanto agotadores.
Y ahora ya estoy aquí, donde quiero estar (aunque me vea obligado a adaptarme de nuevo a esta tierra, porque España, a pesar de las crisis y la inutilidad demostrada tanto por los políticos como por ciertos sectores, es mucha España y cinco meses de estancia ahí es tiempo suficiente para que recalen en uno las costumbres, los alimentos, las amistades, y el fragor de la vida, y que te vuelva a atrapar antes de que te hayas dado cuenta…). Aunque ni yo mismo pueda dar una respuesta clara a qué se debe esta preferencia mía. Tal vez sea porque Puerto Rico era el lugar preferido de mi mujer, el sitio donde la encuentro más a ella, y quien un día, mientras caminaba descalza por una bonita playa denominada El último troly, me manifestó que sentía como si aquel momento fuera el más feliz de su vida. Puede ser también porque aquí me encuentro de forma más frecuente con ella, que su espíritu vive de una forma palpable en mí, y que mantenemos mayor comunicación (aunque todo sea producto de mi imaginación, claro). De cualquier manera, en Puerto Rico vivo más conmigo, me hablo más, estoy más consciente de mí y del misterio que me envuelve (el mismo que nos envuelve a todas y a todos), y me siento con más vocación de ser, es decir, soy más yo que en ningún otro sitio; comprendo mejor el mundo y acepto las cosas con más resignación, y no a regañadientes como me ocurre por aquellos pagos. Pudiera ser también que me estoy convirtiendo en una especie de Rousseau a pequeña escala…
Y sobre todo escribo. Que es lo que quiero hacer y lo que me hace sentir que mi mente permanece en condiciones de pensar y trabajar, lo que a mi edad, es algo muy positivo. Además —claro— de involucrarme intensamente en el misterio y el don de la palabra. 
Saludos y abrazos para todas y todos.