sábado, 2 de enero de 2010


El zascandil (1)


Cuando terminó la 2a. Guerra Mundial yo era un crío con 12 años. En España todavía estaban los alimentos racionados. A esas alturas, por mi joven vida ya habían pasado dos guerras: la guerra civil española (que duró 3 años) y la Segunda Guerra Mundial (4 años). Una a continuación de la otra. España «no intervino» en la segunda, pero de alguna manera la padeció por la escasez de alimentos, el ambiente triste y la posibilidad de que nos viéramos envueltos en ella de un momento a otro. Los medios de comunicación de entonces eran lentos y escasos pero, aún con ello, recuerdo con todo detalle lo que significaron aquellos días del final de la contienda mundial en cuanto al buen ambiente que se produjo, sobre todo de esperanza y amor. Todo eran abrazos, caras sonrientes, planes para el futuro… También se dijo que habría comida en abundancia… lo cual, visto literalmente, no fue así, pero sí fue regularizándose poco a poco… Y, sobre todo, se tenía toda la vida por delante para recapacitar y reconstruirse, y, además, había la más absoluta convicción de que la guerra, ese acto de incivilidad humana, había sido abortada para siempre… Estaba claro que, en aquellos momentos de padecimiento, se había llegado a entender que la lucha armada no era una solución para nada (claro, pensaba así la gente común y todo aquel que poseía buenas intenciones; pero, lamentablemente, los que deciden las guerras son aquellos a quienes no solo no les afecta, sino que, en algunos casos, les beneficia…). En resumen: se creía que, tras la contienda, surgiría un mundo nuevo lleno de realidades y buenas promesas…

Ahora me remonto a los comienzos de aquella maldita guerra civil española, que fue aproximadamente cuando advertí por primera vez que yo formaba parte del mundo, que tenía brazos, pies y ojos, y era un ser que comía, defecaba, jugaba al escondite y se reía cuando alguien le contaba algo gracioso o le hacía cosquillas, y no digamos si le daban un caramelo o una galleta… Es decir, eran los días cuando apenas había cumplido cuatro años de vida.

Un año atrás mi familia al completo se había trasladado a Madrid —antes vivíamos en Burgos, donde habíamos nacido todos—.

La guerra hubo que pasarla como se pudo, aunque abundaron los malos modos, los llantos, la escasez de alimentos, las decepciones y los movimientos restringidos. Cuando terminó mis hermanas y yo fuimos trasladados al Crucero, un pequeñísimo pueblo situado al norte de la provincia de Burgos, en la Merindad de Montija, lugar donde vivían mis abuelos maternos. Era un sitio lleno de encanto y, sobre todo, de libertad, que, en aquel momento de experiencias tristes, parecía lo más cercano al Paraíso Terrenal. Allí solo habitaban cuatro familias: mis citados abuelos —mi abuelo Felipe era veterinario— y mi tía Aurita, la única hija que quedaba soltera. Vivían en un chalet de tipo rural, con un jardincillo delantero que todavía hoy forma parte de mis recuerdos más selectos. El médico rural, su mujer y sus dos hijos, vivían en otra casa frente a la nuestra, y con ellos había una gran amistad; Ramiro, el dueño de la herrería —que daba el servicio de poner herraduras a los caballos y a las vacas de la zona—, y su mujer, habitaban una casita situada a un lado de la de mis abuelos. Y había una familia de pasiegos en otra casita detrás de la del médico, que se dedicaban al pastoreo de ganado y a realizar labores de tipo rural como segar la yerba y cuidar las huertas de la familia.

Debido a que durante los tres años que duró nuestra guerra, las celebraciones religiosas fueron perseguidas y erradicada, y que en esos días en Madrid no existían las misas ni los rosarios, y que no se estimulaba a los niños a rezar antes de acostarse, mi madre —la única de la familia que tenía actitudes religiosas— fue enfriándose, o sea, fue disminuyendo su fe, mientras que mi padre era un agnóstico declarado, y a nosotros los niños no se nos dio una formación al respecto.… Además, las monjas y los curas eran perseguidos o estaban escondidos, y había tal anticlericalismo en la calle que en nuestra mente infantil solo tenía cabida el pensamiento —sin entrar en otros detalles— que si se les perseguía sería porque algo malo habrían hecho…

Y cuando apenas llegamos al Crucero, mi abuela, que sí tenía un profunda religiosidad, nos dijo que al día siguiente iríamos a Loma (un pueblo cercano) a oír misa y conocer a don Lope, el cura párroco, y que «el niño Jesús nos estaba esperando»… Y yo me preguntaba que quién sería ese tal niño Jesús. Tal vez, pensaba, se trataba de un primo lejano o del hijo del alcalde…

viernes, 1 de enero de 2010


A vueltas con las celebraciones


Con mi criterio sobre las fiestas de navidad queda demostrado una parte importante de mi pensamiento e, inclusive, de mi personalidad y hasta de mi talante, y es que no soy capaz de celebrar algo que mi corazón no siente, o sea, algo que no es captado de verdad por mi conciencia, y que, asumido, exigiría de mi fingir un sentimiento y estar dispuesto a realizar algunos aspavientos teatrales. Conmigo no van esas conmemoraciones que se festejan por el simple hecho de festejar, y que se atienen a un mito, a una leyenda o a una tradición, o simplemente porque la sociedad me «pide» que lo celebre. Y quiero dejar constancia de que no intento hacerme notar a base de extravagancias, o como si yo fuera el aguafiestas de turno, o un antagonista perpetuo y desmesurado, porque en esta confesión mía no hay presunción, ni trato de ser «más papista que el papa». Incluso, no dejo de reconocer que en estos mitos, en estas festividades, aún cuando sean consideradas ficticias por los no creyentes, y justificadas por los cristianos, es donde reside la aventura y el disfrute del vivir, la integración como miembro de una sociedad a la cual se pertenece. Reconozco que esos detalles del intercambio de regalos, las comidas especiales, las luces, los adornos en las calles, los arbolitos o las celebraciones extraordinarias, aunque sean una forma de engañarnos a nosotros mismos, forman el contenido de la vida. Lo reconozco. Pero, ¿qué quieren? Se trata de mi personalidad, de mis exigencias espirituales. Pertenece a mi interpretación de la vida donde no hay espacio para lo superficial. En pocas palabras: Yo no puedo dar cabida en mi espíritu a aquello que no me «llega» porque carece de una verdad en su fondo o está vacío.

También es cierto que esta forma de sentir puede ocasionármela la edad o quizás mi circunstancia, la de ahora, cuando he dejado de ser actor y he pasado a la condición de espectador, cuya visión se desarrolla desde otros ángulos… También es posible que me ocurra por el hecho de estar pendiente de atender con mayor perseverancia los asuntos de mi conciencia y la sinceridad tanto de mi pensamiento como de mis actos. Antes, cuando formaba parte del ajetreo de la vida —y más aún cuando una vez casado fueron llegando los hijos (6)—, sí me veía en la necesidad de «entrar por el aro», porque ¿cómo decirles a mis hijos menores que nada de esto tenía objeto, que todo era una farsa? Además, ni siquiera puedo asegurar ahora si en el pasado fingía mis sentimientos respecto a estas festividades o me dejaba arrastrar por la ola… Aunque sí recuerdo que todas estas cosas siempre me parecieron algo propio «de los otros», y un poco alejado de mi incumbencia…

Con respecto al año nuevo, y aunque reconozco que el cambio de un año a otro también es una idea absolutamente subjetiva, sí le doy algo más de importancia por aquello de que nos invita a establecer nuevos propósitos reformadores, y a eliminar algunos de nuestros vicios e iniciar una vida sujeto a nuevos conceptos. Y todo lo que represente hacer el intento de perfeccionarse, procurar convertirse en alguien más humano, más persona, creo que es bueno. Además, en esta celebración sí veo un detalle simbólico y renovador, que nada tiene que ver con los mandatos religiosos, sino que es como si decidiéramos cambiarnos de vestido: despojarnos de la vestidura rota y pasada de moda para ponernos otra más nueva, algo que está más en consonancia con los tiempos.


(Postdata: he preferido no meter un blog nuevo durante estos días porque pretendía que quien lo abriera se encontrara con mi felicitación y mis consideraciones acerca de la navidad. Pero, a partir de ahora continuaré con la regularidad acostumbrada).


La fotografía que aparece a la entrada

es de un atardecer en la playa de Luquillo,

Puerto Rico. El autor soy yo.

martes, 22 de diciembre de 2009


Ser feliz por decreto


Expongo aquí mi felicitación navideña aunque debo confesar que lo hago con ciertos reparos. Por lo pronto, tengo que aclarar que no la fabriqué yo, sino mi subconsciente, que es el más pesimista de los dos… Porque, además, yo no soy un artista en toda la extensión de la palabra (¡No, eso ya se ve!, escucho que dice alguien del público). Sí puedo considerar que tengo cierta disposición para estos asuntos relacionados con el arte gráfico, pero no soy de los que pueden planificar, o sea, no puedo decir: voy a dibujar un Santa Claus montado en su trineo, con su traje rojo y sus ciervos voladores, o un Belén con el burrito, la vaca, las ovejitas y el niño Jesús. Primero porque mi subconsciente no me lo permitiría y, segundo, porque mi habilidad artística no da para tanto. Yo me tengo que limitar a lo que «puedo hacer» y a lo que decida «mi otro yo». Verás, comienzo a jugar con los recursos que me proporciona la técnica y voy haciendo esto (¡huy, qué mono me ha quedado!); voy poniendo aquello (¡oye, qué artista soy!), o voy metiendo lo otro (¡un poco triste, pero no puedo hacer otra cosa…!). Después tengo que adaptarme al gráfico, o sea: alinear mi pensamiento con el impredecible resultado.

Por ejemplo, aquí comencé haciéndome una fotografía con la propia computadora, cuyo objetivo lo tengo delante, y que, además, resulta muy cómodo; después eliminé todos los elementos que rodeaban mi cara, incluido mi cuerpo. A continuación, la traté con un filtro y le di un tono rojizo, así, muy navideño pero también con cierto cariz infernal. Después le metí un fondo negro y adapté un gorro de Santa Claus. Es como si estuviese haciendo un guiso y le fuera añadiendo distintos ingredientes sin saber cual sería el resultado final. O sea, está claro que fue mi subconsciente quien movió mis manos y anuló mi pensamiento racional. Luego, ante el resultado final, tuve que meter un mensaje acorde con las exigencias gráficas.

¡Ah! y me vi obligado a adaptar mi pensamiento preguntándome ingenuamente, ¿por qué tenemos que ser felices en Navidad, así, a la «cañona» (palabra puertorriqueña que significa «a como dé lugar»)? Porque, si acaso, tendríamos que tratar de serlo siempre, en todo momento, a toda hora y entonces la felicidad no sería felicidad porque se convertiría en algo normal y rutinario… La felicidad es felicidad cuando ocurre en momentos ocasionales… Además, continué pensando para hacer válido mi dibujo, esa felicidad navideña más bien forzada resulta un tanto artificial. Es como una felicidad por decreto o porque te lo ordenan los grandes almacenes, o los fabricantes de perfumes, o los de juguetes, o Perico de los Palotes…

Y ante un pensamiento de «tal grandeza», me sentí aliviado.

Vaya, me dije, mira por donde puedo aprovechar este garabato…

Y aquí lo tienen.

Claro, aprovechando lo negativo de la tarjeta, es conveniente reflexionar dejando a un lado al subconsciente. Cuando se tiene sensibilidad, corazón y sentido de como rueda hoy la vida, no se puede ser plenamente feliz, ni por tradición ni por motivos religiosos. Si acaso, es posible serlo sin exceso, con cierta naturalidad y con la normal reserva.

Porque hoy día la felicidad está en venta… y existe mucha, muchísima gente en todo el mundo que no la puede comprar…

lunes, 21 de diciembre de 2009


Conversaciones «intrascendentes»


Sí, la verdad es que la vida está formada por esos ritos de cada día: esas conversaciones triviales con la gente que se encuentra uno en el ascensor, y que te dicen que Ya llegó el frío…, Por Dios, señora, frío en Puerto Rico… El día que haga frío aquí… ¡Hemos llegado!, dice, y se santigua. ¡Que tengan un buen día! ¡Lo mismo para usted! Una vez afuera, veo venir a ese vecino que todos los días me da la monserga; trato de salir por la otra puerta, pero ya me ha visto y me sale al paso. Me pregunta que si me pasa algo, que hace unos cuantos días que no me ve; y cuando yo le digo que no me pasa nada, él sigue insistiendo y me vuelve a preguntar que si he estado fuera. Y yo le digo que no, que he estado en mi casa, que lo que pasa es que no hemos coincidido, y él me mira como si sospechara que estoy tratando de evitarlo. Es que yo no hago las mismas cosas a la misma hora todos los días —le digo—. Me gusta cambiar; me desagrada la rutina… Y él me mira como si yo acabara de llegar de otro planeta. ¡Huy, qué bueno está el día de hoy para caminar! digo para cambiar de conversación y darle a entender que lo que trato de hacer no se puede dejar para otro día. Luego, continuo caminando. ¿Qué le parece lo de Honduras? oigo que me dice desde atrás. Vuelvo la cabeza y lo veo ahí, como si estuviera decidido a no dejar de importunarme. Detengo mi marcha pero adoptando una postura provisional, tratando de que se dé cuenta de que estoy decidido a continuar mi camino sin él. Pues qué quiere que le diga… Hemos de dejar a los hondureños que resuelvan ellos solos sus conflictos «democráticamente» —le digo haciendo el gesto de comillas con los dedos…—. Si uno se va a preocupar por todo lo que ocurre en el mundo, arreglados estaríamos. Y vuelvo a la posición inicial con intención de continuar mi caminata. ¡Pero adónde vaaaaaaa…! me dice con un tono de mosqueo y mostrando su inconformidad de que no le preste la atención que solicita. En este momento —le digo— intento iniciar mi caminata de todos los días. ¡Vamos, siempre y cuando usted me lo permita…! , le manifiesto hablando claro y con cierto tono de desesperación. Pero él, ni por esas: erre que erre, se ve que no está dispuesto a claudicar. Llega hasta mi altura y se me queda mirando como si esperase una respuesta de mí (¿una respuesta a qué?). Mire, le digo con intención de dar por resuelto nuestro encuentro, el mundo está muy revuelto, pero yo, por las mañanas, trato de no agobiarme ni con Honduras, ni con Finlandia, ni con esos perros que ladran por la noche. Trato de no meter en mi cerebro ninguna idea negativa… Luego me dieron ganas de agregar con firmeza: «¡¡¡Meeee haaaaa enteeennndido!!!», pero me dio nosequé. Es que usted es una de las pocas personas con quien se puede hablar en este edificio… (ahora sí que me amoló. ¡Se me fastidió la caminata…!). ¿Ya tomó café? ¡Le invito! —me dice cuando ve que estoy cediendo. Veeeenga, vaaaamos a tomaaaaar cafééééé… —le digo ya sin oponer resistencia. ¿Y qué piensa de lo de esa mujer que está en huelga de hambre? (este hombre pretende que yo opine de todos los desaguisados del mundo). Pues, qué quiere que le diga, sus razones tendrá… Oiga, ¿no está usted hoy demasiado resignado? —me dice. Yo creo que hoy en día no podemos tomar posiciones imparciales —continúa. El mundo no está como para aceptarlo todo, así, como viene, con esa pasividad que usted demuestra… Hoy, porque otras veces no tanto… Pero si es que esto no tiene arreglo —le digo en tono quejumbroso. No dispongo de muchos años de vida y no puedo vivírmelos mortificado. ¿Y de qué otra forma se pueden vivir, si se mire para donde se mire solo se ven calamidades? Yo creo que la humanidad ha llegado a lo que se llama el principio de Peter, ja, ja, ja… ¡hemos rebasado nuestro nivel de competencia! ¡Ya no sabemos cómo hacer las cosas! Se dan grandes cantidades de dinero al que menos lo necesita o a quien no lo merece; los trabajadores están a merced de lo que decidan los ricos. Fíjese (bueno, parece que mi vecino solo buscaba un oyente), sólo repase los presidentes de gobierno que andan hoy por el mundo decidiendo nuestro futuro, vea al «canijo» de Berlusconi con la cara desecha por un ciudadano que está harto de su falta de respeto al pueblo, mientras él presume de ser el mejor presidente de Europa o del mundo; vea a Sarkozy subido en una banqueta para parecer más alto o retocando sus fotografías para bajarle la panza y llenando su mundo de frivolidades y presunciones; vea a Zapatero diciendo hoy una cosa y mañana otra, y apoyándose en sus cejas no en sus obras; vea a Obama prometiendo lo que no puede dar y recibiendo el Nobel de la Paz mientras envía más soldados a Afganistán; vea a Castro apoyándose en el bloqueo que, en el fondo, lo estimula él mismo porque, cada vez que se va a llegar a un acuerdo, comete un desmán para que el bloqueo continúe y tener algo con lo que justificar su enorme fracaso; vea a esa gente de la ETA, en su país, matando por matar, y sin nadie que les meta mano, cuando saben que ese no es el camino, pero lo único que les interesa es tener unos ingresos jugosos; vea a los piratas de Somalia, que actúan impunemente y ya solo les falta meter sus valores en Wall Street; vea a Chavez, el de Venezuela: un pueblo que vivía en una de las mejores condiciones de América Latina lo está convirtiendo en un desastre, lleno de deudas y gastando su dinero en unas armas que no le servirán de nada y que solo le dan importancia a él; vea al matrimonio ese que gobierna en Argentina, llenándose los bolsillos descaradamente; vea a la Unión Europea, que no acaba de surgir porque casi nadie opina lo mismo y no saben cuál ha de ser su destino; vea a Inglaterra, sin saber a qué árbol arrimarse, vea la polución y la lucha hipócrita con que se actúa para resolverla; vea a la…

¡Huy!, —digo yo—, este café tiene mal sabor y se me está quedando frío…

sábado, 19 de diciembre de 2009



Mi amiga María Dolores


¿Habrá una diferencia notable entre la amistad y el amor cuando se trata de una relación mujer-hombre? Me hago esta pregunta porque, aunque yo más de una vez he pontificado sobre el tema, no lo tengo muy claro. Por ejemplo, cuando conozco a una mujer bonita, y dada mi resolución de mantenerme unido y fiel a mi difunta esposa, me antepongo la teoría de que son dos cosas, dos sentimientos distintos; pero lo afirmo sin estar muy seguro. Es probable que teorice así más que nada para ponerme un escudo, para defenderme de mi propia debilidad (aunque, en realidad, no sé si lo deba llamar debilidad…). Porque, además, debo reconocer que soy —o que fui— un tanto mujeriego… No tanto como Tiger Woods —el pobre—, pero «por ahí, por ahí» (¡¡anda, xagerao…!!). Claro, no en el sentido que se da a esta expresión de Casanova enamoradizo a lo salvaje, sino en otro sentido más amplio. Tal vez deba decir que soy «mujerista», si esta forma estuviera aceptada por la Real Academia. Pero, sí, confieso que me gusta la mujer y que me gusta desde todos los ángulos: me agrada su forma de ser, su forma de pensar —que para algunos es un tanto indescifrable pero no lo es para mí—, su conversación, su forma de encarar las cosas de la vida, me agrada su delicadeza, su femineidad… ¡y no digamos su atractivo físico! No —en eso soy rotundo—, no me gusta la mujer que imita al hombre. Incluso, cuanto más distante su género del mío, más atraído me siento por ella.

Bueno, para no seguir teorizando, diré que, en el caso de María Dolores y yo, no tengo que distinguir entre esos dos sentimientos porque vivimos separados algo así como 8000 kilómetros: ella viven en Valencia y yo vivo en San Juan, Puerto Rico y, dentro de esa distancia geográfica, la amistad sí se puede sostener y estimular (especialmente por Internet), pero el amor no, sobre todo cuando se trata de un amor centrado en el atractivo físico (que ella lo tiene, qué duda cabe). Pero aquí, para tranquilidad de todos, prefiero considerar el atractivo de su alma… (¡¡Ejem, ejem!! ¡Qué remedio…!).

La conocí en Valencia, España, el año 2002, y desde el mismo momento que nos presentaron, me quedé prendado de ella, por la amabilidad que se desprendía de su mirada y lo grato de su sonrisa, por lo acogedora y atrayente, y por lo poco protocolaria (al momento de aquel primer encuentro, pareció que nos conocíamos de toda la vida). Fue un amigo común quien nos presentó: el Dr. Álvaro Pascual-Leone —del cual ya he hablado algo anteriormente, pero tengo que hablar mucho más, porque es una de las amistades más significativas de mi vida—. A partir de aquel día nuestra amistad siguió en ascenso (aunque más tarde sufrió un bajón, y no por fallos de nuestras personalidades respectivas, sino por asuntos tontos y ajenos que no vienen al caso). Pero hay personas que están destinadas a ser amigas, a conocerse y compenetrarse, a vivirse, a «sentirse», a darse apoyo de forma recíproca, a conformar ese respaldo moral del que tan necesitados estamos los humanos. Y María Dolores con respecto a mí, reúne esas cualidades y condiciones. En este momento considero que los lazos que me unen a ella son del género indestructible. Ella se ha convertido en mi paño de lágrimas, en mi descarga de emociones, en la persona en quien deposito mis alegrías y mis penas, en una clara y total referencia de mi vida y mis pensamientos, y de mis actitudes. No se puede pedir más…

viernes, 18 de diciembre de 2009


Melancolía de los recuerdos


Creo haberlo dicho antes: hay veces que caigo en una especie de estados melancólicos que me estancan en la apatía y la insensibilidad. No estoy muy seguro por qué me ocurre, tal vez al escuchar determinados sones de música, o cuando contemplo una película que me recuerda algo… Y claro, cuando vienen los acepto de buen grado, incluso, a veces, los recibo con cierto regusto porque me irresponsabilizan de cosas serias y me permiten vivir en un mundo flotante, casi intangible. Un psicólogo o un neurólogo diría que me deje de autoengaños, que se trata de una simple depresión. Pero yo no lo creo. Es más: estoy seguro que no se trata de eso. Puede haber semejanza, pero la melancolía es un estado triste, suave, de corte romántico… Sí, lo mismo que en la depresión, cuando se está melancólico los estímulos se vienen abajo y a uno le entra el deseo de aislarse, de encerrarse en casa, de decir no estoy para nadie, solo estoy para mí y en mí pienso vivir todo el día, en mis recuerdos, en mis añoranzas, en mi desinterés de deseos frívolos por la vida. También creo que lo dije antes: no es fácil llegar a mi edad y no sentirse a veces con el ánimo decaído porque muchos de los pasos que se han dado en la vida han sido falsos, o fútiles, o sin sentido, o porque fueron buenos y duraron poco, o porque uno trató de meter la cabeza por donde no cabía, o porque perdió el tiempo en abrirse camino en algo que creía fundamental, sin conseguirlo o, consiguiéndolo, encontró que detrás de todo ello solo había decepción o desencanto, o malas maneras, y que su contenido no le llenaba a uno como se hubiera esperado…

También sobrevienen estos estados melancólicos por el recuerdo de grandes momentos de felicidad de los cuales lo único que se sabe es que no se van a repetir jamás.

Lo mío de ahora comenzó precisamente al escuchar unos acordes de piano que me sumieron en un mundo de recuerdos, todos ellos gratos. A mi mujer y a mí nos encantaba la música, especialmente la música romántica. Nuestros gustos coincidían en algunas piezas, en algunos estilos; en otros no o no tanto, ya que no se puede afirmar así, de una forma tan categórica, que en otros no había coincidencias, porque bastaba que determinadas piezas le gustaran a ella para que acabaran por gustarme a mí, y lo mismo en sentido contrario.

Yo —no sé si ya he contado antes esta historia— me enamoré de Angelines viéndola bailar (con otro, claro, no conmigo). Una chica —me dije— no puede bailar de esa forma y carecer de alma. Tiene que haber algo profundo, interesante, íntimo, y muy femenino en ella, tiene que haber una gran sensibilidad que le hace captar la música con el espíritu y después transmitirla con sutiles movimientos de su cuerpo. Y hasta tal punto me impresionó su forma de bailar que al rato nos habíamos convertido en novios. Y ustedes pensarán: ¡pues vaya detalle tan frívolo como para llegar a matrimoniarse! Bueeeeeeno, concedo que no todo fue el verla bailar. Esto puede considerarse como un principio, un punto de partida, una señal que instó a que me interesara por ella. Lo demás fue llegando por sí mismo. Primero fue un cruce de miradas que duró un instante, pero que estaban cargadas de mensajes; luego un ligero intercambio de sonrisas (más adelante, cuando ya éramos novios, ella me confirmó que no era un intercambio de sonrisas, sino que era que le causaba cierta gracia ver mis contorsiones con aquella chica gordita y corpulenta que me había caído en suerte y cuyos brazos me atenazaban como si temiera que me fuera a escapar al primer descuido. A Angelines, gran bailarina por condición natural, le causaba cierta risa ver mis movimientos sincopados un tanto americanizados. Algo así como si yo padeciera una especie de epilepsia crónica, mientras en ella todo eran sentimientos y movimientos sutiles). Pero, cuando en una pausa de la orquesta nos sentamos a descansar, el «hado casamentero» intervino eficazmente y decidió que nos encontráramos juntos, es decir, en asientos contiguos, uno junto al otro. Y allí comenzó a desarrollarse todo el protocolo recomendado por la naturaleza: nos miramos, nos sonreímos (ahora sí era una sonrisa dedicada a mí), y, espontáneamente, nos comprometimos para el turno siguiente. Y en esa fase nos sentimos conquistados…

Poco después, bailando con ella, mi sentimiento cambió de forma radical: antes, con la gordita, se inflamaban mis testículos; ahora, con Angelines, se inflamaba mi corazón…

¡Y en ello hay una gran diferencia!

miércoles, 16 de diciembre de 2009


¡Ay, subconsciente, subconsciente…!


Existen muchas especulaciones sobre la vida: unas se apoyan en el hecho científico; otras en la imaginación, o en el concepto espiritual, tal vez en la fe. Hay algunas, incluso, cuya explicación es un tanto absurda. Pero entre tantas suposiciones, ninguna existe que sea constatada, ninguna que podamos aceptar con absoluta certeza. Yo, que, como habrán visto, siempre estoy tratando de meter mi nariz en el lado misterioso de la vida (y, a veces, la punta de mi napia sale medio chamuscada), y que en mi mente, muy dentro de ella, vive permanentemente activada mi propia tormenta existencial, no encuentro una hipótesis que me seduzca, pero sí muchas que me maravillan. Y es que, ya lo dije, existe una clara contradicción entre mis hemisferios derecho e izquierdo cuyo propósito, el de ambos, parece consistir en no ponerse nunca de acuerdo. Posiblemente a esa falta de afinidad frontal se deben las contradicciones que tanto padecemos (bueno, ¿padecemos o disfrutamos?) los humanos. Porque la cosa no queda ahí: por otro lado tenemos nuestro subconsciente, ese otro yo —o ese otro él podríamos decir— que actúa como si se tratara de una persona ajena —y a veces enemiga—, que vive dentro de nosotros sin pagarnos hospedaje, y que en tantas ocasiones nos gobierna y nos impulsa a realizar acciones de las que luego nos arrepentimos, aún cuando no seamos los verdaderos culpables. Este subconsciente nos azuza, nos zarandea, nos dice que veamos las cosas como hay que verlas y no con los ojos de la imaginación.

De todos modos, hay que ser muy zoquete(a), muy falto de sensibilidad para no darse cuenta de que todo a nuestro alrededor es misterioso e inexplicable (y hay quienes lo califican de absurdo), y me refiero, por ejemplo, a un simple hecho, tan cotidiano como es el acto de defecar («cagar», le dicen los castizos de mi pueblo). Verán, no suelo fijarme en ello porque es una visión repugnante, pero el otro día, tras expulsar en el inodoro los alimentos ingeridos no metabolizados, es decir, los no aprovechados por mi organismo para convertirlos en proteínas, vitaminas, azúcares, sales, energía, etc., observé por un momento esas porciones repudiadas por mi cuerpo, de un color caqui-verdoso, que reposaban en el fondo de la taza (y como verán, hago todo lo posible por utilizar expresiones eufemísticas para evitar caer en lo grosero). Y mi pensamiento, atendiendo a su manía acostumbrada, inmediatamente comenzó a elaborar una tesis sobre ese servicio integral de limpieza que vive dentro de nosotros. ¿Quién decide dentro de mi organismo la distribución de la tortilla de patatas con chorizo que acabo de comer? ¿Quién le grita a mis glándulas salivales que produzcan saliva en abundancia para que lo que estoy comiendo llegue hasta mi estómago y, una vez allí, se mezcle con los jugos gástricos y facilite el recorrido hasta mi intestino grueso? ¿Quién hace que mi vesícula biliar riegue con bilis el intestino delgado para favorecer la digestión de las grasas? Sí, ya sé que es el hígado, pero ¿quién?, ¿quién?, ¿quién da las órdenes; quien los pone en movimiento? ¿Quién hace que mi hígado sienta la obligación de facilitar la digestión y hacer que lo que no se metaboliza se convierta en mierda (perdón, quise decir en caca, o en excremento, o mejor en heces…)? ¿Por qué mi páncreas, cuando detecta que llega la tortilla de chorizo —ya medio descompuesta— a su jurisdicción, suelta el jugo pancreático para que siga la descomposición de las grasas y las proteínas en el intestino y absorba las sustancias nutritivas? ¿Es que alguien ahí, dentro de mí, tiene vida y ordena lo que hay que hacer en cada caso para que mi cuerpo funcione? ¿Quién ha metido dentro de mí a toda esa cuadrilla de obreros especializados que hacen lo posible para que yo siga con vida y suelte el alimento inerte en el retrete, después me limpie el cu… el trasero; a continuación me lave las manos; me mire en el espejo y ponga caras raras que me obliguen a reírme de mí mismo, o compruebe mi gesto de satisfacción tras haber soltado aquello que me oprimía el vientre y que unas horas antes había sido una tortilla de patatas con chorizo?