domingo, 13 de diciembre de 2009



El Arte y el ser

El ingenio, la creatividad, el don del arte, la espiritualidad es lo que mejor explica la unicidad del ser humano. Cuando oigo una buena interpretación del Ave María de Schubert, o de Gounod, en un solo de piano o violín, no puedo dejar de considerar la trascendencia de lo humano, y pienso en la dimensión de amor y misticismo que son capaces de sentir los seres. Hay que experimentar mucha fe y amor a la Virgen —me digo— para componer unas melodías tan celestiales… Y me pregunto si será posible que tanta sensibilidad, tanto amor, tanta creatividad sea gestado para perderse en la nada. Es algo que me parece insostenible y falto de espiritualidad, incluso de respeto, de amor y sentimiento hacia la vida. A mí la música, la pintura, ¡el arte en general!, me sitúan casi en el camino de creer en Dios o creer en «algo», o, por lo menos, agranda en mi mente la dimensión acerca del misterio de la existencia en la cual no puede haber un vacío porque en ella permanecen las pinturas, los pensamientos y las notas musicales de los mortales. ¿Cómo pueden haber en el mundo unos seres salidos de la nada y poseedores de tal grado de sensibilidad? Es lo que realmente me parece un enorme desacuerdo de la vida, un descomunal desajuste.

Incluso, ciertas manifestaciones artísticas activan nuestros sentimientos y nos convierten en seres más amorosos, más dados a sentir amor. Por ejemplo, ¿por qué razón cuando escucho una sonata de Chopin, o el Concierto núm. 2 para piano, de Rachmaninov, o la Serenata al claro de luna, de Beethoven, siento la necesidad de atraer a mi lado a mi mujer y amarnos con más intensidad que cuando no se oye ninguna música? ¿O por qué cuando íbamos a bailar y sonaba una de las melodías de nuestra preferencia nos abrazábamos con más ternura y amor y bailábamos más unidos, sin hablarnos apenas, solo sintiendo el ritmo de la música y el latido de nuestros corazones?

¿Todo eso es pura filfa? Es decir, ¿cuando mi condición emocional al contemplar una obra de arte, escuchar determinados acordes musicales, o leer una divina poesía mueve mi corazón alocadamente, es porque mi imaginación trabaja dentro de mí y se propone engañarme? ¿Y con qué fin lo hace? ¿Para decirme que la vida puede ser así o de otra manera fría y despojada de amor? ¿Y a quien le interesa que yo crea esto o lo otro?


Ilustración: Vermeer, Doncella vertiendo leche (1660)

martes, 8 de diciembre de 2009




Mi vida hoy


Refiriéndome a la condición que me toca vivir ahora, carezco de razones de peso para quejarme: mi vida actual solo se ve contrariada por ínfimos detalles de tipo doméstico, porque en lo profundo, en lo verdaderamente trascendente, está tocando la perfección. Claro, es inevitable que, aunque quiera quitármelos de encima, todavía me azucen vestigios del pasado ya que a lo largo de la vida hay detalles que se van incrustando en el corazón con tal fuerza que es imposible desecharlos del todo: me refiero a esas obligaciones comunes de cada día, como los acuerdos que había que cumplir, el ruido de los hijos, las llamadas telefónicas pendientes, tomarse unas cervezas o unos cafés con los amigos, la celebración de reuniones en la sala de juntas; la gran ilusión despertada por el coche nuevo, la compra del mueble para la sala, o del cuadro para el pasillo. Y también estaba el estreno de la película favorita, o el libro de un autor de mi culto, que me producía el deseo imperioso de tenerlo cuanto antes entre mis manos como si fuera el talismán sagrado que abriría mi entendimiento un poco más, y estimulará mi afán de soñar con otros mundos, con otras filosofías y con diferentes actitudes ante la vida… Bueno, lo de los libros, en otra medida, claro, continúa igual, porque es una tendencia, una obsesión que nunca muere; ahora no es tan intensa como antes, cierto, pero todavía cuando paso por una librería, entro y, una vez allí, se me pasan las horas sin darme cuenta. A propósito de ello quiero meter un inciso: se habla mucho ahora del libro digital, pero no creo que se pueda comparar esa innovación tecnológica con el acto casi litúrgico de entrar en un templo del libro, sentir ese olor especial que ningún otro lo iguala, ver una obra que llama mi atención, tomarla entre mis manos y ojearla mientras paso sus páginas al albur, y olisqueo su tinta nueva. Esa actitud es como un rito, efectuado con el espíritu inquisitivo de ver si se encuentra ese libro mágico escrito por un alma gemela, o por alguien cuyo pensamiento se aproxime al mío, alguien que comparta mis ilusiones y mi mundo encantado. (¡Me apasiona «descubrir» libros mágicos, esos que nunca dejan de leerse! Es como un vicio. Cuando los encuentro, los compro sin pestañear, y, luego, al llegar a casa, tras ponerme cómodo, los voy sacando de la bolsa como quien saca un tesoro, y les doy una revisión profunda hasta convencerme de que la compra ha valido la pena… Luego hay que tomar la decisión de con cual comienzo primero, y eso suponiendo que no tenga que meterlos a todos en lista de espera hasta que termine el que estoy leyendo). Mi último descubrimiento fue Philip Roth. Antes de incluir este autor entre mis preferidos, sus libros habían pasado por mis manos en varias ocasiones, pero nunca me sentí atraído por él. Ese personaje suyo llamado Zuckerman no acababa de gustarme. Tal vez porque yo conocí a un Zuckerman que era un tipo insoportable o de una mentalidad confusa y contradictoria. El caso es que miraba sus libros —sobre todo Zuckerman encadenado—, leía algunos párrafos, incluso me sonreía con ciertas expresiones que parecían sacadas de mi propia cosecha, pero no acababa de decidirme. Y era raro entrar en una librería (a veces, en Valencia, era una rito de cada día) y no acabar teniendo entre mis manos un libro de Philip Roth… Finalmente un día me decidí y compré uno que acababa de aparecer: se titulaba Patrimonio, y en él trataba de los últimos días de la vida de un padre narrados por el hijo. Lo comencé a leer con cierto escepticismo y acabé prendado. Ahí mismo comenzó mi «idilio» con este autor porque, de alguna manera, me vi retratado en sus historias. No como protagonista, sino que me sentía como si fuese yo quien escribió sus libros… Pero esa es la magia de los libros: que uno, de alguna forma, se ve retratado en ellos. Si no como es, sí como quisiera ser.

Perdón por el inciso, porque lo que intentaba decir respecto a mi vida de ahora, es que se cumple sin obligaciones ni compromisos, excepto los contraídos conmigo mismo. Esta vida donde me construyo yo y construyo mis imágenes, mis sombras, las que conviven conmigo. Esta vida donde duermo cuando tengo sueño; como cuando tengo hambre, escribo cuando me viene la inspiración (a veces hay que provocarla para que llegue) y leo, paseo, hablo con la gente sin que importe si los conozco o no. También hablo con mis amigas/os por cualquiera de los medios que me brinda Internet. O de repente un día me da por prepararme una comida regia o hacerme una tortilla de patatas marca de la casa… Y sobre todo, escribo, invento otros mundos y otras vidas, y los muevo con pasión. A veces, al hablar con las gente, me doy cuenta de que me he convertido en uno de mis personajes y estoy hablando de unos pasados que no siempre corresponden con el mío. Tal vez se trata de unos pasados que en un tiempo fueron soñados pero que nunca se cumplieron…

lunes, 7 de diciembre de 2009


Situaciones


La vida es una sucesión de situaciones gratas, aborrecibles o anodinas. La felicidad depende de cómo éstas se repartan, en qué medida fluctúen y cómo nos desenvolvamos dentro de ellas. Por ejemplo, en un instante, casi sin darme cuenta, me siento enfurecido porque las cosas, mis asuntos afectivos, mis obsesiones, mis anhelos, mi equipo de fútbol, lo que sea, no van del todo bien o no funcionan como yo desearía. Este quebranto llega a mí, me sucede, en un momento que me encuentro sentado frente a mi computadora, y noto que hay algo que entorpece de forma directa en mi cerebro, algo que es ajeno a lo que me propongo hacer y me impide hacerlo… ¿Qué puede ocurrir ahí dentro? me pregunto con la misma curiosidad que si hubiese escuchado unos ruidos extraños o unos gritos destemplados en casa de mi vecino. ¿Por qué de repente me enfrento a este desorden, a este déficit interpretativo? ¿A qué se debe que no me puedo concentrar…? Como un acto reflejo, giro mi cabeza a la izquierda y me quedo absorto, admirado, subyugado al contemplar el paisaje que hay frente a mi ventana. Y mi sentido de la vida cambia como por encantamiento. Ante tan magnífica visión, ante una acción inesperada elaborada con la ayuda de mi función visual, mis neuronas aumentan su producción de dopamina, esa sustancia salvadora con la que mi organismo —mi sangre, mi cerebro, mi corazón, mis glándulas— quiere lubricarse para salir del trance depresivo. Es decir, si lo vemos bien, nuestro estado de ánimo, el lado espiritual de nuestra vida depende de nuestro cerebro, de cómo funcione, de cómo se adapte a las diferentes situaciones, de cómo reaccione ante la vida, de cómo interprete las dulces o amargas consecuencias del vivir.

También hay quien nos asegura que la vida es una sucesión de encuentros y desencuentros, de palabras y discursos, y de amores, de eso sobre todo, de amores. ¿Y por qué de amores? Pues porque el amor es lo que más mediatiza nuestras vidas, lo que con más ímpetu nos impone un género de vida determinado (según la clase de amor que sea, claro). ¿A cuántas cosas renunciamos por amor? Y no solo por amor entre una mujer y un hombre (que de por sí, ya contempla todas las renuncias del mundo), sino, en el caso de algunos, por amor a Dios; en otros, por amor a los animales; en los de más allá (que son la mayoría), por amor a los hijos; en otros (como en el caso de la madre Teresa de Calcuta, por ejemplo), por amor al pobre y a la humanidad… También los hay que renuncian a todo por amor a la Naturaleza.

¡Renunciar! ¡Renunciar! ¿Cómo sería una vida sin presentar ninguna renuncia? ¿Se puede vivir así, sin renunciar? Yo creo que no. No podemos abarcarlo todo: si queremos esto tenemos que renunciar a aquello. Es ley de vida. A mí, en cierta etapa de mi vida, me gustaban dos mujeres: la mía y otra que no era mía pero podía serlo, solo dependía de mí. Tuve que renunciar a una. A esta citada en último lugar. Me costó pero se impuso la razón…

No hace mucho leí un versículo de un poeta español, José Antonio Muñoz Rojas, que me impresionó. Decía: «Vivir no es otra cosa que un discurso, una adición de sombras incesantes». ¡Es otra interpretación de la vida y, además, no puede ser más hermosa… Aunque, tal vez, algo deprimente…!


La foto de la cabecera es de mi hija Adita cuando tenía un año.

En mi álbum la puse una leyenda que dice: «¡Qué aburrida

es la vida! ¡Nadie me saca a bailar!».

sábado, 5 de diciembre de 2009


Facultad de lo humano


Con carácter de exclusividad, a los seres humanos nos han sido otorgados —aunque no en la misma proporción a todos— unos dones únicos, unas facultades de detección y asimilación, unas aplicaciones que nos hacen diferentes de otras especies animales. Me refiero a la imaginación, los sueños, la ambición, la inconformidad, la esperanza, los anhelos, la inventiva, la compasión, el ingenio, la capacidad de desarrollar y admirar el arte… Tal parece como si estos atributos nos hubiesen sido asignados por algún espíritu con poder y facultad de decisión sobre nuestros sentidos. Parece que, detrás de todo ello, está la finalidad de que desarrollemos la habilidad, el don y la gracia de vivir. Yo, por ejemplo, si no hubiera carecido de la facultad imaginativa para reinventar a mi mujer, mi vida de viudo solitario hubiese sido diferente… ¿Es un atributo o una facultad que se me ha concedido para hacer del resto de mi vida una etapa más soportable? ¿Forma ello parte de la composición de la vida? En este momento, aquí en Puerto Rico, en mi pensamiento, la imagen de mi mujer, que está muerta, tiene la misma validez que la imagen de mi hija, que está viva. Eso es lo grandioso de la imaginación, que no tiene límites ni hace distinciones entre vivos y muertos. Fíjese: de tanto pensar en Angelines, mi mujer, casi la he resucitado o no la he dejado morir del todo. La siento ir y venir, la veo reírse de todas esas incongruencias propias del ser despistado que soy y que a ella le hacían tanta gracia; la veo almorzar a mi lado y mondar una toronja con la exquisitez que ella lo hacía… ¡Qué cosas! Todavía, a pesar de los años que han transcurrido desde su fallecimiento, la recuerdo como si estuviese aquí, comiendo a mi lado y riéndonos siempre, como si la vida fuese una broma permanente o una causa de alborozo.

Un día, no hace mucho, después de almorzar, me recosté en el sofá y me adormilé. Repentinamente, no sé por qué, me desperté y me la encontré parada delante. Retuve su imagen unos pocos segundos, pero, al principio, creí que se trataba de una persona que se había introducido en mi apartamento sin mi permiso. Incluso, la primera reacción mía fue mirar hacia la puerta de entrada porque pensé que me la había dejado abierta. Cuando volví a mirar hacia donde estaba, la imagen había desaparecido. Su cara estaba un poco borrosa y por esa razón no me percaté desde un principio que era ella. Luego, más calmado, sí la identifiqué.

Llámalo alucinación, recreación mental de lo que no existe, aparición, locura o descomposición de la mente, como quieras. Yo no creo en los espíritus y menos que se nos aparezcan así, espontáneamente, y sin un verlo y dejarlo de ver instantáneo porque no tiene ningún sentido, pero no hay duda de que son hechos que forman parte de las facultades propias del ser humano con el fin de mantenernos en la duda o de que a los seres queridos no les consideremos muertos del todo…

Claro, yo sé que son unos efectos recreados por la imaginación, por el propio deseo que tenemos de la presencia de ellos o por el subconsciente que, a veces, nos echa una mano. Si mi matrimonio con ella hubiera sido un desastre, si no hubiera habido un gran entendimiento entre nosotros, o la camaradería que existió, yo no la añoraría como la añoro, y no tendría las fotografías de ella adornando mi casa en lugares estratégicos, y no habría recuerdos, ni apariciones, ni sueños. Pero como no fue así, como nuestro matrimonio rayó en lo perfecto, el deseo de reproducirla, de volver a contemplar su mirada y gozar con su sonrisa, se convierte en una necesidad tan perentoria que mi imaginación se pone a trabajar a favor mío.

¿Que me engaño a mí mismo? ¡Pues si me engaño es porque puedo engañarme, porque eso forma parte del ser humano. Hay algo en mí que así lo condiciona! Y sé, lo juro, que esto no tiene sentido, pero si me siento más feliz actuando así, ¿por qué no he de hacerlo?


La "chica" que aparece en la foto echándole

migas de pan a las tortugas, es mi hija Adita.

viernes, 4 de diciembre de 2009


Bueno, todavía nos queda la ja de Jauja…


De todos modos, no hay duda de que vivimos en un mundo cargado de malos presagios. Parece que todo este tinglado fuera sostenido artificialmente, que se viviera disimulando, como si en lugar de desdichas y amenazas dejadas a nuestra puerta, todo fueran satisfacciones y felicidades. ¡Que importa la crisis económica! Hay que presentar buena cara, disimular la tragedia, demostrar que con crisis o sin ellas, es posible vivir sin estar todo el día llevándose las manos a la cabeza. ¡Escondamos la basura debajo de la alfombra y disfrutemos, que la vida no tiene otro sentido, que todo es esto que estamos viendo: los pájaros cagando encima de los coches; las ratas saliendo de las cloacas porque prefieren nuestra comida a la de ellas; las bolsas de ese plástico indestructible y no reciclable revoloteando por ahí, mecidas por el viento, la desertización de la Tierra…! Sí, hay múltiples amenazas en el ambiente, pero cada día es cada día… ¡Qué nos importa que haya un Bin Laden ahí escondido amenazando con destruir el mundo en nombre de su dios, o una capa de ozono que se va debilitando y permite que se pierdan nuestros recursos respirables y nuestras defensas y que penetre la radiactividad hasta convertirnos en estatuas de piedra, o la crisis económica que aumenta la pobreza de unos y la riqueza de otros, o las epidemias desatadas por los laboratorios para después vendernos los antídotos que ellos mismo fabrican…! Todavía nos queda la ja de Jauja, o sea, dos letras más. Sí, ya se ha destruido jau, pero todavía podemos disfrutar mientras nos quede ja. Además, nosotros no somos los culpables. ¡Fue Adán, el que se comió la manzana! ¡Qué cabrón el tipo! Pero, está bien claro que esto ha venido armándose desde generaciones atrás. ¿Por qué nosotros hemos de arreglar los desarreglos iniciados por nuestros antepasados? ¿Somos culpables de que se hayan cargado los bosques quemándolos o talando los árboles de forma indiscriminada para fabricar muebles, casas y palillos de dientes? ¿Tenemos la culpa de que el que nos creó haya comenzado a cansarse de nosotros? Pero, digo yo, ¿no nos podía haber hecho sin nariz y sin pulmón y en lugar de piel con poros habernos dado un vestido impermeable antirradiactivo? ¿Para qué sirve tener tanto poder, entonces? Pero, se ve que todo estaba previsto y, si no ¿con qué idea quedaron encerradas en el subsuelo esas enormes bolsas de materia orgánica que luego se convertirían en el petróleo contaminante de hoy? ¿No habrá la posibilidad de que el ser humano y los animales, dentro de su método evolucionista, lleguen a soportar lo nocivo del ambiente? ¿No nos hemos adaptado a comer carroña en formato de hamburguesa o a viajar en el metro? Además, estas amenazas que se ciernen sobre nuestras cabezas, ¿no serán exageraciones para asustar al pobre peatón y motivarle a comprar sombrillas protectoras, o antídotos, o vacunas, o cascos irreductibles, o gafas protectoras, o salchichas imperecederas, o ropa no radiactiva, o condones con detergente limpiador de triple efecto?

Sí, tal vez llegue un día que se acabe el don de la fertilidad y que dejen de nacer niños. En ese momento la humanidad solo envejecerá. ¡Qué risa! Llegaría un momento que solo habría viejos discutiendo en la plaza del mercado. Porque ese es el mayor signo de la vejez: discutir. Y conste que los viejos lo saben —lo sabemos— todo… El único problema es que lo que sabe el uno nunca coincide con lo que sabe el otro…

jueves, 3 de diciembre de 2009


Mi vida con Angelines


El otro día un vecino mío entró por primera vez en mi casa y manifestó su asombro al observar la entronización que hay aquí de mi mujer. Y me preguntó que si no resultaba contraproducente que al cabo de 10 años de su fallecimiento yo la tuviera todavía tan presente. ¿Contraproducente, por qué? le pregunté yo. Pues porque este sometimiento que tienes a su memoria te ha de quitar libertad, respondió él. Eso que tú me dices me parece un tópico o una contradicción. He elegido libremente mantener su recuerdo vigente mientras yo tenga vida, porque eso me ayuda a vivir, a respirar; me facilita sentirme habitado y atendido por ella. Es una forma, dentro de lo posible, de continuar mi vida con ella, de tener la sensación moral de que ella permanece a mi lado… Yo, dentro de la tristeza que siento ante su falta, me engaño a mí mismo sosteniendo su memoria con intensidad e insistencia. A eso quería llegar —me dijo él—. Tú mismo acabas de decir que te engañas a ti mismo… Si no fuera por eso, tú serías un hombre más libre; tal vez tendrías relaciones con otras mujeres… Si es que yo no quiero tener relaciones con otras mujeres. Los pocos intentos que hice, fracasaron porque a todas las comparo con ella y ninguna resiste la comparación. Angelines tuvo tal importancia en mi vida —la tiene aún— que nunca lo reconoceré lo suficiente. Puedo asegurarlo sin temor a exagerar o a resultar cursi o presuntuoso: unirme a ella ha sido el acontecimiento más extraordinario que me pudo ocurrir en la vida, el que más me ha marcado, el que me ha hecho como soy. Al hablar de nuestra relación tendría que hablar de una intervención de los dioses, de las hadas, o de los que fabrican los destinos. Ella fue lo que me salvo… ¿De qué? No sé, posiblemente de mí mismo… Yo me quedo viendo sus fotografías y tengo que atenerme a la ilusión de que ella está en alguna parte, por muy descabellada e irrazonable que sea esta idea, porque, de lo contrario, el mundo se me haría insoportable… Mi vida entera se realizó con ella y en ella descargué todos los contenidos de mi alma. Mi supuesta relación con otra mujer sería sobre esas bases, y eso no se puede repetir, porque 45 años de vida en común, comunicándome, sintiéndome feliz a su lado, es algo irrepetible… Angelines era una mujer de espíritu limpio y candoroso, sin maldad. Era un ser perfecto y lo digo sin intención de caer en el clásico tópico donde se exageran y se alaban las cosas superficialmente, porque ella lo era sin halaracas, con naturalidad, sin pedanterías ni presunciones, y sin la frialdad que significa esa denominación en toda la gente que se dice perfecta. La perfección de Angelines consistía en su normalidad, en la naturalidad con que impartía su enorme bondad, y no lo hacía por timidez o inferioridad, sino por convencimiento. Lo era en su forma de sentir el amor, en su manera de hacer las cosas, en su sonrisa, en su generosidad —más que nada, en su generosidad—. Lo era en su dulzura, en el amor y el cariño que proyectaba, en su ilusión por la vida, en el goce que le producían las cosas sencillas, en su forma de amar, en su forma de mirar, en su forma de ser. ¿Puedo yo renunciar a eso por mucho que ella esté muerta? No, porque son cosas referidas al espíritu y el espíritu de ella sigue aquí, conmigo. Ella era el témino medio perfecto, alguien que jamás eludió una responsabilidad: lo que tenía que hacer lo hacía sin poner objeciones, sin darse importancia, y no importaba que fuera una cosa sencilla o una cosa transcendental o complicada. Nunca jamás la escuché criticar a nadie y menos hablar mal de una persona. Después de su muerte, cuando regresé a Puerto Rico y les di la triste noticia a sus amigas, lloraron con tanta sinceridad y dolor como nunca vi llorar a nadie. O la expresión de doña Lolita, del asilo de ancianos de Ponce, a la cual protegíamos, cuando dijo que nunca había sentido con nadie tanta felicidad como la que ella proyectaba y se la hacía sentir solo con mirarla. Era divino verla caminar descalza por la playa, y ver cómo disfrutaba, con qué fuerza sentía la vida. Sus hijos, todavía a estas alturas, la veneran, la adoran. Rodrigo llegó a decirme que mamá era como nuestra niña, la niña de todos nosotros. Ella todo lo hacía con profundidad y devoción. Cuando yo la acompañaba a la iglesia, me quedaba embelesado viendo la devoción que sentía; cuando íbamos a bailar, la gente a nuestro alrededor la aplaudía por su entrega y por cómo disfrutaba del baile (yo me enamoré de ella viéndola bailar); cuando hacía el amor, era un portento espiritual y físico… Ella disfrutaba haciendo disfrutar a los demás, y ese es el mejor ejemplo de lo que es el amor.

miércoles, 2 de diciembre de 2009


Mi amor al periodismo (2)


Es posible que pecara de impaciencia, que quisiera percibir rápidamente que mi voz, dentro del periodismo, se notaba, vamos, que tenía peso específico; que muy pronto lo dicho por mí se convertiría en norma de vida para mucha gente. Ahora, cuando pienso en esa actitud mía de entonces, se me escapa una sonrisa: ¡Qué bellos y candorosos son esos años de juventud! A los 28 años todo era en mí ímpetu, acción irreflexiva, energía descontrolada, fe en que uno va a conquistar el mundo a poco que haga… Debí prestar atención a lo que me dijo Mada en cuanto llegamos a México: «Trabaja medio tiempo en el ámbito editorial para generar unos ingresos seguros (y es que en esa actividad —muy a pesar mío—, me desenvolvía muy bien y en todos sus campos, incluido el artístico…) y dedica el otro medio tiempo a prepararte concienzudamente, con solidez, como las estrellas (me repetía): sin prisa pero sin pausa…». Pero, ¡qué poco me conocías, Mada! ¡A quién se le ocurre venirme a mí con recomendaciones de calma y reflexión! ¡A mí, que estaba lanzado! ¿Es que no te habías dado cuenta de que yo era un triunfador, alguien que sin haber estudiado apenas y sin contar con el respaldo de mis padres —es decir, partiendo de cero—, había alcanzado unos niveles envidiables, me había casado con la mujer más encantadora del mundo, habíamos cruzado el Atlántico en un barco primoroso y en un camarote de primera clase? ¿Y tú me propones que abandone mi camino hacia la gloria para meterme a trabajar en una editorial de medio pelo? ¡Por favor, que yo soy Jacinto de Ontañón, periodista…! ¿Es que no te has dado cuenta? ¿Había llegado tan lejos para hacer lo mismo?

Cuando extraoficialmente fui «invitado» por el gobierno de Franco a abandonar España, Mada se hizo cargo de los trámites para que México nos concediera el visado y pudiéramos ir Angelines y yo a residir a aquel país, algo extremadamente difícil de lograr en los días finales del año 59 y primeros del 60 si se tiene en cuenta que no existían relaciones diplomáticas entre ambos países.

Mi mujer y yo —nos habíamos casado tres meses antes— viajamos a México en un camarote de primera clase del «Monte Ulía», un paquebote mixto, no muy grande, pero sumamente agradable. Yo tenía 28 años y Angelines 26. La travesía duraría un mes, y nosotros encantados porque era, prácticamente, nuestro viaje de bodas… Hicimos escala en Canarias, La Guaira, Curasao, Santiago de Cuba y Habana. Y arribamos a Veracruz un primero de mayo. Eso ocurría en el año 1960.

Y ahora la veo allí, frente a mí, entre intrigada y curiosa, sonriendo emocionada. Al evocar aquel momento se reproduce en mi alma casi la misma emoción de entonces. Su inteligente mirada denotaba afecto sincero y curiosidad. Lo primero que pienso ante su presencia es que es una mujer atractiva, y a continuación me sonrojo porque creo que ella, de alguna manera, ha intuido mi frívola valoración. Claro, no pude evitar recorrer su cuerpo con mi mirada… Pero, enseguida me tranquilizo al comprobar que ella me sigue observando con simpatía y con un gesto casi divertido, quizá sintiéndose halagada de ser admirada desde ese ángulo.

Habíamos llegado a México la noche anterior, con ocho maletas, tres baúles y muy cansados, y Mada nos encuentra recién levantados de la cama. Por la gran ventana de la sala del apartamento amueblado de la calle Xochicalco, donde hemos pasado la noche —alquilado previamente por ella—, entra esa claridad típica de las mañanas mexicanas, que te obliga a guiñar los ojos.

Es Mada quien rompe ese primer momento insulso que nunca se sabe cómo salvar. Toma ella la iniciativa, se acerca a nosotros, nos abraza y nos besa. Después, nos sentamos los tres para iniciar el protocolo de una conversación: Cuánto te pareces a tu padre; Qué tan emocionante resultó vuestro viaje en barco; Tú, Angelines, eres muy bonita, y pareces muy joven. Y cosas así. Yo, en ese momento, no dejo de sentir un fuerte y rápido golpeteo en las sienes, embargado por la intensa emoción: aquella primera reunión con Mada venía a significar mi ingreso oficial en el mundo intelectual, compuesto por personas inteligentes, sensibles, capaces de expresar por escrito los sentimientos humanos, y que son, además, pensaba yo, poseedores del secreto de la vida.

Desde aquel día, Mada fue para mí algo así como mi directora espiritual, mi guru, mi máxima consejera. Pero, claro, en lo que se refería a dividir mi trabajo entre el negocio editorial y el periodismo, aquello era otra cosa. Y no le presté ninguna atención…