miércoles, 11 de noviembre de 2009




Creer y no creer: un dilema


¿El hecho de no creer que exista nada por encima de nuestras cabezas es un signo de superioridad intelectual? Parece ser que sí o, al menos, de ello presumen algunos científicos y muchos personajes de probada cultura y altos coeficientes. Pero yo creo que sería mejor adoptar una postura intermedia. No creer en nada de forma tajante demuestra una colosal falta de imaginación, una forma de engañarse a sí mismo, de justificar actos como el egoísmo, la falta de solidaridad, el desinterés por el prójimo, el tono de yo primero y detrás los demás. En realidad, es una forma de ingresar en un establo existencial vacío, ocupado si acaso por un inquietante criterio de no complicarse la vida y despojarse de todas aquellas inquietudes que puedan causar perturbaciones existenciales.

Yo, personalmente, ni creo ni dejo de creer. Por un lado, la razón, la capacidad de razonar situada en mi hemisferio cerebral izquierdo, me suele martirizar imponiéndome su frialdad académica, exigiéndome un respeto al pensamiento y a los postulados científicos de la materia que son ciento por ciento demostrables. Me exige que preste atención al sentido práctico de la existencia y su inapelable manifestación configurada dentro de la pureza científica; me dice que no crea en lo que no se ve y no se puede palpar y mucho menos demostrar. Por otro, y sin apartarme demasiado de los razonamientos —en este caso, filosóficos y metafísicos— que se producen en mi mente, hay algo que me dice que todas esas manifestaciones materiales, toda esa profusión de perfecciones biológicas y moleculares que dan lugar a la existencia, pujan en mi mente por hallar una explicación, por demostrarme que al formar parte de mi capacidad imaginativa y deductiva para crearlas, me convierto en un ser abocado a descubrirlas, conocerlas, y explicármelas, y me gritan al oído que tienen que tener una razón de ser, un significado, algo que tal vez va más allá de mi comprensión y de mi condición humana limitada por unas reglas universales que pueden tener un sentido: Hasta aquí puedes llegar; de aquí en adelante todo te está vedado y sólo puede ser suplido por tu imaginación y tu creatividad, que para eso te han sido dadas… Estas parecen ser las reglas universales.

Pero quien quiera que nos haya creado, quien quiera que haya utilizado sus conocimientos y poderes para procurar nuestra existencia, sea lo que sea de donde provenimos, se ve con toda claridad que todo está sometido a leyes universales. Yo, cada vez que leo algo relacionado con la composición de nuestro organismo, de nuestro cerebro, de nuestro sistema circulatorio y nervioso, de la actuación diversa y necesaria de los más de diez mil millones de neuronas, me quedo pasmado. En realidad, si nuestro creador ha sido un dios todopoderoso, tendrá que haber sido un ser un tanto abstracto y mentalmente complicado. Indudablemente, por más que un grupo de científicos lo diga, no creo que seamos obra del acaso, pero no hay duda que nuestro origen no es el barro. Tenemos en nuestro organismo miles de elementos que todos se relacionan entre sí. Algunos parecen tener vida propia y obedecer unas normas implantadas por un código inteligente. No pueden estar ahí proporcionando vida a nuestro organismo sin que nadie los haya implantado con ese fin…

martes, 10 de noviembre de 2009



Si yo fuera creyente…


Si yo fuera creyente no tendría la menor duda de que ella, su espíritu, me está ayudando a vivir. Si yo fuera creyente no me extrañaría verla venir en mi ayuda no una, sino mil veces. Si yo fuera creyente, estaría seguro de que son sus palabras las que llegan a mí. Si yo fuera creyente no dudaría que cuando le hago preguntas ella me responde. Si yo fuera creyente admitiría que mi nueva actitud ante la vida es obra de ella. Si yo fuera creyente no titubearía en pensar que ella se fue antes que yo para salvarme a mí de mí y abrirme camino. Si yo fuera creyente cuando miro su fotografía y la veo sonreír no tendría ninguna duda de que la que sonríe es ella. Si yo fuera creyente, mis sueños con Angelines los consideraría una forma de comunicarnos… Si yo fuera creyente, ¡ay, si yo fuera creyente…! Pero como no lo soy… Ahí es donde se forma en mi mente un enorme e insoportable enredo emocional. Siento su ayuda de forma tan clara, tan evidente, tan divina que solo podría desentrañar el misterio si yo fuera creyente…

¡Qué extraña es la vida! A lo mejor, si yo fuera creyente no vería ninguna de estas cosas porque yo hablaría directamente con Dios y a ella la pondría a un lado. Pero como no lo soy, Angelines, solo ella, acapara mi atención y mi corazón y mi subconsciente es habitado por ella. Claro, sería un poco abusivo y científicamente fácil cargarle todos estos efectos a mi imaginación, a mis anhelos, a mis deseos obsesivos o a mis alucinaciones cerebrales. Yo me tengo por un individuo normal dentro de lo que cabe, realista y sin obcecaciones confusas ni supersticiones. Aunque no dejo de reconocer que mi deseo de ella es tan fuerte que, inconscientemente, podría manipular mis neuronas para hacerme creer que veo lo que no existe.


El principio de humanidad


En la medida que el ser va dejando a un lado su condición de humano, va perdiendo su conciencia de la vida y alejándose de los requerimientos de ésta. El error, el gran error de algunos es considerar que cuanto más humano, más perverso, aunque la perversidad se de en unos pocos. Sin olvidar que si somos humanos es porque la Naturaleza nos ha hecho así —con todos nuestros errores y nuestras virtudes— y eso es algo inevitable (a no ser que nos quitemos la vida o lo abandonemos todo y nos vayamos a la selva a actuar y vivir como niños-lobo). Y, de todas las maneras, también es digno de agradecer, porque nuestra condición humana nos permite crear y apreciar el arte, maravillarnos ante la magnitud del universo, progresar, componer e interpretar música, apiadarnos, corregirnos, sentir, tener conciencia de nosotros mismos y de lo que no rodea, aprender, amar a nuestros hijos no solo cuando son pequeños y desvalidos, sino después, cuando son mayores y solo necesitan nuestro amor como apoyo emocional… La ceguera que impone la ambición intelectual y material, es lo que creo que ha deformado al mundo, en unos casos; en otros, la falta de prevención o la esquizofrenia de algunos líderes, o la ambición desmedida. Hitler, Stalin, Mao no se caracterizaron por su pertenencia a la especie humana, sino por su ambición… El científico que tiene tan desarrollada una parte de su cerebro como para inventar una máquina destructiva o contaminadora o un arma para matar, tiene otra parte del mismo —la parte sensible, la solidaria, la de los sentimientos nobles— un tanto anquilosada, inservible por falta de uso o porque la ambición se la anula. Y de todos modos cuando un científico inicia la investigación de un proceso, o intenta mejorarlo, no considera para nada lo inmaterial, solo le importa su investigación y la fama que le traerá sin importarle el uso que se dé a su invento. Pero hay mucho fraude en torno a eso. ¿Por qué Al Gore y los «verdes anticontaminación» no han protestado por la puesta en marcha del acelerador de partículas? ¿Y por qué Al en lugar de viajar en su jet privado —que contamina la atmósfera innecesariamente—, no lo hace en un avión de línea regular…? ¿Por qué en lugar de amontonar dinero y darse una vida de millonario, no dedica sus ganancias a una lucha «verdadera» contra la contaminación? ¿Por qué los científicos tan extremadamente inteligentes no tratan de inventar algo que nos libre de los males que se avecinan? En realidad, yo creo que la humanidad ha tomado el único camino que sabe de acuerdo con su condición y su necesidad de progreso. Posiblemente si encontráramos un planeta habitado y en nuestro mismo grado de «civilización», tendrían los mismos problemas que nosotros. En este momento, el asunto es cómo resolverlos.

domingo, 8 de noviembre de 2009



El descrédito del alma

¿Atenta la concepción del alma contra el sentido común? En la actualidad «alma» es una expresión caduca que ha caído en descrédito. Hoy casi ni se menciona o se menciona con cautela pues provoca algunas sonrisas irónicas en ciertos oyentes…
¿Es el alma la representación de nuestros sentimientos? ¿Lo es de nuestra conciencia? ¿Es nuestro subconsciente? ¿Es el espíritu o la «sustancia» incorpórea que abandona nuestro cuerpo y emigra a otra dimensión cuando morimos? ¿Es el alma eso que denominamos vida, es decir, que nos mantiene conscientes de cuanto nos rodea? ¡Te quiero con toda mi alma! se solía decir en el lenguaje del amor… ¡Y qué bonito y poético resultaba! Venía a significar que más que eso no se podía querer.
Para los cristianos —y más aún para los católicos—, el alma era algo menos frívolo, era lo que tenía que mantenerse limpio, virtuoso, elevado para acceder al Cielo a la hora de morir… ¡Cuántos pasos, a cuántas acciones, a cuántos disfrutes carnales me vi obligado a renunciar, y cuántos remordimientos si claudicaba durante mi etapa de niño y adolescente pensando en que ponía en peligro la salvación de mi alma! Se hablaba tanto del alma entonces, de la necesidad de portarse bien para evitar que uno se quemara en el infierno como una hamburguesa a la parrilla, o procurar que la permanencia en el Purgatorio fuese lo más corta posible, ese lugar del que nadie se escapaba que estaba representado en un cuadro clásico, donde la Virgen (¿del Carmen?), con el niño en brazos, observaba impasible cómo se quemaban las almas hasta ponerse bien doraditas y entrar en el Cielo limpias de todo pecado… Ese cuadro, situado en la cabecera de mi cama durante el tiempo que vivimos en casa de mis abuelos en El Crucero de Montija (después de que terminó la guerra), atormentó mi imaginación infantil: yo no podía concebir que la Virgen estuviera tan sonriente mientras contemplaba cómo la gente se quemaba viva. Claro, supuestamente se estaban purificando para presentarse a Dios «sin mancha de pecado» y sin que importara que estuvieran «tantito chamuscaditas»… Pero, ¿como un alma se podía quemar si no era materia? Yo, que fui un niño un tanto resabidillo, le preguntaba a mi tía Laura —que siempre me lo resolvía todo—, pero esta pregunta era demasiado complicada y temible para ella y me respondía con amenazas o soltándome una frase subida de tono. De todos modos, en aquella época, cuando a los niños nos mantenían a raya con la amenaza de un dios que para reprimirnos usaba preferentemente el fuego, el alma era sinónimo de la conciencia y del espíritu, pero también se mezclaba con el corazón y la mente (y algo con el horror).
Pero hoy el alma ha entrado en un descrédito definitivo, en una fase de eliminación y olvido. Cada vez hay menos gente que cree en la existencia del alma y en todo el merecumbé que gira en torno a ella. Y encima, ahora vienen algunos científicos y aseguran que no existe tal alma, que nuestros sentimientos, nuestra conciencia y nuestro espíritu no son sino una especie de coctel preparado por nuestros genes, nuestras neuronas y nuestros anhelos de eternidad… Y yo me digo que de continuar esta deshumanización acabarán por decirnos que solo somos un pedazo de carne con ojos, «jerarquía» que ya algunos han alcanzado…

sábado, 7 de noviembre de 2009



Sobre la acción de escribir

De la misma tela que los sueños, la novela que escribí, significó una gran aventura intelectual, una experiencia única. Mi agrado y apasionamiento crecía a medida que me iba introduciendo en ella y según la vivía. Mientras la escribía, mi vida interior, el entendimiento de mí, se perfeccionaba.
Pero después, al terminarla, en la primera revisión, me invadió el desaliento. Tuve la sensación de haber dejado algún cabo suelto o deficientemente amarrado. Me pregunté en qué lugar quedó la tan pregonada reconstrucción —idea impulsora del relato— de Víctor, y no encontré la respuesta. ¿Había efectuado la paz consigo mismo o seguía jugando a la gallina ciega con el destino? ¿Había sido yo, como autor, el auténtico dueño de mi historia y de sus personajes o había permitido que ellos se apoderasen de mí y me obligaran a expresar lo que no pretendía y a ocultar lo que debía haber dicho? Entendía, además, que ocurre con frecuencia que el escritor se ve vapuleado por sus personajes a poco de ser alumbrados, que ellos intentan seguir su camino, hacerse los dueños, competir entre ellos y actuar por cuenta propia en la misma medida que pasan del autor.
Dicho prejuicio —si en realidad lo es— me llevó a considerar la posibilidad de haberme sujetado con excesivo rigor a una historia verdadera, a convertir el relato en la crónica de una vida, sin otra recurrencia a la fantasía que aquella que está contenida en el espíritu y la mente del autor, entreverada con su efectivo o falso sentido de la realidad. ¿Adónde quería ir a parar? ¿Qué intentaba demostrar?
Cuando se escribe una historia y se traspone la línea sutil que separa la ambigua realidad de la ficción delirante, lo mismo si se está creando que recreando, el escribidor se va introduciendo en un universo interior, en un estado de mitos y perplejidades que, a la postre, le habrán de pasar factura, y llegarán a dominarle, y apoderarse de él y de su vida, hasta sumirlo en un mundo aparte.
Pero, ante un indefinible desconcierto que me turbaba, debí recapitular y hacer un planteamiento serio: había llegado el momento de aclarar y poner en orden mis ideas, puesto que, al retrotraerme al pasado, se había destapado la caja de pandora, abriendo puertas en mi conciencia que permanecían cerradas con siete llaves. Así que fue necesario apretar los dientes y acabar de una vez por todas de apuntalar este edificio de letras que cuanto más lo releía más destartalado me estaba pareciendo…
No obstante, la suprema felicidad obtenida durante la elaboración de esta historia, se dio al referirme a Angélica. En las otras ocasiones, sobre todo cuando hablé de los padres de Víctor o de la guerra civil española, sentí que hervía mi sangre y, en esos momentos, no pude evitar la angustia causada por el desamparo de un niño muy semejante a mí. Caí en sentimientos encontrados que me indujeron al abandono o a la quema de lo escrito, como hizo Gogol con su Almas muertas, y otros antes y después que él. ¿Estaría llevándome todo este desastre vivencial a un desvarío mental, igual que le ocurría a Virginia Woolf cuando se acercaba al final de sus narraciones? Pensé que debía ser una situación normal cuando se construía un mundo y se asumía el papel de creador. Pero, aún así, los personajes, inventados o reales, o una mezcla de ambos, se aprestaban a la batalla. Algunos bailaban a mi alrededor, o se ponían caprichosos y me sacaban la lengua o me hacían cortes de manga o me decían yo soy como soy, no como tú quieres que sea, y me gritaban ojo, no te consiento que me distorsiones, o se volvían paranoicos perdidos, y hasta me demandaban que si la había tomado con ellos.
Por lo que tengo entendido, en literatura no abunda la creación pura del personaje: siempre existe la tendencia a inspirarse en alguien conocido. Viene a cuento este comentario por el intento de aclarar de forma conveniente que en esta historia todo el mundo es ficticio-real, incluso yo, el autor. Sólo Angélica es verdadera. Ella no ha puesto objeción alguna, porque su personalidad, siempre delicada, sin complicaciones intelectuales, amorosa y candorosa donde las haya, es fácil de describir, dado que no posee trastiendas ni hipocresías, y carece de egoísmos o vanidades superficiales. Ella siempre es lo que aparenta: amor, dulzura, feminidad… Por esa razón se sometió dócilmente, desde el primer día, a ser recreada, a ser retratada, y lo hizo sin ningún género de protesta ni exigencia alguna, con el espíritu de una modelo posando para el pintor. Ella, pese a que no se encontraba ya en el mundo de los vivos, no dejaba de presentarse ante mí: la veía con el rabillo del ojo, sentada a mi lado, complaciente, con esa media sonrisa tan personal, que alegra y entristece su rostro a un tiempo. Según describía los hechos que hormaron su vida, hubo ocasiones que llegué a entreverla haciéndome guiños aprobatorios, o de agradecimiento y complicidad, o de simple complacencia, desprendiéndose de ella una especie de energía envolvente que me daba fuerzas para continuar. Por el contrario, los otros personajes fueron más complicados, menos dóciles…

viernes, 6 de noviembre de 2009



Una pausa para la reflexión

Hice una pausa en la emisión de mis blogs para reflexionar sobre mis actitudes.
Al repasar todo lo presentado hasta ahora, salvo algunos, no muchos, encontré que hay demasiado reniego y un pesimismo excesivo en lo que se refiere a la vida. Producen una idea como si a mí me agradara dramatizar y no aceptara nada como verdad o próximo a ella, además de renunciar y criticar en exceso los placeres mundanos y sus divertidos mitos, o negarme a disfrutar del mero placer de vivir, y considerar sin efecto la importancia terapéutica de la felicidad. Tal vez, dentro de esa disyuntiva propuesta por Einstein, sobre que existen dos formas de ver la vida (el 50% mágico y el otro cincuenta absurdo y realista), yo me empeciné más en la segunda que en la primera. Y no quiero hacer como Ágassi y tantos otros que ahora deploran los errores cometidos en el pasado. He afirmado muchas veces que si volviera a nacer desearía vivir la misma vida y disfrutar de la misma mujer y los mismos hijos, y enfrentar iguales hechos y sucesos en mi entorno, y hasta aceptaría cometer los mismos errores que cometí. Es decir, no corregiría nada.
Lo que pasa es que al llegar a viejo y ver que mi fiesta particular está próxima a acabarse, tal vez he caído en la clásica actitud de despotricar sobre que si el vino era «peleón», el arroz estaba pasado y la fruta medio podrida. Y no deseo que ocurra así: mis circunstancias yo mismo las elegí, y lo hice «libremente» (y pongo libremente entre comillas porque no creo que ninguna elección en nuestra vida la adoptamos con plena libertad: en todos los casos tomamos decisiones acuciados por diferentes factores) «aislarme» en Puerto Rico. Simplemente, opté por venir aquí, dedicarme plenamente a mi actividad de escritor y re-inventar mi mundo, olvidándome de todo lo anterior. Estoy viviendo una etapa mágica, advirtiendo como nunca lo que me rodea y «notándome» a mí mismo como nunca antes, y ahí no caben las rabietas…
En realidad, a pesar de las vicisitudes, tengo muchas razones para considerar que la vida es un premio, una aventura interminable, un fenómeno inaudito y que consiste en eso: nacer, vivir lo más intensamente que se pueda, y después morir. Y sé que para morir hay que haber nacido primero… (Gracias, María Dolores…)

miércoles, 4 de noviembre de 2009



La vida desde mi balcón

Desde mi balcón —situado en un décimo piso—, cuando salgo cada mañana a las 5:30 a hacer meditación, observo todos los contrastes, los referentes, los reglamentos que contiene la vida y nos los impone a los seres humanos. Veo el universo que, a veces, aparece limpio, inmaculado, con un tono azul oscuro espléndido, luminoso, maravilloso, lleno de matices y sugerencias. Alguna nube aparece por allá por el Este, que apenas comienza a teñir sus bordes de un tinte rojo-salmón. Luego, en la medida que vaya recibiendo los rayos del sol irá tornándose amarillenta y después blanca. Todavía se ven algunas estrellas con un fulgor que por más veces que lo contemplo, nunca deja de asombrarme. Unas parpadean, las que son estrellas; otros, los planetas, mantienen fija su luz reflejada. Algunos están hundidos allá, a años luz de mi posición, en los confines del universo, unos confines que producen un estremecimiento por más conocimiento de física o de astronomía que se tengan. Un leve resplandor aparece en el horizonte y el ambiente se va tiñendo con un tinte espectral. Las tórtolas —por centenares—, que duermen en un gran árbol cercano del edificio, van emprendiendo el vuelo. En principio salen en pequeños grupo; luego toman distintas direcciones; acuden a los lugares donde saben que encontrarán su desayuno.
Los ocupantes de los múltiples apartamentos de este complejo habitacional, van surgiendo del interior del edificio, y caminan presurosos hasta su automóvil, lo abordan, lo ponen en marcha y arrancan para su trabajo. Lentamente va amaneciendo. Las figuras van perdiendo el tono fantasmagórico y se perfilan con mayor precisión. Aterriza en mi balcón la paloma blanca que me visita cada mañana. Primero realiza frente a mí un espléndido vuelo en redondo, casi sin mover las alas, por encima de los árboles del parque; después aterriza y me mira con su visión lateral. Mueve su cuello con gran elegancia y con movimientos intermitentes, dándome a entender que ya le puedo traer su desayuno que consiste en unas migajas de pan…
Todo en la vida es un engranaje; todo parece estar calibrado para que el mundo siga su rumbo, sin detenerse. Aquí, en este teatro matutino, está contenida la verdad y la mentira de la vida. Todo parece funcionar con unos fines que simulan ser firmes, obedeciendo a unas leyes, a un propósito de algo o alguien, es decir, que la vida continúe, que siga su marcha, que progrese, tratando de que el escenario matutino impulse a emprender la jornada con espíritu de lucha y fuerzas renovadas.
Mientras, los viejos como yo, miramos pasar la vida, lo observamos todo pero sin participar. Estamos llegado al final del camino y ahora nadie nos pide nada ni exige nada de nosotros, excepto que no molestemos mucho. Es decir, nosotros los mayores ya no contribuimos al florecimiento de la vida, hemos de metérnoslo en la cabeza: ya no somos actores. Ahora solo somos espectadores. Simplemente, estamos solos, observando, recordando el pasado y algo frustrados, esa es la verdad. ¿Para qué tanto desvelo, tantos sueños, tantas agitaciones si el final es acabar así, pasivo, ajeno a la vida, enfrentado a la muerte…? Ahora cualquier insignificante obstáculo —un coágulo, un desvanecimiento, una pérdida de la coordinación, un descuido en las reglas alimenticias— pueden acabar con uno en un instante.
O sea, está claro que existe un propósito y una ley segura: «creced y multiplicaos», pero solo mientras se sea útil. Cuando ya no puedas concebir un hijo, cuando ya no tengas fuerzas para educarlo y mantenerlo, serás apartado sin contemplaciones, te convertirás en una especie de zombi, en un ser pasivo y sin derecho a reclamación. Y no te quejes. Tú ya viviste lo tuyo; ahora me toca a mí… Pero la Naturaleza, que es ajena a todo este sentimentalismo, sigue su curso: cada mañana será un espléndido día muy estimulante para aquellos que están en plena actividad, y sin darles pie para que adviertan que son manipulados mediante el sometimiento a ilusiones de progresar y de vivir en una opulencia que casi nadie podrá alcanzar y que, aún alcanzándola, no encierra en sus entrañas grandes dosis de felicidad…