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¿Una sociedad enferma?Recientemente, en un popular programa de televisión, un psicólogo, hablando de la buena y mala relación de la pareja, aseguraba sin el menor titubeo que «hoy la sociedad está enferma». Y yo, como miembro de esta sociedad, me sentí tocado. Es una expresión que había escuchado antes repetidamente, y nunca me causó ninguna conmoción espiritual. Es más: hasta llegué a considerar que más bien se trataba de un tópico. Por lo pronto, me decía, esa supuesta «enfermedad» es ajena a mí. Bueno, la sociedad está enferma… ¿Y qué? Serán los otros, porque yo no me siento enfermo. Y seguía metido en la vida que, para mí, era como una juerga constante… Pero en esta ocasión, es decir, ahora, cuando ya tengo mis añitos, la frase me cala, me agobia, me lleva a preguntarme si el camino que ha emprendido la humanidad es correcto o será un error todo lo edificado hasta ahora. La sociedad enferma…, la sociedad enferma… ¿Es posible algo así? Explíquese, doctor, dígamelo detalladamente; olvídese de los tópicos: ¿En qué está enferma? ¿Cuál es su padecimiento? ¿Se refiere a que cada día se observan menos principios, menos valores, hay menos «verdades» en las que creer, o es por la locura del consumismo, del crédito, de lo que se ha dado en llamar "la vida loca" que ha acabado por desembocar en una crisis económica y existencial? ¿Se debe acaso a que cada vez introducimos menos la mirada en nosotros mismos y vivimos superficialmente, sobrevalorando cada vez más aspectos triviales, sin importancia, o es a causa de esa frivolidad desatada que parece imponerse en todos los ámbitos? ¿O tal vez se refiere a que el ciudadano no acaba de entender las fanáticas guerras o el terrorismo, esos hechos inmundos donde tanta gente es asesinada o muere por nada? ¡Ah, ya sé! ¡es por la corrupción generalizada tanto de políticos como de funcionarios y empresarios —y hasta de jueces— que no bacilan en saltarse las leyes con tal de lucrarse! ¿A que sí? ¿O será por la falta de convicciones firmes a la que han llegado los ciudadano? ¿Será porque éste se ve desposeido, asediado, maltratado física y moralmente? ¿Será porque nadie está conforme dentro de este materialismo y frivolidad en que se «desenvuelve» la vida? Sí, en algunos aspectos es aterrador ver cómo bandas de malhechores, como ETA, por ejemplo, que lleva más de 40 años asesinando gente por una hipotética independencia de su país sin que nunca haya dado un paso al frente en sus pretensiones y que hasta hemos llegado a entender que causar la muerte a otros puede convertirse en un medio de vida lucrativo. ¿Y los del Islam? ¿En nombre de qué Dios cometen sus actos terroristas? ¿Cómo es posible concebir un Dios que les pide que maten a sus hermanos? ¿Y los delincuentes que entran en una casa y se lían a golpes con los habitantes para quitarles su dinero? En África, en el antiguo Congo Belga, en Ruanda, en Somalia, en Kivo, se mata sin piedad, se tortura, se obliga a niños a participar en la guerra…
Sí, eso podría ser un indicio de que las cosas no andan muy bien.
Pero yo me pregunto, ¿y qué culpa tiene esa inmensa mayoría de la sociedad, esa «masa silenciosa», de tales desmanes. Me refiero al enorme grupo social que lleva una vida convencional, a esa gente que trabaja, que va al supermercado, consume y sostiene la economía, se preocupa por su salud y la de los suyos; me refiero a esos que ven televisión, van al cine, escriben blogs en la computadora (esto lo digo yo para incluirme entre los buenos), están presentes en los espectáculos deportivos, cuidan su casa, leen libros, escuchan música, aman y protege a sus hijos por encima de todo, los educan, inculcan en ellos unos valores si se quiere más débiles que los de antes, pero quizá más verdaderos, no tan supersticiosos ni tan llenos de amenazas, y que están impuestos naturalmente en los principios de no matarás y respetarás a tu prójimo y sus derechos. Me refiero a aquellos que son solidarios con sus semejantes y con la vida, a los que respetan las ideas ajenas.
En realidad, yo creo que nuestro mundo, nuestra sociedad responde a una actividad espiritual y física guiada por la necesidad, por la detección de situaciones anormales y perjudiciales, y por el instinto animal. Sigue un camino que si no está previamente «señalado», la sociedad misma lo crea mientras camina, y lo hace conforme a sus propias necesidades de protección y su recurrencia al sentido común. No se puede generalizar diciendo «todo está mal», porque hay muchas, muchas cosas que están bien. Solo tenemos que echar un vistazo a la historia para darnos cuenta de cómo se ha progresado. Antiguamente la vida de una persona valía mucho menos que hoy y no tenía tantos recursos para denunciar las anomalías y exigir protección.
¿Quien manda en mí, mi subconsciente o yo? Durante esta etapa de aislamiento voluntario en que ando metido, entre otras actividades estrambóticas y curiosas, dedico parte de mi tiempo a analizar y profundizar en lo que representan —desde el punto de vista espiritual— los diferentes órganos del cuerpo y sus inauditos comportamientos, los cuales, a veces, parece que se desenvuelven mediante un sistema teledirigido, porque dan la impresión de que alguien pulsa determinadas teclas para obtener de nosotros unos movimientos específicos. De todas formas, dirigidos desde afuera o desde dentro, nuestra personalidad se desarrolla, se retrae o se estira, mediante la «lubricación» de diferentes sustancias —como la dopamina, por ejemplo, un neuro-transmisor, del cual dependemos para ser felices o desgraciados—. Eso es lo que nos hace tomar las decisiones, aunque sean confusas en algunos casos. También me intereso por hallar el escondrijo de mi subconsciente con el fin de ajustarle las cuentas por hacerme interpretar ciertos papeles en el teatro de la vida sin que yo haya otorgado mi consentimiento. Pero, principalmente, atraen mi atención aquellos elementos que habilitan y ponen en marcha la vida emocional, es decir, los que hacen posible que tengamos sentimientos, o los que nos permiten pensar, o todo lo que influye en mí para ser capaz de apreciar y amar el arte y extasiarme ante la música o la poesía, o lo que me impulsa a sentir un tierno amor por una mujer, y fabricar unos hijos con ella a pesar de saber que pueden llegar a convertirse en mi dolor de cabeza. También investigo qué parte de mi ser es la que me ayuda a resucitar a mi esposa y sentarla aquí a mi lado con su divina sonrisa, o verla montada sobre un caballo con alas volando entre las nubes. Así que, principalmente, mi atención se subyuga con el cerebro que creo que es donde se cuece todo lo relacionado con el espíritu. Y no podemos evitar un sobrecogimiento y una admiración arrebatada, que, al mismo tiempo, nos produce un escalofrío, un sentimiento casi de angustia existencial. ¡Qué complicada es toda nuestra estructura orgánica! ¡Qué cantidad de elementos trajinan e inter-actúan dentro de nosotros con un único fin: darnos la vida y protegerla! Todos estos elementos están formados por células, qué duda cabe —las cuales parecen ser la materia prima— pero entre ellas hay una diversidad de oficios: según cual sea la misión que tienen encomendada (¿quien se la encomienda?), o sea, según el oficio que deben cumplir dentro de nuestro cuerpo. Unas forman y actúan en el riñón; otras acarrean la sangre; otras más forman nuestro sistema nervioso; algunas se dedican a defendernos de los virus, otras —y estas son las que más me llaman la atención—, nada menos que diez mil millones de ellas se convierten en unas neuronas de un color gris apagado, y ocupan nuestro cerebros cortical y reptiliano y, además de darnos la facultad de pensar, nos dotan de los sentimientos, la imaginación, el poder de discernir entre esto o aquello, el instinto de conservación, el temor, la valentía, el deseo de saber, la curiosidad, el amor, el deseo de procrear… En realidad, son como diez mil millones de computadoras captando información, procesándola, comunicándose entre ellas y enviándola a nuestro organismo a través del sistema nervioso, u obligándonos a actuar de determinada manera ante influencias externas específicas. Y es que dentro de nosotros todo tiene vida. Es como un mundo maravilloso con sus especialistas, sus transportistas, su servicio de limpieza, son unos seres que se encargan de actuar conforme a unas normas para que nuestro organismos funcione. La cuestión es saber si ellas están ahí para darnos vida o nos utilizan a nosotros para vivir ellas. Tal vez sea una actitud recíproca establecida así por la Naturaleza. Pero, ¿en qué medida nosotros somos nosotros? ¿En qué medida soy «yo» —si es que en verdad existe un «yo»— quien toma las decisiones? Se han dado caso de personas que después de habérseles eliminado un tumor en el lóbulo central del cerebro, y habiendo quedado sanos, su carácter cambió de una forma radical, como si hubiera fallecido el original y hubiera nacido otra persona. Eso me lleva a preguntarme, ¿En qué medida somos nosotros o somos las «piezas» que nos componen?
(El personaje de la foto es mi hijo Álvaro; la autora, mi hija Mónica)
La magia del ser humano¡La vida, a pesar de los contratiempos que nos suele presentar, es mágica, insólita y maravillosa! Y creo que esta sensación es la fórmula que, en algunas ocasiones —incluso, en muchas— nos otorga un cariz de singularidad y asombro, y, sobre todo, de embelesamiento. Estas propiedades son las que la hacen válida y soportable. Porque, ¿qué sería de nosotros si nuestro conocimiento fuera pleno pero friamente académico, si la acción de la Naturaleza solo la midiésemos en términos físicos o matemáticos, sin ninguna concesión a lo imaginativo y lo banal? ¿Qué sería de nosotros si el misterio, la curiosidad y la incertidumbre no nos embargaran y nos causaran la fascinación que nos causan? Imagínense si careciéramos de facultades para sentir y apreciar la belleza; si una puesta de sol, un paisaje deleitoso, o una sonrisa no causaran conmociones espirituales y no aumentaran las palpitaciones en nuestro corazón; si viésemos la vida con la misma simpleza que puede verla un reptil, un camello o un asno, que, para mí, son los animales que demuestran tener una carencia absoluta de curiosidad y emociones.
La persona que vemos en la fotografía que encabeza este texto —y que aparece sentado en el sofá de la familia Simpson—, es don Antonio Delgado, mi magnífico e inefable amigo. Nos conocimos en Valencia, en el lugar más inverosímil para establecer una relación: el cementerio; allí fue donde iniciamos nuestra amistad. Ocurre que nuestras respectivas esposas reposan en nichos casi contiguos, y se dio la coincidencia de que ambos efectuábamos la visita los sábados a la misma hora. Él siempre iba acompañado de su hija Monserrat, una mujer bella y de gran sensibilidad, además de extraordinaria conversadora. Como es frecuente en estos casos, comenzamos charlando de temas intrascendentes inspirados por la cortesía y el encuentro casual, y acabamos convirtiéndonos en dos buenos amigos cuyas reuniones no se limitaron únicamente a los sábados en el camposanto, sino que las prolongamos a los jueves de cada semana. Don Antonio tiene 82 años y posee esa personalidad extremadamente animosa e ingenua necesaria para disfrutar de una larga vida. Su presencia en esta fotografía demuestra con qué fruición se abraza a la vida. Y es que esa es la clave de la existencia: el ánimo, el amor, el encantamiento. Somos seres humanos, la mayor jerarquía entre todas las especies que pueblan la tierra, y debemos responder a esa responsabilidad y esa gracia que nos ha sido otorgada amando a la vida en todas sus manifestaciones, y no sólo en lo profundo y en lo trascendental, sino también en lo trivial, en la desatención a lo fundamental y en la erradicación de penas que nos proporcionan los mitos…
¿Qué es el amor?
¿Qué es la felicidad sino esos momentos gratos, preñados de satisfacción, cuando los sentimientos se elevan y se perciben las virtudes de la vida en su plenitud? Una intensa noche de amor en la habitación de un hotel; una excursión a un sublime e ignoto lugar; una celebración en familia donde priva la alegría y el buen humor; la contemplación, abrazados o cogidos de la mano, de una puesta de sol en la montaña; una tertulia familiar después de la cena, de explayado diálogo y exposición de emociones y propósitos; el éxito académico o deportivo de un hijo o una hija; una grata reunión con amigos; una charla intensa y compenetrada entre entre mujer y marido, de ilusiones y anhelos, o de éxitos personales, o de manifestación de amor y planes futuros, donde queda demostrado que hay coincidencia de sentimientos, aunque no necesariamente los tenga que haber de puntos de vista…
Podrá parecer una perogrullada, pero la intensidad y perdurabilidad de nuestra relación conyugal se debió al amor. Es algo fácil de afirmar, pero difícil de describir y demostrar. Se han hecho tantas definiciones del amor que lo han convertido en un sentimiento confuso, metafórico, a veces ñoño, cuyo sentido se versifica, y suele ser presentado como una verdad reposada a un tiempo en el alma y en el cuerpo —Rimbaud—; o en el deseo de poseer a quien nos posee —Edgar Morín—; y como la simple respuesta al llamado del otro —Heller—; o que «no es otra cosa que el localizar en un ser, en una vida, dentro de los límites de un rostro y un cuerpo, todo un mundo de abstracciones y anhelos, de espacios infinitos e irrealidades sin medida», que se le ocurrió decir a un poeta como Pedro Salinas. O la sentencia de Robert Herrich, que nos anonadó con aquello de: «Por favor, ámame poco si quieres amarme mucho tiempo». O lo que, para desilusión de muchos, Marguerite Yourcenar, dixit: «Hay que amar mucho a una persona para arriesgarse a padecer. Debo amarte mucho para ser capaz de padecerte»…
Cuando, en realidad, el amor, el verdadero y válido amor, el que se disfruta a lo largo de la vida con intensidad aunque por diferentes razones según el momento, es decir, la buena y duradera relación, proviene de un estado de ánimo compartido; de un propósito común; de una ilusión perenne y una armonía de sensibilidades y pensamientos; de un concepto sin fisuras respecto a la lealtad y a la coincidencia de inquietudes, la comprensión, la comunión de intenciones, y, sobre todo, de complicidades. Y no es sacrificio, porque lo que yo hago por el ser amado no es ningún sacrificio, sino entrega; no es padecimiento ni es renuncia.
Antes y después de casarnos, tanto Angelines como yo vimos a nuestro alrededor un crecido número de matrimonios rotos o en estado de descomposición, o destruidos, o muertos en vida, que es lo más frecuente. Bien cerca de mí tengo el fracaso de mis padres. Cuando mi padre pretendió a mi madre, apenas cumplía 16 años, y mi madre 19. Dado que en sus pretensiones se enfrentó a la férrea oposición de mis abuelos, hubieron de recurrir a diferentes estratagemas para alimentar su pasión y, desentendiéndose de los obstáculos que le salían al paso, mi padre escribía sus más encendidos versos de joven y apasionado poeta para conquistar-engatusar a mi madre:
¡Mi virgencita loca! ¡Mi virgencita loca!
Tú que eres mi divina musa de carne y hueso,
apaga en mí esta fiebre de besos con tu boca,
y ahoga esta tristeza eterna con tus besos.
Y mi madre, probablemente, apagó la fiebre de mi padre con sus besos, y es posible que agregara algún complemento, pero sus afanes bomberiles no dieron resultado, porque, aunque se casaron y obligaron a mucha gente a dar su brazo a torcer, diez años más tarde él huyó de su lado, con una compañera de trabajo oculta en su equipaje, y propiciando que las apasionadas y prometedoras expresiones de un amor delirante fueran barridas por el viento. Y así fue como tal despropósito constituyó al martirio y la destrucción de ambos e, irremediablemente, nos afectó a nosotros, sus hijos, sus más vívidas creaciones poéticas, según él mismo confesaba. ¿A qué se debe que tanta dulzura, tanto amor encendido, tanta pasión y poesía se convirtieran en un humeante y maloliente montón de mierda, es un misterio imposible de desentrañar. Nadie lo sabe. Aunque, cuando se analiza bien, se descubre que estas posturas son propios en los impredecibles desvaríos del ser humano.
Lo extraño de la vida Al rebasar los 60-65 años es cuando comienza uno a darse cuenta de lo extraña que es la composición de la vida. Hasta entonces, entre que si los estudios, que si la preocupación de abrirse camino, echarse novia o novio, tener las primeras experiencias sexuales, casarse, concebir hijos, comenzar a pagar facturas, entrar en el tráfago competitivo, etc., uno casi no repara en el embrollo existencial y tenso donde estamos metidos. Entonces todo parece ser normal y como tal se acepta. Luego, tras la jubilación, en la medida que uno va siendo arrinconado, o cuando se auto-arrincona —como es mi caso—, es cuando la mente empieza a inquirir y a preguntarse qué coño es esto, qué hacemos aquí y para qué hemos venido al mundo… Y es que estas parecen ser las pautas que utiliza la vida para conducirse, es decir, así es como está organizada. El asunto sería saber quién es el organizador —si es que realmente hay alguno— y cuáles son sus fines —si en verdad existen—, y por qué le son escondidos a la humanidad.
En alguna ocasión he escrito que el mundo es así: misterioso y oculto, y, además, fundado en el desconocimiento y en la incógnita. Si lo supiéramos todo seríamos como dioses aburridos o viviríamos en el horror al saber con seguridad que detrás de esta vida no hay nada, solamente silencio… Pero esa tiene que ser una de las posibilidades. Ahora, así como somos, poseemos sensibilidad para captar lo bueno y lo malo, para disfrutar y entristecernos, para amar y aborrecer, para desear sin sentirnos satisfechos. Es una muestra de que no conocemos nada o casi nada y de que todas las cosas son imprevistas, lo cual nos crea un desasosiego pero es también un incentivo para que el mundo progrese y vaya a más. Imagínese que supiéramos con certeza que existe una vida superior a esta, en la cual se es absolutamente feliz, y que nuestro destino consistiría en arribar a ella después de que fallezcamos. Nuestro interés por esta vida sería muy relativo y apenas se nos presentara un contratiempo estaríamos deseosos de morir para acceder al otro mundo y desviar la situación… Me contaron un chiste no hace mucho respecto a una viejita que se encontraba en el lecho en trance de morir; el sacerdote que la atendía trataba de calmar su angustia diciéndole: «Alégrate, hija, porque estás a punto de llegar a la casa del Señor… Ay, sí padre, respondió ella, pero como en casa de una no se está en ninguna parte…» Por ejemplo, ponga usted su hemisferio izquierdo a razonar y pregúntese: ¿Cómo son los espíritus? ¿Qué hacen? ¿A qué se dedican? ¿Tienen boca y ano? ¿Comen y defecan? ¿Tienen contactos sexuales? ¿Saben reír y llorar? ¿Duermen? ¿Tienen ojos y ven? ¿Usan el teléfono celular y la computadora? ¿Cómo se divierten? ¿Están todo el santo día alabando a Dios? ¡Pues vaya pesadez, dirá Dios, tener a todas estas sombras en todo momento haciéndome reverencias y sin yo disponer de un momento de vida privada…!
No, es algo que en nuestra mente no cabe. Pero no me voy a poner negativo. Ahora se habla mucho de esa red neuronal que tenemos en nuestro cerebro por la cual circula la manifestación religiosa y la creencia en Dios. ¿Quién nos la ha dado y por qué si no existe nada? Yo mismo que no tengo ninguna creencia firme y en mi cerebro cortical todo son dudas, tengo una especie de intuición, un instinto, en relación al espíritu de mi mujer. No es nada razonado —ya que son cosas que no se pueden razonar—, pero es un convencimiento emocional de que ella, su espíritu, está en alguna parte y, a veces, establece una comunicación conmigo y hasta hace alguno que otro milagro: me sana, se me aparece en sueños y me orienta en determinadas ocasiones… ¡Pero de esto ya les hablaré otro día!
¿Qué estarías pensando…?Dime, ¿qué estabas pensando cuando me miraste así? ¡Cuántas emociones me produce esta mirada tuya! Veo, sobre todo, un sentimiento de amor, porque eso era lo que más tú sabías dar, pero también siento que hay un deje de reproche. Bueno, no quiero exagerar: reproche en la medida que eras capaz de reprochar algo, porque en tu corazón no había lugar para tal sentir. Hay ternura en esa foto, qué duda cabe, ya que ese era otro de tus juicios más destacados…! Es lo que tiene el retrato: cada vez que lo miro —y lo hago muchas veces cada día— me inspira una disposición tuya diferente: de pasión, de requerimiento, de ánimo, de severidad, de dulzura… Probablemente son cosas mías, producto de mi imaginación o de mi subconsciente, o dependiente de mi estado de ánimo, pero, sobre todo, es la necesidad que tengo de ti y de tu apoyo, o por el vacío que me confiere tu ausencia, o será por la añoranza de tus caricias, o ante el deseo de que me indiques la senda, o que, de alguna manera, escuches mis palabras. ¡Qué cosas! La vida es tan rara, amor…, y las fotografías siempre han tenido una participación tan acentuada en nosotros que parece que todo hubiera sido previsto por una deidad traviesa o reevoltosa. Y no me refiero al hecho sincronizado de que yo tuviera en mi poder una foto tuya desde un año antes de conocerte —y que te he de aclarar que de ninguna manera fue la que me condujo a ti, porque me enteré de que la tenía dos meses después de hacernos novios, algo que, ya de por sí, supondría un cúmulo de asombros e invitaría a pensar que alguna fuerza externa impredecible nos maneja—, sino porque posar no era una de tus predilecciones. Y precisamente, en esta, que la obtuve unos siete meses antes de que murieras, sí lo hiciste. Es como si «alguien» te hubiese musitado al oído: ¡Déjale este recuerdo, que lo va a necesitar…! Luego está esa sonrisa «giocondana», que unas veces la detecto de forma tenue; en otras se acentúa, y en otras desaparece. Si te miro y te encuentro seria, te musito: «sonríeme, por favor; no me mires tan severa». Y, tras hacerte este ruego, desvío mi mirada por un segundo y cuando la vuelvo a ti, capto de nuevo tu delicada sonrisa. Hay algo, amor, no hay duda de que hay algo. Ahora tú lo debes saber… Claro, antes que nada hay que considerar que nuestro matrimonio no fue un matrimonio convencional, no uno más o uno del montón. Fue una unión especial, más construida y mantenida por ti que por mí, lo reconozco. Porque mi desvío, mi deslealtad pudo haber acabado con algo que habíamos estado edificando durante los doce años anteriores… Aunque, bien pensado, la presencia de Astrid en mi vida —en nuestra vida— pudo estar calculada por «la deidad que arregla nuestros ires y venires», sea quien sea. ¿Habría llegado Dany al mundo de no haber sido por la reconciliación originada entre nosotros tras mi separación de esta muchacha y mi regreso a ti? ¿Habríamos tenido los 28 años posteriores de idilio y amor apasionado, sin brechas ni objeciones, si no hubiera existido ella? ¿Se habría sincerado nuestra unión, progresando tal como lo hizo hasta llegar a una relación casi perfecta? Por esa razón, quiero gritarlo ahora para que todo el mundo lo oiga: Me enganchaste bien, amor, ¡claro que me enganchaste! ¡Y qué sujeto a ti me tienes aún! ¡Si te tengo aquí, casi resucitada, a mi lado, en mi corazón, en mi mente, en mi alma, a toda hora! Y no pienso dejarte ir, porque si te vas de mi lado, el mundo se me viene encima…
¿Con qué ojos hemos de mirar la vida?¿Con qué ojos debemos mirar la vida? ¿Con los que la reprueban o con los que la bendicen? ¿Cuál es el color del cristal con que se debe observar?
A partir del día que en mi declaración fiscal comencé a escribir la palabra “viudo” en respuesta a “diga su estado civil”, mis parámetros, mis impulsos, o sea, mis puntos de vista o, más bien, mi sentido de la vida, han ido cambiando paulatinamente. También ha cambiado mi entorno, mis circunstancias, mis temores, mis ideales. Ha cambiado mi forma de ser y mi forma de estar, mi forma de vivir… Ahora, dentro de mi casa, todo es silencio, no hay rumores ni risas, ni conversaciones, ni tan siquiera llantos. Sólo capto la persistente gota de un grifo mal cerrado, o el motor de la nevera, o los sones musicales a los que suelo recurrir cuando mi pensamiento me perturba demasiado. Y es curioso que lo que yo antes aborrecía, ahora es lo que más me agrada, como son los ecos del vecindario que llegan a mis oídos desde los patios, o a través de las paredes. Esos clamores me traen la sensación de que la vida no se ha detenido para nadie, salvo para mí. Escuchar las discusiones de matrimonios mal avenidos, el angustioso grito de una hija impaciente ante las prevenciones de su madre, los ladridos lejanos de un perro, las sirenas de los barcos, el lloro de un bebé, el golpeteo rítmico de una lavadora, la música de rock duro que ahoga el desamparo de un adolescente, el palique de dos mujeres de ventana a ventana, o de puerta a puerta, en los rellanos… Viniendo como vengo de una familia numerosa, compuesta por una mujer, Angelines, seis hijos plenos de energía y de humor alborotador, y yo, una familia amplia un tanto predispuesta a lo extravagante, una familia donde reinaba el amor, las risas, las ilusiones, la alegría; donde privaban el hambre de vivir, los anhelos, las ansiedades, las pasiones; los proyectos, los discursos, los desengaños, las inquietudes, las ansiedades, las visitas, y otras concreciones ambiguas, si se quiere, pero plenas de vitalidad… desde tal procedencia, digo, a verme desposeído de amor palpable, carecer de confrontaciones domésticas, de todas esas pequeñas y grandes agitaciones propias de la vida diaria, ha significado un cambio inesperado, tan ajeno a lo que podría calcular, que he acabado sumido en un anonimato vacío de ilusiones.
Mis vivencias ahora las obtengo del acto de pensar, meditar, leer, tomar notas, escribir poesías, y registrar mis angustias en este diario, que es como si me escribiera a mí mismo…