lunes, 26 de octubre de 2009



La incógnita de la vida

Sí, la vida, además de absurda, parece una zoquetada. Si hubiera sido creada y, además, fuera operada por el Dios convencional —ese Dios al que se le rinde adoración y se le cantan aleluyas y letanías— , tendríamos que pensar que se trata de un Ser terrenal con una mentalidad un tanto complicada y surrealista. Y si ha surgido de la nada, si yo estuviera absolutamente seguro de ello, pues me evitaría tener que escribir este artículo ya que no existiría una razón para presentar una reclamación porque no solo no habría a quién reclamarle sino que la vida carecería de método. Y lo que yo deseo hacer ahora, en este momento, es presentar una querella…
Veamos: Si somos obra de Dios, yo, ante el desfigurado estado de tantas y tantas cosas, en mi papel de célula con facultades de discernimiento —creada y programada por Él—, tendría todo el derecho a elevar mi protesta. ¡A quién se le ocurre inventarse un corral de patos locos como éste y dejarlo que transite al albur por tan extraños caminos! Yo que, en verdad, ni creo ni dejo de creer —en realidad, no entra en mi cabeza ninguna de las dos teorías—, si creyera que Dios está ahí, detrás de esa nube, no me escondería para llamar su atención. Me dirigiría directamente a su eminencia y, en lugar de recitarle letanías, le diría: ¿Pero cómo se puede tener la categoría de Dios y ser al mismo tiempo un chico tan descuidado? ¿De verdad estás orgulloso de haber creado este tinglado inútil, lleno de complicaciones vanas? Se ve con toda claridad que tú y tus arcángeles perseguís unos fines que no coinciden con los de nosotros, los mortales. Sólo, por alguna extraña razón, parece importarte la multiplicación y la evolución de las especies. ¿Somos sólo un experimento que nada tiene que ver con el amor, la justicia y la compasión, sentimientos tan pregonados en tu nombre por tus «empleados» de aquí abajo? ¿Nos has creado como un experimento, para ver hasta dónde somos capaces de llegar, y en qué momento haremos que tu invento reviente? Pues no acabo de ver la razón. A no ser que además de carecer de sentimientos seas un ser despiadado, y que tu entretenimiento principal consista en ver sufrir a la gente. Está claro que no te interesamos casi para nada, que no te importa si hacemos ochos en el aire o vivimos con la lengua afuera, si cometemos adulterio, o si asesinamos a nuestro vecino o le sacamos las tripas a los gatos. Antes yo pensaba que nos habías dado una serie de medios como aliento para que nos sintiéramos felices, como las flores, su perfume, el amor, el mar, el sol, las artes, la danza, la sonrisa y esas cosas… Pero no. Ya veo que la mayor parte de los sentimientos ñoños que nos has inculcado, no pasan de ser un truco, un engaño para desviar nuestra atención y evitar que te exijamos cosas más sólidas, más valiosas. Todo parece estar hecho para la proliferación de la vida orgánica: el placer que se siente al fabricar un hijo; la satisfacción de comer, el amor carnal, la facultad de hablar, la ambición de poseer más de lo que se tiene. Pero no acabo de ver el propósito, la razón, o el sentido de la vida. Pienso que puede obedecer exclusivamente a una necesidad tuya, algo relacionado con tus intereses, que forma parte de tus necesidades de nutrición, algo así como si fuésemos un criadero de truchas para abastecer el mercado…

Y bien, como no pretendo dejar este texto cojo: ahora supongamos que Dios no existe y que todo este tinglado se ha edificado solo… Que estos millones y millones de repugnantes, gelatinosas y malolientes células que nos habitan, las cuales, en una perpetua y desatada orgía, se pasan todo el santo día revolcándose entre ellas, y reproduciéndose sin ningún propósito claro, sin que lo que hacen tenga ningún propósito determinado, solo por que así están programadas «por el azar y la necesidad» o lo hacen por el placer de hacerlo… En este caso, nada tiene sentido ni justificación. Esto de aquí, la vida que nos rodea, al ser totalmente absurda y sin ningún fin, carece de razones para exigir un comportamiento. Aquí no existe la ética, ni la bondad, ni el perfume de las flores. No trascendemos. No tenemos futuro. ¿Almas vagando entre las nubes mientras tocan la lira? ¡Ja, ja, ja.! Pero, ¡por favor! ¿Quién sería el loco que se inventó tal figura? Tampoco la sonrisa es un signo de amor, sino una simple contracción grotesca y nerviosa de los músculos faciales. La ciencia, los discursos, la filosofía, la poesía, el arte, es pura charlatanería porque carece de trascendencia ya que todo está hueco, vacío. Mañana este planeta se quedará inerte y será un pedrusco más de un color gris apagado, dando vueltas tontamente alrededor de un sol que también perecerá con el tiempo y, después, solo quedará el silencio, la noche. Todas esas linduras inventadas por el hombre desaparecerán eternamente… Y con el paso del tiempo, tal vez, un meteorito despistado volverá a chocar con este pedrusco y posiblemente se creen otra vez las condiciones apropiadas para generar la vida y, ¡hala!, otra vez a comenzar: genes por aquí, amebas por allá, células locas, líquidos extraños borboteando basura, bacterias convulsas, lluvias de ácido, ¡pollas en vinagre! ¿Todo ese lío para qué? En realidad, si no existe Dios, las guerras, el hambre, la ambición, la insolidaridad, la mentira, el aprovechamiento de unos pocos a costa de la pobreza y las angustias de otros, son otras tantas acciones humanas lícitas, sin ningún sentido de pecado, algo que no tiene por qué juastificarse. Claro que yo me pregunto: ¿y por qué habrían de justificarse? En realidad, son actitudes tan valiosas, huecas e ineficaces como las demás porque, sin Dios y siendo lo nuestro una especie de aventura provisional, ni el mal ni el bien existe y carece de sentido implantar una reata de normas morales, que solo serían virtudes inventadas por los listos de aquí abajo para engañar a los tontos de una escala inferior y para que éstos se avengan a sus deseos mediante las amenazas de la condenación eterna. No. Sin Dios no hay esperanza ni la Vida tendría explicación alguna…

(La foto del encabezamiento de este artículo podría ser de mi hija Mónica, pero ella no puede estar en dos sitios al mismo tiempo, porque también es la que aparece ahí mirando al firmamento y preguntándose: ¿Qué es la vida? Será entonces de su marido Serafim…)

domingo, 25 de octubre de 2009



La vida y sus secretos

Cuando intentamos penetrar en los secretos de la vida surge una especie de desamparo. No hay explicación científica ni filosófica que nos llene, y menos en estos tiempos nihilistas y deshumanizados que nos conducen a la autodestrucción y al atontamiento. Yo, ahora, en este momento, vivo una fase que me hace sentir un fuerte desdén hacia los iluminados. Cada vez que leo que Aristóteles dijo esto, y Kant aquello otro, y Schopenhauer lo de más allá, casi me entran ganas de reir. ¡Pero, por favor! ¿Qué se esconde detrás de aquellos que dicen saber en qué consiste la vida? ¿Durante cuánto tiempo se insistió que el hombre y la mujer, primero que descendían de Adán y Eva, luego que del mono; ahora, cien o doscientos años después, dicen que no, que los humanos y los monos siguieron diferentes caminos… Generalmente, es por ambición no por conocimientos contrastados. Ambición de liderazgo, o de hacerse célebre, escribir un libro y ganar dinero. Y, de cualquier manera, es un objetivo personal, no humanitario. Cuando veo todos esos predicadores de la televisión me entran ganas de llorar o de reirme de la ingenuidad de las gentes… ¿Cómo puede dejarse engañar, así, sin más? ¿Es que están tan necesitados del apoyo divino que hace que se lo crean todo? Hay unos predicadores que hablan con furia, como si el mismo Dios les hubiera encomendado que solucionen el asunto a bofetadas o dando puñetazos sobre la mesa (no hace mucho tiempo un «iluminado» se rompió una mano por dar un golpe); otros lo hacen con mansedumbre, tratando de penetrar en el espíritu de las gentes y en sus corazones atribulados; otros prometen dinero, riquezas, buena posición, presentan a un Dios dadivoso con los bolsillos rebosantes de monedas… y a cambio de situar a los fieles en magnífica relaciones con ese Dios que otorgará riqueza, ellos solicitan una colaboración económica por adelantado, sin esperar a que llegue su encopetado dios repartiendo billetes y flores. Es inútil que indaguemos, que nos hagamos la clásica pregunta de quiénes somos, adónde vamos o de donde venimos. Cuanto más indagamos mayor es la confusión. Blaise Pascal lo dijo: «Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber.» Si acaso, mediante un método deductivo nos podemos acercar en un punto a la verdad, pero nunca habrá certeza por más sugerentes que sean las maravillas del mundo. Tal vez recurriendo a lo más palpable: la Naturaleza. En la Naturaleza encontramos una actitud de inteligente determinismo, y confiamos en que por parte de ella siempre habrá un sometimiento al cumplimiento de las normas establecidas. Y ese es el caso: tan absurdo es pensar que el universo, el ser humano, las plantas, etc. han sido creados por un dios, como la idea contraria: los que dicen que todo se ha hecho solo, de casualidad. Me gustaría que algún científico de esos me aclarara si realmente existe algo que se haga solo. Actualmente, los darwinistas —con Dawkin a la cabeza— andan predicando que lo más racional en la vida es ser ateos, sin explicar por qué o explicarlo con argumentos confusos. Y me pregunto yo, ¿a ellos qué lo mismo les da que unos crean y otros no? Dicen que las religiones originan guerras. Pues sólo hay que examinar la historia para conocer que los ateos son los que más las originan. ¿era católico Stalin?; ¿en quién creía Mao Tse Tung? ¿Hitler eliminó a los judios por cuestiones religiosas? ¿Y lo de Pol Pot y los jemeres rojos, que se cargaron a millones de gentes con la simple disculpa del «enemigo oculto»? Lo que nos hacen pensar estos predicadores de pacotilla es que lo único que les interesa es que de sus libros se vendan miles de ejemplares y les produzca enormes cantidades de dinero. Creo que esa es su verdadera religión… Mientras tanto hay que comportarse como una célula privilegiada a la que se le ha dado el poder del discernimiento y la sensibilidad. Además de la facultad de hablar.

sábado, 24 de octubre de 2009




Vicisitudes de un aspirante a escritor

Veamos —me cuestiono un día 24 de octubre de 2009, a las 3 de la mañana, mientras padezco una demoledora crisis de identidad y un dolor en la mano izquierda (me partí la muñeca tras una caída) que no me deja dormir—, aclarémoslo de una puñetera vez: ¿Soy escritor o no lo soy? ¿Pertenezco a esa secta de individuos extraños que lo miran todo con el mismo espíritu con que un científico observa el movimiento de las bacterias o las particularidades de las partículas elementales? ¿Poseo las condiciones requeridas, es decir, creatividad, imaginación, soltura, conocimiento, espíritu de sacrificio, deseo ferviente de contar una historia, personalidad, instinto, inteligencia, ambición, desdén por la vida convencional, cierto sentimiento de superioridad sobre el resto de los mortales, afán de construir el mundo a mi manera…? ¡Ah! y algo de primerísima importancia: ¿es posible abrirse camino y llegar a ser leido y, por lo tanto, que los editores sientan el suficiente interés por mis escritos como para arriesgarse a publicarlos, sólo cubriendo —aún con creces— los tres requisitos fundamentales, que son escribir bien, tener la inclinación a descomponer y volver a reconstruir la vida y saber contar las historias de una manera bella y original? ¡No! Sé que estos requisitos, aún siendo imprescindible, no son decisorios. Y presumo de tal conocimiento por la autoridad que me da el hecho de haberme pasado la vida trabajando en el negocio editorial, y, además, ejercer esta profesión en cuatro países de dos continentes, lo cual me permite conocer la extraña composición mental del editor, siempre anteponiendo sus intereses económicos a la obra literaria… Claro, al asegurar tal cosa, no trato de desilusionar a los principiantes: siempre les queda alguna puerta adonde llamar (si son jóvenes, claro), pero a mí, ahora, a mis 77 años, la verdad es que no me preocupa demasiado que me publiquen. Eso no me quita el sueño. Para mí, el ejercicio de escribir, siendo casi una terapia, no pertenece a los editores —no sé si afirmo tal cosa tratando de buscar un consuelo— o a que un editor viole sus materialistas principios deslumbrado ante la calidad de mis trabajos. Lo que me quita el sueño es la incógnita de si soy capaz de hallar lo que en verdad se esconde en las entrañas de la literatura y en el afán de escribir.
Puedo asegurar que no soy un improvisado: apenas aprendí a garabatear dos letras, comencé a escribir como un obsesionado, y desde entonces no ha habido quien me pare: diarios personales, cuentos nunca publicados, ilustrados con dibujos propios, poesías, cartas de amor y desamor, o solicitudes de empleo, opiniones y quejas en "cartas al director", y muchos artículos de prensa… Esta inquietud mía por utilizar las palabras, por envolverme en la letra escrita, nació en España cuando ocurría una guerra. En aquel entonces yo solo tenía cinco años, pero esa desgraciada guerra me abrió el entendimiento y me dio un aldabonazo para que mi escritura se volviera queja, porque aquella contienda destruyó a mi familia: mi padre, al exilio; mi madre con el corazón roto porque mi padre no se fue al exilio solo, sino con su secretaria; mis dos hermanas y yo internos en colegios de caridad. Utilicé el periodismo como desahogo y siempre fue mi lado más fuerte: contar lo que veían mis ojos o lo que sentía mi corazón, me chiflaba y se convirtió en una especie de necesidad emocional. Si no escribía, para no morirme, contaba mis historias a los amigos o denunciaba verbalmente todas las injusticias que acontecían hasta donde alcanzaba mi vista. Pero, además de todo, lo de escribir lo llevo en mis venas: mi padre fue poeta, periodista y escritor. Y mi abuelo también. Ambos nacieron en Burgos. Igual que yo.

miércoles, 21 de octubre de 2009


Mujer y hombre al fin…


Antes de decidirme a conversar con ella, nos habíamos cruzado en tres o cuatro ocasiones. El primer día, al vernos, nos miramos y sonreímos; el segundo, yo le dije Buenos días… y ella respondió con unas palabras ininteligibles en voz muy queda; la tercera vez, cuando se encontraba a unos diez pasos de mí, Carla se detuvo, me miró e hizo un ademán como si intentara decirme algo, pero después lo pensó mejor y continuó su camino con la cabeza baja, sin mirar ni sonreír. El cuarto día, al llegar a la rotonda donde yo hacía meditación, la vi mientras practicaba una especie de tai-chí… Ahora no te me escapas, pensé. Me situé a cierta distancia de ella, junto al rompeolas, haciendo que miraba hacia el horizonte lejano donde el mar se mezcla con el cielo, esperando a que acabara sus ejercicios. Tres o cuatro minutos después, ella los dio por terminados: levantó los brazos, los cruzó sobre su frente, e hizo una ligera reverencia al vacío. Después giró con actitud marcial e inició su retirada: espalda recta, abiertas zancadas y amplio balanceo de brazos. Esa fue mi oportunidad. Le salí al paso dirigiéndome en diagonal hacia ella, y la abordé sin más: Hola. Buenos días. Perdone que me cruce en su camino de una manera tan brusca, pero, según veo, usted es una experta en estos ejercicios orientales, y yo apenas me estoy iniciando. ¿Me puede decir qué frutos espirituales se obtienen con esos movimientos rítmicos pero extraños que acaba de hacer?” Se detuvo y me observó con un gesto de desconfianza; después, al contemplar este aspecto algo cándido y bonachón que yo tengo, sonrió y calculó por un breve instante su respuesta. Bueno, espiritual ninguna. El fruto que se obtiene es físico. En el tai-chi todas las articulaciones entran en juego y eso hace que el cuerpo funcione de una forma armoniosa. Claro, indirectamente, lo espiritual, al encontrase el organismo en buenas condiciones físicas, también se armoniza… Aaaaah, acerté a decir anonadado. Yo siempre creí que tanto en el yoga, como en el tai-chí y los demás ejercicios de raíz oriental, se buscaba como resultado principal el equilibrio de la mente y el bienestar del espíritu. Más que lo físico. No, es al contrario…, dijo ella. Aaaah, volví a exclamar en otro momento de inspiración verbal, comportándome igual que un pavisoso desconcertado. Y es que ella sonreía y, de cerca, su sonrisa resultaba tan atractiva y acogedora… Su mirada no tanto: era más bien fría (azul-gris como el acero son sus ojos), y no me llegaba ni muy directa ni muy penetrante, sino más bien apagada y desprovista de significados… Estaba claro que, por el momento, no había correspondencia.

Pero, ¿qué digo? ¿Qué correspondencia puede haber entre dos seres que acaban de conocerse? Además, yo tampoco buscaba nada en especial si exceptuamos esa constante sexual que el señor Freud —para justificar sus propias debilidades— nos asignó a sus congéneres. Ahora, me pregunto, ¿qué fue lo que me atrajo de Carla? ¿Era realmente su atractivo de mujer? Debía de andar por los 60 años y, para su edad —y en comparación con las otras mujeres que acudían a aquel lugar a hacer ejercicio y tratar de bajar unos kilos— sí destacaba. Claro, también pudiera ocurrir que al hambriento, como era mi caso, todo le parecen solomillos… Su cuerpo bien pudiera corresponder con el de una chica de 40 años o menos. Pero de cerca, vista de frente, se apreciaba enseguida su verdadera edad: pecho caído, piel gastada, falta de iluminación en la mirada… Nos fuimos caminando juntos y, mientras, nos comunicamos para conocernos a fondo, explicando nuestras respectivas circunstancias y nuestros mutuos conceptos de la vida (risas nerviosas, desviaciones de la mirada, toses inoportunas…). Y es que ese es, teóricamente, el engranaje, el enlace entre los seres, lo que va formando la vida. ¿Hay afinidad? ¿Hablamos el mismo lenguaje? Nuestro pensamiento, aunque no siempre coincida, ¿está al mismo nivel de entendimiento? ¡Pues perfecto! ¡Adelante! ¿Qué importa que tu seas mujer y yo hombre? ¡Somos dos seres y en nuestros respectivos cerebros hierve el mismo potingue dulce, ácido, amargo, duro, picante, salado, soso, evanescente, mierdero, corrosivo! ¡Ah!, ¿que tu eres casada? ¿Y eso qué, si nosotros no consideramos para nada el género al que pertenecemos…? Además, ya ambos hemos cumplido con la exigencia de la Naturaleza: hemos traído hijos al mundo. Ahora el sexo no es el objeto. ¿Disfrutar? ¡Por favor, ambos tenemos el concepto de que el disfrute de la amistad es superior! El amor ahora, sin intervención de la libídine, es puro, inmaculado, limpio. El agujero negro del cosmos por donde se van nuestros pensamientos se henchirá de placer con nuestras respectivas emociones y con nuestros sentimientos no adulterados… Carla y yo nos fuimos conociendo en los días sucesivos. Nuestros lazos cada vez eran más firmes. Ya no nos limitábamos a pasear juntos cuando «casualmente» nos encontrábamos, sino que al llegar lo primero que hacíamos era buscarnos, ansiosos por desembuchar cuanto teníamos dentro: intimidades, pasiones, desconsuelos, reniegos, creencias y dudas, amor al mar, amor al sol, amor a la vida y a la poesía, y al arte. Allá en el Escambrón la gente nos sonreía, nos saludaba, nos miraba con cierta envidia. Algunos murmuraban… (¿A ti te importa?, me decía ella, ¡Porque a mí no…!)

Sí, parecía que éramos dioses…

Un día que yo le conté la razón por la que mi amistad con otra amiga había terminado, ella me dijo: ¿Y tú crees que ésa es razón suficiente para terminar con una amistad? Con lo que me dio a entender que para ella la amistad tenía un alto significado. Carla tenía esa tendencia propia de las almas buenas: todo lo disculpaba; nunca —o casi nunca— censuraba a nadie. Para ella los seres somos así, con nuestras virtudes y nuestros defectos, y así tenemos que ser aceptados y así debemos aceptar a los demás. Y yo me sentía orgulloso. Hasta llegué a pensar que mi amistad con ella justificaba mi presencia en Puerto Rico. A veces me leía algunos de sus poemas, o me mostraba sus pinturas. Hasta me hacía partícipe de sus sentimientos más íntimos leyéndome bellísimas partes de sus diarios ilustrados. Pero no sé qué paso. De repente todo empezó a declinar a nuestro alrededor. Carla parecía tener más interés en rebobinar la cinta, en convertir algo profundo en algo superficial, en ir borrando las huellas que habíamos dejado marcadas.

Así es la vida, hay que reconocerlo. Al final se vio claro que no éramos dioses: sólo éramos una mujer y un hombre. Con los defectos, la tragedia y las imposiciones convencionales que eso conlleva…

martes, 20 de octubre de 2009



¿Cómo interpretar la vida?


Según Einstein, "Hay dos formas de vivir la vida: una es pensando que todo es un milagro; la otra es pensando que nada lo es." Es un pensamiento curioso éste, más si consideramos que salió de una mente como la de Einstein, un hombre dedicado a desentrañar la vida mediante la ciencia, a desmenuzarla y sacar conclusiones. Indudablemente que la vida tiene eso, que depende de cómo la miremos.

Por ejemplo, la rosa: ¿cómo no podemos sentirnos subyugados al contemplar una rosa? A mí las flores, en general, me emocionan, elevan mi pensamiento, cambian mi temperamento, lo suavizan, me convierten en un ser agradecido a la Vida… Pero las rosas me trasladan a la cuarta dimensión. Solamente con contemplar una, ver sus pétalos aterciopelados, delicadamente arqueados envolviendo púdicamente sus partes internas, como protegiéndolas, u oler su delicada fragancia, mi mundo espiritual se expande, mi pensamiento se aproxima a la creencia en un ser superior sumamente bondadoso.

¿Cómo sería un mundo sin flores? Desde luego, no habría abejas, ni mariposas, ni colibríes… Pero yo no creo que sea esa la única razón de su existencia. Además, ¿por qué algunas aves, algunos insectos, la mayoría de las mariposas viven de las flores y hasta las polinizan, y otras de la misma especie obtienen su nutrición de los excrementos? ¿Son la representación de los malos y los buenos?

Yo no puedo imaginar la presencia de la rosa sin haber sido construida por las manos de un ser asombrosamente poético, delicado e impregnado de amor. Dentro de algunas religiones —la cristiana entre ellas— se supone que la creación obedeció a un impulso de amor de un ser creador. Bien, pues la presencia de la rosa es el mejor símbolo del amor… Hay veces que, como un divertimento intelectual y poético —y sin que nada haga suponer que poseo creencias religiosas—, me dedico a elucubrar en lo que un posible Dios todopoderoso habría sentido antes de crear cada uno de los elementos que componen el mundo o la vida, es decir, los hechos que la biblia le atribuye que creó con un chasquido de sus dedos: los ríos, los animales, los peces, las plantas, la luz, los seres, etc. y me sale un apunte de corte poético acerca de lo que sintió ese ser en el momento que decidió crear la rosa: «Dios deseaba entregar a los seres algo que fuera el gran símbolo de su amor, y se quedó observando las nubes blancas, algodonosas; las plumas de las aves, el terciopelo de las arenas del desierto; las aguas quietas de una laguna; la tersura y la suavidad del azul del cielo… y pensó en cuál podría ser el objeto que contuviera todas esas maravillas dentro de una sola representación: entonces creó la rosa…». Claro, después de este desgaste mío en el departamento imaginativo de mi cerebro, llegan los científicos y dicen: «No, si la presencia de la rosa y de las flores en general obedece a la conjunción de los ácidos nosequé, nosequé, con las moléculas invertidas del… y la descomposición originada por los rayos solares», y adiós poesía. Todo queda supeditado a unas esferitas girando a toda velocidad sin saber por qué lo hacen… ¡No, si es que somos nada!

lunes, 19 de octubre de 2009


Los «gigantes» que nos presenta la vida


En el preámbulo de mi recién concluida novela —¡¡por fin!!— De la misma tela que los sueños, refiriéndose a algún propósito que el personaje principal, Víctor, no tuvo oportunidad de alcanzar, se dice:


«Tal propósito, en tu ánimo, no era sino la expresión de rebeldía nacida ante tanta frustración, una reacción que respondía al trajín infecundo causado por las decepciones encontradas en el fervoroso deseo de triunfar sin saber bien en qué. En ti el afán de reposo provenía de la predisposición del guerrero a deponer las armas tras perder incontables batallas libradas contra descomunales gigantes, los cuales, al final, se demostró que sólo eran molinos de viento…»


…y, al releerlo, me entra algo así como un principio de angustia mientras pienso en qué medida es aplicable esta sentencia a mi propia vida. En realidad, ¿luché contra lo que se presentaba ante mí como gigantes descomunales cuando sólo eran molinos de viento? ¿Deseaba yo triunfar pero no sabía bien en qué? O sea, para mayor enfrentamiento conmigo mismo, tendría que preguntarme si me pasé la vida «dando palos de ciego»… Y es que eso es lo malo (o lo bueno) de escribir novelas: constantemente uno se ve enfrentado consigo mismo, o se van descubriendo los propios sentimientos y las debilidades. Y se le van despertando a uno ciertos afanes de juzgarse, de conocerse, de arrepentirse, de odiarse; raramente de enorgullecerse. Claro, tampoco es cosa de estar todo el día mirándose en el espejo y preguntándose ¿quién soy? ¿qué hago aquí? ¿quiénes me detestan y quiénes me aman y por qué razón? La vida, además de nuestros genes, nos la van formando las circunstancias que nos toca vivir, los amigos y los enemigos que nos rodean, los amores y desamores y las situaciones a las que nos vamos enfrentando, y no hay vuelta de hoja. Uno se puede corregir —si se encuentran razones para ello—, pero cuando empezamos a lograr la perfección moral y sentimental ya no tenemos oportunidad de aplicarla porque estamos hechos unos vejestorios y nuestro discurso no le interesa a nadie. Claro, el bienestar que produce la acción de escribir sirve para hacer las paces con uno, para acabar por aceptarse y hasta quererse. Veía yo el otro día en Boomerang el vídeo de una entrevista a Clara Sánchez con motivo de la publicación de su novela Presentimientos, y ella decía que su vida, las imágenes que tiene, sus comportamientos, sus actitudes, lo que le ha dado argumentos y sentido a sus novelas provienen en gran medida de las emociones, los amores, los lugares, las vicisitudes, los cambios espaciales que ocurrieron en su vida… Eso fue formando sus sueños y sus sentimientos y también causó sus risas y sus llantos, sus odios y sus anhelos de venganza. Y a veces también le hizo confundir los molinos de viento con amenazadores gigantes. Como nos pasa a todos.

domingo, 18 de octubre de 2009




El complejo de Sísifo…


Nunca antes había tenido a mi disposición un instrumento como este del blog, donde puedo expresar mis ideas y mis memorias y proponerme yo mismo algunas aventuras intelectuales. Y espero tener constancia porque no hay que olvidar que yo soy Sísifo, el que intenta subir la piedra hasta la cumbre por castigo de los dioses y cuando casi estoy a punto de llegar a la cima, la piedra se me va de las manos o fallan mis fuerza, y rueda montaña abajo. Después, ya se sabe la historia: vuelta a empezar… Esto me lo adjudicó Mada Carreño, la segunda esposa de mi padre y casi mi madrastra (¿o mi madrastra en verdad? ¡Es tan desagradable ese nombre…!), pero, sobre todo, mi gran amiga, la mujer que me hizo ver la vida de diferente manera a como yo la veía en la España franquista, de donde yo procedía, la mujer que me inició en el periodismo. Ella, sobre todo, fue la que me enseñó que el espíritu no tiene nada que ver con la religión. Que es un negociado independiente. Mada me dijo un día que en mí se daba el mito de Sísifo. Al principio esta definición me enorgullecía. Luego, según fui madurando, no tanto. Para ella –que me conocía mejor que mi propia madre–, mi delirio era comenzar, crear, meterme en algo nuevo. Al parecer, ahí es donde surgía mi personalidad dinámica, mi ilusión por destacar y brillar, mi afán conquistador. Luego, poco a poco, comenzaba a decaer y a desanimarme, a perder interés en lo que estaba haciendo, sobre todo cuando comprobaba que a mi alrededor las cosas, las acciones comenzaban a convertirse en rutina. Y es que, ¡uff, la rutina! ¡No sé cómo huir de ella! Yo creo que a esa composición que se da en mis genes se debe que mi vida haya sido siempre un perpetuo cambio, de país, de trabajo, de ambiente… Soy un soñador y siempre me gustó poner mi mirada detras del horizonte. Eso me ocurre desde que era pequeño. Mi imaginación me transportaba lejos y me convertía en un ser individual, poco afecto a sentirme oveja del rebaño. Así fue en las escuelas por donde pasé, en mis trabajos y todos los lugares por donde transité. Aquí mismo, en San Juan, entre mis amigos nuevos, algunos me deben considerar un individuo algo estirado, un poco clasista. Y no hay nada de eso. Lo que ocurre es que me embeleso con la vida y mis conversaciones son casi siempre profundas, interiores, metafísicas… Y no existe mucha gente que se interese o que pueda entrar en esta clase de conversación. Porque la verdad es que las charlas frívolas no me interesan mucho… Claro, ahora la piedra yace en el fondo del barranco, pero es que mi vida emocional no es nada rutinaria…